CAPÍTULO 14 EL RASTRO DE SANGRE
La oscuridad en la bodega subterránea no era un vacío, sino una presencia densa, casi líquida, que parecía presionar contra los tímpanos y comprimir el pecho.
Amanda permaneció inmóvil, con los músculos tensos como cuerdas de violín a punto de romperse, escuchando con una agudeza dolorosa.
Los pasos arriba eran leves, vacilantes, pero inconfundibles.
No eran los pasos pesados y autoritarios de los guardias de Rodrigo, ni el arrastrar descuidado de un borracho.
Eran pasos cautelosos, calculados, propios de alguien que sabe que está entrando en terreno prohibido.
Diego estaba a su lado, tan quieto como una estatua de sal. Su mano buscó la de ella en la negrura absoluta, apretándola con fuerza para transmitir calma, o quizás para asegurarse de que ella seguía allí, real y viva. El calor de su palma era la única ancla en aquel abismo de incertidumbre.
—Espera —susurró él, apenas un hilo de voz que se disolvió en el aire viciado—. No te muevas.
Los pasos se detuvieron justo encima de ellos.
Luego, el sonido de piedra rozando contra piedra.
La palanca oculta que Diego había utilizado para entrar estaba siendo manipulada desde fuera.
El muro giratorio comenzó a moverse lentamente, emitiendo un quejido grave que resonó en las entrañas de la tierra como el lamento de un gigante dormido.
Una rendija de luz grisácea se abrió en lo alto de la escalera, cortando la oscuridad como una cuchilla.
Una silueta se recortó en el umbral. No llevaba antorcha, lo que sugería que conocía el lugar o que quería pasar desapercibido.
Bajó los escalones con precaución, tanteando cada peldaño con el pie antes de apoyar todo el peso.
Amanda contuvo la respiración. Reconoció la forma de los hombros, la manera inclinada de caminar. Era Martín.
El hijo del Alguacil descendió hasta el fondo de la bodega, deteniéndose en el último escalón.
Sacó un pequeño pedernal y yesca, encendiendo una vela corta que protegía con la mano ahuecada.
La llama parpadeante iluminó su rostro pálido, demacrado, con ojeras profundas que le daban un aspecto espectral.
Sus ojos barrían la estancia con una mezcla de paranoia y determinación febril.
—Sé que estáis aquí —murmuró, su voz resonando extrañamente en el espacio cerrado—. Puedo oler vuestro miedo. Huele a azufre y a mentira.
No se movió hacia los barriles donde ellos se escondían.
En cambio, comenzó a registrar la habitación con una eficiencia metódica, levantando tapas de cajas, golpeando los barriles vacíos para escuchar si había algún compartimento secreto.
Estaba buscando pruebas, o quizás simplemente disfrutando de la caza psicológica.
Amanda y Diego permanecieron agazapados detrás de una pila de toneles viejos, cubiertos parcialmente por lonas polvorientas. Desde su ángulo, podían ver cómo Martín se acercaba peligrosamente a su escondite. Si daba dos pasos más, los descubriría.
De repente, Martín se detuvo frente a uno de los barriles más cercanos. Había algo en el suelo, medio oculto bajo el polvo. Se agachó y lo recogió. Era un objeto pequeño, brillante.
Amanda sintió que el corazón se le detenía. Era su reloj digital. Lo había perdido durante la huida por los tejados, o quizás al caer en el heno. Lo había dado por perdido, asumido que quedaría enterrado en el valle. Pero Martín lo tenía ahora en sus manos.
El joven examinó el dispositivo con fascinación morbosa.
Giró la esfera negra, pulsó los botones laterales sin entender su función.
La pantalla no se encendió, pues la batería debía estar agotada o el mecanismo dañado por el impacto, pero la apariencia tecnológica, ajena a cualquier artesanía medieval, debió resultar desconcertante para él.
—¿Qué es esto? —preguntó al aire, con voz temblorosa—. ¿Un amuleto? ¿Una llave del infierno?
Lo guardó en el bolsillo de su túnica con una sonrisa triunfal.
—Padre querrá ver esto. Esto prueba tu naturaleza demoníaca, bruja. Ningún mortal posee objetos que brillan sin fuego.
Martín se giró, listo para subir las escaleras. Pero antes de hacerlo, se detuvo y miró directamente hacia los barriles donde se escondían Amanda y Diego. No podía verlos, pero su intuición, alimentada por la obsesión, le hacía sentir su presencia.
—Os encontraré —susurró, con una promesa helada—. Y cuando lo haga, no habrá piedad.
Subió las escaleras y cerró el muro giratorio, dejando la bodega nuevamente sumida en la oscuridad total. El silencio que siguió fue ensordecedor.
Diego exhaló largamente, liberando la tensión acumulada.
—Ha sido demasiado cerca —dijo, con voz grave—. Ese objeto... ¿qué era?
Amanda sintió una punzada de pérdida y vergüenza.
—Mi reloj. Un dispositivo de mi tiempo. Para él, es magia. Para mí, era mi conexión con mi hogar. Ahora es una prueba en su contra... o a favor de su locura.
—Debemos irnos —insistió Diego, incorporándose—. Si Martín tiene eso, volverá con refuerzos. No podemos quedarnos aquí ni un minuto más.
