El latido de Toledo CAPÍTULO 37 LA CAÍDA DE RODRIGO
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CAPÍTULO 37 LA CAÍDA DE RODRIGO

El patio interior de la mansión de Carvajal no era un escenario para la justicia, sino una arena primitiva donde las leyes civiles se disolvían en la crudeza del instinto de supervivencia.

La luna, parcialmente oculta por nubes tormentosas, proyectaba sombras alargadas y distorsionadas que parecían bailar al ritmo de la violencia inminente.

Rodrigo de Vargas permanecía inmóvil en el centro del empedrado, su espada larga apuntando hacia el suelo, goteando sangre de una herida reciente en su antebrazo.

Su túnica, antes impecable y bordada con hilos de oro, estaba rasgada y manchada de barro y hollín, reflejando la desintegración total de su estatus y su cordura.

Sus ojos, habitualmente calculadores y fríos, ardían ahora con un fuego maníaco, vacío de razón, llenos solo de un odio visceral que trascendía la lógica política.

Diego se interpuso entre Amanda y el ex-Alguacil, adoptando una postura defensiva baja, con la daga corta en una mano y una espada robada a uno de los guardias caídos en la otra.

Su respiración era pesada, pero controlada; cada músculo de su cuerpo estaba tensado como la cuerda de un arco a punto de disparar.

Sabía que Rodrigo, aunque herido y acorralado, seguía siendo un espadachín letal, entrenado desde la infancia en el arte de matar. Y un hombre que ha perdido todo, incluido el miedo a la muerte, es el oponente más peligroso que existe.

—No tienes salida, Rodrigo —dijo Diego, con voz firme, intentando ganar tiempo mientras evaluaba las opciones de escape—. Los hombres del Rey están dentro. Estás rodeado. Ríndete y enfrenta tu juicio con dignidad.

Rodrigo soltó una carcajada seca, un sonido quebrado que resonó como cristal rompiéndose en la noche silenciosa.

—¿Dignidad? —escupió, avanzando un paso lento, amenazante—. La dignidad es un lujo para los vivos, mercenario. Yo ya estoy muerto. Martín me mató cuando clavé esa espada en su pecho. Toledo me mató cuando volvió la espalda a su amo. Solo queda el fuego. Y voy a llevarme a vosotros conmigo.

Se lanzó al ataque con una velocidad sorprendente para un hombre de su edad y estado físico.

La espada silbó en el aire, buscando el cuello de Diego con precisión quirúrgica.

Diego bloqueó el golpe con su espada improvisada, el choque de metal contra metal produciendo una chispa brillante que iluminó brevemente sus rostros tensos.

La fuerza del impacto hizo retroceder a Diego, obligándolo a ceder terreno sobre las piedras resbaladizas.

Amanda, protegida tras una columna de piedra, observaba la lucha con horror contenido.

Quería intervenir, ayudar, pero sabía que cualquier distracción podría costarle la vida a Diego.

Su mente, sin embargo, trabajaba frenéticamente.

Recordó las palabras de Yusuf sobre la energía, sobre la física.

Recordó el portal. Recordó que la realidad era maleable bajo ciertas condiciones.

Mientras Diego paraba otro golpe, esta vez dirigido a su pierna herida, Amanda notó algo en el entorno.

En la pared lateral del patio, cerca de donde había estado la caja fuerte, había una estructura metálica antigua, parte de un sistema de poleas para subir mercancías desde el sótano.

Un cable de acero grueso colgaba laxo, conectado a un contrapeso pesado.

—¡Diego! ¡A la izquierda! —gritó Amanda, señalando el mecanismo.

Diego, entendiendo la intención sin necesidad de explicaciones detalladas, fingió tropezar hacia la derecha, atrayendo a Rodrigo hacia el centro del patio. Rodrigo, ciego por la furia, cargó contra él, ignorando el entorno.

En ese momento preciso, Amanda salió de su escondite.

No corrió hacia Rodrigo. Corrió hacia el mecanismo de poleas.

Con todas sus fuerzas, tiró de la palanca de liberación.

El freno oxidado cedió con un chirrido agudo.

El contrapeso cayó violentamente, tensando el cable de acero que cruzaba el patio a la altura de la cintura.

Rodrigo, en plena carga, no vio el obstáculo hasta que fue demasiado tarde.

