El latido de Toledo CAPÍTULO 35 LA DEFENSA IMPOSIBLE
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CAPÍTULO 35 LA DEFENSA IMPOSIBLE

El traslado desde la Plaza Mayor hasta el Palacio Real no fue un viaje, sino una procesión fúnebre invertida.

Las carrozas reales, negras y lacadas, avanzaban lentamente entre una multitud que ya no gritaba consignas de muerte, sino que murmuraba con una curiosidad inquieta, dividida entre la lealtad ciega a las instituciones establecidas y la semilla de duda que Diego había plantado con su valentía suicida.

Amanda, sentada en el interior oscuro de uno de los carruajes, observaba a través de las cortinas de terciopelo cómo Toledo se desdibujaba tras ellos, sus torres y almenas convirtiéndose en siluetas recortadas contra un cielo cada vez más tormentoso.

A su lado, aunque separado por la madera gruesa del vehículo, iba Diego. No podían hablarse, pero sentían la presencia del otro como un latido compartido, un ritmo constante que les impedía sucumbir al pánico.

Rodrigo de Vargas cabalgaba junto a la comitiva, escoltado por sus hombres más leales, pero su postura había perdido la arrogancia habitual.

Estaba rígido, tenso, con la mirada fija en el horizonte como si intentara prever la tormenta política que se avecinaba.

Sabía que Alfonso X, el Rey Sabio, no era un monarca fácil de engañar con trucos baratos o acusaciones supersticiosas.

El rey valoraba la ley, la razón y, sobre todo, el orden.

Y Rodrigo había demostrado ser un agente del caos.

Al llegar al Alcázar de Toledo, residencia temporal de la corte real durante las campañas del sur, fueron conducidos inmediatamente al Salón del Trono. La estancia era imponente, con techos altos decorados con mocárabes dorados que capturaban la luz tenue de las antorchas.

En el estrado, sentado en un trono de madera tallada cubierto de cojines de seda, estaba Alfonso X.

No era el rey anciano y enfermo de las crónicas posteriores, sino un hombre en la plenitud de su poder intelectual y político, con ojos penetrantes que parecían diseccionar el alma de quien osaba mirarlo directamente.

A su lado, consejeros, escribanos y nobles observaban la escena con expectación contenida.

Rodrigo se adelantó, inclinándose profundamente ante el monarca.

—Majestad —comenzó, con voz respetuosa pero firme—.

Traigo ante vos a una peligrosa criminal, acusada de brujería, asesinato y traición.

Esta mujer, conocida como Amanda, ha corrompido la paz de Toledo, ha asesinado a mi propio hijo, Martín, y ha incitado a la revuelta entre el pueblo.

Pido justicia sumaria. Pido su ejecución pública para restaurar el orden.

Alfonso X no respondió de inmediato. Estudió a Rodrigo, luego giró la cabeza hacia Amanda, quien permanecía de pie, con las manos libres pero vigilada por guardias reales.

—Levanta la vista, mujer —ordenó el rey, con voz calma pero autoritaria.

Amanda obedeció, encontrando la mirada del monarca. No mostró sumisión servil, ni desafío insolente. Solo dignidad.

—¿Es cierto lo que dice el Alguacil? —preguntó Alfonso—. ¿Eres una bruja? ¿Has matado a su hijo?

—No soy una bruja, Majestad —respondió Amanda, con voz clara que resonó en el silencio del salón—.

Y no maté a Martín. Murió protegiéndome de la locura de su padre.

Rodrigo clavó su propia espada en el pecho de su hijo cuando este intentó detenerlo.

Soy inocente de ese crimen. Pero soy culpable de algo peor, según sus leyes: soy culpable de saber la verdad.

Un murmullo recorrió la sala. Los nobles intercambiaron miradas sorprendidas. Nadie hablaba así ante el Rey.

Rodrigo palideció, pero mantuvo la compostura.

—¡Miente, Majestad! Es una manipuladora experta. Sus palabras son veneno.

Alfonso levantó una mano, silenciándolo.

—El veneno suele tener antídoto, Alguacil. Y la verdad, pruebas. ¿Dónde están las pruebas de sus crímenes? ¿Y dónde están las pruebas de tus acusaciones?

Fue entonces cuando Diego, que había sido conducido al centro del salón, dio un paso adelante. Ignorando a los guardias que intentaban retenerlo, sacó el libro mayor de entre sus ropas. Lo sostuvo en alto, mostrando la encuadernación de cuero negro y los sellos rotos.

