CAPÍTULO 17 LA TRAICIÓN CERCANA
La paz del monasterio de San Juan no era un estado permanente, sino una tregua precaria, suspendida en el aire como el polvo dorado que danzaba en los rayos de sol de la tarde.
Durante tres días, Amanda y Diego habían existido en una burbuja de silencio sagrado, alimentados por pan ácimo, agua clara y la esperanza frágil de que la justicia divina podría prevalecer sobre la corrupción humana.
Sin embargo, en Toledo, la confianza es una moneda que se devalúa con cada amanecer, y la lealtad, un lujo que pocos pueden permitirse cuando el oro llama a la puerta.
El cuarto día trajo consigo un cambio sutil en la atmósfera. Los cantos gregorianos, habitualmente armoniosos y reconfortantes, parecían haber adquirido una tonalidad menor, lúgubre, como un presagio funesto.
Las miradas de los hermanos legos, antes indiferentes o compasivas, se volvieron evasivas, cargadas de una incomodidad palpable.
Incluso Fray Tomás, el Abad, pareció más distante durante su breve visita matutina, murmurando oraciones apresuradas antes de retirarse a sus aposentos privados, evitando el contacto visual directo con Amanda.
Diego, trabajando en los huertos bajo la supervisión de un monje mayor, notó la tensión primero.
Había visto cómo dos hombres vestidos con túnicas civiles, pero con la postura rígida de soldados, merodeaban cerca de la entrada principal del monasterio, conversando en voz baja con el portero.
No llevaban insignias reales, ni escudos del Alguacil, pero su presencia era innegablemente hostil.
Eran mercenarios. Y en Toledo, los mercenarios no visitan monasterios por devoción.
—Algo se cuece —murmuró Diego para sí mismo, mientras arrancaba malas hierbas con violencia contenida—. No es casualidad.
Esa noche, la luna estaba oculta tras nubes densas, sumiendo el claustro en una oscuridad casi absoluta.
Amanda, incapaz de dormir debido a una inquietud instintiva que le erizaba la piel, se levantó de su camastro y se acercó a la ventana.
Desde allí, podía ver el patio interior.
Algo brillaba débilmente junto a la fuente central.
Era metal. Una moneda de plata, olvidada o dejada deliberadamente.
Antes de que pudiera procesar el significado, escuchó un ruido suave en el pasillo.
Pasos ligeros, familiares. Se giró hacia la puerta de su celda.
La cerradura, simple y antigua, cedía fácilmente para quien tuviera la llave maestra.
Y quien tenía esa llave era el hermano encargado de la despensa, un hombre llamado Fray Anselmo, a quien Amanda había tratado con amabilidad durante su estancia, compartiendo con él historias de su "tierra lejana" para aliviar su soledad.
La puerta se abrió lentamente. Fray Anselmo entró, sosteniendo una linterna sorda. Su rostro, habitualmente bondadoso, estaba contraído por la culpa y el miedo. En sus manos temblorosas sostenía un pequeño saco de cuero.
—Perdóname, hija —susurró, con la voz quebrada—. No tuve elección.
Amanda retrocedió hasta chocar con la pared fría.
—¿Qué has hecho, Anselmo?
—Ellos saben que estás aquí —confesó el monje, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Hombres poderosos. Ofrecieron oro. Mucho oro. Oro para reparar el techo de la iglesia, para alimentar a los pobres... dijeron que era para la gloria de Dios. Pero yo sé la verdad. Querían tu cabeza. O tu silencio.
—¿Quién? —preguntó Amanda, aunque ya lo sabía.
—Un emisario de Don Rodrigo. Y otro... otro que decía servir a Luis de Carvajal. Me dieron esto. —Señaló el saco—. Y me ordenaron abrirte la puerta esta noche. Dijeron que vendrían a "recogerte".
Amanda sintió una oleada de furia fría. No era solo corrupción; era una traición sistemática. Habían comprado la conciencia de un hombre de Dios con la excusa de la caridad, utilizando la virtud como arma contra la inocencia.
—Debes ayudarme a escapar, Anselmo —dijo ella, con firmeza—. Si me entregan, moriré. Y tu alma cargará con esa sangre para siempre.
El monje negó con la cabeza, llorando silenciosamente.
—No puedo. Tienen a mi sobrino. Lo tienen en la ciudad. Si no coopero, lo matarán. Lo siento, hija. Lo siento mucho.
Salió de la celda, dejando la puerta entreabierta. Un error fatal. O quizás, un acto final de misericordia inconsciente.
Amanda no perdió el tiempo. Salió al pasillo, moviéndose como una sombra. Sabía que los mercenarios estarían esperando fuera, en el patio. Necesitaba llegar a Diego. Necesitaba advertirle.
