CAPÍTULO 8 EL BANQUETE DE LAS SOMBRAS
La invitación llegó al atardecer, envuelta en un sobre de pergamino sellado con lacre rojo y el emblema familiar de los Vargas.
No era una petición, sino una orden disfrazada de cortesía.
Don Rodrigo deseaba que Amanda lo acompañara a una cena privada con varios dignatarios de la ciudad.
La excusa oficial era presentar a su "protegida" ante la élite toledana, una muestra de generosidad y poder.
La realidad, sin embargo, era mucho más siniestra: era una exhibición.
Una subasta silenciosa donde ella sería la mercancía principal, evaluada por ojos expertos en belleza y sumisión.
María, la anciana sirvienta que había sido asignada como doncella personal de Amanda bajo la estricta vigilancia de Rodrigo, ayudó a la joven a prepararse con manos temblorosas.
Le trajo un vestido de seda azul oscuro, bordado con hilos de plata que capturaban la luz de las velas como estrellas atrapadas en tela.
Era hermoso, sí, pero también era una jaula.
El corsé, ajustado hasta casi cortar la respiración, moldeaba su cuerpo según los cánones de la época, realzando sus curvas de una manera que la hacía sentir vulnerable y expuesta.
—No mires a los hombres a los ojos —musitó María mientras le peinaba el cabello, recogido en un complejo entramado de trenzas adornadas con perlas—. Y no hables a menos que te pregunten directamente. Son lobos, hija. Lobos con piel de cordero.
Amanda asintió, tragando el nudo de ansiedad que se le había formado en la garganta. Se miró al espejo. La mujer que la devolvía el reflejo era elegante, sofisticada, pero sus ojos delataban el terror contenido. Parecía una muñeca de porcelana lista para ser rota.
Cuando bajó al salón principal, la escena la golpeó con la fuerza de un impacto físico.
La estancia estaba iluminada por cientos de velas de cera de abeja, cuyo aroma dulce y pesado se mezclaba con el olor a vino especiado y carne asada.
Una larga mesa de roble ocupaba el centro, rodeada por sillas talladas donde ya se encontraban sentados los invitados.
Rodrigo se levantó al verla entrar. Vestía una túnica de terciopelo carmesí, radiante de autoridad. Sonrió, pero fue una sonrisa tensa, posesiva.
—Señores —anunció, con voz proyectada—, permítanme presentar a Amanda. Una dama de tierras lejanas, cuya compañía ha iluminado mi hogar.
Los invitados la observaron con curiosidad morbosa.
Había un obispo anciano, de rostro huesudo y ojos lechosos; un mercader de telas, gordo y sudoroso, con anillos en cada dedo; un noble joven apuesto pero con una mirada vacía y cruel; y dos damas de la alta sociedad, cubiertas de joyas y encajes, que la escrutaban con envidia disimulada.
Amanda hizo una reverencia rígida, tal como María le había enseñado, y tomó asiento junto a Rodrigo. Inmediatamente, sintió cómo la mano del Alguacil se posaba sobre su muslo, debajo de la mesa. Un apretón firme, advertidor. Juega tu papel, decía ese contacto. Sé encantadora. Sé obediente.
La cena transcurrió con una lentitud agonizante. Los sirvientes traían platos elaborados: pavos rellenos, pescados en salsa de almendras, frutas exóticas traídas del sur. El vino fluía libremente, aflojando las lenguas y las inhibiciones de los comensales.
—Cuéntanos, querida Amanda —dijo el mercader de telas, limpiándose la grasa de los labios con un pañuelo de lino—, ¿qué opinas de nuestra ciudad? ¿Te parece hospitalaria?
Era una pregunta trampa. Si criticaba Toledo, ofendía a todos. Si la alababa demasiado, parecía falsa.
—Toledo es... compleja —respondió Amanda, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Una ciudad de contrastes. Luz y sombra. Fe y duda. Es fascinante observar cómo conviven tantas culturas en un espacio tan reducido.
El obispo frunció el ceño.
—La convivencia es un ideal peligroso, joven. La herejía se alimenta de la mezcla. La pureza requiere separación.
—La pureza suele ser estéril, monseñor —replicó Amanda, antes de poder detenerse—. La vida, en cambio, florece en la diversidad. Como un jardín bien cuidado.
Un silencio incómodo cayó sobre la mesa. Rodrigo apretó su muslo con más fuerza, clavándole las uñas discretamente.
—Mi protegida tiene ideas... modernas —intervino el Alguacil, con una risa forzada—. Pero su corazón está en el lugar correcto.
El noble joven, cuyo nombre era Don Álvaro, sonrió con malicia.
—Modernas... Interesante palabra. ¿Y qué otras ideas "modernas" tienes, señora? ¿Crees que las mujeres deberían gobernar? ¿Que la Iglesia debería reformarse?
Amanda sintió cómo la trampa se cerraba. Cualquier respuesta afirmativa sería considerada herética. Cualquier negativa, sumisa.
—Creo que la sabiduría no tiene género, señor —dijo, manteniendo la calma—. Ni edad. Ni origen. Solo requiere ojos abiertos y mente dispuesta.
