El latido de Toledo CAPÍTULO 31 LA CAZA FINAL
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CAPÍTULO 31 LA CAZA FINAL

Toledo no dormía; acechaba. La ciudad, habitualmente un laberinto de sombras y silencios bajo el manto nocturno, se había transformado en una trampa viviente, un organismo depredador cuyas calles eran venas tensas y cuyos edificios, ojos vigilantes.

El aire vibraba con una electricidad estática opresiva, cargada del hedor a antorcha quemada, a sudor rancio y a miedo colectivo.

Rodrigo de Vargas no había lanzado una búsqueda; había desatado una plaga.

Sus hombres, una jauría de mercenarios sin lealtad más que al oro, barrían cada callejón, cada patio interior, cada sótano olvidado, con la eficiencia brutal de quienes saben que el fracaso no es una opción, sino una sentencia de muerte.

Amanda y Diego se movían como fantasmas entre las grietas de la urbe, evitando los caminos principales donde las patrullas montadas galopaban con estruendo, sus cascos martilleando el empedrado como tambores de guerra.

Llevaban días huyendo desde su encuentro con Martín, sobreviviendo a base de raíces amargas, agua de charco y la adrenalina pura que mantenía sus cuerpos al borde del colapso.

La llave de hierro oxidado, oculta en el dobladillo de la túnica de Amanda, pesaba como un lingote de plomo, recordándoles constantemente el objetivo imposible: regresar al Alcázar, entrar en la guarida del lobo y extraer la verdad definitiva.

—Por aquí —farfulló Diego, señalando hacia una alcantarilla entreabierta cerca de la Puerta de Bab al-Mardum.

Su rostro estaba demacrado, la barba crecida y sucia, pero sus ojos conservaban esa chispa feroz de supervivencia que había cautivado a Amanda desde el primer momento—.

Conduce a los túneles romanos bajo la Judería.

Esos perros no se atreverán a bajar allí. Tienen miedo a lo que no pueden ver.

Se deslizaron en la oscuridad fétida del conducto, cerrando la rejilla tras ellos con un clic suave que resonó como un disparo en el silencio subterráneo.

Abajo, el aire era denso, húmedo, cargado de siglos de desechos humanos y animales.

Caminaron agachados, guiándose por el tacto de las paredes viscosas y el sonido lejano del agua corriente.

La oscuridad era absoluta, una negrura tangible que parecía presionar contra los globos oculares, pero para Amanda, era un refugio.

En la superficie, era una bruja, una traidora, una presa. Aquí abajo, era invisible.

Mientras avanzaban, Amanda no podía evitar pensar en la ironía de su situación.

Había viajado cientos de años hacia el pasado buscando respuestas históricas, y ahora se encontraba escondida en las entrañas de la historia, luchando por no convertirse en una nota al pie de página, en una víctima más de la estadística cruel de la Edad Media.

Pero no estaba sola. La presencia de Diego, su respiración constante a su lado, era un ancla en la deriva temporal.

De repente, Diego se detuvo en seco, levantando una mano para silenciarla. Escuchó. No era el goteo del agua, ni el crujido de las ratas. Eran voces. Voces humanas, resonando en la bóveda del túnel al final.

—No estamos solos —murmuró él, desenvainando la daga con un movimiento fluido.

Avanzaron con extrema cautela, pegados a la pared.

Al doblar una curva pronunciada, vieron luz.

Antorchas. Y con la luz, figuras. No eran guardias de Rodrigo.

Eran hombres vestidos con túnicas negras, capuchas bajas, armados con ballestas cortas.

Mercenarios de Carvajal. O quizás, asesinos a sueldo contratados por Rodrigo para limpiar los cabos sueltos que habían quedado tras la fuga de la Catedral.

Uno de ellos sostenía un mapa enrollado, señalando direcciones con un dedo enguantado.

—La rata debe estar cerca —decía uno, con voz ronca—. El perro olfateó su rastro hasta aquí. Si salen por la salida del río, los esperamos. Si intentan subir hacia la ciudad, los cazamos en las calles.

Amanda sintió cómo el corazón se le aceleraba hasta dolerle. Estaban cercados. No solo por arriba, sino por abajo. Rodrigo había previsto incluso sus rutas de escape subterráneas. Era un estratega implacable, un hombre que no dejaba nada al azar.

Diego apretó el brazo de Amanda, indicándole con un gesto que retrocedieran.

Pero antes de que pudieran moverse, una piedra cayó desde una abertura en el techo del túnel, rodando hasta detenerse a sus pies.

Los mercenarios giraron las cabezas instantáneamente, apuntando sus ballestas hacia la oscuridad donde se escondían.

—¡Allí! —gritó uno.

Una flecha silbó, clavándose en la pared junto a la cabeza de Amanda.

No hubo tiempo para pensar. Diego empujó a Amanda hacia una bifurcación lateral estrecha, apenas lo suficientemente ancha para pasar un cuerpo, y se lanzó tras ella.

