El latido de Toledo CAPÍTULO 10 LA ACUSACIÓN
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CAPÍTULO 10 LA ACUSACIÓN

La mano que cubría la boca de Amanda era callosa, fuerte y olía a cuero y heno. No era la mano suave y perfumada de Rodrigo, ni la mano temblorosa y sudorosa de Martín. Era la mano de un hombre que trabajaba, que luchaba, que sobrevivía. Diego.

Amanda se tensó inicialmente, preparada para luchar, pero al reconocer el aroma y sentir la presión firme pero no violenta de sus dedos, relajó los músculos.

Asintió levemente contra su palma. Diego retiró la mano despacio, manteniendo la otra aferrada a su brazo para mantenerla cerca de las sombras del pórtico.

—No puedes salir por ahí —susurró él, con los ojos escudriñando la oscuridad del patio—. La guardia real ya está llegando. He oído los cuernos. Si te ven ahora, con la sangre de tus "compañeros" aún fresca en el aire, no tendrás oportunidad de explicar nada.

—No son mis compañeros —replicó Amanda, con la voz ronca por el miedo y la adrenalina—. Fueron ladrones contratados. Y Martín... Martín cree que yo les abrí la puerta.

Diego frunció el ceño, arrastrándola hacia el interior de los establos, lejos de la vista directa de la puerta principal.

—Martín es un niño enfermo de odio —dijo con desprecio—.

Pero su padre es un hombre calculador. Si Martín le dice que tú colaboraste, Rodrigo lo creerá porque le conviene.

Te necesita como chivo expiatorio para cubrir su propia negligencia.

O peor, para justificar tu eliminación si descubrió que sabes demasiado.

Amanda sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la madrugada.

—¿Qué debo hacer? —preguntó, mirando a Diego con desesperación contenida—. No puedo quedarme aquí. Me matarán.

Diego la observó durante un largo segundo, evaluando su determinación, su miedo, su alma. Luego, asintió con una resolución sombría.

—Hay un lugar. Un refugio temporal. Pero el camino es peligroso. Y una vez que salgas de esta casa, no hay vuelta atrás. Serás una fugitiva. Una bruja acusada. ¿Estás dispuesta a pagar ese precio?

—Prefiero ser una fugitiva viva que una mártir muerta —respondió Amanda con firmeza.

Antes de que Diego pudiera responder, la gran puerta de entrada de la mansión se abrió con un estruendo.

La luz de antorchas inundó el patio, proyectando sombras largas y distorsionadas.

Don Rodrigo de Vargas entró, seguido por una docena de soldados armados con ballestas y espadas desenvainadas.

Su rostro era una máscara de furia contenida, pálida bajo la luz vacilante.

Detrás de él, tambaleándose y sosteniendo un trozo de tela azul, venía Martín.

—¡Buscadla! —bramó Rodrigo, su voz resonando como un trueno en el espacio cerrado—. ¡La extranjera ha traicionado mi hogar! ¡Ha abierto las puertas a los ladrones! ¡Quiero su cabeza antes del amanecer!

Los soldados se dispersaron, registrando cada rincón, cada sombra. Algunos entraron en los establos. Diego empujó a Amanda hacia el fondo, detrás de una pila de heno seco y cajas de aperos.

—Quédate quieta. No respires —ordenó en un susurro apenas audible.

Amanda se acurrucó, cubriéndose con el heno, sintiendo cómo el polvo le picaba la nariz. Contuvo la respiración hasta que le dolieron los pulmones. Escuchó las botas de los soldados acercarse. Vio las puntas de las lanzas pasar a escasos centímetros de su escondite.

—Aquí no hay nadie, señor —informó un soldado, iluminando el rincón con su antorcha.

Rodrigo se acercó, sus ojos barriendo el establo con precisión depredadora. Se detuvo frente a la pila de heno. Amanda pudo ver sus botas, manchadas de barro y sangre. Sintió la mirada del Alguacil clavada en ella, como si pudiera ver a través del forraje.

—Revisad mejor —ordenó Rodrigo, con voz baja y peligrosa—. Esa mujer tiene el diablo metido en el cuerpo. No se esconde como una rata común.

Martín se adelantó, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa maníaca.

—Está aquí, padre. Lo sé. La siento. Su magia nos observa.

Levantó el trozo de tela azul.

—Mirad. Esto estaba en su habitación. Lo arrancó al huir. Es la prueba. Es la marca de la bestia.

Rodrigo tomó la tela, examinándola con disgusto.

—Si está aquí, la encontraremos. Y cuando lo hagamos... —hizo un gesto cortante con la mano—. Que la aten. Quiero interrogarla antes de quemarla.

Los soldados comenzaron a remover el heno con las lanzas. Amanda cerró los ojos, aceptando su destino. Estaba atrapada. No había salida.