Corrió hacia el ala masculina, guiada por la memoria de la distribución del monasterio. Las sombras parecían alargarse, transformándose en garras que intentaban detenerla. Al llegar a la celda de Diego, encontró la puerta abierta. Él no estaba dentro.
—¡Diego! —musitó, entrando en la oscuridad.
Una mano fuerte la sujetó desde atrás, cubriendo su boca. Era Diego.
—Shhh —suspiró él al oído—. He visto a los hombres. Están en el patio. Son seis. Armados con espadas cortas y ballestas. Nos están esperando.
—Anselmo nos ha vendido —explicó Amanda rápidamente, liberándose de su agarre—. Por oro y por amenazas a su familia. Debemos salir por otro lado.
Diego asintió, sus ojos adaptándose a la penumbra.
—Hay una salida de servicio en la cocina. Da a los establos exteriores. Pero estará vigilada.
—Entonces crearemos una distracción —decidió Amanda, con una determinación repentina—. El granero. Está lleno de paja seca. Si prendemos fuego...
—Es peligroso. Podríamos quemar todo el monasterio.
—Mejor eso que morir en silencio. Confía en mí.
Se dirigieron hacia la cocina, moviéndose con sigilo extremo.
Evitaron a los dos monjes que patrullaban el claustro, escondiéndose detrás de columnas de piedra.
Llegaron a la zona de servicio, donde el olor a cenizas frías y grasa rancia era penetrante.
Diego tomó una antorcha apagada de la pared y la encendió con las brasas del horno.
—Ve al granero —ordenó él—. Yo cubriré la retaguardia. Cuando veas el humo, corre hacia los establos. Salta la valla trasera. Te esperaré allí.
—No te quedes —advirtió Amanda, agarrando su brazo—. Vienes conmigo.
Diego sonrió tristemente.
—Alguien debe asegurarse de que los mercenarios no nos persigan inmediatamente. Ve, Amanda. Ahora.
Ella dudó un segundo, el corazón desgarrado por la posibilidad de perderlo de nuevo. Pero sabía que tenía razón. Asintió y corrió hacia el granero anexo.
Entró en la estructura de madera, llena de heno seco hasta el techo.
Con manos temblorosas, acercó la antorcha a la paja.
Las llamas prendieron con avidez, alimentadas por la sequedad del material.
En segundos, el fuego comenzó a crecer, lanzando chispas hacia el techo de paja. El calor fue intenso, sofocante.
Amanda salió corriendo del granero justo cuando las primeras llamas lamían las vigas. El humo negro comenzó a elevarse hacia el cielo nocturno, visible incluso desde el patio principal.
Gritos de alarma resonaron en el monasterio.
—¡Fuego! ¡Fuego en el granero!
Los mercenarios, distraídos por el caos, abandonaron sus posiciones en el patio para intentar controlar el incendio. Fue la oportunidad perfecta.
Amanda corrió hacia los establos, saltando sobre cajas y cubos. Llegó a la valla trasera, una estructura de madera podrida. Con un esfuerzo supremo, logró escalarla y caer al otro lado, en un campo abierto.
Esperó. Contó los segundos. Uno. Dos. Diez. Veinte.
Nadie aparecía.
El pánico comenzó a apoderarse de ella. ¿Había sido capturado Diego? ¿Había muerto en el enfrentamiento?
Justo cuando estaba a punto de volver atrás, una figura surgió de las sombras de los árboles cercanos. Era Diego. Cojeaba ligeramente, con un corte en el brazo que sangraba profusamente, pero estaba vivo.
—Vamos —jadeó él, tomándola de la mano—. No tenemos tiempo. El fuego atraerá a toda la ciudad. Y Rodrigo estará aquí en minutos.
Huyeron hacia la oscuridad del campo, dejando atrás el monasterio envuelto en llamas y humo.
La traición de Fray Anselmo les había costado su refugio, su paz y su inocencia percibida.
Ahora eran fugitivos nuevamente, pero con una diferencia crucial: ya no confiaban en nadie.
Ni en la Iglesia, ni en la ley, ni en la bondad humana.
Solo se tenían el uno al otro. Y en un mundo de mentiras, esa era la única verdad que les quedaba.
Mientras corrían, Amanda miró hacia atrás una última vez.
Las llamas iluminaban el cielo como una aurora infernal.
Pensó en Anselmo, en su debilidad, en su dolor.
No lo odiaba. Lo compadecía. Porque ella sabía que, en circunstancias diferentes, cualquiera podría haber vendido su alma por supervivencia.
Pero ellos no. Ellos seguían luchando. Y mientras el fuego consumía el pasado, ellos se adentraban en la noche, hacia un futuro incierto, pero libre.