CAPÍTULO 16 EL MONASTERIO SILENCIOSO
El sonido de las cuerdas de las ballestas al tensarse fue como el crujido de huesos secos rompiéndose en el silencio sepulcral del callejón.
Amanda sintió cómo el tiempo se dilataba, cada segundo estirándose hasta convertirse en una eternidad agonizante.
La punta de los virotes, afilados y letales, brillaban bajo la luz pálida de la luna, apuntando directamente a sus corazones.
Martín, con esa sonrisa torcida que deformaba su rostro juvenil, disfrutaba del momento, saboreando la impotencia de sus presas como un gato juega con un ratón antes del zarpazo final.
—No hay escapatoria esta vez, bruja —siseó Martín, dando un paso adelante, invadiendo el espacio vital de Amanda—. Tu magia no funciona contra el acero. Tu astucia se ha topado con mi paciencia.
Diego no retrocedió. Al contrario, dio un paso hacia adelante, interponiéndose parcialmente entre Amanda y las armas, con una calma que resultaba desconcertante frente a la inminencia de la muerte.
Sus manos estaban vacías, pero su postura era la de un guerrero veterano, listo para recibir el golpe final con dignidad.
—Mátame si quieres, Martín —dijo Diego, con voz firme y clara, resonando en las paredes de piedra—. Pero sabes que ella no es lo que crees. Sabes que tu padre miente. Y sabes que, al hacer esto, no limpias tu honor, solo manchas tu alma con sangre inocente.
Martín vaciló por una fracción de segundo. La duda, ese gusano corrosivo que había estado royendo su mente desde hacía semanas, asomó a sus ojos. Pero la presión de sus propios demonios, la necesidad patológica de complacer a un padre que nunca lo había amado realmente, selló su destino.
—Silencio —ordenó, aunque su voz tembló ligeramente—. Flechadlos.
Pero antes de que los arqueros pudieran disparar, un estruendo repentino sacudió la noche. No fue un trueno, ni una explosión. Fue el sonido pesado y rítmico de cascos de caballo golpeando el empedrado, acompañado de voces autoritarias que gritaban órdenes en nombre del Rey.
—¡Alto! ¡En nombre de Su Majestad Alfonso X!
Los guardias de Martín se giraron, confundidos, bajando ligeramente las ballestas.
De la esquina opuesta del callejón emergió una patrulla de la Guardia Real, liderada por un capitán de armadura brillante y capa carmesí.
No eran hombres de Rodrigo; llevaban el estandarte real, el castillo y el león dorados sobre fondo púrpura.
—¿Qué significa este alboroto? —preguntó el capitán, deteniendo su montura frente al grupo. Sus ojos escrutaron la escena: los bandidos armados, Martín con su expresión de furia contenida, y Amanda y Diego, acorralados pero vivos.
Martín recuperó rápidamente la compostura, ocultando su sorpresa tras una máscara de indignación oficial.
—Capitán, estamos arrestando a una peligrosa criminal acusada de brujería y complicidad en robo mayor. Esta mujer es fugitiva de la justicia del Alguacil Mayor.
El capitán miró a Amanda. Vio a una joven demacrada, vestida con harapos, con ojos inteligentes y aterrados. Luego miró a Martín, reconociendo al hijo del poderoso Vargas. La política era un campo minado, y el capitán sabía que intervenir podía costarle caro.
—La justicia del Alguacil es local, señor Martín —respondió el capitán, con cautela diplomática—. Pero si hay una orden real de búsqueda... ¿Tenéis documentación?
Martín titubeó. No tenía una orden escrita, solo la palabra de su padre y su propia autoridad derivada.
—Mi palabra debe bastar —insistió, aunque con menos convicción.
El capitán negó con la cabeza lentamente.
—Sin papel sellado, no puedo permitir ejecuciones sumarias en la vía pública.
Además... —señaló hacia Amanda y Diego—, estos dos parecen haber buscado refugio cerca del Palacio Arzobispal.
Si están bajo la protección implícita de la Iglesia, cualquier violencia aquí podría desatar un conflicto entre el poder secular y el eclesiástico.
Algo que el Rey desea evitar a toda costa.
Era una excusa técnica, una salida honorable para no enfrentarse directamente a los Vargas, pero suficiente para salvarles la vida momentáneamente.
—Llevadlos detenidos —ordenó el capitán a sus hombres, ignorando la protesta muda de Martín—. Los entregaremos al Corregidor para que decida su destino según la ley. No más sangre en las calles.
Martín apretó los puños, rabioso, pero no pudo oponerse a la autoridad real sin cometer traición abierta. Asintió con brusquedad e hizo una señal a sus hombres para que se retiraran, lanzando a Amanda una mirada de odio puro antes de desaparecer en las sombras.
Amanda y Diego fueron esposados suavemente, no como criminales violentos, sino como prisioneros políticos.
Mientras los conducían hacia las cabalgaduras, Amanda intercambió una mirada rápida con Diego.
Habían ganado tiempo, pero seguían siendo prisioneros.
Sin embargo, el hecho de estar bajo custodia real significaba que Rodrigo no podría ejecutarlos silenciosamente en una celda oscura.
Tendría que enfrentar un proceso legal, por corrupto que fuera.
Pero el destino tenía otros planes.
En lugar de llevarlos a la cárcel municipal, el capitán los condujo hacia las afueras de la ciudad, hacia el norte, donde se alzaba el Monasterio de San Juan de los Reyes, una construcción reciente impulsada por los Reyes Católicos (aunque en esta línea temporal alternativa o confusión histórica narrativa, se sitúa como un refugio antiguo y prestigioso).