Pero entonces, Diego actuó.

Desde la otra punta del establo, lanzó una piedra contra una ventana alta. El cristal se hizo añicos con un ruido estridente. Todos los soldados giraron hacia el sonido, distraídos por un instante.

—¡Por allí! —gritó uno.

Aprovechando la confusión, Diego salió de las sombras, no para atacar, sino para crear caos. Derribó un barril de aceite, que rodó hacia los soldados, obligándolos a retroceder para no resbalar.

—¡Corre! —le gritó a Amanda, señalando una pequeña puerta trasera que daba a un callejón lateral.

Amanda no lo dudó. Salió de su escondite y corrió hacia la puerta. Los soldados, recuperándose de la sorpresa, intentaron interceptarla, pero Diego se interpuso en su camino, desenvainando una espada corta que llevaba oculta bajo la túnica.

—¡Idos! —rugió Diego, enfrentándose a tres hombres a la vez.

Amanda abrió la puerta y salió a la noche húmeda. El aire frío la golpeó, llenando sus pulmones de libertad amarga. Corrió por el callejón oscuro, sin mirar atrás, escuchando los gritos de lucha que quedaban atrás.

Pero no llegó lejos.

Al doblar la esquina, se encontró de frente con dos guardias más que patrullaban la zona exterior. La vieron. Levantaron sus ballestas.

—¡Alto! —ordenaron.

Amanda se detuvo, levantando las manos. Estaba acorralada de nuevo. Pero esta vez, no había Diego para salvarla. No había escondites. Solo ella, la lluvia y la justicia implacable de Toledo.

Uno de los guardias se acercó, esposándola las manos con cuerda áspera.

—Don Rodrigo quiere verte vivo, bruja —dijo con escupitajo—. Pero no intacto.

La golpearon en la espalda con la culata de la ballesta, haciéndola caer de rodillas en el barro. El dolor fue cegador. Intentó gritar, pero solo salió un gemido ahogado.

La arrastraron de vuelta hacia la mansión, mientras la lluvia lavaba la sangre de las piedras, indiferente al drama humano.

Al entrar de nuevo en el patio, vio a Diego siendo sometido por cuatro hombres. Estaba herido, sangrando por la cabeza, pero aún consciente. Sus ojos buscaron los de Amanda. En ellos no había derrota, sino una promesa silenciosa. Aguanta, decían. Aguanta.

Rodrigo esperaba en el centro del patio, bajo el dosel de entrada. Sostenía la antorcha con una mano y el trozo de tela azul con la otra. Su mirada era gélida.

—Así que has vuelto —dijo, con una calma aterradora—. O quizás nunca te fuiste. Quizás todo fue una obra de teatro. Tú y tu amante mercenario.

Se acercó a Amanda, inclinándose para quedar a su altura.

—Martín dice que eres cómplice de los ladrones. Dice que usaste magia para abrir las puertas. Dice que querías robarme. ¿Qué tienes que decir en tu defensa, bruja?

Amanda levantó la vista, escupiendo sangre y barro.

—No soy ninguna bruja —dijo, con voz clara y firme, a pesar del dolor—. Soy una víctima. De tu corrupción. De tu lujuria. De la locura de tu hijo.

Rodrigo sonrió, una sonrisa cruel y satisfecha.

—Bonitas palabras. Pero las palabras no detienen las llamas. Mañana, al amanecer, serás juzgada. Y el pueblo de Toledo decidirá tu destino. Prepárate, Amanda. Porque esta noche no dormirás. Esta noche, rezarás a tus dioses falsos.

Hizo una señal a los guardias.

—Llevadla a la mazmorra. Y asegurad las cadenas. Que no pueda usar sus "hechizos" para escapar.

Mientras la arrastraban hacia las profundidades de la mansión, hacia la oscuridad húmeda y hedionda de las celdas subterráneas, Amanda no lloró. No suplicó. Mantuvo la cabeza alta, aunque el cuerpo le fallara.

Sabía que la acusación era falsa. Sabía que era inocente. Pero en Toledo, la inocencia era un lujo que pocos podían permitirse.

Y mientras la pesada puerta de hierro de la mazmorra se cerraba con un estruendo final, sepultándola en la oscuridad absoluta, Amanda comprendió que su verdadera lucha acababa de comenzar.

Ya no luchaba por sobrevivir en una jaula dorada.

Luchaba por su vida contra toda una ciudad que quería verla arder.

Pero en la oscuridad, recordó las palabras de Diego. Hay un lugar.

En aquel instante supo que, incluso desde el infierno, encontraría la manera de salir. Porque el fuego, aunque quema, también purifica. Y ella estaba dispuesta a quemarse entera antes de dejar que la mentira triunfara.