CAPÍTULO 7 LAS DESAPARECIDAS
La mañana trajo consigo un cielo plomizo, cargado de una humedad pegajosa que presagiaba tormenta.
Amanda descendió a los establos con la excusa de buscar aire fresco, una petición que Rodrigo había concedido con una sonrisa burlona, confiando en que la vigilancia de Martín y los guardias era suficiente para contener cualquier intento de fuga.
No sabía que la verdadera amenaza no era la huida física, sino la acumulación silenciosa de verdades incómodas.
Diego estaba allí, como siempre, curando las pezuñas de un caballo bayo.
Al verla acercarse, su expresión se endureció imperceptiblemente, pero sus ojos transmitieron una advertencia clara: cuidado.
Amanda se detuvo a una distancia prudente, fingiendo admirar la arquitectura de los arcos de herradura que sostenían el techo de paja.
—El viento cambia —dijo ella, en voz baja, sin mirarlo directamente—. Y trae olores antiguos.
Diego continuó su trabajo, raspando el casco del animal con ritmo constante.
—Los olores antiguos suelen ser los que mejor se ocultan bajo la tierra —respondió él, igualmente cauteloso—. Pero a veces, la tierra los devuelve a la superficie.
Amanda dio un paso lateral, colocándose entre Diego y la entrada principal, bloqueando la línea de visión desde el patio interior.
—He oído rumores —farfulló—. Sobre chicas. Jóvenes que desaparecen en la noche. Sin rastro. Sin explicación.
Las manos de Diego se detuvieron por una fracción de segundo. Luego, reanudaron el movimiento, pero con menos fuerza.
—Toledo es una ciudad grande —murmuró—. La gente viene y va. Algunas huyen de deudas. Otras, de maridos violentos. Es la naturaleza de las cosas.
—No huyen todas —insistió Amanda, clavando la mirada en su perfil—. Algunas son arrancadas. Y he visto cómo mira Rodrigo a las sirvientas nuevas. He visto la forma en que Martín espía desde las sombras. Hay un patrón, Diego. Y ese patrón huele a sangre.
Diego dejó la herramienta sobre un banco de madera y se giró hacia ella. Su rostro estaba serio, desprovisto de la compasión habitual. Ahora parecía un soldado evaluando un campo de batalla.
—Hablas de cosas peligrosas, Amanda. Cosas que pueden costarte la lengua, o la vida. Rodrigo de Vargas no es solo un hombre lujurioso. Es un nodo en una red mucho más amplia. Mercaderes, nobles, incluso algunos clérigos... todos tienen intereses en el silencio de ciertas niñas.
Amanda sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No eran solo caprichos sexuales aislados. Era tráfico. Era negocio.
—¿Y tú? —preguntó ella, con valentía repentina—. ¿Qué papel juegas tú en esto? ¿Eres cómplice por omisión? ¿O eres otro prisionero de esta casa?
Diego la miró con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
—Soy un superviviente —dijo finalmente, con voz ronca—. Como tú. Pero mis cadenas son diferentes. Mi familia está en riesgo. Si hablo, mueren ellos. Si callo, muero yo por dentro. Es una elección diaria.
—Hay una tercera opción —sugirió Amanda—. La verdad. La exposición.
Diego soltó una risa amarga, seca.
—La verdad en Toledo no libera a nadie, niña.
Solo cambia al verdugo. Pero... —se detuvo, mirando alrededor para asegurarse de que estaban solos—.
Hay un lugar. Un sótano bajo la antigua sinagoga abandonada cerca del barrio judío.
Allí se reúnen quienes buscan respuestas.
Quienes han perdido a alguien. Si quieres saber la verdad, ve allí.
Pero no vayas sola. Y no vayas como tú misma.
Antes de que Amanda pudiera preguntar más detalles, escucharon pasos pesados en el empedrado exterior. Martín apareció en la entrada de los establos, acompañado de dos guardias. Llevaba una expresión de fastidio disfrazado de autoridad.
—Padre te busca, extranjera —anunció, con desdén—. Dice que tienes una "sesión" pendiente.
Amanda intercambió una última mirada con Diego. En esos segundos, hubo un pacto silencioso. Ella iría al sótano. Él la protegería, si podía.
—Voy —dijo Amanda, enderezando la espalda.
Mientras caminaba de vuelta a la mansión, flanqueada por los guardias y seguida por la mirada venenosa de Martín, su mente trabajaba a toda velocidad.
Tenía una pista. Tenía un contacto. Y tenía una motivación nueva: no solo sobrevivir, sino rescatar a las víctimas.