Corrieron en la oscuridad total, tropezando con raíces de piedra y charcos de lodo, escuchando los pasos pesados de sus perseguidores acercándose rápidamente.

El túnel se volvía más estrecho, más bajo, obligándoles a arrastrarse casi a cuatro patas.

El aire se hacía irrespirable, viciado por el esfuerzo físico extremo.

Finalmente, llegaron a una pequeña cámara natural, iluminada tenuemente por una grieta en el techo que dejaba pasar un rayo de luz lunar.

Era un callejón sin salida. Una trampa mortal.

Detrás de ellos, los mercenarios emergieron de la oscuridad, bloqueando la única salida. Eran cinco. Cinco hombres armados, cansados pero letales, con sonrisas crueles iluminadas por la luz de sus antorchas.

—Fin del juego, ratas —dijo el líder, un hombre cicatrizado con un ojo tuerto—. Don Rodrigo paga bien por cabezas intactas. Pero pagará mejor si os entregamos vivos para el espectáculo.

Diego se colocó frente a Amanda, con la daga en alto, sabiendo que las probabilidades estaban abrumadoramente en su contra.

—Corre cuando te lo diga —susurró, sin apartar la vista de los enemigos.

—No te dejaré solo —respondió Amanda, con voz firme, aunque sus manos temblaban.

—No es valentía, es suicidio —replicó él, con dureza necesaria—. Vive. Lleva la llave al Rey. Eso es lo único que importa.

Antes de que los mercenarios pudieran atacar, un sonido nuevo resonó en la cámara. Un zumbido grave, profundo, que parecía venir de las propias paredes de piedra. No era un sonido humano. Era una vibración, una frecuencia baja que hizo temblar los dientes y vibrar los huesos.

Los mercenarios se detuvieron, confundidos, mirando alrededor.

—¿Qué es eso? —preguntó uno, con inquietud.

Amanda sintió algo extraño en el pecho. Una atracción magnética, un tirón hacia la pared posterior de la cámara, donde la piedra parecía ondularse ligeramente, como agua perturbada por una piedra.

Recordó las palabras de Yusuf sobre los portales, sobre las alineaciones astronómicas.

Hoy era el solsticio de verano. La noche más corta.

El momento en que el velo entre los mundos era más fino.

—Diego —murmuró, con ojos muy abiertos—. Mira la pared.

La piedra comenzaba a brillar con una luz violeta tenue, pulsátil. Una grieta luminosa se abría en el centro, expandiéndose lentamente, revelando no roca, sino un vacío giratorio de colores imposibles.

El portal.

Se estaba abriendo de nuevo.

Los mercenarios, aterrorizados por lo que consideraban brujería evidente, retrocedieron unos pasos, cruzándose señales de protección.

—¡Es el demonio! —gritó uno, dejando caer su ballesta.

Diego miró el portal, luego a Amanda, y finalmente a los hombres que los amenazaban. Comprendió inmediatamente la oportunidad. No era una salida hacia otro tiempo, necesariamente. Era una distracción. Una anomalía que rompía la lógica del mundo medieval.

—Ahora —ordenó Diego.

Pero no corrió hacia el portal. Corrió hacia los mercenarios, aprovechando su confusión y miedo supersticioso. Atacó con una furia desesperada, golpeando al líder con la empuñadura de la daga, haciéndolo caer. Los otros dos dudaron, paralizados por el brillo sobrenatural de la pared.

Amanda, entendiendo el plan, tomó una piedra del suelo y la lanzó contra la pared brillante, no para dañarla, sino para interactuar con ella. Al tocar la piedra la superficie luminosa, esta emitió un destello cegador, una explosión de luz blanca que inundó la cámara.

Los mercenarios gritaron, cubriéndose los ojos, ciegos temporalmente.

—¡Vamos! —gritó Diego, tomando la mano de Amanda.

En lugar de entrar en el portal, corrieron hacia la izquierda, hacia una pequeña abertura en el suelo que habían pasado por alto, un conducto de drenaje secundario que descendía aún más profundo.

Se deslizaron por él justo cuando la luz del portal comenzaba a estabilizarse, convirtiéndose en una ventana estable hacia... ¿qué?

Mientras caían por la oscuridad del conducto, alejándose de la cámara y de sus perseguidores desorientados, Amanda tuvo una visión fugaz a través del brillo residual del portal. Vio edificios altos, luces eléctricas, coches. Vio su propio siglo. Vio la seguridad, la comodidad, la soledad.

Y luego, la oscuridad la tragó de nuevo.

Habían escapado de la trampa inmediata. Pero el portal se había abierto. Y ahora, Amanda sabía que tenía una elección que hacer. Una elección que definiría no solo su destino, sino el de todos aquellos a quienes amaba en este tiempo cruel y hermoso.

La caza continuaba, pero las reglas habían cambiado. Ya no solo huían de hombres. Huían del tiempo mismo.