CAPÍTULO 25 EL REFUGIO DE LA CATEDRAL
La corriente subterránea no era un río, sino una vena oscura y fría que pulsaba bajo la piel de piedra de Toledo.
Amanda y Diego fueron arrastrados por ella como hojas secas en un torrente otoñal, sus cuerpos golpeados contra las paredes irregulares del conducto, sus pulmones al borde del colapso por la falta de aire.
La oscuridad era absoluta, una negrura líquida que parecía disolver los límites entre el cuerpo y el entorno, entre la vida y la muerte.
Solo el instinto primitivo de supervivencia mantenía sus extremidades en movimiento, buscando cualquier asidero, cualquier burbuja de oxígeno que les permitiera seguir nadando hacia lo desconocido.
Cuando finalmente emergieron a la superficie, lo hicieron con una violencia desesperada, rompiendo la tensión del agua estancada con jadeos roncos y espasmódicos.
El aire que inhalaron estaba viciado, cargado de humedad y olor a moho antiguo, pero para ellos sabía a libertad.
Se encontraban en una pequeña gruta natural, iluminada tenuemente por la luz grisácea que se filtraba desde una rejilla alta en el techo.
Estaban empapados, tiritando incontrolablemente, con la ropa pegada a la piel como una segunda capa de hielo.
Diego ayudó a Amanda a salir del agua, arrastrándose ambos sobre la roca resbaladiza hasta alcanzar una zona más seca.
Sus cuerpos estaban magullados, cubiertos de cortes superficiales causados por las aristas de la piedra durante el viaje submarino.
Pero lo más urgente no eran las heridas físicas, sino el agotamiento extremo y la necesidad imperiosa de encontrar un refugio seguro antes de que la hipotermia los venciera.
—¿Dónde estamos? —preguntó Amanda, con los dientes castañeteando, abrazándose las rodillas para conservar el poco calor corporal que le quedaba.
Diego observó el entorno con ojos entrecerrados, evaluando las marcas en las paredes.
—Las cloacas mayores —respondió, con voz ronca—. Conducen hacia el centro de la ciudad. Si seguimos esta corriente, deberíamos emerger cerca de la Plaza Mayor. O quizás... cerca de la Catedral.
La Catedral Primada de Santa María. El corazón espiritual de Toledo. Un lugar de poder, sí, pero también de asilo sagrado. En la Edad Media, el derecho de asilo eclesiástico era una ley casi inviolable, respetada incluso por los reyes más tiránicos.
Entrar allí significaba poner sus vidas bajo la protección directa de Dios y de la Iglesia, un escudo que Rodrigo de Vargas, por muy poderoso que fuera, no podría romper fácilmente sin provocar un escándalo político y religioso de magnitudes catastróficas.
—Vamos —dijo Amanda, poniéndose de pie con esfuerzo—. Es nuestra única opción.
Caminaron por los túneles húmedos, siguiendo el flujo del agua residual que corría por el centro del canal.
El olor era nauseabundo, una mezcla de desechos humanos, animales muertos y decadencia urbana, pero avanzaron con determinación, guiados por la esperanza de que las murallas sagradas pudieran detener la marea de maldad que los perseguía.
Tras casi una hora de marcha penosa, vieron una luz diferente al final del túnel.
No era la luz pálida de la luna, sino el brillo cálido y dorado de las velas.
Y con la luz, llegó el sonido. El canto grave y solemne de los monjes en el coro, elevándose hacia las bóvedas góticas como una plegaria tangible.
Emergieron por una rejilla de desagüe situada en los jardines laterales de la Catedral, ocultos entre arbustos de boj recortados y estatuas de santos desgastados por la intemperie.
La estructura imponente se alzaba ante ellos, una montaña de piedra tallada que tocaba el cielo, sus agujas perforando la noche como lanzas dirigidas contra la injusticia terrenal.
Se acercaron a la puerta lateral, la Puerta del Perdón, habitualmente cerrada pero vigilada por un portero nocturno. Diego golpeó suavemente la madera maciza.
Un momento después, una pequeña ventana se abrió, revelando el rostro anciano y arrugado de un sacristán.
—¿Quién osa perturbar la casa de Dios a estas horas? —preguntó, con voz temblorosa pero firme.
—Somos perseguidos —respondió Diego con humildad fingida, pero urgencia real—. Buscamos asilo sagrado. Somos inocentes de los crímenes de los que se nos acusa, pero nuestra vida corre peligro mortal.
El sacristán los observó con sospecha, examinando su aspecto miserable, empapado y sangrante.
—El asilo es para los arrepentidos, no para los fugitivos comunes —replicó, aunque su tono sugería compasión.
—Nuestro arrepentimiento es puro —intervino Amanda, dando un paso adelante, mostrando el amuleto de Yusuf que colgaba de su cuello—. Y traemos pruebas de una gran iniquidad que mancha esta ciudad. Pruebas que deben llegar a manos del Arzobispo.
El nombre del Arzobispo pareció tener efecto. El sacristán dudó. Sabía que Don Gonzalo García Gudiel era un hombre justo, pero también cauteloso. Abrir las puertas a unos desconocidos podía traer problemas. Pero negar el asilo a quien lo solicitaba genuinamente era un pecado grave.
Finalmente, suspiró y abrió la puerta pesada.
—Entrad rápido. Y silenciosamente. Si os ven los guardias reales que patrullan el perímetro, no podré hacer nada por vosotros.
