CAPÍTULO 30 EL ENCUENTRO CON MARTÍN
La corriente del Tajo era traicionera, un brazo frío y muscular que intentaba arrastrar a los nadadores hacia el fondo fangoso.
Amanda luchaba contra el agua, sus pulmones ardiendo por la falta de aire, mientras Diego la impulsaba desde atrás, su brazo herido limitando su eficacia, pero no su determinación.
Lograron alcanzar la orilla opuesta, una franja de grava y juncos altos que ofrecía una cobertura temporal pero precaria.
Se arrastraron fuera del agua, empapados, temblando violentamente por el choque térmico y el agotamiento extremo.
Detrás de ellos, al otro lado del río, las campanas de la Catedral doblaban con un ritmo frenético, anunciando el caos que habían dejado atrás.
—No podemos quedarnos aquí —jadeó Diego, escudriñando la línea de árboles que bordeaba la ribera—. Los perros olfatearán nuestro rastro en minutos. Debemos movernos hacia el norte, hacia los caminos secundarios que llevan a Segovia. Desde allí, podremos alcanzar la corte real.
Amanda asintió, exprimiendo el agua de su túnica pesada. El libro mayor, envuelto en tela de cuero, seguía pegado a su cuerpo, una carga física y moral que parecía pesar más que todo el oro de Castilla.
Habían escapado, sí, pero a un costo terrible. Yusuf estaba probablemente muerto o encarcelado. Martín había revelado su verdad pública, sellando su destino como traidor a su propia sangre. Y ellos eran fugitivos, acusados no solo de brujería, sino ahora de asesinato y alta traición.
Comenzaron a caminar, adentrándose en la espesura del bosque que cubría las laderas norteñas de Toledo.
La vegetación era densa, llena de encinas retorcidas y arbustos espinosos que rasgaban la ropa y la piel. Cada paso era un esfuerzo consciente, cada sonido del bosque, el crujir de una rama, el ulular de un búho diurno, era interpretado como una amenaza inminente.
Horas después, cuando el sol comenzaba a declinar tiñendo el cielo de tonos ocres y violetas, decidieron detenerse en una pequeña cala rocosa junto al río, lejos de los senderos principales.
Necesitaban fuego para secarse, aunque fuera mínimo, y descanso para recuperar las fuerzas.
Diego reunió ramas secas y encendió una hoguera pequeña, ocultando el humo entre las rocas.
Mientras el fuego crepitaba suavemente, Amanda se sentó sobre una piedra plana, mirando las llamas danzantes. Su mente repasaba constantemente los eventos del día. La valentía de Martín. La desesperación de Yusuf. La frialdad calculadora de Rodrigo.
—Creo que lo hicimos mal —murmuró, rompiendo el silencio opresivo.
Diego, que vigilaba el perímetro con la daga en mano, se giró hacia ella.
—¿A qué te refieres?
—Dejamos a Martín solo —respondió Amanda, con voz quebrada—. Sabía que su padre lo mataría por haber hablado. Lo sacrificamos por nuestra huida. Somos tan culpables como Rodrigo.
Diego se acercó y se sentó a su lado, colocando una mano reconfortante sobre su hombro.
—Martín eligió su camino, Amanda. No fue un sacrificio impuesto. Fue una redención elegida. Él sabía que no podía vivir más bajo la sombra de su padre. Al hablar, liberó su alma, incluso si condenó su cuerpo. No cargues con esa culpa. Es suya, y solo suya.
Antes de que Amanda pudiera responder, un sonido leve, apenas perceptible sobre el murmullo del río, les puso en alerta. Pasos. Ligeros, cautelosos, pero deliberados. No eran animales. Eran humanos.
Diego se puso de pie instantáneamente, desenvainando la daga y colocándose frente a Amanda.
—Salid —ordenó, con voz firme dirigida a la oscuridad de los arbustos—. Sé que estáis ahí.
De entre las sombras emergió una figura. No llevaba armas visibles. Vestía ropas sencillas, desgastadas por el viaje y la huida. Era Martín.
Su rostro estaba pálido, demacrado, con ojeras profundas que oscurecían sus ojos.
Llevaba un corte superficial en la mejilla, probablemente hecho por una rama o una piedra durante su propia fuga.
Pero lo más impactante no era su apariencia física, sino su expresión.
Ya no había miedo ni odio en sus ojos. Solo una tristeza infinita, antigua, y una calma extraña, casi sobrenatural.
—No vengo a luchar —dijo Martín, con voz suave, levantando las manos vacías para mostrar que no representaba una amenaza inmediata—. Vengo a despedirme.
