CAPÍTULO 9 LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS
La tormenta que había amenazado durante todo el día estalló con una furia bíblica justo cuando las campanas de la catedral marcaron la medianoche.
El trueno no retumbaba; desgarraba el cielo, haciendo vibrar los cimientos de piedra de la mansión de Vargas hasta que el polvo caía de las vigas del techo como nieve grisácea.
La lluvia golpeaba los tejados con tal violencia que el sonido era ensordecedor, una cortina blanca y ruidosa que aislaba la casa del resto de Toledo, convirtiéndola en una isla de sombras y miedo.
Amanda no dormía. Estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una manta gruesa, escuchando el caos exterior.
Pero su atención no estaba en la tormenta, sino en el silencio interior de la casa.
Algo había cambiado. La atmósfera, habitualmente cargada de una vigilancia opresiva pero ordenada, ahora tenía un sabor metálico, eléctrico.
Era la calma tensa que precede a la catástrofe.
De repente, un grito ahogado, breve y brutal, resonó desde la planta baja. No fue un alarido de dolor prolongado, sino el sonido seco de alguien a quien se le corta la respiración para siempre.
Amanda se puso de pie, el corazón martilleándole contra las costillas. Se acercó a la puerta y pegó el oído a la madera fría. Escuchó pasos apresurados en el pasillo, el choque de metal contra metal, voces masculinas gritando órdenes ininteligibles sobre el estruendo de la lluvia.
—¡Las puertas! ¡Asegurad las puertas! —bramó una voz que reconoció como la del capitán de la guardia, antes de ser silenciada por un gemido agónico.
Ladrones. O algo peor.
El pánico, frío y paralizante, intentó apoderarse de ella, pero lo rechazó con fuerza.
El instinto de supervivencia, agudizado por semanas de cautiverio, tomó el control.
No podía quedarse en la habitación; si los intrusos subían, sería la primera víctima fácil.
Tampoco podía bajar; el vestíbulo era una zona de muerte segura.
Necesitaba un lugar intermedio, oculto, desde donde pudiera observar sin ser vista.
Recordó el agujero en la pared. La sala contigua.
Se movió con rapidez silenciosa, descalza sobre la madera fría. Retiró el yeso y la cera que había usado para tapar la fisura. El hueco estaba oscuro, pero al otro lado, la luz de un relámpago iluminó brevemente la pequeña estancia de almacenamiento. Estaba vacía. Perfecta.
Se introdujo en el espacio estrecho, arrastrándose con dificultad por el hueco irregular.
La piedra raspaba su piel, pero el dolor era irrelevante.
Al llegar al otro lado, se acurrucó detrás de unas cajas de madera polvorientas, justo debajo de una pequeña ventana alta y enrejada que daba al patio trasero.
Desde allí, tenía una visión parcial del pasillo exterior de su antigua habitación y, a través de otra grieta en la pared opuesta, una vista limitada de la escalera principal.
Esperó.
Los sonidos de la lucha continuaban abajo. Gritos, el entrechocar de espadas, el ruido de muebles siendo volcados. Luego, un silencio repentino, más aterrador que el ruido. Solo quedaba el sonido de la lluvia y de la respiración jadeante de alguien cerca.
Pasos. Pesados, húmedos, subiendo las escaleras.
Amanda contuvo el aliento. Vio sombras proyectarse en la pared de la sala contigua. Dos figuras, encapuchadas, empapadas, con dagas ensangrentadas en las manos. Subían con cautela, revisando cada puerta.
—¿Dónde está el botín? —susurró uno, con voz ronca—. El viejo dijo que guardaba oro en la biblioteca.
—Busca primero a las mujeres —respondió el otro, con una risa cruel—. Rodrigo tiene gustos caros. Quizás encontremos algo más valioso que monedas.
Amanda sintió náuseas. No eran ladrones comunes. Sabían demasiado. Conocían la distribución de la casa. Y buscaban específicamente a las mujeres.
Los dos hombres pasaron frente a la puerta de la sala donde se escondía Amanda.
Uno de ellos se detuvo, apoyando la oreja contra la madera.
Amanda cerró los ojos, rezando para que el ruido de la tormenta ocultara el sonido de su propia respiración.
El hombre permaneció inmóvil durante una eternidad.
Luego, escupió al suelo y siguió adelante, hacia las habitaciones de los invitados, que ya habían huido o estaban escondidas.
Amanda exhaló lentamente, temblando. Estaba a salvo, temporalmente. Pero sabía que la situación era crítica. Los guardias de Rodrigo habían sido eliminados o neutralizados. La casa estaba vulnerable.
Fue entonces cuando lo vio.
Por el rabillo del ojo, a través de la grieta que comunicaba su escondite con el pasillo de su antigua habitación, distinguió una figura. No era uno de los ladrones. Era más pequeño, más ágil. Vestía ropas oscuras que se fundían con las sombras.
Martín.
El hijo del Alguacil no huía. No se escondía. Se movía con una determinación febril hacia la habitación de Amanda. Empujó la puerta, que cedió fácilmente, y entró.
