CAPÍTULO 15 LA RED DE ESPIAS
El aire nocturno de Toledo, habitualmente fresco y cargado del aroma a jazmín y tierra húmeda, se había transformado en una atmósfera asfixiante, densa con el humo de las antorchas y el polvo levantado por la persecución.
Amanda corría con los pulmones ardiendo, cada inspiración un suplicio agudo que le raspaba la garganta.
Sus pies, descalzos y magullados por el empedrado irregular, apenas tocaban el suelo, impulsados por el terror puro y la adrenalina que inundaba sus venas como ácido corrosivo.
Detrás de ella, los gritos de Martín resonaban como ladridos de perros rabiosos, mezclados con el estruendo de botas pesadas contra la piedra y el entrechocar metálico de las armas desenvainadas.
No podía detenerse. No podía mirar atrás.
La única dirección era hacia adelante, hacia la oscuridad protectora de los callejones más estrechos, aquellos tan angostos que dos hombres no podían caminar hombro con hombro.
Conocía esa geometría urbana gracias a los mapas históricos que había estudiado en su siglo, pero vivirlos en carne propia era una experiencia visceral, claustrofóbica.
Las paredes de adobe y piedra parecían cerrarse sobre ella, intentando atraparla en un abrazo mortal.
Giró bruscamente a la izquierda, entrando en una callejuela sin salida aparente.
Pero Diego, que la seguía a poca distancia cubriendo su retaguardia, le hizo una señal urgente hacia una puerta lateral medio oculta por enredaderas secas.
Era una entrada de servicio a una antigua curtiduría abandonada.
Amanda empujó la madera podrida, que cedió con un gemido lastimero, y se deslizó al interior, seguida inmediatamente por Diego, quien cerró la puerta y aseguró el cerrojo oxidado justo cuando los primeros guardias pasaban corriendo frente a ella.
Se quedaron inmóviles en la oscuridad absoluta del taller, escuchando cómo la jauría humana continuaba su carrera hacia el norte, alejándose de su posición.
El silencio que siguió fue pesado, opresivo, roto únicamente por sus propias respiraciones agitadas y el goteo rítmico de agua filtrándose desde algún conducto superior.
—Han ido hacia la plaza —susurró Diego, acercándose a ella en la penumbra—. Pensarán que intentas llegar al río de nuevo. Es nuestra ventaja.
Amanda se apoyó contra una mesa de trabajo cubierta de herramientas oxidadas y restos de cuero curtido.
Sacó el pergamino de bajo su túnica, con manos temblorosas.
Lo desenrolló con cuidado, protegiéndolo de la humedad ambiental.
A la luz tenue que se filtraba por una grieta en el techo, pudo distinguir la caligrafía elegante y precisa, típica de los escribanos reales, y el sello de lacre rojo intacto: el escudo de Luis de Carvajal entrelazado con las iniciales de Rodrigo de Vargas.
Leyó el contenido en voz baja, traduciendo mentalmente el castellano antiguo a su comprensión moderna:
"Estimado socio. La mercancía de este mes ha sido procesada.
Tres unidades de calidad superior, destinadas a la corte de Sevilla.
El pago se realizará mediante letras de cambio en el banco de los Fúcar, como acordamos.
Mantened la discreción. El Alguacil Mayor garantiza la seguridad del transporte fluvial. Atentamente, L.C."
Amanda sintió náuseas. "Mercancía". "Unidades".
Las jóvenes desaparecidas no eran personas para ellos; eran productos, bienes muebles intercambiables por oro y poder político.
La frialdad burocrática del documento era más aterradora que cualquier amenaza violenta.
Confirmaba no solo la participación de Rodrigo, sino la existencia de una red organizada que operaba con la eficiencia de una corporación moderna, utilizando la infraestructura legal y financiera de la época para lavar su crimen.
—Es peor de lo que imaginábamos —dijo Diego, leyendo por encima de su hombro—. Los Fúcar. Son los banqueros más poderosos de Castilla. Si están involucrados, Rodrigo tiene protección imperial. Nadie se atreverá a tocarlo si prueba que sus operaciones financian proyectos reales.
—Pero ahora tenemos esto —replicó Amanda, enrollando el pergamino con firmeza—. Es una confesión escrita. Una prueba tangible de corrupción, tráfico humano y traición a la corona.
—Una prueba que nos matará si nos encuentran con ella —advirtió Diego, con gravedad—. Debemos llevarla a alguien que tenga la autoridad para enfrentarse a los Fúcar y a Vargas. Alguien fuera de la cadena de mando local.
—¿El Rey? —preguntó Amanda, aunque sabía que Alfonso X estaba a menudo ausente o distraído por sus conflictos familiares y políticos.
—Demasiado lejos. Y demasiado lento —respondió Diego—. Necesitamos a alguien con influencia inmediata, pero con integridad. Alguien que tema a Dios más que al dinero.
El nombre surgió en la mente de Amanda casi simultáneamente con el de Diego.
—El Arzobispo —dijeron ambos al unísono.
Don Gonzalo García Gudiel, el Arzobispo de Toledo, era una figura poderosa, conocida por su rigor moral y su independencia política.
Aunque era parte del establishment eclesiástico, tenía fama de ser incorruptible en asuntos de justicia divina.
