CAPÍTULO 21 MÁSCARAS DE NOBLEZA
El estruendo del cristal rompiéndose no fue solo un sonido; fue una declaración de guerra que resonó en los pasillos de piedra del Alcázar como el tañido de una campana fúnebre.
Amanda cayó sobre la cornisa inferior, el aire escapando de sus pulmones en un gemido ahogado por el impacto contra la piedra fría.
Sus manos, sangrantes y temblorosas, se aferraron al borde rugoso mientras miraba hacia arriba.
Diego ya estaba saltando, su silueta recortada contra la luz amarillenta que emanaba de la ventana destrozada de la cámara de Rodrigo.
Aterrizó con una gracia felina a su lado, aunque el dolor en su brazo herido le arrancó una mueca silenciosa.
—Tenemos segundos —jadeó él, tirando de ella hacia las sombras profundas de un arco de medio punto—. Los guardias vendrán desde todas las direcciones.
No había tiempo para pensar, solo para actuar. El patio de armas, iluminado por antorchas oscilantes, comenzaba a llenarse de soldados confundidos pero armados.
Gritos de alarma cruzaban el aire nocturno, mezclándose con el ladrido furioso de los perros de caza que dormían en los establos cercanos.
Amanda y Diego se fundieron con la oscuridad de un pórtico lateral, respirando con dificultad, conscientes de que cada segundo que permanecían allí aumentaba exponencialmente la probabilidad de ser descubiertos.
—No podemos salir por la puerta principal —dijo Diego, escaneando el caos con ojos analíticos—. Está bloqueada. Necesitamos disfrazarnos. Necesitamos pasar desapercibidos entre el ruido.
Sus ojos se posaron en un grupo de sirvientes que corrían hacia el lugar del incidente, cargando cubos de agua y mantas, probablemente enviados por la cocina ante la alarma de incendio o ataque.
Llevaban túnicas grises sencillas, capuchas bajas y expresiones de pánico genuino. Era la cobertura perfecta.
—Espera aquí —ordenó Diego, desapareciendo en la penumbra de un pasillo de servicio adyacente.
Amanda esperó, el corazón martilleándole contra las costillas como un pájaro atrapado.
El pergamino robado, enrollado y escondido bajo su túnica, parecía pesar toneladas, quemándole la piel con su secreto peligroso.
Minutos después, Diego regresó, arrastrando dos bultos de tela gris.
Se había deshecho de su capa oscura y ahora vestía una túnica de criado, sucia y remendada, que olía a cebolla y sudor rancio. Le lanzó el otro bulto a Amanda.
—Póntelo. Rápido. Cubre tu cabello. Ensucia tu rostro con hollín si puedes.
Amanda obedeció con manos torpes, vistiéndose sobre su ropa actual. La tela áspera le raspaba la piel, pero la transformaba instantáneamente.
Dejó de ser la extranjera exótica, la bruja acusada, para convertirse en otra sombra anónima más en la maquinaria del Alcázar.
Diego tomó un puñado de ceniza de una hoguera apagada cerca de la entrada de la cocina y le manchó las mejillas y la frente, difuminando sus rasgos delicados bajo una máscara de suciedad laboral.
—Ahora pareces uno de ellos —murmuró él, ajustándose su propia capucha—. Camina con la cabeza gacha. No mires a los ojos. Los sirvientes son invisibles para los nobles, siempre que no llamen la atención.
Se unieron al flujo de personas que se dirigían hacia la torre oeste.
La confusión era su aliada. Nadie prestaba atención a dos criados más que corrían para ayudar a apagar un fuego imaginario o atender a un señor herido.
Avanzaron entre la multitud, rozando hombros con guardias armados y damas de compañía asustadas.
El olor a miedo era palpable, acre, mezclado con el perfume caro de la nobleza y el hierro oxidado de las armas.
Llegaron a los alrededores de la zona afectada.
Rodrigo de Vargas estaba en el centro del tumulto, envuelto en una bata de seda bordada, gritando órdenes contradictorias a sus capitanes.
Su rostro estaba lívido, no por el susto, sino por la furia impotente.
Martín estaba a su lado, pálido y temblando, señalando hacia la ventana rota con un dedo acusador.
—¡Estaba ahí! —bramaba Martín, con voz histérica—. ¡La vi! ¡Entró por la ventana y salió saltando! ¡Es un demonio!
Rodrigo lo ignoró, centrándose en sus hombres.
—Cerrad el perímetro. Que nadie salga del Alcázar. Revisad cada habitación, cada armario, cada sótano. Quiero a esa mujer viva. Si la encontráis muerta, pagaréis con vuestras cabezas.
Amanda sintió cómo la sangre se le helaba en las venas.
Estaban atrapados dentro de la fortaleza.
Una búsqueda sistemática significaba que tarde o temprano darían con ellos.
Necesitaban salir de la zona inmediata, mezclarse con la servidumbre de las alas inferiores, lejos de la mirada atenta de los guardias personales del Alguacil.
