El latido de Toledo CAPÍTULO 23 PRUEBAS DE PAPEL Y SANGRE
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CAPÍTULO 23 PRUEBAS DE PAPEL Y SANGRE

La noche que siguió al encuentro en el foso no trajo descanso, sino una vigilia tensa y febril.

Amanda y Diego se refugiaron en una bodega abandonada cerca de las murallas del sur, un lugar donde el olor a vino agrio y moho servía como camuflaje olfativo contra los perros de caza de Rodrigo.

Mientras Diego vigilaba la entrada, con la daga desenvainada y los sentidos alerta ante cualquier crujido de la madera vieja, Amanda examinaba el pergamino robado del Alcázar bajo la luz parpadeante de una vela robada.

El documento era una obra maestra de burocracia criminal.

La caligrafía era elegante, casi artística, lo que hacía que su contenido resultara aún más obsceno.

Detallaba transacciones comerciales con una frialdad clínica: "Tres unidades femeninas, edad estimada entre quince y dieciocho años, condición física óptima, sin marcas visibles.

Cada línea era una vida truncada. Cada firma, una complicidad sellada con tinta negra.

Amanda sentía cómo la náusea le subía por la garganta, no solo por la atrocidad de los hechos, sino por la normalidad con la que estaban registrados.

No había pasión, ni lujuria desenfrenada, ni locura sádica en aquellos números.

Solo negocio. La mercantilización de la carne humana elevada a la categoría de arte administrativo.

—Es sistemático —murmuró ella, pasando el dedo tembloroso sobre los nombres de los compradores—. No son solo nobles locales. Hay apellidos franceses, italianos... incluso árabes. Es una red internacional.

Diego se acercó, leyendo por encima de su hombro. Su rostro estaba endurecido por una rabia contenida que hacía vibrar sus mandíbulas.

—Carvajal no actúa solo —dijo, con voz grave—.

Estos nombres... algunos son embajadores, otros son consejeros reales.

Si Rodrigo cae, arrastrará consigo a media corte.

Por eso es tan poderoso. Por eso nadie se atreve a tocarlo.

No es solo un alguacil corrupto; es el nodo central de una conspiración que mantiene equilibrado el poder en Toledo.

—Pero ahora tenemos esto —insistió Amanda, enrollando el pergamino con cuidado—. Y Martín nos ha dado la llave para entrar en la cripta. El libro mayor original. Si conseguimos ese libro, tendremos la prueba irrefutable. La que no se puede negar ni sobornar.

—La cripta de la mansión Vargas está bajo la capilla privada —recordó Diego, frunciendo el ceño—. Es un lugar sagrado, supuestamente. Entrar allí sería sacrilegio para muchos. Para Rodrigo, es solo otro almacén.

—El sacrilegio es lo último que le preocupa a un hombre que vende almas —replicó Amanda, con amargura—. Mañana por la noche. Durante la misa de difuntos. Martín abrirá la puerta lateral. Nosotros entraremos, copiaremos o robaremos el libro, y saldremos antes de que termine el servicio.

—Es un plan suicida —advirtió Diego, aunque sus ojos brillaban con la determinación de quien no tiene otra opción —. Si Martín nos traiciona, si cambia de opinión, estaremos atrapados en una tumba de piedra.

—No nos traicionará —dijo Amanda, con una convicción que sorprendió incluso a sí misma—. Lo vi en sus ojos. No quiere ser cómplice por siempre. Quiere redención. Y nosotros somos su única vía de escape moral.

Pasaron el día siguiente escondidos, durmiendo por turnos, alimentándose de restos de pan duro y queso curado que Diego había logrado conseguir en el mercado negro.

La tensión era palpable, una cuerda tensa a punto de romperse.

Cada sonido exterior, un carro pasando, un perro ladrando, una campana doblando, les erizaba la piel.

Sabían que Rodrigo estaba buscando activamente.

Que la ciudad estaba siendo peinada casa por casa.

Que su descripción, aunque alterada por el hollín, circulaba entre los espías y los mendigos.

Al caer la tarde, se prepararon. Se lavaron el hollín restante, aunque mantuvieron la ropa sucia de criados para pasar desapercibidos.

Diego afiló su daga hasta que el filo brilló como un espejo oscuro.

Amanda escondió el pergamino robado en un compartimento secreto cosido en el interior de su túnica, junto al amuleto de Yusuf.

Cuando la noche cayó sobre Toledo, tiñendo el cielo de un violeta profundo, se dirigieron hacia la mansión de Vargas.

La estructura se alzaba imponente contra la luna llena, sus ventanas iluminadas por la luz cálida de las velas interiores.

Desde la calle, parecía una fortaleza inexpugnable.

Pero ellos conocían sus debilidades. Conocían sus secretos.

Se acercaron a la puerta lateral, una entrada discreta utilizada por el servicio, situada en un callejón estrecho y oscuro. Esperaron en las sombras, conteniendo la respiración. Los minutos parecían horas. El silencio era absoluto, roto solo por el latido acelerado de sus propios corazones.

Finalmente, la puerta se abrió apenas una rendija. Una mano pálida y temblorosa hizo un gesto urgente desde la oscuridad interior. Era Martín.

Entraron rápidamente, y Martín cerró la puerta tras ellos, asegurando el cerrojo con manos nerviosas. Estaba pálido, con ojeras profundas que oscurecían sus ojos, pero vestía con elegancia, como si acabara de asistir a un banquete. Olía a incienso y a vino caro.

—Mi padre está en la capilla —susurró, sin mirarlos a los ojos—.