Si presentaban pruebas de que se estaban vendiendo almas cristianas como esclavas, incluso él tendría que actuar, independientemente de las conexiones políticas de Rodrigo.
—El Palacio Arzobispal está fortificado —observó Diego, frunciendo el ceño—. Entrar allí será más difícil que entrar en el Alcázar.
—No necesitamos entrar —corrigió Amanda, su mente trabajando a toda velocidad—. Solo necesitamos entregar la prueba. Hay un buzón de peticiones en la puerta lateral, usado por los pobres y los peregrinos. Si dejamos el pergamino allí, con una nota explicativa clara, llegará a sus manos.
—Es arriesgado. Los guardias del Arzobispo son celosos. Podrían interceptarlo.
—Tenemos que intentarlo. Es nuestra única carta fuerte.
Salieron de la curtiduría con cautela extrema, verificando que la costa estuviera despejada.
La ciudad parecía haber despertado parcialmente; algunas ventanas se iluminaban, voces curiosas preguntaban desde los balcones sobre el alboroto reciente.
La noticia de la fuga de la "bruja" se extendía como la pólvora, alimentando el miedo y la superstición.
Mientras se dirigían hacia el centro histórico, evitando las calles principales, Amanda notó un cambio en el comportamiento de la gente.
Ya no era solo curiosidad morbosa; había hostilidad abierta.
Una mujer les lanzó una piedra desde un portal, gritando insultos sobre demonios y peste.
Un grupo de jóvenes les bloqueó el paso brevemente, obligándoles a dar un rodeo largo por callejones secundarios.
La narrativa de Rodrigo estaba funcionando.
Había convertido a Amanda en el chivo expiatorio perfecto para todos los males de la ciudad.
Cada desaparición, cada robo, cada enfermedad, ahora se atribuía a su presencia maligna.
Era una manipulación maestra de la opinión pública, utilizando el miedo ancestral a lo desconocido para consolidar su poder.
—Te odian —murmuró Diego, observando cómo una multitud se reunía al final de una calle, portando antorchas y horcas improvisadas—. No te ven como una víctima. Te ven como una amenaza existencial.
—Porque soy diferente —respondió Amanda, con amargura—. Porque no me someto. En un mundo que exige sumisión absoluta, la independencia es el pecado capital.
Llegaron a las proximidades del Palacio Arzobispal.
La estructura imponente se alzaba majestuosa bajo la luz de la luna, sus torres vigilantes dominando el cielo de la ciudad.
Las murallas exteriores estaban patrulladas por guardias armados, pero la puerta lateral, la de los suplicantes, estaba menos vigilada.
Se escondieron detrás de un carro de heno estacionado en una esquina cercana, esperando el momento adecuado. El cambio de guardia ocurría cada hora. Debían actuar durante el relevo, cuando la atención estaba dividida.
Minutos después, dos guardias salieron de la puerta lateral para fumar y conversar, dejando el acceso momentáneamente desatendido. Era la oportunidad.
Diego miró a Amanda.
—Ve. Yo cubriré tu retirada. Si algo sale mal, corre hacia la Catedral. El derecho de asilo podría salvarte, al menos temporalmente.
Amanda asintió, apretando el pergamino contra su pecho.
Salió de las sombras, caminando con naturalidad fingida hacia la puerta.
Pasó junto a los guardias, quienes ni siquiera la miraron, distraídos por su conversación.
Llegó al pequeño nicho en la pared, destinado a recibir cartas y ofrendas.
Introdujo el pergamino profundamente, asegurándose de que no pudiera ser visto desde fuera, y colocó encima una pequeña cruz de madera que llevaba consigo como talismán, para indicar la urgencia religiosa del mensaje.
Regresó junto a Diego sin ser detectada. Ambos retrocedieron rápidamente, fundiéndose de nuevo en la oscuridad de los callejones.
—Hecho —susurró ella, con una sensación de alivio frágil.
—Ahora esperamos —respondió Diego, con escepticismo—. Rezamos para que el Arzobispo sea tan justo como dicen, y no tan político como tememos.
Pero antes de que pudieran alejarse completamente, una sombra se desprendió de un portal cercano. No era un guardia. Era una figura encapuchada, ágil y silenciosa. Se interpuso en su camino, bloqueando la salida del callejón.
—Creísteis que erais listos —dijo una voz familiar, fría y burlona.
Martín.
No estaba solo. Detrás de él, emergieron cuatro figuras armadas con ballestas, apuntando directamente a sus pechos.
—Mi padre sabe que vendríais aquí —continuó Martín, avanzando lentamente—. Sabía que intentaríais usar la Iglesia contra él. Pero subestimasteis mi lealtad. Y mi odio.
Amanda sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Habían caído en una trampa. Rodrigo no solo había anticipado sus movimientos; los había dirigido. El pergamino en el buzón no era una victoria; era una condena.
—Entregadme a la bruja —ordenó Martín a sus hombres—, y dejad que el mercenario muera aquí. Su sangre limpiará mi honor.
Las ballestas tensaron sus cuerdas con un clic siniestro. Amanda miró a Diego, buscando una salida, una estrategia, un milagro. Pero en los ojos de él, vio solo una resignación triste.
Habían jugado su última carta. Y habían perdido.