El latido de Toledo CAPÍTULO 36 LA INTERVENCIÓN DEL REY
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CAPÍTULO 36 LA INTERVENCIÓN DEL REY

La celda asignada a Amanda en el Alcázar no era una mazmorra húmeda y hedionda como las de Rodrigo, sino una estancia pequeña pero digna, con ventanas estrechas que permitían la entrada de un hilo de luz diurna y aire fresco.

Las paredes estaban encaladas, limpias de moho, y el catre disponía de un colchón de lana aceptable.

Era, en esencia, una prisión de cortesía, diseñada para retener a alguien cuyo valor intelectual superaba su peligrosidad política.

Sin embargo, los barrotes de hierro forjado en la ventana y la presencia constante de dos guardias reales en el pasillo recordaban incesantemente su condición de cautiva.

Amanda pasó las primeras horas caminando de un lado a otro, repasando mentalmente cada palabra intercambiada con Alfonso X. El Rey Sabio no era un hombre impulsivo; era un erudito, un astrónomo, un legislador obsesionado con el orden cósmico y terrestre.

Su decisión de arrestar a Rodrigo había sido lógica, basada en pruebas tangibles.

Pero su decisión de retenerla a ella era pragmática, basada en el miedo a lo desconocido.

Para Alfonso, Amanda no era solo una testigo; era un artefacto, una anomalía que debía ser estudiada, catalogada y, si era necesario, neutralizada.

Diego estaba en una celda contigua, separada por un muro grueso de piedra. No podían verse ni hablarse directamente, pero Amanda sabía que él estaba vivo, que estaba bien. Esa certeza era su único consuelo en la soledad opresiva.

Al atardecer, la puerta de su celda se abrió. No entró un carcelero, sino un escribano real, un hombre anciano de gafas redondas y dedos manchados de tinta, acompañado por un guardia armado.

—Su Majestad desea veros de nuevo —anunció el escribano, sin mirarla a los ojos—. En la biblioteca privada.

Amanda fue conducida por los pasillos silenciosos del Alcázar, lejos de las zonas de audiencia pública, hacia el corazón intelectual del palacio.

La biblioteca era una sala vasta, con estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de pergaminos, códices iluminados y tratados de astronomía, matemáticas y filosofía.

En el centro, rodeado de mapas estelares y astrolabios de bronce, estaba Alfonso X.

El rey no llevaba corona ni vestiduras ceremoniales. Vestía una túnica sencilla de lino azul, y su rostro mostraba signos de fatiga extrema, con ojeras profundas y la barba sin afeitar. Parecía más un académico agotado que un monarca todopoderoso.

—Siéntate —ordenó, señalando un taburete frente a su escritorio abarrotado.

Amanda obedeció. Alfonso la observó durante un largo minuto, sin hablar, como si intentara descifrar un jeroglífico complejo.

—He leído tu declaración tres veces —dijo finalmente, con voz cansada—.

Y he examinado el libro de Vargas. La corrupción es evidente.

La justicia se ha hecho. Pero tú... tú sigues siendo un enigma.

Dices venir de un lugar donde la ciencia rige.

¿Qué ciencia permite viajar en el tiempo?

¿Qué ley natural explica tu aparición entre nosotros?

Amanda sabía que no podía revelar la verdad completa sobre el portal temporal sin arriesgarse a ser considerada una amenaza existencial o un objeto de experimentación cruel. Tenía que hablar el lenguaje del rey: el lenguaje de la razón, pero matizado con misterio.

—No viajo en el tiempo, Majestad —respondió, eligiendo cuidadosamente las palabras—.

Viajo a través de la percepción. Mi mente ha sido entrenada para ver patrones que otros ignoran.

Para conectar hechos dispersos. Lo que llamáis "magia" es solo observación extrema.

Llegué aquí porque sentí una disonancia en la historia de Toledo. Una herida que necesitaba ser sanada.

Alfonso arqueó una ceja, escéptico pero intrigado.

—Disonancia. Interesante término. Los astrónomos hablan de disonancias en las órbitas planetarias. ¿Crees que la historia tiene órbitas?

—Creo que la justicia tiene gravedad, Majestad. Y cuando se viola, el equilibrio se rompe. Yo soy solo el instrumento que restauró ese equilibrio.

El rey se recostó en su silla, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—Eres inteligente, Amanda. Demasiado inteligente para ser una simple campesina o una noble exiliada. Y eso me preocupa. Un reino necesita orden. Y el orden requiere predictibilidad. Tú eres impredecible.

Antes de que Amanda pudiera responder, la puerta de la biblioteca se abrió abruptamente. Entró un mensajero real, jadeante, cubierto de polvo de camino. Llevaba un pergamino sellado con lacre verde, el color de la casa real de León y Castilla.

—Majestad —dijo el mensajero, entregando el documento con manos temblorosas—. Urgente. De Sevilla.

Alfonso rompió el sello y leyó rápidamente. Su expresión cambió de curiosidad intelectual a alarma política.

—¿Qué ocurre? —preguntó Amanda, intuyendo la gravedad.

—Luis de Carvajal no actuaba solo —murmuró el rey, pasando el pergamino a Amanda—. Sus socios en Sevilla han sido descubiertos. Y han confesado bajo tortura. Nombran a varios consejeros míos. Nombran a generales. Esta red de tráfico no es local, Amanda. Es nacional. Y quizás, internacional.