La razón era estratégica: el Corregidor estaba ausente, y el lugar más seguro para custodiar a prisioneros de alto perfil, especialmente aquellos acusados de brujería que podían incitar revueltas populares, era un recinto religioso fortificado, lejos del alcance inmediato de la turba y de la influencia directa de Vargas.
El viaje fue silencioso y tenso. Amanda observaba el paisaje cambiar, pasando de las calles estrechas y oscuras de Toledo a los campos abiertos bañados por la luz grisácea del amanecer.
El aire era más limpio, olía a hierba húmeda y a tierra fértil.
Por primera vez en días, sintió que sus pulmones se expandían completamente.
Al llegar al monasterio, fueron separados. Diego fue llevado a una celda en el ala masculina, destinada a hermanos legos o prisioneros penitentes. Amanda fue conducida a una estancia en el claustro de clausura, reservada para mujeres arrepentidas o en espera de juicio espiritual.
La habitación era austera pero limpia. Una cama de tabla con un colchón de paja, una mesa pequeña, un crucifijo de madera en la pared y una ventana alta con vidrieras simples que filtraban la luz en colores suaves.
Una monja anciana, de hábito gris y rostro sereno, le indicó que se lavara y descansara.
—Aquí estás segura, hija —dijo la monja, con una voz suave como el terciopelo—. Nadie puede entrar en la clausura sin permiso del Abad. Y el Abad teme a Dios más que a los hombres.
Cuando la puerta se cerró, Amanda se dejó caer sobre la cama, exhausta. El cuerpo le dolía en cada articulación, pero la mente comenzaba a despejarse. Estaba viva. Estaba a salvo, temporalmente. Y lo más importante: estaba separada de Diego, pero también protegida de Martín.
Pasaron horas. El sol subió en el cielo, proyectando cuadrados de luz dorada sobre el suelo de piedra. El silencio del monasterio era absoluto, roto solo por el canto gregoriano que llegaba desde la capilla, una melodía etérea que parecía elevar el espíritu por encima de la carne sufriente.
Por la tarde, la misma monja regresó con comida sencilla: pan, queso y agua.
—El Abad desea hablar contigo —anunció.
Amanda fue conducida a la sala de visitas, un espacio pequeño con una reja de hierro que separaba a los visitantes de los residentes. Detrás de la reja esperaba un hombre de edad avanzada, con vestiduras negras sencillas y ojos penetrantes de una inteligencia aguda. Era el Abad Fray Tomás.
—He leído el informe del Capitán —comenzó el Abad, sin preámbulos—. Acusaciones graves. Brujería. Robo. Complicidad con ladrones. Pero también he visto tus ojos, hija. No son los ojos de una malhechora. Son los ojos de alguien que ha visto demasiado.
Amanda decidió arriesgarse. No podía seguir mintiendo completamente, pero tampoco podía revelar la verdad temporal.
—Soy víctima de una conspiración, Padre —dijo, con humildad fingida pero sinceridad real—. El Alguacil Vargas quiere silenciarme porque sé la verdad sobre las desapariciones de jóvenes en la ciudad. No soy bruja. Soy testigo.
El Abad la estudió en silencio durante largos segundos.
—La verdad es una carga pesada —murmuró—. Y en Toledo, a menudo mortal. Pero aquí, bajo la protección de la Iglesia, tienes tiempo. Tiempo para reflexionar. Tiempo para rezar. Y quizás, tiempo para que la justicia divina actúe donde la humana falla.
Permaneció en el monasterio durante tres días. Tres días de paz relativa, de comida sencilla, de sueño reparador. Pero la ausencia de Diego era un vacío doloroso en su pecho. No sabía si estaba bien, si estaba vivo, si sufría. La incertidumbre era una tortura lenta.
Al cuarto día, el Abad permitió una visita supervisada.
Diego fue traído al patio interior, bajo la vigilancia de dos monjes armados.
Al verla, sus ojos se iluminaron con un alivio tangible.
Se acercaron a la reja que los separaba, aunque en este caso era simbólica, ya que estaban en el mismo espacio abierto, pero vigilados.
—Estás bien —dijo él, con voz ronca.
—Gracias a ti —respondió Amanda, sonriendo débilmente—. ¿Y tú?
—Bien. Los monjes me han tratado con respeto. Dicen que mi "penitencia" será trabajar en los huertos. No es tan malo.
Se miraron en silencio, comunicándose sin palabras. La tensión sexual y emocional que habían reprimido durante la huida ahora fluía libremente, alimentada por la proximidad y la vulnerabilidad compartida.
—Te echo de menos —confesó Diego, bajando la voz para que los monjes no escucharan.
—Yo también —admitió Amanda, sintiendo cómo las lágrimas picaban en sus ojos—. Este lugar es tranquilo, pero se siente vacío sin ti.
Diego extendió la mano a través de los barrotes imaginarios de su situación, y Amanda hizo lo mismo. Sus dedos casi se tocaron, separados por apenas unos centímetros de aire cargado de emoción.
—Cuando salgamos de aquí —prometió Diego—, no te dejaré ir. Lucharemos juntos. Encontraremos la manera de exponer a Vargas. Y luego... luego veremos qué nos depara el destino.
—Juntos —repitió Amanda, con firmeza.
Fue un momento de ternura pura, un oasis de humanidad en medio del desierto de crueldad que era su realidad.
Pero mientras disfrutaban de ese instante robado al tiempo, no sabían que fuera de los muros del monasterio, la red de Rodrigo se estaba cerrando.
La influencia del Alguacil llegaba incluso a la Iglesia, corrompiendo voluntades con oro y amenazas.
Y el Abad, aunque íntegro, no era inmune a la presión política de la Corona y de los nobles locales.
La paz del monasterio era una ilusión frágil. Y pronto, se rompería con la fuerza de un martillazo.