CAPÍTULO 33 LA TRAICIÓN DE MARTÍN
La luz violeta que emanaba de la ermita abandonada no iluminaba; consumía.
Era un faro antinatural, una herida abierta en el tejido de la noche que pulsaba con una frecuencia capaz de hacer vibrar los dientes y nublar la razón.
Desde las alturas del Alcázar, Rodrigo de Vargas observaba el fenómeno con una mezcla de terror supersticioso y furia calculadora.
Para un hombre cuya autoridad se basaba en el control absoluto de lo tangible, el acero, el oro, la carne, lo intangible representaba la única amenaza real.
Si el pueblo veía eso, si creía que Amanda poseía poderes divinos o demoníacos, su narrativa de "bruja común" se desmoronaría, reemplazada por la de "profetisa" o "elegida", figuras mucho más difíciles de ejecutar sin provocar revueltas mesiánicas.
—Apagad esa luz —ordenó a sus capitanes, con voz tensa—. Traedme a quienquiera que esté allí. Y si es ella... matadla antes de que pueda completar el ritual.
Pero Rodrigo sabía que enviar soldados ciegamente hacia una anomalía temporal era inútil. Necesitaba guía. Necesitaba a alguien que conociera los movimientos de Amanda, sus patrones, sus debilidades emocionales. Necesitaba a Martín.
El joven había desaparecido tras su confesión pública en la plaza, huyendo hacia la oscuridad de los callejones como un animal herido. Pero en Toledo, nadie puede esconderse para siempre, especialmente cuando lleva la marca de Caín en la frente.
Los espías de Rodrigo lo encontraron horas después, temblando en una cueva cerca del río, hablando solo, murmurando oraciones a dioses olvidados. Lo llevaron de vuelta al Alcázar, no como un hijo, sino como un prisionero valioso.
Ahora, Martín estaba de pie en el despacho de su padre, encadenado a una silla de madera, con el rostro demacrado y los ojos inyectados en sangre. Rodrigo caminaba alrededor de él como un tigre enjaulado, estudiando cada temblor, cada tic nervioso.
—Dime dónde está —exigió Rodrigo, deteniéndose frente a su hijo y levantando su barbilla con la punta de su daga—. La luz viene de la colina de la ermita. ¿Está ella allí? ¿Con quién?
Martín negó lentamente con la cabeza, una lágrima solitaria recorriendo su mejilla sucia.
—No puedo decírtelo, padre. No puedo ser tu perro de caza nunca más.
Rodrigo sonrió, una expresión cruel que no llegaba a sus ojos fríos.
—No eres mi perro, Martín. Eres mi sangre. Y la sangre debe purificarse. Si me ayudas a capturarla, quizás te perdone tu traición. Quizás te permita vivir en el exilio, lejos de aquí, lejos de mí. Pero si te niegas... bueno, ya sabes qué les sucede a los traidores en mi casa.
La amenaza pendía en el aire, pesada y mortal.
Martín cerró los ojos, luchando contra el condicionamiento de años de abuso psicológico.
Amaba a su padre, o al menos, amaba la idea de su aprobación, esa migaja de afecto que siempre le había sido negada.
Pero también había visto la luz. Había sentido la verdad en las palabras de Amanda.
Y sabía que entregarla significaba condenar no solo a una inocente, sino a la última posibilidad de redención para su propia alma.
Sin embargo, la locura, esa compañera constante de su vida, comenzó a susurrarle ideas retorcidas. Ideas que no eran ni sumisión ni rebelión total, sino algo intermedio, algo peligroso.
—Está en la ermita —murmuró finalmente, con voz quebrada—. Pero no está sola. Hay... hay fuerzas con ella. Fuerzas que no puedes combatir con espadas.
Rodrigo arqueó una ceja, intrigado.
—¿Qué fuerzas?
—Espíritus. Demonios. Ella ha abierto una puerta al infierno. Si vas allí con muchos hombres, morirán todos. Solo uno puede acercarse. Uno puro. Uno que ella confíe.
Era una mentira mitad verdadera. El portal era real, pero no era infernal.
Y la sugerencia de ir solo era una trampa diseñada para proteger a Amanda de la masacre, pero también para llevar a Rodrigo a una confrontación directa donde Martín pudiera intervenir.
O quizás, donde Martín pudiera morir junto a ellos, sellando su expiación con sangre compartida.
Rodrigo dudó. Su instinto le decía que era una trampa. Pero su arrogancia, ese veneno dulce que había corrompido su juicio durante décadas, le susurraba que era invencible. Que podía enfrentar a cualquier demonio, porque él era el verdadero diablo de Toledo.