Amanda leyó el documento. Los nombres confirmaban sus sospechas. La corrupción de Rodrigo era solo la punta del iceberg. Si estos hombres se sentían amenazados por la caída de Vargas, podrían intentar un golpe de estado, o asesinar al rey para proteger sus intereses.

—Necesitáis protegeros, Majestad —dijo ella, devolviendo el pergamino—. Y necesitáis limpiar vuestra corte. Pero no podéis hacerlo solo con espadas. Necesitáis pruebas irrefutables. Pruebas que vinculen a estos hombres con el dinero sucio.

—Tengo el libro de Vargas —replicó Alfonso.

—No es suficiente. Es un registro interno. Necesitáis correspondencia externa. Cartas. Órdenes bancarias. Y sé dónde están.

Alfonso la miró fijamente.

—¿Dónde?

—En la mansión de Carvajal en Toledo. Tiene una caja fuerte oculta en su estudio. Martín me dio la llave antes de morir.

El rey dudó. Enviar a sus hombres a allanar la casa de un mercader poderoso, incluso uno caído en desgracia, requería justificación legal. Pero la urgencia de la amenaza superaba la burocracia.

—Si esto es cierto... —comenzó.

—Lo es —interrumpió Amanda, con firmeza—. Y puedo guiaros. Conozco la casa. Conozco los escondites.

Alfonso estudió su rostro, buscando engaño. No lo encontró. Solo vio una determinación fría y calculadora.

—Muy bien —decidió finalmente—. Irás conmigo. Y llevarás a tu mercenario. Él será tus ojos y tus brazos. Pero estaréis escoltados por mi guardia personal. Al primer signo de traición, moriréis ambos.

Era una oferta peligrosa, pero era libertad condicional. Era una oportunidad para terminar el trabajo.

—Acepto —dijo Amanda.

Una hora después, Diego fue liberado de su celda.

Estaba pálido, con el brazo vendado nuevamente, pero sus ojos brillaban con energía renovada al ver a Amanda.

No hubo tiempo para abrazos ni palabras tiernas.

Fueron conducidos inmediatamente a los caballos reales, junto con una docena de soldados de élite.

La noche había caído sobre Toledo, pero la ciudad no dormía. Las noticias del arresto de Rodrigo habían creado un vacío de poder que llenaba las calles de tensión. Grupos de ciudadanos discutían en las esquinas; patrullas nerviosas vigilaban los barrios ricos.

Se dirigieron hacia la mansión de Carvajal, situada en el barrio judío, cerca de la Sinagoga del Tránsito. La casa estaba oscura, aparentemente abandonada tras la huida o arresto de su dueño. Pero Amanda sabía que los secretos no huyen; permanecen enterrados.

Entraron forzando la puerta principal. El interior estaba revuelto, saqueado superficialmente por curiosos o rivales, pero la estructura permanecía intacta. Amanda guio al grupo hacia el estudio privado, una habitación llena de libros y mapas.

—Aquí —dijo, señalando una pared detrás de un gran mapa de las rutas comerciales del Mediterráneo.

Uno de los soldados apartó el mapa, revelando un panel de madera tallada. Amanda insertó la llave de Martín en una cerradura casi invisible. Hubo un clic mecánico, y el panel giró, mostrando una caja fuerte de hierro pequeña.

Diego se adelantó, examinando el mecanismo.

—Es complejo —murmuró—. Necesitaré tiempo.

—Tenemos cinco minutos —advirtió el capitán de la guardia, vigilando la ventana—. He visto movimiento fuera.

Diego trabajó con precisión quirúrgica, utilizando herramientas pequeñas de su cinturón.

Finalmente, la puerta de la caja fuerte se abrió.

Dentro, no había oro, ni joyas. Solo documentos.

Cartas selladas, letras de cambio, contratos firmados por nobles de alta alcurnia, incluyendo algunos cercanos al propio Rey.

Amanda tomó los documentos, verificando rápidamente los nombres. Eran la prueba definitiva. La cabeza de la hidra.

—Los tenemos —dijo, entregándolos al capitán.

Pero antes de que pudieran salir, escucharon un ruido en el tejado. Tejas rompiéndose. Pasos rápidos.

—¡Emboscada! —gritó Diego, desenvainando su espada.

Flechas volaron desde la oscuridad exterior, clavándose en las paredes y en el suelo. Los soldados reales respondieron con fuego de ballesta, protegiendo a Amanda y al capitán.

—¡Salid por la puerta trasera! —ordenó el capitán, mientras sus hombres contenían a los atacantes invisibles.

Amanda y Diego corrieron hacia el fondo de la casa, saliendo al patio interior. Pero allí, esperándolos, no había enemigos anónimos. Había una figura solitaria, vestida de negro, con una capa que ondeaba en el viento nocturno.

No era un asesino a sueldo. Era Rodrigo de Vargas.

Había escapado. O quizás, había sido liberado por sus aliados desesperados. Sostenía una espada larga, y su rostro era una máscara de locura pura.

—Pensasteis que habíais ganado —dijo, con voz ronca y distorsionada—. Pero el juego apenas comienza.

Y mientras los soldados luchaban dentro de la casa, Amanda y Diego se encontraron cara a cara con el demonio que habían intentado destruir.

La intervención del Rey les había dado pruebas, pero no seguridad.

Y ahora, en la oscuridad del patio, la justicia tenía que ser impartida con acero, no con leyes.