El latido de Toledo CAPÍTULO 20 LA TRAMPA EN EL ALCAZAR
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CAPÍTULO 20 LA TRAMPA EN EL ALCAZAR

El Alcázar de Toledo no era simplemente una fortaleza; era la encarnación pétrea del poder absoluto, un monstruo de piedra y hierro que se alzaba sobre el promontorio rocoso dominando la ciudad como un halcón observa a sus presas.

Sus muros, gruesos y almenados, reflejaban la luz pálida de la luna con una frialdad indiferente, mientras que las sombras proyectadas por sus torres parecían dedos largos y huesudos que intentaban atrapar a cualquiera que osara acercarse.

Para Amanda y Diego, infiltrarse en aquel bastión no era solo un acto de desesperación; era un suicidio calculado, una apuesta final donde el premio era la verdad y el castigo, la muerte lenta.

Se aproximaron desde el lado norte, aprovechando la pendiente abrupta del terreno que hacía menos probable la vigilancia constante.

La noche estaba despejada, pero el viento soplaba con fuerza desde el valle, silbando entre las grietas de la muralla y ocultando el sonido de sus pasos furtivos.

Diego, aunque aún pálido y con el brazo vendado bajo la túnica, se movía con la agilidad recuperada de un depredador herido pero letal.

Sus ojos escaneaban cada almena, cada ventana iluminada, buscando patrones en la rutina de los guardias.

—La guardia cambia cada dos horas —masculló Diego, señalando hacia una puerta lateral pequeña, casi invisible, utilizada para el suministro de agua y alimentos—.

Tenemos una ventana de diez minutos antes de que el siguiente relevo complete su ronda.

Si fallamos, estaremos atrapados en el patio interior sin salida.

Amanda asintió, ajustándose la capucha oscura que cubría su cabello. Llevaba consigo el amuleto de Yusuf, que ahora pesaba contra su pecho como un recordatorio de la fragilidad de su situación.

No llevaban armas, salvo la daga corta que Diego escondía en la bota y la astucia afilada de Amanda.

Su objetivo no era luchar, sino encontrar.

Encontrar los documentos originales que vinculaban a Rodrigo de Vargas con Luis de Carvajal y, más importante aún, con la corte real.

Las pruebas que habían visto en la taberna eran copias; necesitaban el original, sellado y firmado, que probablemente se guardaba en la cámara privada del Alguacil dentro del complejo del Alcázar.

Esperaron agazapados detrás de unos arbustos secos hasta que vieron a los guardias salir por la puerta lateral para fumar y conversar brevemente antes de volver a sus puestos.

Era el momento. Diego hizo una señal rápida y ambos corrieron hacia la puerta, deslizándose por la rendija apenas abierta antes de que los soldados pudieran reaccionar.

El interior del Alcázar era un laberinto de pasillos oscuros, salones inmensos y escaleras de caracol que parecían no tener fin.

El aire olía a cera vieja, a metal pulido y a un perfume pesado y dulzón que impregnaba las habitaciones de la nobleza.

Se movieron pegados a las paredes, evitando las antorchas principales y utilizando las sombras proyectadas por los tapices y las armaduras expuestas como cobertura.

—La cámara de Rodrigo está en la torre oeste, segunda planta —indicó Diego, guiándola con gestos mínimos—. Pero está vigilada por dos hombres de confianza. No podemos entrar por la puerta principal.

—¿Hay otra entrada? —preguntó Amanda, conteniendo la respiración al escuchar pasos en el pasillo transversal.

—Una ventana. Da al patio de armas. Es pequeña, pero suficiente.

Llegaron a la base de la torre oeste. Una escalera de servicio, estrecha y empinada, conducía hacia arriba.

Subieron en silencio, contando cada escalón, sintiendo cómo la tensión aumentaba con cada metro de elevación.

Al llegar al segundo piso, se encontraron frente a un corredor corto que terminaba en una puerta robusta de madera de roble.

Dos guardias permanecían de pie a cada lado, inmóviles como estatuas, con las manos descansando sobre las empuñaduras de sus espadas.

Diego señaló hacia una ventana al final del pasillo, parcialmente cubierta por una cortina de terciopelo pesado.

—Espera aquí —ordenó en un susurro—. Distraeré a los guardias. Cuando giren la cabeza, entra por la ventana y busca los documentos. Estarán en el escritorio o en el cofre fuerte junto a la cama.

—Es demasiado peligroso —protestó Amanda, agarrando su brazo—. Te matarán.

—Si no lo hago, nos matarán a los dos. Confía en mí.

Antes de que ella pudiera argumentar, Diego salió de las sombras, caminando con una confianza fingida hacia los guardias.

—¡Alto! ¿Quién va? —gritó uno de ellos, desenvainando la espada a medias.