Don Álvaro soltó una carcajada seca.
—Peligroso. Muy peligroso. Las mentes dispuestas suelen terminar en la hoguera.
Rodrigo cambió de tema abruptamente, hablando de cosechas e impuestos, pero el daño estaba hecho. Amanda había marcado territorio. Había demostrado inteligencia, y en aquella mesa, la inteligencia femenina era vista como una amenaza, no como un don.
Las damas de la alta sociedad comenzaron a murmurar entre sí, lanzándole miradas venenosas. Envidiaban su juventud, su belleza exótica, la atención que Rodrigo le prestaba. Para ellas, Amanda no era una persona, sino una intrusa, una rival que amenazaba su estatus social.
—He oído que tienes habilidades especiales —dijo una de las damas, una mujer mayor con un collar de esmeraldas que parecía estrangularle el cuello—. Que curaste a un sirviente con solo tocarlo. ¿Es cierto?
Amanda negó con la cabeza suavemente.
—Solo apliqué conocimientos básicos de higiene y descanso, señora. Nada milagroso.
—La modestia es virtud de santos —replicó la otra dama, con sarcasmo—. O de brujas que ocultan su poder.
La tensión en la sala aumentó. El aire se volvió denso, cargado de sospecha. Rodrigo parecía disfrutar del espectáculo, observando cómo Amanda navegaba las aguas turbulentas de la etiqueta social medieval.
De repente, Martín entró en el salón. No estaba invitado. Llevaba una copa de vino en la mano y una expresión de borrachera fingida. Se acercó a la mesa, ignorando las miradas de desaprobación de los invitados.
—Padre —dijo, con voz arrastrada—, ¿por qué escondes a tu tesoro? Deberíamos compartirlo. Todos deberíamos probar su... encanto.
Rodrigo se puso pálido de ira.
—Retírate, Martín. Ahora.
Pero el joven no obedeció. Se inclinó sobre Amanda, invadiendo su espacio personal. Olía a vino agrio y a resentimiento.
—Ella no es de aquí, ¿verdad? —murmuró, lo suficientemente alto para que todos lo escucharan—. Huele a otro tiempo. A otro mundo. ¿No es cierto, bruja?
Amanda lo miró fijamente, sin parpadear.
—Todos somos extraños en algún lugar, señor Martín. Incluso en nuestra propia casa.
Martín retrocedió, tambaleándose, con una sonrisa torcida.
—Ten cuidado, padre. Las cosas extrañas muerden.
Salió del salón, dejando tras de sí un silencio helado. Los invitados intercambiaron miradas nerviosas. La máscara de normalidad se había agrietado. La locura de Martín era un secreto a voces, pero verlo manifestarse así, en público, era inquietante.
Rodrigo se disculpó profusamente, culpando al exceso de vino, pero el daño estaba hecho. La imagen de la familia Vargas, poderosa y estable, había sufrido una grieta. Y Amanda había sido testigo de ello.
Al finalizar la cena, cuando los invitados se marcharon con murmullos de despedida fría, Rodrigo se quedó solo con Amanda en el salón vacío. La luz de las velas parpadeaba, creando sombras danzantes en las paredes.
—Has sido valiente —dijo él, acercándose a ella—. Demasiado valiente.
—He sobrevivido —corrigió Amanda.
Rodrigo la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Subsistir no es suficiente, Amanda. Debes prosperar. Debes ser útil. Y hoy... hoy has demostrado que puedes jugar el juego. Pero recuerda: yo soy el dueño del tablero. Y tú eres solo una pieza.
La soltó bruscamente y se giró hacia la ventana.
—Vete a dormir. Mañana tendremos mucho que discutir.
Amanda salió del salón, con las piernas temblorosas. Había sobrevivido al banquete, pero sabía que había ganado nuevos enemigos. Las damas de la sociedad la odiaban. Don Álvaro la consideraba una amenaza intelectual. Y Martín... Martín la consideraba su presa personal.
Subió a su habitación, despojándose del vestido de seda como si fuera una segunda piel tóxica. Se miró al espejo, exhausta. Sus ojos estaban oscuros, cansados, pero brillaban con una determinación nueva.
Había visto la corrupción de cerca. Había sentido el peso de la envidia y el odio. Y había comprendido que, en Toledo, la belleza era una maldición, y la inteligencia, un peligro mortal.
Pero también había aprendido algo crucial: ellos la subestimaban. La veían como un objeto, una pieza de ajedrez. No sabían que ella conocía las reglas de un juego diferente. Un juego donde la información era poder, y la verdad, el arma más letal.
Se acostó, cerrando los ojos. Pero el sueño no llegó. Solo llegaron los ecos de las risas crueles, las miradas lascivas, las amenazas veladas.
En la oscuridad, supo que la noche apenas comenzaba. Porque mientras ella dormía, alguien más estaba despierto. Alguien que planeaba, que observaba, que esperaba el momento perfecto para atacar.
Martín.
Desde su habitación contigua, a través del agujero en la pared, él la escuchaba respirar. Y sonreía.