El latido de Toledo CAPÍTULO 24 LA EMBOSCADA
61%

CAPÍTULO 24 LA EMBOSCADA

La red de cáñamo, empapada en una sustancia viscosa y pegajosa, se adhería a la piel como una segunda epidermis tóxica, restringiendo cada movimiento con una tenacidad asfixiante.

Amanda yacía sobre las losas frías de la capilla, el rostro presionado contra la piedra, mientras el peso de Rodrigo aplastaba su espalda, robándole el aire de los pulmones en jadeos cortos y desesperados.

El olor del Alguacil, una mezcla rancia de vino añejo, sudor frío y ambición corrupta, inundaba sus sentidos, provocándole náuseas que luchaban por emerger a través de la mordaza improvisada que uno de los guardias le había colocado.

Diego, atrapado a pocos metros de distancia, forcejeaba con una furia contenida, sus músculos tensándose bajo la malla hasta que las venas de su cuello se marcaron como cuerdas de violín a punto de romperse.

Sus ojos, oscurecidos por la rabia impotente, buscaban los de Amanda, transmitiendo un mensaje silencioso de disculpa y determinación.

Habían fallado. La trampa no era solo física; era psicológica.

Rodrigo había utilizado la vulnerabilidad de Martín, la culpa del hijo torturado por años de abuso paterno, como cebo perfecto para atraer a las ratas de vuelta a la ratonera.

—Mirad qué par de alimañas —murmuró Rodrigo, inclinándose para susurrar al oído de Amanda, su aliento caliente y húmedo erizándole la nuca—.

Tan inteligentes, tan astutos. Creísteis que podíais jugar conmigo en mi propio tablero.

Pero olvidasteis una cosa fundamental, pequeña bruja: yo inventé las reglas.

Con un gesto brusco, Rodrigo ordenó a sus hombres que levantaran a los prisioneros.

Dos guardias agarraron a Diego por los brazos, arrancándolo del suelo con violencia innecesaria, mientras otros dos hacían lo mismo con Amanda.

La joven gritó ahogadamente contra la tela que le cubría la boca, sus piernas colgando inertes, incapaces de encontrar apoyo.

Rodrigo se incorporó, ajustándose las mangas de su túnica de seda con una calma exasperante. Caminó hacia Martín, quien permanecía arrodillado junto al altar, temblando incontrolablemente, con lágrimas surcando su rostro pálido y magullado.

—Levántate, hijo —dijo Rodrigo, con una voz que fingía dulzura, pero goteaba veneno—. Has hecho bien tu trabajo. Has demostrado lealtad. Aunque sea a regañadientes.

Martín no respondió. Su mirada estaba vacía, perdida en algún lugar lejano, desconectada de la realidad inmediata.

El trauma de haber traicionado a los únicos aliados que había tenido, sumado al miedo ancestral hacia su padre, había quebrado algo esencial en su psique.

Era un cascarón vacío, un instrumento roto que ya no servía para nada más que para ser descartado.

Rodrigo ignoró el silencio de su hijo y se giró hacia los prisioneros.

—Llevadlos a las mazmorras inferiores —ordenó, con frialdad burocrática—.

Las mismas donde encerramos a las "mercancías" antes de su envío.

Quiero que experimenten lo que sienten ellas.

El miedo. La humedad. La certeza de que nadie vendrá a salvarlas.

Y tú, Diego... —señaló al mercenario con desdén—, te guardaré para el final.

Quiero verte suplicar antes de arrancarte la lengua.

Los guardias comenzaron a arrastrarlos hacia la escalera que descendía a la cripta, pero esta vez, no hacia la salida, sino hacia una puerta lateral oculta tras un tapiz desgastado.

Una trampilla que conducía a niveles aún más profundos, lugares que ni siquiera aparecían en los planos antiguos que Amanda había estudiado.

Mientras bajaban, la oscuridad se volvía absoluta, rota solo por las antorchas humeantes que portaban los soldados.

El aire se enrarecía, volviéndose pesado y difícil de respirar.

Amanda sentía cómo la desesperación comenzaba a abrirse paso entre las grietas de su resistencia.

Habían estado tan cerca. Tan increíblemente cerca de la verdad.

Y ahora, esa verdad sería enterrada con ellos.

De repente, Diego hizo algo inesperado. Aprovechando un tropiezo deliberado de uno de los guardias que lo sostenía, giró el cuerpo con una fuerza explosiva, liberando un brazo de la red temporalmente. No intentó golpear. Intentó alcanzar.

Su mano, libre por un instante fugaz, buscó en su bota. No la daga. Algo más pequeño. Más sutil.

Una pequeña bolsa de polvo blanco. Polvo de cal viva, que solía usar para cegar a los oponentes en peleas sucias.

Con un movimiento rápido y preciso, lanzó el contenido de la bolsa hacia el rostro del guardia que sostenía a Amanda.

El hombre gritó, llevándose las manos a los ojos mientras la cal comenzaba a quemar sus córneas, cegándolo instantáneamente. En el caos subsiguiente, Diego aprovechó la confusión para lanzarse contra el otro guardia, usando su propio cuerpo como arma, derribándolo escaleras abajo.

