CAPÍTULO 34 EL JUICIO DE LA PLAZA
El amanecer no trajo la claridad esperada, sino una luz grisácea y enfermiza que se filtraba entre las nubes bajas, tiñendo Toledo de un color plomizo que presagiaba tormenta.
La ciudad despertó con un murmullo inquieto, un zumbido subterráneo de rumores que se extendían como la pólvora por los callejones empedrados.
La luz violeta de la noche anterior, aquel faro antinatural que había perforado el cielo desde la colina de la ermita, no había sido olvidada.
Al contrario, se había convertido en el combustible perfecto para la histeria colectiva.
Los sacerdotes predicaban sobre el fin de los tiempos; las ancianas cruzaban sus amuletos con dedos temblorosos; los niños jugaban a ser brujos con palos carbonizados. El miedo, esa bestia antigua y hambrienta, había sido alimentada, y ahora exigía su tributo.
Rodrigo de Vargas, aunque herido en su orgullo y traumatizado por la muerte de su hijo, había logrado transformar la tragedia personal en una victoria política magistral.
No habló del fratricidio. No mencionó la locura que lo llevó a clavar su espada en el pecho de Martín.
En su lugar, tejió una narrativa de heroísmo sacrificial.
"Mi hijo murió protegiendo a Toledo de la oscuridad", proclamó desde el balcón del Alcázar, con voz quebrada por un dolor fingida que convenció incluso a los más escépticos. "La bruja lo asesinó con sus artes diabólicas antes de que pudiera detenerla. Pero yo, vengando su sangre, la he capturado".
Era una mentira monumental, construida sobre los cimientos de otra mentira mayor.
Martín no había muerto a manos de Amanda, sino por la mano paterna, en un acto de defensa desesperada.
Pero la verdad era un lujo que Rodrigo no podía permitirse.
Así que ordenó que el cuerpo de su hijo fuera lavado, vestido con ropas de gala y expuesto en la capilla privada, mientras preparaba el escenario para el espectáculo final.
Amanda fue sacada de su celda temporal en las mazmorras del Alcázar al mediodía.
No llevaba cadenas pesadas, sino unas ligeras de plata que simbolizaban su supuesta naturaleza sobrenatural; el hierro, decían los supersticiosos, anulaba la magia, pero la plata la contenía sin destruirla, permitiéndole ser exhibida como trofeo.
Su rostro estaba pálido, demacrado por días de encierro y falta de sueño, pero sus ojos conservaban ese brillo desafiante que había desconcertado a tantos.
Diego, separado de ella y mantenido en una celda adyacente, no pudo ver su salida, pero escuchó el sonido de las botas de los guardias alejándose, y supo que el momento había llegado.
La procesión hacia la Plaza Mayor fue lenta, deliberadamente teatral. Rodrigo cabalgaba a la cabeza, seguido por una docena de guardias armados con alabardas, y detrás, caminando con pasos vacilantes, iba Amanda, flanqueada por dos verdugos enmascarados con capuchas negras.
La multitud se agolpaba en las calles, una masa compacta de cuerpos sudorosos y rostros ansiosos.
No había simpatía en sus miradas, solo curiosidad morbosa y un deseo reprimido de violencia catártica.
Lanzaban insultos, escupían al paso de la comitiva, agitaban puños cerrados hacia la joven que consideraban la encarnación del mal.
—¡Bruja! —gritaba una mujer, lanzando una piedra que rozó el hombro de Amanda. —¡Que arda! ¡Que purifique nuestros pecados! —bramaba un hombre, con los ojos inyectados en sangre.
Amanda mantenía la cabeza alta, ignorando el dolor físico y el abuso verbal.
Sabía que cualquier muestra de debilidad sería interpretada como culpa.
Cualquier lágrima, como manipulación demoníaca.
Debía permanecer estoica, una estatua de dignidad en medio del caos.
Pero por dentro, su corazón latía con una velocidad aterradora.
No por miedo a la muerte, sino por la injusticia absurda de todo aquello. Había viajado siglos para investigar crímenes, y ahora se convertía en la víctima principal de uno mucho más grande.
Llegaron a la Plaza Mayor. El espacio estaba abarrotado hasta el borde.
En el centro, se había erigido una plataforma de madera tosca, rodeada de haces de leña seca empapados en aceite.
Sobre la plataforma, una silla de hierro, conocida como la "Silla de la Verdad", esperaba.
Era un instrumento de tortura diseñado para romper la voluntad mediante el calor y la presión, pero hoy serviría principalmente como símbolo.
Rodrigo subió al estrado, seguido por Amanda. Se giró hacia la multitud, levantando los brazos para pedir silencio. El rugido de la gente disminuyó gradualmente, transformándose en un murmullo expectante.
—Ciudadanos de Toledo —comenzó, con voz proyectada que resonaba en las fachadas de piedra—.
Hoy somos testigos de la justicia divina.
