El latido de Toledo CAPÍTULO 19 EL HECHICERO MUDÉJAR
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CAPÍTULO 19 EL HECHICERO MUDÉJAR

La oscuridad de las catacumbas no era estática; respiraba.

Con cada inhalación de Amanda, el aire viciado parecía contraerse, y con cada exhalación, se expandía, cargado de un peso ancestral que oprimía el pecho.

Habían dormido poco, interrumpidos por los escalofríos febriles de Diego y por la sensación persistente de ser observados por sombras que no proyectaban luz alguna.

Cuando finalmente decidieron reanudar la marcha, la debilidad de Diego era evidente.

Su paso, antes firme y decidido, ahora era vacilante, arrastrando los pies sobre el suelo irregular de piedra.

La infección en su brazo avanzaba como una mancha de tinta negra bajo la piel, extendiendo venas rojas hacia el hombro.

—No podemos seguir así —murmuró Amanda, sosteniéndolo por la cintura para evitar que cayera—. Necesitamos ayuda real. Medicina que funcione. Y respuestas.

Diego asintió débilmente, apoyándose en ella.

—Conozco a alguien. En la Morería. Un hombre que vive entre dos mundos, como nosotros. Se llama Yusuf al-Hakim. Dicen que conoce los secretos de las estrellas y de la tierra. Que cura lo que los médicos cristianos ignoran.

—¿Es seguro? —preguntó Amanda, escaneando la penumbra con desconfianza.

—Nadie es seguro en Toledo, Amanda. Pero Yusuf es neutral. No sirve a reyes ni a alguaciles. Sirve al conocimiento. Y al dinero.

Salieron de las catacumbas por una salida oculta cerca del río, emergiendo a la luz grisácea del amanecer en una zona marginal, lejos de los ojos vigilantes de la ciudad alta.

Se movieron como fantasmas, evitando las calles principales, cruzando puentes de madera podrida y senderos fangosos hasta llegar a los límites de la Morería.

El barrio musulmán era un laberinto de casas blancas encaladas, patios interiores llenos de flores y calles estrechas que serpenteaban sin lógica aparente.

El aire olía a azahar, a especias picantes y a humo de leña.

Era un mundo diferente, con sus propias reglas, su propio ritmo, ajeno a la furia cristiana que consumía el resto de la ciudad.

Yusuf vivía en una casa modesta pero bien cuidada, con una puerta de madera tallada con motivos geométricos complejos. Diego golpeó con un ritmo específico. La puerta se abrió apenas una rendija, revelando unos ojos oscuros, inteligentes, que los evaluaron con rapidez clínica.

—Entra, Diego. Y trae a tu sombra contigo —dijo una voz suave, culta, en un castellano perfecto, pero con un acento árabe sutil.

El interior de la casa era un oasis de orden y calma.

Estanterías llenas de libros encuadernados en cuero, instrumentos de astronomía de bronce, frascos de vidrio con líquidos de colores vibrantes.

Yusuf, un hombre de mediana edad con barba cuidada y vestiduras sencillas pero elegantes, les indicó que se sentaran en cojines de seda.

—Tu amigo está mal —dijo Yusuf, examinando el brazo de Diego sin tocarlo, solo observando la inflamación y el color de la piel—. La sangre se ha corrompido. Si no actuamos pronto, la fiebre lo llevará al delirio, y luego, a la muerte.

—¿Puedes salvarlo? —preguntó Amanda, con desesperación contenida.

Yusuf sonrió levemente, una expresión enigmática.

—La medicina es el arte de equilibrar los humores.

Pero también es el arte de la voluntad. Prepararé una cataplasma de hierbas raras, traídas de Oriente.

Y una poción para bajar la fiebre. Pero tú...

—se giró hacia Amanda, estudiándola con una intensidad que la hizo sentir desnuda—, tú traes algo más que problemas políticos. Traes una anomalía temporal.

Amanda se tensó.

—¿Qué quieres decir?

Yusuf se acercó a una mesa donde había un astrolabio complejo. Lo hizo girar lentamente.

—He sentido vibraciones extrañas en la ciudad desde hace semanas. Perturbaciones en el éter. Y cuando entraste por esa puerta, el aire cambió. Hueles a ozono, a electricidad estática, a tiempo fracturado. No eres de aquí, niña. Ni siquiera de este siglo.

El silencio que siguió fue absoluto. Diego, semiinconsciente, no pareció registrar las palabras.

Pero Amanda sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.

Era la primera vez que alguien lo decía en voz alta.

La primera vez que su secreto dejaba de ser una carga interna para convertirse en una realidad externa.

—Soy... viajera —admitió finalmente, eligiendo la palabra con cuidado—. Vengo de un lugar muy lejano. Y necesito volver.

Yusuf asintió, como si esperara esa respuesta.

—Las leyendas hablan de puertas. De espejos que no reflejan, sino que transportan. Los antiguos romanos las construyeron. Los visigodos las sellaron. Los árabes las estudiaron. Se dice que hay puntos en Toledo donde el velo entre los mundos es fino. Lugares de poder.

—¿Dónde? —preguntó Amanda, inclinándose hacia adelante, la esperanza despertando en su pecho como una llama tímida.