—Soy yo, Tomás —respondió Diego, con voz firme, adoptando la identidad de un sirviente conocido—. El señor Alguacil me ha enviado a buscar vino de la bodega. Dice que tiene sed.

Los guardias dudaron. Conocían a Tomás, pero algo en la postura de Diego, en la intensidad de su mirada, les hizo vacilar.

Fue esa fracción de segundo de indecisión la que Diego necesitó.

De repente, lanzó un objeto pequeño, una piedra que había recogido en el patio, hacia una lámpara de aceite colgada en la pared opuesta.

La lámpara se rompió, derramando aceite ardiente sobre el suelo y creando una ráfaga de fuego repentino que obligó a los guardias a retroceder y cubrirse los rostros.

—¡Fuego! —gritaron, distraídos completamente.

Aprovechando el caos, Amanda corrió hacia la ventana.

La abrió con cuidado, deslizándose por el marco estrecho hacia el exterior.

Cayó sobre una cornisa estrecha que rodeaba la torre, manteniendo el equilibrio con dificultad.

El viento azotaba su rostro, amenazando con desequilibrarla, pero avanzó paso a paso, centímetro a centímetro, hasta llegar a la ventana de la cámara de Rodrigo.

Estaba entreabierta.

Se introdujo en la habitación, aterrizando suavemente sobre una alfombra persa gruesa.

La estancia era lujosa, decorada con muebles tallados, espejos venecianos y objetos de arte robados o comprados con sangre.

En el centro, un escritorio enorme de ébano estaba cubierto de pergaminos, tintas y sellos.

Junto a la cama, un cofre fuerte de hierro permanecía cerrado.

Amanda se acercó al escritorio con manos temblorosas.

Comenzó a revisar los papeles rápidamente, buscando nombres clave: Carvajal, Fúcar, Sevilla.

La mayoría eran informes rutinarios, cuentas de impuestos, órdenes judiciales.

Pero entonces, bajo una pila de mapas, encontró un rollo de pergamino diferente, más grueso, sellado con lacre rojo y negro entrelazados.

Lo desenrolló. Era el contrato original. Detallaba no solo el tráfico de jóvenes, sino también el soborno sistemático a jueces, clérigos e incluso miembros del consejo real. Incluía firmas, fechas y cantidades exactas. Era la prueba definitiva. La condena de Rodrigo de Vargas.

Lo enrolló rápidamente y lo guardó bajo su túnica. Pero al girarse para salir, escuchó el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta principal de la habitación.

Rodrigo había vuelto.

Amanda se quedó paralizada. No había tiempo de escapar por la ventana; él la vería. No había escondite suficiente en la habitación. Estaba atrapada.

La puerta se abrió y Don Rodrigo entró, acompañado por Martín. Ambos parecían cansados, irritables. Rodrigo se dirigió directamente al escritorio, buscando algo.

—¿Dónde está? —murmuró, revolviendo los papeles con furia—. Sé que estaba aquí.

Martín observaba la habitación con ojos inyectados en sangre, escaneando cada rincón. De repente, su mirada se detuvo en la ventana entreabierta, donde la cortina se movía ligeramente con la brisa nocturna.

—Padre —dijo, con voz tensa—. La ventana.

Rodrigo se giró lentamente, siguiendo la mirada de su hijo. Vio la cortina moverse. Vio la sombra apenas perceptible detrás de ella. Sonrió, una sonrisa lenta, terrible, llena de satisfacción malévola.

—Así que la rata ha entrado en la trampa —dijo, sacando su espada de la vaina con un sonido metálico que resonó como una sentencia de muerte—. Sal, pequeña bruja. Sabemos que estás ahí.

Amanda cerró los ojos, aceptando su destino. Había conseguido la prueba, pero no tendría oportunidad de usarla. O quizás sí.

Recordó las palabras de Yusuf. El precio.

Abrió los ojos y, en lugar de rendirse, hizo algo inesperado. Tomó el candelabro de plata más cercano y lo lanzó contra la gran ventana de cristal que daba al patio interior. El cristal se hizo añicos con un estruendo ensordecedor, alertando a toda la guarnición del Alcázar.

—¡Ahora, Diego! —gritó, aunque sabía que él no podía oírle.

Pero su grito sirvió para confundir a Rodrigo y Martín, que se cubrieron los oídos y retrocedieron ante la lluvia de cristales. Aprovechando la distracción, Amanda saltó por la ventana rota, cayendo hacia la oscuridad del patio inferior, donde las sombras la esperaban para tragársela o salvarla.

Mientras caía, vio a Diego aparecer en la cornisa superior, lanzándose tras ella. Fue cuando vio a Rodrigo gritando órdenes a sus guardias, su rostro deformado por una rabia pura.

La trampa se había activado. Pero ellos no eran las ratas. Eran el veneno. Y acababan de ser liberados en el corazón de la bestia.