CAPÍTULO 13 LA JUDERÍA
El alba no trajo la claridad esperada, sino una niebla espesa y lechosa que se arrastraba desde el río Tajo, envolviendo los molinos y los senderos ribereños en un manto de incertidumbre.
Amanda despertó con el cuerpo entumecido por el frío de la noche y la dureza del suelo de tierra.
A su lado, Diego ya estaba despierto, observando la bruma con una atención vigilante, como un lobo que olfatea el viento en busca de presas o depredadores.
—La niebla es nuestra aliada hoy —murmuró él, sin volverse—. Oculta nuestros movimientos. Pero también oculta los de ellos. Debemos movernos rápido.
Se pusieron en marcha apenas el sol comenzó a disipar la neblina, revelando un paisaje grisáceo y desolado.
Subieron por senderos empinados que serpenteaban entre huertos abandonados y viñedos secos, alejándose de la orilla del río para adentrarse en las entrañas de la ciudad baja.
Toledo se alzaba ante ellos como una fortaleza impenetrable, sus murallas recortadas contra el cielo pálido, vigilantes y hostiles.
Diego eligió rutas secundarias, callejones estrechos y pasadizos olvidados que evitaban las puertas principales, donde los guardias de Rodrigo probablemente estarían apostados con descripciones detalladas de la fugitiva.
Caminaron con cautela, pegados a las sombras de los muros, deteniéndose cada vez que escuchaban pasos o voces.
La tensión era constante, una cuerda tensa a punto de romperse.
Finalmente, llegaron a la Puerta del Cambrón, una entrada secundaria menos vigilada que daba acceso al barrio judío.
Diego intercambió unas palabras breves y codificadas con un vendedor ambulante que custodiaba la entrada, entregándole una moneda de cobre gastada.
El hombre asintió imperceptiblemente y les indicó que entraran rápidamente, mezclándose con el flujo de gente que comenzaba a despertar.
Al cruzar el umbral, Amanda sintió un cambio atmosférico inmediato.
El aire olía diferente: a pan recién horneado, a especias tostadas, a incienso y a algo más sutil, indefinible, que parecía ser la esencia misma de la cultura sefardí.
Las calles eran más limpias, las casas mejor conservadas, con patios interiores visibles a través de puertas entreabiertas.
Había una sensación de orden, de comunidad cohesionada, que contrastaba marcadamente con el caos marginal de las orillas del Tajo.
Sin embargo, bajo esa apariencia de tranquilidad, latía una tensión subyacente.
Los ojos de los transeúntes, aunque curiosos, eran cautelosos.
Sabían que dos extraños, uno de ellos claramente herido y ambos con aspecto de fugitivos, podían traer problemas.
En la Judería, la discreción era la primera ley de supervivencia.
Diego la mandó hacia una casa modesta pero sólida, situada en una callejuela tranquila cerca de la Sinagoga del Tránsito. Golpeó la puerta de madera con un ritmo específico: tres golpes rápidos, una pausa, dos lentos.
La puerta se abrió apenas una rendija, revelando el rostro anciano y arrugado de un hombre con barba blanca y ojos inteligentes. Era Samuel ha-Leví, un erudito y comerciante de textos antiguos, amigo secreto de Diego desde hacía años.
—Entra, rápido —susurró Samuel, haciéndoles un gesto urgente—. Los vientos traen malas noticias desde el Alcázar.
Una vez dentro, Samuel cerró la puerta con llave y corrió las cortinas de las ventanas. La casa era un refugio de paz relativa, llena de libros, pergaminos y objetos de culto. El olor a papel viejo y cera de abejas era reconfortante.
—¿Quién es ella? —preguntó Samuel, mirando a Amanda con interés clínico, sin juzgarla, solo evaluándola.
—Una amiga. Una víctima de la injusticia de Vargas —respondió Diego, ayudando a Amanda a sentarse en un diván cubierto de cojines—. Necesitamos tu ayuda, Samuel. Y tu silencio.
Samuel sirvió vino tibio y pan con aceite en una mesa baja. Mientras comían, Diego explicó brevemente la situación: la acusación de brujería, la huida, la necesidad de pruebas. Samuel escuchó con atención, frunciendo el ceño ocasionalmente.
—Rodrigo de Vargas es un hombre peligroso —dijo finalmente, con voz grave—.
Su ambición no tiene límites. Y sé de qué hablas cuando mencionas las desapariciones.
No son rumores, Diego. Son hechos. He perdido a dos sobrinas en los últimos dos años.
Desaparecidas sin rastro. La policía dice que huyeron. Yo sé que fueron vendidas.
Amanda sintió un nudo en el estómago. La confirmación directa de alguien afectado le dio una nueva dimensión al horror. No eran estadísticas; eran familias destrozadas.
—Hay una pista —dijo Amanda, sacando el trozo de pergamino que había memorizado de los libros de cuentas—. "L.C.". Entregas mensuales. ¿Significa algo para ti?
Samuel tomó el papel imaginario, pensando. Sus ojos se iluminaron con reconocimiento.
—Luis de Carvajal. Un mercader converso, rico e influyente.
Tiene almacenes cerca del puerto fluvial y conexiones con la corte real.
Se rumorea que trafica con influencias, con secretos...
y con personas. Si Rodrigo está trabajando con él, entonces la red es más grande de lo que imaginábamos.
Llega hasta Madrid, quizás hasta Sevilla.
—¿Dónde podemos encontrar pruebas? —preguntó Diego.