Esta mujer, que se hace llamar Amanda, ha traído la desgracia a nuestra ciudad.
Ha corrompido a nuestros jóvenes, ha robado nuestros secretos, y ha asesinado a un hijo noble en un acto de brujería negra.
La ley exige su purificación. El fuego limpiará su alma, y sus cenizas serán esparcidas al viento para que nunca más puedan contaminar esta tierra santa.
Un aplauso atronador respondió a sus palabras. La sed de sangre estaba servida.
Pero entonces, algo inesperado ocurrió. Desde la parte trasera de la multitud, una voz clara y firme cortó el aire.
—¡Mientes!
Todos los ojos se giraron hacia la fuente del grito.
Era Diego. Había logrado escapar de su celda, quizás con la ayuda de un guardia corrupto o mediante una brecha en la seguridad laxa debido a la celebración prematura de Rodrigo.
Estaba herido, cojeando, con la ropa rasgada y el rostro cubierto de suciedad, pero avanzaba hacia el estrado con una determinación feroz.
Los guardias intentaron interceptarlo, pero la multitud, confundida por la interrupción, creó un muro humano que dificultó su avance.
—¡Él mató a su propio hijo! —gritó Diego, señalando a Rodrigo con dedo acusador—. ¡Martín murió protegiendo a esta mujer de la locura de su padre! ¡Las desapariciones no son obra de brujería, sino de tráfico humano! ¡Tenemos las pruebas!
Rodrigo palideció, pero recuperó rápidamente la compostura.
—¡Loco! —bramó—. ¡Cómplice de la bruja! ¡Detenedlo!
Pero Diego no se detuvo. Sacó de entre sus ropas el libro mayor, el registro robado de la caja fuerte de Rodrigo, y lo sostuvo en alto.
—¡Leedlo! —vociferó, lanzándolo hacia la primera fila de la multitud, donde varios escribanos y clérigos estaban presentes por obligación—. ¡Ahí están los nombres! ¡Los compradores! ¡Los cómplices!
El libro aterrizó a los pies de un canónigo anciano, quien lo recogió con manos temblorosas. Lo abrió, leyendo las primeras páginas. Su rostro cambió de escepticismo a horror. Reconoció nombres. Nombres de familias poderosas, de amigos suyos, incluso de algunos presentes en el estrado.
—Es... es cierto —murmuró el canónigo, con voz audible en el silencio repentino—. Hay firmas. Sellos reales.
La multitud comenzó a murmurar, la duda sembrándose como maleza en un campo fértil. La narrativa de Rodrigo se agrietaba. La brujería era fácil de creer porque era abstracta. Pero el tráfico de niñas, la corrupción documentada, eso era tangible. Eso era humano. Y eso era imperdonable.
Rodrigo vio cómo su control se deslizaba entre sus dedos.
Ordenó a sus arqueros que dispararan contra Diego, pero la multitud, ahora consciente de la traición, se interpuso, protegiendo al mercenario con sus propios cuerpos.
El caos estalló. Gritos de indignación reemplazaron a los de condena.
Piedras volaron hacia el estrado, no hacia Amanda, sino hacia Rodrigo.
En medio del tumulto, Amanda aprovechó la distracción. Se liberó de las guardias de plata, que habían sido aflojadas por el sudor y el movimiento, y corrió hacia el borde del estrado. No para huir, sino para hablar.
—¡Escuchadme! —chilló, con una voz que sorprendió por su potencia—. ¡No soy una bruja! ¡Soy una testigo! ¡Y la verdad no puede ser quemada!
Pero antes de que pudiera continuar, una figura emergió de entre la multitud. No era un aliado. Era un capitán de la Guardia Real, enviado por el Rey Alfonso X, quien había recibido noticias alarmantes de los disturbios en Toledo. Llevaba un pergamino sellado con lacre rojo, el sello real.
—¡Alto! —ordenó, con autoridad absoluta—. Por orden de Su Majestad Alfonso X, el juicio queda suspendido. Todos los prisioneros deben ser trasladados a la corte real para una investigación profunda. Cualquier violencia adicional será considerada traición a la Corona.
El silencio cayó sobre la plaza como un manto pesado. Rodrigo miró al capitán con odio puro, pero sabía que no podía desafiar una orden real directa. Su poder local chocaba contra el poder imperial. Y por primera vez en años, perdió.
Amanda fue bajada del estrado, no como una condenada, sino como una prisionera de estado.
Diego fue detenido también, pero tratado con respeto debido a su intervención pública.
Y mientras eran escoltados hacia las carrozas reales, Amanda miró hacia la multitud.
Vio rostros confundidos, otros avergonzados, otros aún furiosos.
Pero vio algo más: una chispa de duda. Una grieta en el muro de la indiferencia.
Habían sobrevivido al fuego. Pero la batalla por la verdad apenas comenzaba. Ahora, tendrían que librarla ante el hombre más poderoso de Castilla.