—Preparad mi caballo —ordenó a sus guardias, ignorando la advertencia implícita de su hijo—. Iré solo. Quiero ver el rostro del miedo en sus ojos antes de arrancárselo.
Martín fue dejado solo en el despacho, con las cadenas aún puestas, pero con una llave que Rodrigo, en su prisas y soberbia, había dejado olvidada sobre la mesa, justo al alcance de sus manos atadas. Un descuido fatal. O quizás, un subconsciente deseo de darle una oportunidad final.
Martín luchó contra las cadenas, girando las muñecas hasta que la piel se desgarró y sangró, pero finalmente logró alcanzar la llave. Con dedos temblorosos, abrió el cerrojo. Se puso de pie, mareado por el dolor y la debilidad, pero impulsado por una determinación nueva.
No huiría. No se escondería. Iría a la ermita. No para salvar a Rodrigo, ni para salvar a Amanda. Sino para terminar lo que había empezado. Para ser el juez, el jurado y el verdugo de su propio linaje.
Salió del Alcázar por las sombras, moviéndose con la agilidad desesperada de quien sabe que este es su último acto. Corrió hacia la colina, hacia la luz violeta que ahora brillaba con una intensidad casi dolorosa, iluminando el valle como un segundo sol maligno.
Mientras corría, el viento le golpeaba el rostro, llevándose consigo los últimos restos de su infancia, de su sumisión, de su miedo. Sentía una claridad extraña, una paz fría y absoluta. Sabía lo que tenía que hacer. Y sabía que no sobreviviría para contarlo.
Al llegar a la base de la colina, vio siluetas moviéndose entre los olivos.
Eran los hombres de Rodrigo, que habían desobedecido la orden de esperar y seguían a su señor desde la distancia, curiosos y cautelosos.
Martín los ignoró. Subió la pendiente empinada, resbalando en la tierra suelta, jadeando, hasta llegar a la entrada de la ermita.
Allí, la escena era surrealista. El vórtice de luz giraba en el centro de la ruina, distorsionando el aire y creando ecos visuales de tiempos pasados y futuros.
Amanda estaba de pie frente a él, con los brazos extendidos, canalizando la energía con una concentración extrema.
Diego vigilaba la entrada, con la daga desenvainada, listo para defenderla de cualquier intruso.
Y entonces, apareció Rodrigo.
El Alguacil entró en la ermita, con la espada desenvainada, sus ojos muy abiertos por el asombro y el terror. Vio la luz, vio a Amanda flotando ligeramente sobre el suelo debido a la alteración gravitatoria, y sintió cómo su mundo racional se hacía añicos.
—¡Bruja! —gritó, cargando hacia ella con la espada en alto.
Diego se interpuso, bloqueando el golpe con su daga, pero la fuerza de Rodrigo era superior. El mercenario fue lanzado hacia atrás, golpeando contra la pared de piedra.
Martín, desde la entrada, vio el momento decisivo. Vio a su padre, cegado por la ira, a punto de matar a la única persona que había mostrado compasión por él. Y vio a Amanda, vulnerable, distraída por el esfuerzo de mantener el portal estable.
No lo pensó. Actuó.
Se lanzó hacia adelante, no con un arma, sino con su propio cuerpo. Se interpuso entre la espada de Rodrigo y Amanda, recibiendo el golpe destinado a ella.
El acero penetró su pecho con un sonido húmedo y terrible. Martín cayó de rodillas, mirando a su padre con ojos sorprendidos, pero no doloridos. Sonrió.
—Ya basta, padre —susurró, con sangre burbujeando en sus labios—. Ya basta.
Rodrigo retrocedió, horrorizado, dejando caer la espada. Había matado a su propio hijo. El acto final de su tiranía había sido el fratricidio, el filicidio, la destrucción de su propio legado.
Amanda, liberada de la distracción, aprovechó el shock de Rodrigo para intensificar la energía del portal. La luz explotó hacia afuera, una onda de choque silenciosa que derribó a Rodrigo y lo dejó inconsciente, mientras que Diego, recuperándose, corría hacia Martín.
Pero era demasiado tarde. Martín murió con una sonrisa en los labios, mirando la luz violeta, viendo en ella no el infierno, sino la liberación.
Y mientras el portal comenzaba a colapsar, inestable por la interrupción violenta, Amanda supo que el tiempo se había acabado. La elección ya no era suya. El destino había hablado. Y su voz era el silencio de un corazón que dejaba de latir por amor a la verdad.