—Aquí están las pruebas, Majestad —dijo Diego, con voz fuerte—.

Este es el registro privado de Don Rodrigo de Vargas.

Detalla la venta de jóvenes toledanas a mercaderes extranjeros.

Incluye nombres, fechas, cantidades y, lo más importante, firmas de cómplices.

Nobles. Clérigos. Incluso miembros de vuestra propia corte.

El rey hizo una señal a uno de sus escribanos, quien tomó el libro con cuidado reverencial. Comenzó a hojearlo, leyendo en voz baja, mientras su rostro se volvía cada vez más grave.

—Esto es... serio —murmuró el escribano, alzando la vista hacia el Rey—.

Hay firmas reconocibles. Don Luis de Carvajal.

El Obispo de Cuenca. Incluso... —vaciló, mirando a Rodrigo con horror—...

incluso hay referencias a pagos realizados desde la tesorería real, desviados mediante órdenes falsificadas.

La atmósfera en el salón cambió drásticamente. La acusación de brujería, abstracta y fácil de descartar, fue reemplazada por la de corrupción estatal, un delito tangible, medible y mortal para la estabilidad del reino.

Rodrigo intentó intervenir.

—¡Es una falsificación, Majestad! ¡Una trama urdida por esta extranjera y su cómplice para desacreditarme!

Pero Alfonso X ya no escuchaba. Se había puesto de pie, descendiendo los escalones del estrado hasta quedar frente a Amanda.

—Dices que no eres una bruja —dijo el rey, estudiándola con intensidad—. Pero tu llegada, tu conocimiento, tu capacidad para alterar la percepción de la gente... eso no es normal. Explícame. ¿De dónde vienes realmente?

Era la pregunta crucial. La que definía su destino. Si decía la verdad completa, sería considerada loca o demoníaca. Si mentía, sería descubierta. Amanda respiró hondo, eligiendo sus palabras con la precisión de un cirujano.

—Vengo de un lugar donde la ciencia ha reemplazado a la superstición, Majestad.

Donde entendemos el mundo no a través de demonios, sino a través de leyes naturales.

Mis "trucos", como los llama el Alguacil, son solo aplicaciones de conocimiento que aún no existe en este tiempo. No es magia. Es comprensión.

Alfonso frunció el ceño, intrigado.

—Conocimiento del futuro, entonces.

—Conocimiento de posibilidades —corrigió Amanda—. Y ese conocimiento me dijo que las desapariciones en Toledo no eran obra del azar, sino de un sistema organizado. Un sistema que usted, como Rey, tiene el deber de erradicar.

El rey permaneció en silencio durante largos segundos, evaluando la lógica de su argumento. Finalmente, asintió lentamente.

—Tu defensa es ingeniosa, mujer. Y tus pruebas, aunque obtenidas ilegalmente, son contundentes. Don Rodrigo, estás arrestado por traición a la Corona, corrupción y asesinato. Tus bienes serán confiscados. Tu título, revocado.

Rodrigo abrió la boca para protestar, pero dos guardias reales lo sujetaron firmemente, esposándolo con cadenas de hierro, no de plata.

Su caída fue rápida, brutal y total. Mientras era arrastrado fuera del salón, lanzó una última mirada a Amanda, llena de un odio tan puro que parecía capaz de quemar la piedra misma.

Pero la victoria no fue completa. Alfonso se giró hacia Amanda nuevamente.

—Sin embargo, tu naturaleza sigue siendo...

problemática. No puedo permitir que alguien con conocimientos tan peligrosos circule libremente.

Serás retenida bajo custodia real hasta que decida qué hacer contigo.

Y tú, mercenario, serás encarcelado por robo de documentos reales, aunque tu servicio a la corona será tenido en cuenta.

No era la libertad. Era una jaula dorada.

Pero era vida. Y mientras eran conducidos a las celdas del Alcázar, separados una vez más, Amanda y Diego intercambiaron una mirada.

Habían ganado la batalla legal. Habían expuesto la corrupción.

Pero el precio seguía siendo alto. Y el portal, esa ventana abierta al tiempo, seguía siendo una incógnita pendiente.

Porque mientras el Rey decidía su destino terrenal, el destino temporal de Amanda estaba a punto de cumplirse. La alineación astronómica no había terminado. Y la elección final se acercaba con la inevitabilidad de un eclipse.