El cable de acero lo golpeó en las piernas con la fuerza de un látigo de hierro.

Perdió el equilibrio, cayendo de bruces contra el empedrado con un estruendo doloroso.

Su espada voló lejos, deslizándose por el suelo hasta detenerse a los pies de Amanda.

Antes de que pudiera incorporarse, Diego estaba sobre él. No lo mató. Le puso la punta de la espada en la garganta, presionando apenas lo suficiente para marcar la piel, pero no para cortar.

—Se acabó —jadeó Diego, con el pecho subiendo y bajando aceleradamente.

Rodrigo dejó de luchar. Miró hacia arriba, hacia la cara sudorosa y determinada de Diego, y luego hacia Amanda, que sostenía la palanca con manos temblorosas.

En sus ojos no hubo arrepentimiento, ni súplica.

Solo una resignación vacía, como la de un actor que sabe que la obra ha terminado y el telón va a caer.

—Habéis ganado —farfulló, con voz ronca—. Pero el precio será alto. Siempre lo es.

En ese momento, la puerta del patio se abrió de par en par. El capitán de la guardia real entró, seguido por media docena de soldados armados con ballestas cargadas. Al ver la escena, redujeron la velocidad, cautelosos.

—Aseguradlo —ordenó el capitán a sus hombres.

Dos soldados sujetaron a Rodrigo, esposándole las manos a la espalda con cadenas pesadas.

Lo levantaron del suelo, ignorando sus quejas mudas.

Era el fin de una era. El hombre que había aterrorizado Toledo durante décadas, que había vendido vidas como si fueran mercancías, que había corrompido la justicia misma, ahora era solo un prisionero común, arrastrado hacia la oscuridad de una celda real.

El capitán se acercó a Amanda y Diego.

—Sus Majestad está impresionado con vuestra eficacia —dijo, con un tono que sugería aprobación genuina, algo raro en la corte—.

Las pruebas encontradas son suficientes para implicar a tres duques y un cardenal.

El Rey ordena vuestro traslado inmediato al Alcázar.

Sois huéspedes reales, no prisioneros. Por ahora.

Amanda asintió, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a disminuir, dejando lugar a un agotamiento profundo. Miró a Diego. Él le devolvió la mirada, y en sus ojos vio el mismo alivio, la misma incredulidad de haber sobrevivido. Habían logrado lo imposible. Habían derribado al gigante.

Pero mientras los soldados conducían a Rodrigo fuera del patio, Amanda notó algo extraño. El aire comenzaba a vibrar nuevamente. Ese zumbido familiar, esa frecuencia baja que precedía a la apertura del portal. No provenía de la ermita esta vez. Provenía de aquí. De este lugar. De este momento.

Miró hacia el cielo. Las nubes se estaban separando, revelando una luna llena, brillante y perfecta. Y las estrellas... las estrellas parecían estar alineándose en un patrón que reconocía de sus estudios de astronomía moderna. Una conjunción rara. Un evento que ocurría una vez cada cien años.

El portal no estaba en la ermita. El portal estaba aquí. En el punto exacto donde la verdad había sido revelada. Donde la justicia había prevalecido. Donde el tiempo mismo parecía haberse detenido para presenciar el juicio final de Rodrigo de Vargas.

—Diego —musitó Amanda, tomándolo del brazo—. Mira las estrellas.

Diego levantó la vista, confundido.

—¿Qué ocurre?

—Se abre —dijo ella, con voz temblorosa—. Aquí. Ahora.

Y efectivamente, en el centro del patio, justo donde Rodrigo había caído, el aire comenzó a ondularse.

Una luz violeta tenue emergió del suelo, expandiéndose lentamente, formando un vórtice giratorio que atraía la atención de todos los presentes.

Los soldados retrocedieron, asustados, cruzándose signos de protección.

El capitán desenvainó su espada, pero no atacó; estaba paralizado por el asombro.

Amanda sintió el tirón magnético en su pecho. Era más fuerte que antes. Más urgente. El portal la llamaba. Le ofrecía la vuelta. La seguridad. El hogar.

Pero también miró a Diego. Y supo que elegir significaba perderlo para siempre.

La caída de Rodrigo había traído justicia. Pero la apertura del portal traía la elección definitiva. Y el tiempo, implacable y cruel, no esperaría a que ella decidiera.