—¡Corre, Amanda! —rugió, liberándose parcialmente de la red rasgada por el impacto.

Amanda, viendo la oportunidad, se dejó caer rodando por los escalones restantes, aterrizando con dureza en el suelo de tierra del nivel inferior.

La caída le quitó el aliento, pero la adrenalina actuó como analgésico inmediato.

Se puso de pie tambaleándose, escupiendo la mordaza que se había aflojado con el golpe.

Delante de ella, un pasillo estrecho se extendía hacia la oscuridad. Detrás, los gritos de dolor del guardia ciego y las órdenes furiosas de Rodrigo resonaban como truenos en la bóveda.

—¡Detenedla! ¡Matadla si es necesario! —bramaba el Alguacil desde arriba.

Amanda corrió. Sus pies descalzos golpeaban la tierra húmeda, resbalando ocasionalmente en el lodo acumulado. El pasillo era un laberinto de túneles naturales reforzados con madera podrida. No sabía adónde llevaba, pero sabía que quedarse significaba la muerte.

Escuchó pasos pesados detrás de ella. Diego la seguía, cojeando visiblemente, con la ropa rasgada y el rostro ensangrentado. Había logrado liberarse completamente, pero el esfuerzo le había pasado factura.

—Por aquí —jadeó él, señalando una bifurcación a la izquierda—. Huele a corriente de aire. Debe haber una salida.

Giraron a la izquierda, adentrándose en un túnel aún más estrecho y bajo.

Tuvieron que agacharse para avanzar, arrastrándose casi a cuatro patas.

La oscuridad era total, salvo por la luz tenue de una antorcha que Diego había logrado conservar.

Las paredes estaban cubiertas de musgo viscoso y raíces que penetraban desde la superficie como dedos esqueléticos.

Avanzaron durante varios minutos, el sonido de la persecución alejándose gradualmente, aunque no desapareciendo por completo. Rodrigo conocía esos túneles mejor que ellos. Era su territorio.

Finalmente, llegaron a una sala más amplia, una cámara natural iluminada por una claraboya natural en el techo, por donde se filtraba un rayo de luz lunar. En el centro, un pequeño estanque subterráneo reflejaba la luz plateada.

Pero no estaban solos.

Al otro lado del estanque, una figura esperaba. No era un guardia. No era Martín. Era un hombre alto, vestido con ropas negras elegantes, con el rostro parcialmente oculto por una capucha. Sostenía una ballesta cargada, apuntada directamente hacia ellos.

Era el mismo hombre que habían visto en el Alcázar. El espía de Carvajal. O quizás, algo peor.

—Os estábamos esperando —dijo el hombre, con una voz suave y culta que contrastaba con la brutalidad del entorno—. Don Rodrigo paga bien por cabezas, pero Luis de Carvajal paga mejor por silencios. Y vosotros habláis demasiado.

Diego se interpuso delante de Amanda, protegiéndola con su cuerpo herido.

—No tenemos las pruebas originales —mintió Diego, con voz firme—. Solo copias. Si nos matáis, las copias llegarán al Arzobispo mañana. Es un seguro de vida.

El hombre de negro sonrió, una expresión fría y calculadora.

—Mientes. Sé que tenéis el libro mayor. Martín os lo dio antes de que su padre lo capturara. Lo vi todo desde las sombras.

Amanda sintió un escalofrío helado. Martín no solo los había traicionado bajo tortura; les había dado el libro antes de ser capturado, como último acto de redención. Pero eso significaba que Rodrigo ya sabía que el libro faltaba. Y que este hombre sabía que ellos lo tenían.

Estaban atrapados entre dos fuegos. Rodrigo, furioso y poderoso, detrás de ellos. Y el asesino a sueldo de Carvajal, delante.

No había salida.

O quizás sí.

Amanda miró el estanque. El agua era profunda, oscura. Y recordaba las palabras de Yusuf sobre los túneles de agua que conectaban la ciudad.

—Diego —susurró ella, sin apartar la vista del hombre de la ballesta—. El agua.

Diego entendió inmediatamente. Sin dudarlo, agarró a Amanda por la cintura y se lanzó con ella al estanque, justo cuando el hombre de negro disparaba.

El virote silbó sobre sus cabezas, clavándose en la pared de piedra con un chasquido seco. El impacto del agua fría fue como un martillazo, robándoles el aliento, pero los sumergió en la oscuridad protectora del líquido.

Nadaron hacia el fondo, buscando la corriente subterránea que Amanda intuía. Sus pulmones ardían, pero la esperanza de libertad los impulsaba. Bajo el agua, en la oscuridad absoluta, encontraron una abertura estrecha en la roca. Un conducto natural.

Se introdujeron en él, nadando contra la corriente débil, dejando atrás la luz, el aire y la seguridad superficial.

Arriba, el hombre de negro se acercó al borde del estanque, mirando las burbujas que ascendían lentamente hacia la superficie. Sonrió, convencido de que habían muerto ahogados.

Pero bajo tierra, en las entrañas de Toledo, dos corazones seguían latiendo. Débiles, cansados, heridos, pero latiendo.

Fue cuando la verdad, envuelta en cuero impermeable bajo la túnica de Amanda, seguía intacta.