—En los registros de Carvajal —respondió Samuel—. Pero esos documentos están bien guardados. Necesitarías acceder a su oficina privada. Y eso es casi imposible sin ser detectado.
Amanda intervino, su mente trabajando a toda velocidad.
—No necesitamos robar los documentos originales. Solo necesitamos verlos. Copiarlos. O fotografiarlos... quiero decir, transcribirlos rápidamente. Si puedo entrar en su oficina, puedo hacerlo. Tengo buena memoria.
Samuel la miró con escepticismo.
—Es arriesgado. Carvajal tiene guardias personales. Y si te atrapan...
—No tengo opción —insistió Amanda—. Es la única manera de desacreditar a Rodrigo. De demostrar que las desapariciones son un negocio, no obra de magia.
Diego asintió, compartiendo su determinación.
—Podemos intentar una distracción. Algo que aleje a los guardias de la oficina de Carvajal durante unos minutos.
Samuel suspiró, resignado pero convencido.
—Os ayudaré. Conozco los turnos de los guardias de Carvajal. Sé cuándo cambia la guardia. Mañana, al mediodía, habrá un momento de vulnerabilidad. Pero debéis ser rápidos. Y silenciosos.
Pasaron el resto del día escondidos en la casa de Samuel, descansando y planificando.
Amanda aprovechó para lavar sus heridas y cambiar sus vendas con agua caliente y hierbas medicinales que Samuel le proporcionó.
La bondad del anciano, su sabiduría tranquila, le dieron una fuerza renovada.
Por primera vez en días, se sintió parte de algo, protegida por una comunidad que, aunque marginada, poseía una dignidad inquebrantable.
Por la tarde, Diego salió brevemente para recoger información adicional sobre los movimientos de Carvajal. Cuando regresó, traía noticias inquietantes.
—Martín está buscando activamente en la Judería —informó, con el rostro sombrío—. Ha ofrecido una recompensa sustancial por cualquier información sobre tu paradero. Los vecinos están nerviosos. Algunos podrían ceder ante la tentación del oro.
Amanda sintió un escalofrío. La traición podía venir de cualquier lado. La confianza era un lujo que no podían permitirse.
—Debemos movernos esta noche —decidió Diego—. No podemos esperar hasta mañana. Si Martín está aquí, nos encontrará.
Samuel asintió.
—Conozco un lugar seguro. Una bodega antigua bajo la sinagoga abandonada en el extremo norte del barrio. Está conectada con los túneles viejos. Podréis pasar la noche allí. Pero debéis ir solos. Yo no puedo arriesgarme más.
Les proporcionó comida, agua y una linterna de aceite. Antes de partir, Samuel tomó las manos de Amanda.
—Ten cuidado, hija. La verdad es una espada de doble filo. Puede liberarte, pero también puede cortarte. Úsala con sabiduría.
Amanda asintió, agradecida. Salieron de la casa de Samuel, fundiéndose en las sombras crecientes de la Judería. Las calles estaban ahora más tranquilas, pero la sensación de vigilancia era palpable. Cada sombra parecía esconder un ojo enemigo.
Mientras caminaban hacia el norte, Amanda no pudo evitar pensar en la complejidad de aquel mundo.
La tolerancia relativa de la Judería era una isla de civismo en un mar de brutalidad feudal.
Pero incluso allí, el miedo y la codicia acechaban.
Rodrigo de Vargas no era solo un hombre corrupto; era un síntoma de una enfermedad sistémica que corroía los cimientos de la sociedad.
Y ella, una mujer del futuro, atrapada en el pasado, se había convertido en el catalizador que podría exponer esa podredumbre. O ser consumida por ella.
Llegaron a la sinagoga abandonada, una estructura ruinosa cubierta de hiedra.
Samuel les había dado instrucciones precisas para encontrar la entrada a la bodega.
Diego movió una piedra suelta en el muro lateral, revelando una palanca oculta.
Al tirarla, una sección del muro giró silenciosamente, mostrando una escalera de piedra que descendía hacia la oscuridad.
—Después de ti —dijo Diego.
Amanda bajó las escaleras, sintiendo cómo el aire se volvía más frío y húmedo. Abajo, la oscuridad era absoluta. Encendió la linterna de aceite, cuya llama temblorosa proyectaba sombras danzantes en las paredes de piedra.
Era un espacio amplio, lleno de barriles vacíos y cajas polvorientas. Pero lo más importante era que estaba aislado. Nadie los buscaría allí.
Se sentaron en el suelo, exhaustos. Diego apagó la linterna para ahorrar aceite, sumergiéndolos en una oscuridad total.
—Descansa —susurró él, su voz cercana en la negrura—. Mañana será el día decisivo.
Amanda cerró los ojos, escuchando la respiración de Diego. En la oscuridad, sus sentidos se agudizaron. Podía oler el polvo, sentir la humedad, escuchar el latido de su propio corazón. Y en ese silencio absoluto, comprendió que ya no tenía miedo. Tenía propósito.
Mañana, enfrentarían a Luis de Carvajal. Mañana, buscarían la verdad. Y nada, ni Rodrigo, ni Martín, ni toda la maldad de Toledo, les impediría encontrarla.
Pero mientras el sueño comenzaba a vencerla, un sonido leve, casi imperceptible, llegó desde arriba. Pasos. Ligeros, cautelosos. Alguien estaba en la sinagoga. Alguien los había seguido.
Amanda abrió los ojos en la oscuridad, el corazón acelerándose de nuevo. La seguridad era una ilusión. La caza continuaba. Y los cazadores estaban más cerca de lo que pensaban.