Salieron de la bodega por una salida trasera que Samuel les había indicado, una trampilla oculta bajo una alfombra rota que daba a un callejón lateral de la Judería. Emergieron a la noche fría, mezclándose rápidamente con las sombras.
—Necesitamos ese reloj —dijo Amanda, con determinación repentina.
Diego la miró con incredulidad.
—¿Estás loca? Es una trampa. Martín lo usará como cebo.
—No solo es un reloj, Diego. Es tecnología.
Si Rodrigo lo examina, si lo lleva ante un erudito o un clérigo curioso, podrían empezar a hacer preguntas sobre su origen.
Preguntas que podrían llevar a investigar la "magia" de Amanda más allá de la superstición.
Podrían descubrir que no es brujería, sino ciencia.
Y si descubren que es ciencia, podrían querer poseerla. Eso nos daría tiempo. Negociación.
Diego consideró sus palabras, frunciendo el ceño.
—Es un riesgo enorme. Pero tienes razón. Si creen que eres una fuente de poder misterioso, quizás duden en quemarte inmediatamente. Querrán exprimirte primero.
—Exacto. La codicia es más lenta que el fanatismo.
Decidieron seguir a Martín. Sabían que no iría directamente al Alcázar; primero pasaría por su casa o por algún lugar seguro para asegurar el "botín".
Diego, conocedor de los hábitos del joven Vargas, predijo que iría a una taberna discreta cerca de la Puerta de Bab al-Mardum, donde solía reunirse con informantes y beber para calmar sus nervios.
Caminaron sigilosamente, manteniendo la distancia. La ciudad nocturna era un laberinto de peligros, pero también de oportunidades. Las calles estrechas ofrecían cobertura, y el bullicio residual de algunas tabernas proporcionaba ruido de fondo para ocultar sus movimientos.
Llegaron a la taberna "El Zurrón", un establecimiento de mala muerte con ventanas empañadas por el humo y el vapor.
A través de una rendija en la puerta, vieron a Martín sentado en una mesa del fondo, rodeado de tres hombres de aspecto rufianesco.
Mostraba el reloj, gesticulando con excitación.
Los hombres lo observaban con escepticismo, tocando el objeto con dedos sucios.
—Dice que es de la bruja —decía uno de ellos, con voz ronca—. Que brilla con luz propia.
—Tonterías —replicó otro—. Es vidrio pulido. Nada más.
—¡No! —insistió Martín, golpeando la mesa—. ¡Tiene poderes! Mi padre lo confirmará. Y cuando lo haga, me dará la recompensa. Oro suficiente para comprar esta taberna y todas las que hay alrededor.
Amanda observaba la escena con atención forense. Notó algo en la mesa de Martín. Junto al reloj, había un pergamino enrollado, sellado con lacre rojo. El mismo sello que había visto en los documentos de Rodrigo.
—Mira eso —susurró a Diego—. El pergamino.
Diego ajustó la vista.
—Es un mensaje. Probablemente instrucciones de Carvajal para Rodrigo. O viceversa. Si conseguimos ese pergamino...
—Tenemos la conexión directa —terminó Amanda.
Era una oportunidad única. Martín, embriagado por su propio éxito y el vino, había dejado el pergamino descuidado sobre la mesa mientras discutía con sus compinches. Si podían distraerlo, quizás podrían robarlo.
—Yo crearé la distracción —dijo Diego—. Tú entra, toma el pergamino y sal. Rápido como el viento.
—Es peligroso —advirtió Amanda.
—Más peligroso es quedarse sin pruebas. Ve.
Diego se alejó hacia la entrada principal. Entró con estruendo, fingiendo estar borracho, y comenzó a discutir con el tabernero, llamando la atención de todos los presentes, incluidos los hombres de Martín.
Aprovechando el caos, Amanda se deslizó por la puerta trasera, que estaba entreabierta para ventilar el humo. Se movió entre las sombras de la cocina, evitando a los pinches ocupados, y emergió en el salón principal por un lateral oscuro.
Se acercó a la mesa de Martín con pasos felinos. Los hombres estaban demasiado ocupados gritándole a Diego como para notar su presencia. Con mano firme, tomó el pergamino, enrollándolo rápidamente y escondiéndolo bajo su túnica.
Pero al girarse para salir, chocó con alguien.
Era Martín.
El joven la miró, con los ojos muy abiertos, reconociéndola instantáneamente a pesar de la penumbra.
—¡Tú! —gritó, señalándola con dedo acusador—. ¡La bruja!
El salón entero se quedó en silencio. Todos los ojos se clavaron en Amanda.
Diego, viendo la situación, desenvainó su espada corta y cargó contra la mesa, volcándola y creando una barrera de madera y vasos rotos.
—¡Corre, Amanda! —rugió.
Amanda no lo dudó. Salió disparada hacia la puerta trasera, escuchando los gritos de furia de Martín y el entrechocar de acero detrás de ella. Corrió por el callejón oscuro, con el pergamino quemándole el pecho como un carbón encendido.
Había conseguido la prueba. Pero ahora, toda la ciudad sabía que estaba allí. Pero la caza se había convertido en una persecución a muerte.