Amanda, desde su escondite en la sala contigua, pudo ver parcialmente el interior de su antigua estancia a través de una rendija en la pared divisoria.
Martín no buscaba oro. Buscaba algo específico.
Revisó el armario, revolvió los cajones de la mesa, tiró los libros al suelo.
Su comportamiento era errático, desesperado.
—¿Dónde estás? —murmuraba, con voz temblorosa—. ¿Dónde te has escondido, bruja?
De repente, Martín se detuvo. Sus ojos se clavaron en la pared donde estaba el agujero. Pareció intuir la presencia de Amanda, aunque no podía verla directamente desde ese ángulo. Se acercó a la pared divisoria, pasando la mano por la superficie rugosa.
—Sé que estás aquí —susurró, con una sonrisa demente—. Te huelo. Huelo tu miedo.
Amanda se encogió aún más, presionándose contra la pared fría. Martín sacó una daga pequeña de su bota y comenzó a golpear suavemente la pared, buscando el hueco. Toc. Toc. Toc. Cada golpe resonaba en el cráneo de Amanda como un martillazo.
—Padre te quiere muerta —continuó Martín, hablando consigo mismo—. Dice que eres una espía. Que trajiste la mala suerte. Pero yo sé la verdad. Eres un demonio. Y los demonios deben ser exorcizados.
Dejó de golpear y se alejó, frustrado. Salió de la habitación y bajó las escaleras, uniéndose a los ladrones en el vestíbulo. Amanda escuchó voces confusas, discusiones acaloradas.
—¡Ella no está! —gritó Martín—. ¡Ha desaparecido!
—No importa —respondió la voz del líder de los ladrones—. Hemos conseguido lo que vinimos a buscar. Los documentos. Y el cofre pequeño. Vámonos antes de que llegue la guardia real.
Amanda entendió entonces. No era un robo aleatorio.
Era un golpe quirúrgico. Alguien había contratado a esos hombres para robar pruebas comprometedoras que Rodrigo guardaba en la biblioteca.
Pruebas que quizás vinculaban al Alguacil con la red de tráfico humano.
Y Martín, en su locura, creía que Amanda estaba involucrada, que ella había facilitado la entrada o que había robado los documentos ella misma.
Los ladrones salieron por la puerta trasera, desapareciendo en la noche tormentosa. La casa quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el goteo del agua y los gemidos de los heridos.
Amanda esperó diez minutos más, asegurándose de que no quedaba nadie. Luego, salió de su escondite. Sus músculos estaban rígidos, entumecidos por la tensión. Se dirigió hacia la habitación de Martín, impulsada por una necesidad urgente de comprender.
Al entrar, vio el desorden. Libros rotos, ropa esparcida. Pero lo que llamó su atención fue algo en el suelo, cerca de la ventana. Un trozo de tela rasgada. Tela azul oscuro. Seda.
La misma tela del vestido que ella había llevado al banquete.
Martín había arrancado un pedazo de su vestido durante su búsqueda frenética.
Lo sostenía ahora en su mano, apretándolo con fuerza, mientras miraba por la ventana hacia la oscuridad.
No la había visto salir de la sala contigua, pero sabía que ella estaba en la casa.
Y ahora, tenía una "prueba" física de su supuesta complicidad.
Amanda retrocedió silenciosamente, volviendo a las sombras. Comprendió la gravedad de su situación. Para Martín, ella no era solo una extranjera molesta. Era la culpable. La traidora. La bruja que había permitido que los ladrones entraran para robar los secretos de su padre.
Cuando Rodrigo descubriera el robo, y viera el trozo de vestido en manos de su hijo... la sentencia sería inmediata.
Tenía que huir. Ahora. Antes de que amaneciera. Antes de que la acusación se formalizara.
Pero huir significaba dejar atrás todo. Dejar atrás a Diego. Dejar atrás cualquier esperanza de justicia. Significaba convertirse en una fugitiva, en una paria.
Miró por la ventana. La lluvia comenzaba a amainar. La ciudad dormía, ignorante del drama que acababa de desarrollarse entre sus muros.
Amanda tomó una decisión. No podía quedarse. La jaula se había roto, pero las barras se habían convertido en cuchillos.
Bajó las escaleras de servicio, evitando los cuerpos de los guardias muertos. El olor a sangre era intenso, nauseabundo. Llegó a la cocina, donde encontró un cuchillo de carnicero y un paquete de comida seca. Lo tomó todo.
Al salir al patio trasero, el aire frío de la madrugada la golpeó en la cara. Respiró hondo, llenando sus pulmones de libertad peligrosa.
Dio un paso hacia la puerta lateral, la que daba a los callejones oscuros del barrio judío.
Pero entonces, una mano fuerte la sujetó por el brazo, girándola bruscamente.
Amanda abrió la boca para gritar, pero una mano áspera cubrió su boca.
—Silencio —susurró una voz familiar, grave y urgente—. Si gritas, morirás.
Era Diego.