El latido de Toledo CAPÍTULO 38 EL DESTINO DE MARTÍN
95%

CAPÍTULO 38 EL DESTINO DE MARTÍN

El vórtice de luz violeta no era una puerta abierta, sino una herida sangrante en la realidad.

Pulsaba con un ritmo cardíaco antinatural, emitiendo un zumbido grave que hacía vibrar los huesos y nublar la vista.

Los soldados reales, hombres curtidos en batallas contra moros y rebeldes, retrocedieron instintivamente, persignándose con manos temblorosas, murmurando oraciones a santos protectores contra lo demoníaco.

Para ellos, aquello no era física ni astronomía; era el infierno abriéndose paso hacia la tierra.

Rodrigo de Vargas, esposado y arrastrado por dos guardias, se detuvo en seco al ver el fenómeno. Sus ojos, antes llenos de furia maníaca, se abrieron con un terror primigenio, absoluto. No veía ciencia. Veía el castigo divino materializado. Veía los ojos de Martín acusándolo desde el más allá.

—¡No! —gritó, intentando liberarse de las cadenas con una fuerza desesperada—. ¡Es ella! ¡La bruja ha invocado al abismo! ¡Matadla! ¡Matadla antes de que nos trague a todos!

Pero nadie le hizo caso. El capitán de la guardia, pálido pero manteniendo una compostura férrea, ordenó a sus hombres formar un círculo defensivo alrededor de Amanda y Diego, aunque sus espadas apuntaban vacilantes hacia la luz, sin saber qué atacar.

Diego, sin embargo, no miraba el portal.

Miraba a Rodrigo. Y en ese momento, comprendió algo terrible.

La energía del portal no era aleatoria. Respondía a la intensidad emocional, al trauma no resuelto, a la verdad reprimida.

Y Martín... Martín estaba presente. No físicamente, sino espiritualmente.

Su sacrificio, su muerte injusta a manos de su propio padre, había creado una resonancia en este lugar exacto, en este momento de justicia tardía.

—Amanda —dijo Diego, con voz baja pero urgente, acercándose a ella mientras la luz comenzaba a intensificar, volviéndose cegadora—. Esto no es solo tu salida. Es su juicio final.

Amanda asintió, sintiendo cómo la gravedad parecía disminuir a su alrededor. Pequeñas piedras del suelo comenzaron a levitar, girando lentamente alrededor del vórtice.

—¿Qué debo hacer? —inquirió, luchando contra la atracción magnética que tiraba de su cuerpo hacia el centro de la luz.

—Deja que la verdad salga —reconoció Diego—. Deja que Martín hable.

En ese instante, la luz violeta explotó hacia afuera, no con calor, sino con una onda de frío glacial que congeló el aliento en los pulmones de todos los presentes. Y dentro del vórtice, las imágenes comenzaron a formarse. No eran espejismos. Eran recuerdos proyectados con claridad cinematográfica.

La multitud vio la escena de la ermita. Vieron a Martín interponiéndose entre la espada de Rodrigo y Amanda.

Vieron el impacto del acero. Vieron la sonrisa triste del joven mientras caía.

Y vieron, con horror inequívoco, el rostro de Rodrigo no arrepentido, sino aliviado, casi satisfecho, al ver a su hijo muerto.

Un grito colectivo de indignación recorrió el patio. Los soldados miraron a Rodrigo con nuevo desprecio. Incluso el capitán, endurecido por años de servicio, apartó la mirada, incapaz de sostener la evidencia visual de tal depravación.

Rodrigo cayó de rodillas, sollozando, cubriéndose los oídos como si pudiera bloquear la visión.

—¡Miente! —bramaba, aunque su voz carecía de convicción—. ¡Es ilusión! ¡Magia negra!

Pero la visión continuó. Mostró los libros mayores.

Mostró las cartas de Carvajal. Mostró a Rodrigo negociando precios por niñas jóvenes con mercaderes extranjeros, riendo mientras contaba monedas de oro manchadas de sangre.

Cada transacción, cada traición, fue expuesta ante la luz implacable de la verdad temporal.

Amanda, atrapada en el centro de la tormenta energética, sintió cómo su conciencia se expandía.

No estaba solo viendo el pasado; estaba conectada con él.

Sintió el dolor de Martín, su soledad, su deseo desesperado de ser amado por un padre que solo sabía odiar.

Y sintió, también, la paz que había encontrado en la muerte.

—Martín —masculló, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Lo siento.

La figura etérea de Martín apareció brevemente dentro del vórtice, translúcida, serena. No miró a su padre. Miró a Amanda. Y sonrió. Una sonrisa de perdón, de liberación. Luego, señaló hacia Rodrigo.

No fue un gesto de venganza. Fue un gesto de entrega. De dejar caer la carga.

Y entonces, el vórtice comenzó a colapsar. La luz se contrajo, girando sobre sí misma hasta convertirse en un punto brillante, diminuto, que pulsó una última vez y desapareció con un sonido similar a un suspiro largo.

El silencio que siguió fue absoluto. Pesado. Sagrado.

Rodrigo permaneció de rodillas, temblando incontrolablemente. Ya no era el Alguacil poderoso. Era un hombre roto, destruido no por la espada, sino por la verdad. Su alma, si es que le quedaba alguna, había sido desnudada ante todos.

El capitán de la guardia se acercó a él, sin respeto, sin ceremonia.

—Levantaos, traidor —ordenó, con voz fría—. Vuestra sentencia ha sido dictada no por mí, sino por vuestra propia conciencia. Y por Dios.

Rodrigo fue levantado bruscamente. No opuso resistencia.

Sus ojos estaban vacíos, mirando hacia nada, hacia el vacío que Martín había dejado atrás.

Fue arrastrado hacia las mazmorras reales, esta vez no como un prisionero político importante, sino como un paria, un monstruo cuya maldad había sido confirmada por lo sobrenatural.

Amanda se dejó caer al suelo, exhausta, sostenida por Diego. El esfuerzo mental y emocional la había dejado sin fuerzas.

—Lo hemos hecho —murmuró Diego, acariciando su cabello sucio—. Hemos terminado con él.

—No nosotros —corrigió Amanda, con voz débil—. Martín. Él lo terminó.

Miró hacia el cielo. Las estrellas volvían a su posición normal. La conjunción había pasado. El portal estaba cerrado. Pero algo había cambiado en el aire. La tensión opresiva que había dominado Toledo durante meses se había disipado, reemplazada por una calma frágil, pero real.

Sin embargo, mientras el capitán ordenaba la limpieza del patio y el traslado de los prisioneros, Amanda sintió un escalofrío.

El portal se había cerrado, sí. Pero la conexión temporal no se había roto completamente.

Podía sentirlo. Un hilo fino, invisible, que aún la unía a su tiempo original.

Y ese hilo tiraba de ella. Suave, persistentemente.

La elección no había terminado. Solo se había pospuesto.

Porque el portal no se había abierto solo para mostrar la verdad. Se había abierto para ofrecerle una salida. Y ahora que la justicia se había hecho, ahora que Rodrigo estaba derrotado, la tentación de volver a casa era más fuerte que nunca.

Diego la miró, leyendo la duda en sus ojos.

—¿Sientes eso? —preguntó él, con voz suave.

Amanda asintió, sin poder hablar.

—Entonces debes decidir —dijo Diego, con una tristeza profunda pero comprensiva—. Antes de que el hilo se rompa. O antes de que te arrastre contigo.

Y mientras la noche avanzaba hacia su punto más oscuro, Amanda supo que la batalla final no sería contra un villano, ni contra la corrupción. Sería contra su propio corazón. Contra la definición misma de hogar.