Las desapariciones no eran estadísticas; eran personas.
Chicas como ella, atrapadas en una red de maldad humana que se extendía como gangrena por las entrañas de la ciudad.
Al llegar a la biblioteca, Rodrigo la esperaba. Estaba sentado detrás de su escritorio de roble macizo, rodeado de pergaminos y mapas. Parecía cansado, con ojeras profundas que oscurecían sus ojos.
—Siéntate —ordenó, sin levantar la vista de un documento.
Amanda obedeció, tomando asiento en la silla frente a él.
—Hoy no hablaremos de relajación —dijo Rodrigo, dejando caer el pergamino sobre la mesa—. Hoy hablaremos de lealtad.
Levantó la vista, clavándola en ella con una intensidad febril.
—He recibido informes. Dicen que has estado hablando con los sirvientes. Que has preguntado por cosas que no te conciernen.
Amanda mantuvo la calma, aunque su corazón latía desbocado.
—Solo conversaba, señor. La soledad hace parlanchinas a las mujeres.
Rodrigo se levantó lentamente, rodeando el escritorio para acercarse a ella.
—La curiosidad es un vicio caro, Amanda. Y en esta casa, los vicios se pagan con dolor.
Se detuvo detrás de su silla, apoyando las manos en el respaldo. Amanda pudo sentir su aliento en su nuca.
—Pero hay una manera de redimirte —continuó, con voz suave—. Ayúdame a encontrar a quien ha estado robando en mis almacenes. Sé que hay un traidor entre mi servidumbre. Descúbrelo, y te daré libertad relativa. Fracasa, y.… bueno, ya veremos.
Era una trampa. Lo sabía. Rodrigo sospechaba de ella, o quizás quería probar su lealtad mediante una tarea imposible.
Pero también era una oportunidad. Si podía acceder a los registros, a los almacenes, quizás encontrara pistas sobre las chicas desaparecidas.
Quizás encontrara nombres, fechas, destinos.
—Aceptaré el desafío —dijo Amanda, girando la cabeza para mirarlo—. Pero necesito acceso a los libros de cuentas. Y a los inventarios.
Rodrigo sonrió, una expresión triunfal.
—Te los daré. Pero estarás vigilada. Cada movimiento, cada página que pases, será observada.
Salió de la biblioteca, dejando a Amanda sola con sus pensamientos. Había aceptado el juego. Ahora debía jugarlo mejor que él.
Abrió el primer libro de cuentas. Los números danzaban ante sus ojos, cifras de trigo, vino, aceite, telas. Pero entre las líneas, buscaba algo más. Buscaba irregularidades. Pagos inusuales. Envíos a lugares desconocidos.
Y entonces, lo vio.
Una serie de entradas repetitivas, cada mes, por cantidades significativas de dinero, dirigidas a un destinatario cifrado: "L.C.". Y junto a esas entradas, notas marginales escritas con una letra diferente, más apresurada: "Entrega realizada. Silencio garantizado."
Amanda sintió un nudo en el estómago. "Silencio garantizado". No era comercio. Era compra de consciencias. O de vidas.
Copió mentalmente las fechas y las cantidades. Necesitaba cruzar esa información con algo. Con los rumores. Con las historias de las familias afectadas.
Cerró el libro con cuidado, como si fuera una bomba a punto de explotar. Sabía que había dado un paso crucial hacia la verdad. Pero también sabía que había activado una alarma silenciosa en la mente de Rodrigo. Él la estaba probando. Y ella acababa de demostrar que era capaz de leer entre líneas.
La tarde cayó sobre Toledo, trayendo consigo la lluvia prometida. Amanda permaneció en la biblioteca, fingiendo leer, mientras su mente trazaba mapas de conspiración. Las piezas comenzaban a encajar. Rodrigo no actuaba solo. Había una red. Y ella estaba justo en el centro de ella.
Pero lo más aterrador no era la red en sí. Era saber que Martín, desde algún rincón oscuro de la mansión, la observaba. Y que ahora, además de bruja, era una investigadora. Una amenaza doble.
Cuando la noche llegó, trayendo consigo el sonido de la lluvia golpeando los tejados, Amanda supo que debía actuar rápido. Antes de que Rodrigo decidiera que ya no era útil. Antes de que Martín decidiera que era demasiado peligrosa.
Tenía que ir al sótano de la sinagoga. Tenía que encontrar a los que buscaban respuestas. Y tenía que hacerlo esa misma noche.
Porque el tiempo, en Toledo, no era un aliado. Era un enemigo implacable.