Reza por las almas de sus "clientes". La ironía no se le escapa, pero su hipocresía es blindada.

Los guardias principales están con él. Solo queda uno en la entrada de la cripta, pero está dormido.

Bebió demasiado para soportar el aburrimiento.

—Guíanos —ordenó Diego, con voz baja pero firme.

Martín los condujo por los pasillos familiares de la mansión, aquellos que Amanda había recorrido como prisionera.

Ahora, cada paso era una victoria, cada sombra un aliado.

Llegaron a la capilla privada, una estancia pequeña pero ricamente decorada, con un altar de mármol y vitrales que proyectaban colores fantasmales en el suelo.

Desde allí, una escalera de caracol descendía hacia la oscuridad.

—Bajad —dijo Martín, deteniéndose en el umbral—. Yo me quedaré aquí arriba. Si alguien pregunta, diré que estoy rezando. Si os descubren... no me conocéis.

Amanda quiso decir algo, ofrecerle palabras de aliento o agradecimiento, pero Martín ya se había girado, alejándose hacia la penumbra de la capilla. Su soledad era absoluta.

Descendieron las escaleras. El aire se volvía más frío y húmedo a medida que bajaban, oliendo a tierra mojada y a cera antigua.

Al final, encontraron una puerta de hierro robusta, entreabierta.

Junto a ella, un guardia roncaba suavemente, sentado en una silla de madera, con una botella de vino vacía a sus pies.

Diego pasó junto a él con el sigilo de un fantasma, sin despertarlo. Empujó la puerta de la cripta, que cedió sin ruido gracias a unas gotas de aceite que Martín había aplicado previamente en las bisagras.

El interior era vasto, una bóveda de piedra sostenida por columnas gruesas. Había sarcófagos de familias antiguas, nichos con urnas funerarias y, en el centro, un escritorio de roble macizo. Sobre él, un libro enorme, encuadernado en cuero negro, descansaba como un animal dormido.

El libro mayor.

Amanda se acercó a él con reverencia temblorosa. Lo abrió. Las páginas eran gruesas, de pergamino de alta calidad. La primera entrada databa de cinco años atrás. "Isabel, hija de Juan el Herrero. Vendida a Don Alfonso de Francia. Precio: 40 maravedís."

Página tras página, nombre tras nombre. Cientos de vidas reducidas a líneas de tinta.

Amanda sintió lágrimas picar en sus ojos, pero no tenía tiempo para llorar.

Sacó un pequeño cuaderno y un trozo de carbón que llevaba consigo, y comenzó a copiar frenéticamente las entradas más recientes, las que implicaban a los nobles más poderosos y a los socios de Carvajal.

Diego vigilaba la entrada, con la daga lista. El silencio en la cripta era sepulcral, pesado. Solo se escuchaba el rasgueo suave del carbón sobre el papel y la respiración contenida de Amanda.

De repente, escucharon pasos arriba. Pasos pesados, deliberados. No eran los de Martín. Eran los de Rodrigo.

—¡Martín! —bramó la voz del Alguacil desde la capilla superior—. ¿Dónde estás, hijo? He sentido una presencia extraña.

El corazón de Amanda se detuvo. Habían sido descubiertos. O quizás, Rodrigo simplemente sospechaba. Pero no podían arriesgarse.

—Termina rápido —urgió Diego, con voz tensa.

—Ya casi estoy —respondió Amanda, copiando la última página con mano temblorosa. Cerró el libro mayor, dejándolo exactamente como lo había encontrado. Guardó su cuaderno bajo la túnica.

Subieron las escaleras en silencio, rezando para que el guardia siguiera dormido. Al llegar a la capilla, vieron a Rodrigo de pie frente al altar, de espaldas a ellos. Martín no estaba visible.

Rodrigo se giró lentamente. Sus ojos, fríos como el hielo, los clavaron con una precisión mortal. Sonrió, una sonrisa lenta, terrible.

—Sabía que volveríais —dijo, con voz suave—. Sabía que la curiosidad de la rata la llevaría de vuelta a la trampa.

Detrás de él, emergieron cuatro guardias armados con ballestas cargadas. Y junto a ellos, atado y amordazado, estaba Martín. Tenía el rostro sangrante, los ojos llenos de terror y culpa.

—Tu hijo intentó advertirme —mintió Rodrigo, acariciando la mejilla de Martín con crueldad—. Pero yo soy un padre atento. Sé cuándo mi propia sangre me traiciona.

Amanda sintió cómo el mundo se derrumbaba a su alrededor. Martín los había traicionado. O quizás, Rodrigo lo había torturado hasta confesar. No importaba. El resultado era el mismo. Estaban atrapados.

—Entregadme el libro —ordenó Rodrigo, extendiendo la mano—. Y quizás os deje morir rápido.

Diego miró a Amanda. En sus ojos, leyó la decisión. No entregarían nada. Lucharían.

Pero antes de que pudieran moverse, Rodrigo hizo un gesto. Los guardias dispararon.

No fueron flechas mortales, sino virotes con redes pesadas que se desplegaron en el aire, envolviendo a Amanda y Diego como insectos en una estructura de cáñamo. Cayeron al suelo, luchando inútilmente contra las cuerdas que se tensaban alrededor de sus cuerpos.

Rodrigo se acercó a ellos, pisando suavemente el pecho de Amanda para inmovilizarla.

—Ahora —dijo, con satisfacción malévola—, veremos de qué está hecha tu magia, bruja.

Pero mientras la oscuridad comenzaba a cerrar sus garras sobre ellos, Amanda supo que la verdadera pesadilla acababa de comenzar.