El latido de Toledo CAPÍTULO 39 LA ELECCIÓN FINAL
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CAPÍTULO 39 LA ELECCIÓN FINAL

La noche en el Alcázar no trajo el sueño, sino una vigilia lúcida y dolorosa.

Amanda permaneció sentada en el borde del lecho de su nueva "habitación de huésped", una estancia amplia con tapices de Arras que amortiguaban los sonidos del exterior y ventanas altas que enmarcaban un cuadrado de cielo estrellado.

La caída de Rodrigo había sido celebrada en las calles con hogueras y cánticos, pero dentro de los muros de piedra, el silencio era denso, cargado de la gravedad de lo ocurrido.

La justicia se había servido, sí, pero el precio había sido alto: la vida de Martín, la integridad de una ciudad, y la certeza de su propio lugar en el mundo.

Diego estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, observando la silueta oscura de Toledo bajo la luz de la luna.

No llevaba armadura ni armas; vestía una túnica sencilla de lino que el Rey le había proporcionado como señal de favor.

Sin embargo, su postura seguía siendo la de un guerrero en alerta, tenso, preparado para defender o atacar.

Pero esta vez, no había enemigo externo.

El enemigo era la decisión que pendía sobre ellos como una espada de Damocles.

—El hilo sigue ahí —dijo Amanda, rompiendo el silencio con una voz que sonaba extraña en la quietud de la habitación—. Lo siento en mi pecho. Como un latido ajeno.

Diego no se giró inmediatamente. Sus hombros se tensaron apenas, un movimiento casi imperceptible que delataba su turbación interna.

—¿Te llama? —preguntó finalmente, con voz baja, rasposa por la falta de uso.

—Me recuerda —corrigió ella—. Me recuerda quién soy. O quién era. En mi tiempo, no soy una fugitiva. No soy una bruja. Soy Amanda, historiadora. Tengo un apartamento con calefacción central, libros digitales, café caliente por las mañanas. Tengo seguridad. Tengo... soledad.

La palabra soledad resonó en la habitación con una claridad cruel. Diego se giró lentamente. Su rostro, iluminado por la luz lunar, mostraba líneas de cansancio y una tristeza profunda, antigua, que parecía haber estado allí mucho antes de que ella llegara.

—Y aquí —continuó él, dando un paso hacia ella—, tienes miedo. Tienes frío. Tienes hambre. Tienes cicatrices. Pero no estás sola.

Se detuvo a escasos metros de distancia, respetando un espacio que sabía que podía ser invadido o rechazado.

—Aquí tienes verdad —añadió, con intensidad contenida—. Una verdad dura, sangrienta, injusta. Pero es real. Y yo soy real. Mi amor por ti no es un algoritmo, ni una conveniencia social, ni una ilusión temporal. Es carne. Es hueso. Es sangre.

Amanda se puso de pie, caminando hacia él.

Cada paso era una batalla contra la lógica fría de su mente moderna, que le gritaba que volviera a la seguridad, a la racionalidad, a un mundo donde las mujeres no eran mercancías y la justicia no dependía de caprichos reales.

Pero su corazón, ese órgano primitivo y terco, latía al ritmo de Diego.

—Si me quedo —dijo ella, deteniéndose frente a él, mirándolo a los ojos—, perderé mi pasado. Perderé mi familia, mis amigos, todo lo que conocí. Seré una extranjera para siempre. Una anomalía.

—Y si te vas —replicó Diego, con voz quebrada—, perderás tu presente. Me perderás a mí. Y perderás la parte de ti que descubrió que puede ser valiente, que puede luchar, que puede amar más allá del miedo. ¿Vale la pena esa seguridad si significa vivir una mentira cómoda?

Amanda extendió la mano, tocando suavemente la mejilla de Diego. Su piel estaba cálida, áspera por la barba incipiente, real. Sintió cómo él cerraba los ojos, inclinando la cabeza hacia su palma como un hombre sediento que encuentra agua en el desierto.