—Vamos a las cocinas —susurró Diego, tirando suavemente de su manga—. Allí hay una salida de servicio para la basura. Conduce a los vertederos exteriores.
Se desviaron del grupo principal, bajando por unas escaleras estrechas y empinadas que olían a grasa quemada y restos de comida.
Las cocinas eran un hervidero de actividad caótica.
Cocineros gritaban, pinches corrían con bandejas, y el calor de los hornos era sofocante.
Amanda y Diego se movieron con naturalidad fingida, evitando chocar con los trabajadores ocupados.
Al llegar a la zona de lavado, donde grandes tinas de agua jabonosa humeaban, vieron la puerta trasera. Estaba vigilada por un solo guardia, un hombre joven que bostezaba aburrido, apoyado en su lanza. Parecía más interesado en rascarse la espalda que en cumplir su deber.
Diego se acercó a él, adoptando una postura sumisa.
—Perdón, señor —indicó, con voz ronca, imitando el acento tosco de los campesinos locales—. El jefe de cocina nos envía a tirar los desperdicios de la cena del señor Alguacil. Dice que huelen mal y quiere que se vayan antes de que atraigan ratas.
El guardia los miró con desdén, evaluando su apariencia sucia y humilde.
—Id rápido —gruñó, apartándose ligeramente—. Y no volváis hasta mañana.
Empujaron la puerta pesada de madera y salieron a la noche fresca.
El aire exterior les golpeó los rostros, limpiando parcialmente el hollín de sus pulmones.
Estaban en un callejón estrecho detrás del Alcázar, lleno de barriles vacíos y sacos de basura.
La libertad estaba a pocos metros, al final del callejón, donde se unía con las murallas exteriores.
Pero justo cuando iban a dar el paso decisivo hacia la salida, una figura emergió de las sombras de un montón de escombros.
No era un guardia. Era un hombre vestido con ropas finas, pero discretas, con una capa negra que ocultaba parcialmente su rostro.
Llevaba un anillo en la mano derecha que brilló bajo la luz de la luna: un sello con un león rampante.
Un espía de Carvajal. O quizás, un agente doble.
El hombre no dijo nada. Simplemente los observó, con una calma inquietante.
Luego, levantó lentamente la mano y señaló hacia la salida, pero negó con la cabeza.
No por ahí, parecía decir su gesto. Luego, señaló hacia arriba, hacia los tejados del Alcázar, y desapareció en la oscuridad tan silenciosamente como había aparecido.
Diego frunció el ceño, confundido.
—¿Qué significa eso? —preguntó Amanda, con voz tensa.
—Significa que la salida está vigilada por más que solo ese guardia novato —respondió Diego, con gravedad—. Ese hombre... es de la red de Carvajal. Si nos deja pasar, es porque tiene otros planes. O porque sabe que salir ahora es morir.
Antes de que pudieran decidir, escucharon voces acercándose por el callejón. Guardias. Habían sido rastreados, o quizás el guardia de la puerta los había delatado por sospecha.
—Arriba —ordenó Diego, señalando una escalera de incendios oxidada que subía por la pared lateral del edificio de las cocinas—. Volvemos a entrar, pero por otro lado.
Subieron rápidamente, el metal crujiendo bajo su peso.
Llegaron al tejado plano de las cocinas, desde donde podían ver gran parte del complejo del Alcázar.
La ciudad de Toledo se extendía abajo, un mar de luces tenues y sombras profundas.
Pero ellos no podían bajar aún. Estaban atrapados en la cima, expuestos, con el enemigo cerrando el cerco abajo y el misterioso hombre de negro observando desde las sombras.
Amanda sacó el pergamino de su escondite, verificando que aún estaba allí. Lo tenían. La prueba. Pero poseer la verdad no significaba poder usarla. Ahora, debían navegar por un laberinto de lealtades traicionadas y peligros ocultos.
—Ese hombre... —murmuró Amanda, recordando el anillo del león—. ¿Crees que trabaja para Carvajal?
—O para alguien que quiere hundir a Carvajal —especuló Diego, con los ojos entrecerrados—. En este juego, los enemigos de mis enemigos pueden ser amigos... o traidores aún peores.
Una flecha silbó cerca de sus cabezas, clavándose en una chimenea de ladrillo. Alguien los había visto en el tejado.
—Corre —gritó Diego, tomando la mano de Amanda.
Comenzaron a correr por los tejados irregulares, saltando sobre huecos y esquivando tejas sueltas.
Detrás de ellos, más flechas volaban, cortando el aire con zumbidos mortales.
La caza había comenzado de nuevo, pero esta vez, no solo huían de Rodrigo.
Huían de una conspiración mucho más vasta, cuyas raíces se extendían hasta los cimientos mismos del poder en Castilla.
Mientras saltaban de un tejado a otro, con la muerte pisándoles los talones, Amanda comprendió que la máscara de nobleza que habían adoptado no era suficiente para ocultar la verdad. La verdad, una vez liberada, tiene vida propia. Y ahora, exigía sangre.