CAPÍTULO 18 BAJO TIERRA
El fuego del monasterio no solo consumió madera y paja; devoró la última ilusión de seguridad que les quedaba.
Amanda y Diego corrían por los campos abiertos, alejándose de la luz anaranjada que teñía el horizonte de un color sangriento.
El aire olía a ceniza y a derrota. Cada paso que daban sobre la tierra húmeda y fría les recordaba su vulnerabilidad extrema.
Ya no eran prisioneros bajo custodia real; eran bestias acosadas, cazadas por hombres que no conocían límites morales ni legales.
Diego cojeaba visiblemente, apretando los dientes para sofocar el dolor que emanaba de su brazo herido.
La sangre empapaba la venda improvisada que Amanda le había aplicado con trozos de su propia túnica, pero el ritmo constante del goteo sugería que la herida era más profunda de lo que aparentaba.
Necesitaban refugio inmediato, un lugar donde el tiempo se detuviera y los ojos de Rodrigo no pudieran penetrar.
—Los túneles —jadeó Diego, deteniéndose junto a un arroyo seco para recuperar el aliento—. Hay una entrada antigua cerca de las ruinas de la muralla visigoda. Conduce a las catacumbas bajo la ciudad. Es un laberinto, pero es nuestro.
Amanda asintió, ayudándole a mantener el equilibrio. Su cuerpo estaba agotado, sus músculos gritaban por el esfuerzo sostenido, pero la adrenalina actuaba como un estimulante cruel, manteniéndola alerta.
Caminaron durante casi una hora, bordeando la ciudad por el exterior, evitando los caminos principales y moviéndose entre la vegetación silvestre que crecía salvaje en las laderas del valle del Tajo.
Finalmente, llegaron a una zona de rocas erosionadas, cubierta de maleza espesa.
Diego apartó unas ramas secas, revelando una abertura estrecha en la piedra, apenas visible para quien no supiera dónde buscar.
Era una boca negra, exhalando un aire viciado y frío que olía a humedad milenaria y a silencio absoluto.
—Después de ti —dijo él, señalando la oscuridad.
Amanda encendió una pequeña tea que habían logrado salvar del caos, aunque su llama era débil y vacilante.
Entró en la grieta, arrastrándose con dificultad por el conducto estrecho.
La piedra raspaba su piel, fría e implacable.
Detrás de ella, escuchó la respiración pesada de Diego mientras se unía a ella en las entrañas de la tierra.
Descendieron por una escalera de piedra desgastada, tallada directamente en la roca madre, que bajaba en espiral hacia las profundidades.
Cuanto más descendían, más cambiaba la atmósfera.
El ruido del mundo exterior —el viento, los insectos, incluso el eco lejano de las campanas— desapareció, reemplazado por un silencio denso, opresivo, que parecía tener peso físico.
El aire se volvió más frío, húmedo, cargado de minerales y de la historia acumulada de siglos de secretos enterrados.
Llegaron a una cámara amplia, una sala natural ampliada por manos humanas hace mucho tiempo.
El techo era bajo, formado por estalactitas que colgaban como dientes de piedra.
En el centro, un pequeño estanque subterráneo reflejaba la luz tenue de la tea, creando espejismos distorsionados en las paredes irregulares.
Diego se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo húmedo. Su rostro estaba pálido, cubierto de sudor frío.
—Necesito... descansar —murmuró, cerrando los ojos.
Amanda se acercó a él, examinando la herida en su brazo.
La tela estaba empapada de sangre oscura.
Con delicadeza, retiró la venda. La herida era un corte limpio, probablemente hecho por una daga, pero los bordes estaban inflamados y la piel alrededor mostraba signos de infección temprana.
En el siglo XIII, una infección así podía ser mortal en cuestión de días.
La fiebre ya comenzaba a subir; podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Debo limpiarla —dijo ella con voz firme, aunque su corazón latía con ansiedad.
Buscó en su pequeña bolsa los restos de hierbas medicinales que Samuel ha-Leví le había dado antes de huir de la Judería: tomillo, romero y un poco de miel pura.
No tenía alcohol para desinfectar, pero el agua del estanque subterráneo, aunque turbia, era fresca y probablemente libre de contaminantes superficiales.
Mojo un paño limpio en el agua y comenzó a lavar la herida con movimientos suaves pero firmes. Diego gemía de dolor, sus músculos tensándose bajo el tacto de ella, pero no se quejó. Sus ojos permanecieron cerrados, concentrados en resistir el sufrimiento.
—Lo siento —susurró Amanda, aplicando la miel sobre la carne viva. La miel, conocida desde la antigüedad por sus propiedades antibacterianas, era su mejor esperanza—. Esto arderá, pero ayudará a cerrar la herida.