—No sé qué es el hogar, Diego —confesó ella, con lágrimas picando en sus ojos—. Pensé que era un lugar. Un tiempo. Pero ahora... ahora creo que es una persona.

Diego abrió los ojos. En ellos vio la respuesta antes de que ella la pronunciara. Vio la lucha, la duda, pero también la resolución naciente.

—El portal —susurró él—. ¿Cuándo se cerrará definitivamente?

—Esta noche —respondió Amanda—. La alineación termina al amanecer. Si no cruzo antes de que salga el sol, el vínculo se romperá. Quedaré atrapada aquí. Para siempre.

Un silencio pesado cayó entre ellos. Afuera, un gallo cantó lejos, anunciando la proximidad del alba. El tiempo, ese recurso infinito en su siglo, se había convertido en arena fina escapándose entre sus dedos.

Diego tomó la mano de Amanda, entrelazando sus dedos con los suyos.

—No te pediré que te quedes —dijo, con una dignidad que le partió el corazón a Amanda—.

Porque amarte significa querer tu felicidad, incluso si esa felicidad está a siglos de distancia.

Pero te diré esto: si te vas, llevaré tu recuerdo como mi única riqueza.

Y si te quedas, lucharé contigo cada día para hacer de este mundo un lugar digno de ti.

Amanda lo miró, viendo la nobleza en su sacrificio. Y supo, con una certeza absoluta, que no podía irse. No porque tuviera miedo al futuro, sino porque ya había encontrado su destino. Su hogar no era un edificio en el siglo XXI. Era este hombre, esta lucha, esta verdad imperfecta y hermosa.

—Me quedo —dijo, con voz firme, clara, liberadora.

Diego exhaló largamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años. Una sonrisa lenta, genuina, iluminó su rostro.

—Entonces bienvenida a casa, Amanda —susurró, inclinándose para besarla.

El beso no fue apasionado ni desesperado. Fue tranquilo, profundo, un sello de pacto eterno. Fue la aceptación mutua de un destino compartido, con todos sus peligros y bellezas.

Pero mientras se abrazaban, sintiendo el calor del otro como única ancla en el universo, Amanda notó algo extraño.

El tirón en su pecho, ese hilo invisible que la conectaba con su tiempo original, no se rompió.

Al contrario, comenzó a vibrar con más fuerza.

No era una llamada de retorno. Era una advertencia.

El portal no se estaba cerrando. Se estaba transformando.

La luz violeta comenzó a filtrarse por debajo de la puerta de la habitación, no desde el exterior, sino desde el interior de la propia realidad. El aire se volvió eléctrico, ozonizado. Las sombras en las paredes comenzaron a alargarse, distorsionarse, tomando formas humanas.

—Diego —murmuró Amanda, separándose de él con ojos muy abiertos—. Algo no va bien.

Diego desenvainó la daga que había escondido bajo la almohada, poniéndose frente a ella.

—¿Qué es eso?

Antes de que pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió de par en par. No entró ningún guardia. Entró la luz. Una luz blanca, cegadora, pura, que llenó la estancia borrando todos los contornos. Y dentro de esa luz, una figura.

No era Rodrigo. No era Martín. Era una silueta humana, alta, vestida con ropas que parecían hechas de la misma luz. No tenía rostro, pero Amanda sintió que la observaba.

—Amanda Vance —dijo una voz que no provenía de la boca de la figura, sino que resonaba directamente en su mente. Una voz neutra, atemporal, fría como el espacio exterior—. Tu intervención ha alterado la línea temporal. La paradoja debe ser resuelta.

Amanda sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Diego intentó agarrarla, pero sus manos pasaron a través de ella como si fuera humo.

—¡Amanda! —gritó él, con desesperación.

—No tengas miedo —dijo la voz—. No vas a volver. Vas a entender.

Pero entonces, la luz la tragó.