Diego no bajó la guardia, pero relajó ligeramente la tensión de sus músculos.
—Tu padre te buscará —advirtió—. Te matará si te encuentra.
—Lo sé —respondió Martín, acercándose lentamente al fuego, ignorando la daga apuntada hacia su pecho—. Ya me ha encontrado. O mejor dicho, ya me ha descartado. Para él, dejé de existir en el momento en que hablé. Soy un fantasma en mi propia casa.
Se sentó en una piedra opuesta a Amanda, mirando las llamas con una fascinación hipnótica.
—Quería veros una última vez —continuó—. Quería asegurarme de que estabais vivos. De que mi traición... mi elección... sirvió para algo.
Amanda lo observó con una mezcla de compasión y respeto renovado.
—Sirvió para mucho, Martín —dijo ella, con sinceridad—. Distrajiste a tu padre. Nos diste tiempo. Y expusiste parte de la verdad ante el pueblo. Eso no se olvidará fácilmente.
Martín sonrió tristemente.
—La verdad es una semilla pequeña en un campo de piedras, Amanda. Puede que no florezca hoy, ni mañana. Pero alguna vez lo hará. Y cuando lo haga, recordad que yo ayudé a plantarla.
Sacó algo del bolsillo interior de su túnica. Era una llave pequeña, de hierro oxidado, colgada de una cadena fina.
—Esta abre la caja fuerte privada de mi padre en su despacho del Alcázar —explicó, tendiéndola hacia Amanda—.
Allí guarda las cartas originales de Carvajal.
Las que no están en el libro mayor. Las que implican directamente a miembros del Consejo Real.
Si queréis llegar al Rey, necesitáis más que un registro de ventas.
Necesitáis pruebas de conspiración contra la Corona. Esto os dará acceso.
Amanda tomó la llave con manos temblorosas. Era un objeto pequeño, insignificante a la vista, pero cargado de un poder destructivo inmenso.
—¿Por qué nos das esto? —inquirió—. Podrías usarla para negociar tu perdón.
—No hay perdón para mí —respondió Martín, con una claridad escalofriante—. Y no quiero el perdón de un hombre que vendió a niñas por oro. Quiero justicia. Aunque sea póstuma. Aunque sea a través de vosotros.
Diego finalmente guardó la daga, reconociendo la sinceridad absoluta en las palabras del joven.
—¿Qué harás ahora? —preguntó el mercenario.
Martín se puso de pie, mirando hacia el río, hacia la silueta distante de Toledo iluminada por la luna.
—Iré al monasterio de Guadalupe —dijo—. Hay hermanos allí que aceptan a los pecadores arrepentidos. Pasaré el resto de mis días rezando por las almas que mi padre destruyó. Y por la mía.
Se giró hacia ellos por última vez. Sus ojos encontraron los de Amanda, y en ese intercambio hubo una conexión profunda, un reconocimiento mutuo de dos almas que habían visto el abismo y habían elegido no saltar, sino construir un puente sobre él.
—Cuidaos —masculló Martín—. Rodrigo no se detendrá. Usará toda su influencia, todo su dinero, toda su crueldad. Pero recordad: la mentira tiene piernas cortas. La verdad, aunque cojee, siempre llega.
Sin esperar respuesta, Martín se dio la vuelta y se adentró en la oscuridad del bosque, desapareciendo tan silenciosamente como había llegado.
Amanda y Diego permanecieron en silencio durante largos minutos, escuchando cómo el viento movía las hojas de los árboles. La llave pesaba en la mano de Amanda, fría y sólida.
—Tenemos una segunda oportunidad —dijo Diego, rompiendo el hechizo—. Con esta llave, podemos acceder a la prueba definitiva. La que vincula a Rodrigo con la traición al Rey.
Amanda cerró el puño alrededor de la llave, sintiendo cómo el metal se clavaba en su palma.
—Entonces debemos volver —dijo ella, con una determinación nueva, fría y afilada como el acero—. No huir hacia el norte. Sino regresar a la boca del lobo. Una última vez. Para terminar esto.
Diego la miró, sorprendido por el giro radical de su estrategia. Pero al ver el fuego en sus ojos, supo que no había otra opción. Huir significaba vivir con la duda, con la amenaza constante. Volver significaba riesgo mortal, pero también la posibilidad de una victoria total.
—Será suicida —advirtió él.
—Será justicia —corrigió ella.
Cuando la luna ascendía sobre el Tajo, iluminando el camino de regreso hacia la ciudad de las tres culturas, dos figuras se prepararon para la batalla final. No como víctimas, ni como fugitivos. Sino como jueces de su propio destino.