—Hay un lugar. Una cueva sagrada bajo la Mezquita del Cristo de la Luz. Allí, durante el solsticio, cuando las estrellas se alinean de cierta manera, el velo se rasga. Pero tiene un precio.

—¿Qué precio?

—Para cruzar, debes dejar algo atrás. Algo valioso. Algo que te ate a este mundo. Y debes estar sola. Si llevas compañía, el portal se cierra. O peor, se rompe, atrapándote en el vacío entre tiempos.

Amanda miró a Diego. Él era su ancla. Su razón para luchar, para sobrevivir, para amar. Dejarlo atrás significaba renunciar a todo lo que había ganado en este infierno. Significaba volver a su vida segura, estéril, solitaria del siglo XXI.

—No puedo dejarlo —susurró.

Yusuf la miró con compasión.

—Entonces debes elegir. ¿Volver a tu origen y perder tu alma aquí? ¿O quedarte y arriesgar tu vida por un amor que quizás no tenga futuro? No hay respuesta correcta, hija. Solo hay consecuencias.

Mientras Yusuf preparaba las medicinas, moliendo hierbas en un mortero de mármol, Amanda se sentó junto a Diego, tomando su mano caliente. Él abrió los ojos, turbios por la fiebre, y la miró.

—¿Qué dice? —murmuró.

—Dice que hay una manera de volver a casa —respondió Amanda, con voz quebrada.

Diego sonrió débilmente.

—Entonces ve. No me retengas. Tu lugar no es aquí, en este barro y esta sangre. Tu lugar es donde seas libre.

—Mi libertad estás tú —replicó ella, apretando su mano—. Sin ti, soy solo una refugiada del tiempo. Contigo, soy humana.

Yusuf terminó de preparar la cataplasma y la aplicó sobre el brazo de Diego con movimientos expertos. Luego, le dio a beber una poción amarga que olía a menta y a raíz de jengibre.

—Esto bajará la fiebre —dijo el sabio—. Pero la herida necesita tiempo. Y vosotros necesitáis decisiones. Rodrigo no descansará. Ha puesto precio a vuestras cabezas. Incluso en la Morería, hay ojos que venden información por oro. Debéis moveros pronto.

Antes de irse, Yusuf entregó a Amanda un pequeño amuleto de plata con inscripciones árabes.

—Protección contra el mal de ojo. Y contra las mentiras. Úsalo bien.

Salieron de la casa de Yusuf al atardecer. El cielo estaba teñido de púrpura y naranja, hermoso y trágico. Diego caminaba con más estabilidad, aunque aún pálido. La medicina funcionaba. Tenían tiempo. Pero poco.

—¿Qué harás? —preguntó Diego, mientras caminaban hacia un refugio temporal en las afueras de la Morería.

Amanda miró el amuleto en su mano, brillando bajo la luz crepuscular. Pensó en el portal. En la posibilidad de volver. En la seguridad de su mundo. Luego miró a Diego, a su rostro marcado por el dolor y la lealtad.

—Aún no lo sé —respondió, con sinceridad brutal—. Pero sé que no tomaré la decisión hoy. Hoy, luchamos. Mañana... mañana veremos qué nos depara el destino.

Pero mientras hablaba, una sombra se desprendió de un portal cercano. No era un guardia. Era un niño mendigo, uno de los muchos que pululaban por las calles de Toledo. Los miró con ojos grandes y hambrientos.

—Señora... —susurró, extendiendo una mano sucia—. Un hombre me dio una moneda. Me dijo que os vigilara. Que dijera dónde ibais.

Amanda sintió un escalofrío helado. La red de Rodrigo llegaba incluso allí. Incluso a los niños. La traición no tenía límites.

—¿Quién era el hombre? —preguntó, agachándose a su altura.

—Llevaba capa negra. Y un anillo con un león.

Martín. O uno de sus espías.

Amanda dio una moneda al niño, no como pago, sino como soborno para que olvidara lo que había visto.

—Olvida esto, pequeño. Por tu bien.

El niño asintió, guardando la moneda, y desapareció en la multitud.

Diego apretó el puño.

—Nos han encontrado. Debemos movernos. Ahora.

—¿Adónde? —preguntó Amanda, sintiendo cómo el cerco se cerraba.

—Al Alcázar —dijo Diego, con una determinación fría—. Si vamos a morir, que sea intentando destruir la cabeza de la serpiente. Tenemos que conseguir las pruebas definitivas. Las que vinculan a Rodrigo con la corona. Las que pueden salvarnos... o condenarnos para siempre.

Era un plan suicida. Infiltrarse en la fortaleza más protegida de la ciudad. Pero era la única carta que les quedaba. La última jugada en un juego donde las reglas cambiaban constantemente.

Pero mientras la noche caía sobre Toledo, envolviendo la ciudad en un manto de estrellas indiferentes, Amanda y Diego se prepararon para su misión final.

Sabían que las probabilidades estaban en su contra.

Sabían que el miedo era su compañero constante.

Pero también sabían que el amor, ese sentimiento prohibido y peligroso, era su única arma verdadera.

Y con esa arma en el corazón, caminaron hacia la boca del lobo.