—Tu toque... no duele tanto como el miedo —respondió Diego, abriendo los ojos lentamente. Sus pupilas estaban dilatadas, brillando con fiebre, pero fijas en el rostro de Amanda.
Ella terminó de vendar el brazo, asegurando la venda con nudos precisos. Luego, se sentó a su lado, apoyando la espalda contra la piedra fría. La intimidad forzada por la supervivencia había creado un espacio sagrado entre ellos, un santuario privado en medio del infierno público.
—¿Por qué haces esto, Diego? —preguntó ella, rompiendo el silencio que envolvía la cueva—. Podrías haberme dejado atrás. Habrías estado más seguro. Más rápido.
Diego giró la cabeza hacia ella, estudiando su perfil iluminado por la luz parpadeante de la tea.
—La seguridad es una mentira, Amanda. La rapidez es inútil si corres hacia la nada. Tú... tú eres algo real. En un mundo de sombras y ecos, tú tienes sustancia. Tienes verdad. Y esa verdad vale más que mi vida.
Amanda sintió cómo las palabras resonaban en su pecho, desbloqueando emociones que había mantenido represadas por necesidad de supervivencia. Extendió la mano y tomó la de él, entrelazando sus dedos con los suyos. La piel de Diego estaba caliente, febril, pero su agarre era fuerte.
—No quiero que mueras por mí —dijo ella, con voz quebrada—. Quiero que vivamos. Juntos.
—Entonces debemos ser astutos —respondió él, apretando su mano—. Debemos ser más inteligentes que ellos. Más pacientes. Más implacables cuando sea necesario.
Se quedaron en silencio, escuchando el goteo rítmico del agua en la oscuridad.
Era un sonido hipnótico, que marcaba el paso del tiempo en un lugar donde el tiempo parecía no existir.
Amanda apoyó la cabeza en el hombro de Diego, sintiendo el ritmo lento de su corazón contra su mejilla.
Era un latido frágil, pero persistente. Un testimonio de vida en medio de la muerte.
En esa proximidad forzada, rodeados de piedra ancestral y sombras danzantes, las barreras sociales y temporales se disolvieron.
No importaba que ella viniera del futuro o que él fuera un mercenario del pasado.
Importaba solo el presente compartido, el calor de sus cuerpos, la sincronización de sus respiraciones.
Diego levantó la mano libre y acarició suavemente el cabello de Amanda, desenredando los nudos formados por días de huida y suciedad.
El gesto fue tan tierno, tan inesperadamente doméstico, que Amanda sintió lágrimas picar en sus ojos.
No eran lágrimas de tristeza, sino de reconocimiento. De pertenencia.
—Te quiero —susurró Diego, casi inaudiblemente, como si temiera que las palabras rompieran el hechizo.
Amanda levantó la vista, encontrando sus ojos en la penumbra.
—Y yo a ti —respondió, sin dudas, sin reservas.
Fue una confesión simple, pero cargada de un peso inmenso. En aquel momento, sellaron un pacto no escrito, más fuerte que cualquier contrato legal o voto religioso. Eran aliados, amantes, cómplices.
Pero la realidad, fría y dura, no tardó en reclamar su atención. La tea comenzó a apagarse, la llama reduciéndose a una brasa moribunda. La oscuridad avanzó, tragándose los contornos de la cueva, dejándolos solos con sus pensamientos y su calor corporal.
—Debemos dormir —dijo Diego, con voz somnolienta—. Mañana... mañana necesitaremos fuerzas.
Amanda se acurrucó contra él, usando su cuerpo como almohada y manta.
Cerró los ojos, escuchando el silencio profundo de la tierra.
Sabía que arriba, en la superficie, Rodrigo estaría furioso, organizando batidas, ofreciendo recompensas, sembrando odio.
Pero aquí abajo, en el vientre de Toledo, estaban a salvo. Por ahora.
Sin embargo, mientras el sueño comenzaba a vencerla, una sensación extraña la invadió. No era miedo. Era una vibración sutil, casi imperceptible, que provenía de las profundidades mismas de la cueva. Como si la tierra estuviera respirando. Como si algo antiguo despertara.
Recordó las palabras del sabio mudéjar que aún no habían conocido, pero cuya existencia intuían. Las leyendas de puertas entre mundos. ¿Estaban realmente escondidos, o habían llegado a un lugar donde las fronteras de la realidad eran más delgadas?
Con ese pensamiento inquietante flotando en su mente, Amanda se dejó llevar por el sueño, soñando no con fugas, sino con raíces. Raíces profundas que la anclaban a ese hombre, a esa tierra, a ese tiempo imposible.
Pero en la oscuridad absoluta, bajo toneladas de piedra y siglos de historia, dos corazones latieron al unísono, desafiando al destino con cada pulso.