Entraron en la nave lateral, sumergiéndose en la penumbra majestuosa de la Catedral.
El aire interior era fresco, olía a incienso, cera vieja y piedra fría.
Las sombras de las columnas se alargaban infinitamente, creando un bosque de piedra donde el silencio tenía peso físico.
El sacristán los acompañó hacia una capilla lateral dedicada a San Ildefonso, patrono de Toledo, donde había un pequeño altar y algunos bancos de madera.
—Quedaos aquí —ordenó el anciano—. Yo avisaré al Deán. Pero no os mováis. No hagáis ruido. Y rezad. Porque si Dios no os protege, ningún hombre podrá hacerlo.
Se marchó, cerrando la verja de hierro forjado que separaba la capilla del resto de la nave principal. Amanda y Diego se dejaron caer en los bancos, exhaustos, temblando aún por el frío y el shock.
Por primera vez en días, estaban a salvo. O al menos, temporalmente protegidos por una barrera invisible pero poderosa.
Diego tomó la mano de Amanda, apretándola con fuerza.
—Lo conseguimos —susurró, con una sonrisa cansada—. Estamos dentro.
Amanda asintió, pero su mente no descansaba.
Miró hacia el altar, donde la figura de San Ildefonso los observaba con ojos de piedra indiferentes.
Sabían que tenían el libro mayor escondido bajo la túnica de Amanda, envuelto en tela impermeable.
Era la prueba definitiva. Pero estar en la Catedral no significaba haber ganado.
Significaba haber cambiado el campo de batalla.
Rodrigo no entraría con espadas desenvainadas. Usaría otras armas. La política. La influencia. La calumnia. Presionaría a la Iglesia desde fuera, acusándolos de herejía, de brujería, de cualquier crimen que pudiera justificar su extradición.
Y mientras pensaba en esto, escuchó un sonido lejano. Pasos. No los pasos ligeros del sacristán, sino botas pesadas, múltiples, acercándose a la entrada principal de la Catedral.
Voces masculinas, autoritarias, discutiendo con el portero.
—¡Abran! ¡En nombre del Rey y del Alguacil Mayor! ¡Tenemos órdenes de registrar el recinto!
Amanda sintió cómo el corazón se le detenía. Habían llegado demasiado rápido. Rodrigo no había perdido el tiempo.
Diego se puso de pie, tensando los músculos, listo para luchar si era necesario, aunque sabía que dentro de la Catedral, la violencia física sería un sacrilegio que jugaría en contra de ellos.
—No luches —le advirtió Amanda, tomándolo del brazo—. Déjalos entrar. Estamos bajo asilo. No pueden tocarnos.
La puerta principal se abrió con estruendo.
La luz de las antorchas inundó la nave central, proyectando sombras danzantes que parecían demonios liberados.
Rodrigo de Vargas entró, seguido por una docena de soldados armados y varios clérigos de rango inferior, incluyendo al Deán, quien parecía nervioso e incómodo.
Rodrigo caminó por la nave central, sus pasos resonando con autoridad arrogante. Su mirada barrió la oscuridad, buscando, cazando. Finalmente, se detuvo frente a la verja de la capilla de San Ildefonso.
Sus ojos se clavaron en Amanda y Diego. Sonrió, esa sonrisa fría y calculadora que ya conocían demasiado bien.
—Así que habéis buscado refugio en la casa de Dios —dijo, con voz proyectada para que todos la escucharan—. Interesante estrategia. Pero recordad, Alguacil: el asilo protege el cuerpo, no el alma. Y si sois brujos, vuestra presencia aquí contamina este suelo sagrado.
El Deán se acercó, tratando de mediar.
—Don Rodrigo, estos individuos han solicitado asilo. La ley canónica...
—La ley canónica no protege a los traidores a la Corona —interrumpió Rodrigo, con firmeza—. Ni a los ladrones de documentos reales. Tengo pruebas de que han robado secretos de estado. Y tengo testigos que los vieron cometer actos de brujería. Exijo su entrega inmediata para juicio.
Amanda se puso de pie, enfrentándolo a través de los barrotes de hierro.
—No hay tales pruebas, señor Alguacil —dijo, con voz clara y firme—. Solo hay mentiras construidas para ocultar vuestros propios crímenes. Y tenemos testigos también. Testigos que hablarán ante el Arzobispo. Ante el Rey.
Rodrigo se mofó, una carcajada seca y cruel.
—El Arzobispo está ocupado. Y el Rey... bueno, el Rey tiene oídos sordos para las quejas de los débiles.
Os daré hasta el amanecer para reconsiderar vuestra posición.
Si no salís voluntariamente, pediré al Papa que excomulgue a quienes os protejan.
Y creedme, Don Deán, nadie quiere ser excomulgado por proteger a una bruja.
Se giró y salió de la Catedral, dejando tras de sí una atmósfera cargada de tensión y miedo. Los soldados permanecieron fuera, rodeando el edificio, estableciendo un cerco psicológico.
Amanda y Diego estaban solos de nuevo en la capilla, pero la sensación de seguridad se había evaporado. El asilo sagrado era un escudo frágil, y Rodrigo acababa de demostrar que estaba dispuesto a romperlo, incluso si eso significaba desafiar a la Iglesia misma.
La noche sería larga. Y el amanecer traería decisiones imposibles.