CAPÍTULO 6 SUSURROS EN LA PARED
La tregua obtenida mediante la promesa de técnicas de relajación resultó ser, como Amanda había temido, una ilusión frágil.
Rodrigo no buscaba paz; buscaba sumisión disfrazada de curiosidad intelectual.
Durante los días siguientes, el Alguacil la sometió a interrogatorios sutiles, preguntas capciosas sobre su origen, sus conocimientos y sus intenciones, mientras la observaba con esa mezcla de lujuria y sospecha que la hacía sentir desnuda incluso vestida con las túnicas más recatadas.
Amanda respondía con evasivas calculadas, dosificando la información como quien reparte migajas a un animal hambriento, suficiente para mantener su interés, insuficiente para revelar su verdadera naturaleza.
Pero la amenaza más inmediata no provenía de la puerta principal, sino de las sombras internas de la mansión.
Martín, el hijo del Alguacil, se había convertido en una presencia constante, fantasmal, que acechaba los pasillos con la paciencia de un arácnido tejiendo su red.
Amanda lo sentía antes de verlo: una presión en la nuca, un cambio en la temperatura del aire, el crujido apenas perceptible de una bota sobre la madera vieja.
Una tarde, mientras exploraba los límites de su confinamiento permitido, el patio interior y la biblioteca adjunta, Amanda notó algo extraño en la pared norte de su habitación.
Era un sector donde el yeso estaba agrietado y desprendido, revelando la estructura de ladrillo y piedra debajo.
Al pasar la mano por la superficie irregular, sintió una corriente de aire frío, tenue pero constante, que emanaba de una pequeña fisura casi imperceptible a la altura de los ojos.
La curiosidad, ese demonio familiar, la impulsó a investigar.
Con la uña del dedo índice, raspó cuidadosamente el yeso suelto alrededor de la grieta.
El material cedió con facilidad, polvoriento y seco.
Al retirar un fragmento del tamaño de una moneda, descubrió un hueco oscuro que penetraba en la profundidad del muro.
No era una simple grieta estructural; era un conducto deliberado, o quizás el residuo de una antigua tubería o ventilación abandonada.
Amanda acercó el ojo al orificio. La oscuridad era absoluta al principio, pero tras unos segundos de adaptación, distinguió formas borrosas al otro lado.
Parecía ser una sala contigua, pequeña y sin ventanas, utilizada probablemente como almacén o despensa.
Estaba vacía, salvo por algunas estructuras densas y cajas de madera apiladas contra la pared opuesta.
Nada parecía amenazante. Sin embargo, la intuición le advirtió que no debía subestimar aquel hallazgo. En una casa llena de secretos, cada agujero podía ser una oreja.
Decidió probar la acústica. Susurró suavemente hacia el hueco:
—¿Hay alguien ahí?
El silencio respondió. Pero entonces, escuchó un sonido leve, casi imperceptible: el roce de tela contra piedra. Alguien estaba al otro lado. Alguien la estaba escuchando.
Amanda retrocedió bruscamente, tapando el agujero con un trozo de yeso que había guardado en el bolsillo de su vestido.
Su corazón latía con fuerza, martilleándole las sienes.
¿Quién podía estar en esa sala contigua?
Los sirvientes tenían acceso restringido a esa ala de la mansión.
Los guardias patrullaban los pasillos principales. Solo quedaba una posibilidad: Martín.
La paranoia, alimentada por los días de encierro y vigilancia, comenzó a crecer en su mente como una hiedra venenosa. Si Martín la espiaba, ¿qué había visto? ¿Qué había oído? ¿Sabía de sus conversaciones con Diego? ¿Conocía sus intentos de manipular a Rodrigo?
Esa noche, el sueño fue imposible. Amanda permaneció despierta, sentada en la cama, con la mirada fija en la pared reparada provisionalmente.
Cada ruido de la casa —el crujido de las vigas, el viento en las chimeneas, los pasos lejanos de los guardias— se amplificaba en su mente, transformándose en señales de peligro inminente.
Hacia la medianoche, cuando el silencio era más profundo, escuchó de nuevo el roce. Esta vez, fue más claro. Provenía directamente del agujero en la pared. Alguien respiraba al otro lado. Una respiración contenida, lenta, deliberada.
Amanda contuvo la suya propia, aguzando el oído. No se movió. No hizo ningún sonido. Esperó.
Minutos después, el roce cesó. Los pasos se alejaron, lentos y cautelosos, desapareciendo en la oscuridad del pasillo exterior.
Solo entonces permitió exhalar. Se levantó de la cama y se acercó a la pared.
Retiró el trozo de yeso y miró de nuevo a través del hueco.
La sala contigua estaba vacía, iluminada débilmente por la luz de la luna que se filtraba por alguna rendija alta.
Pero en el suelo, justo debajo del agujero, había una marca fresca en el polvo: la huella parcial de una bota pequeña, elegante. La bota de Martín.
La confirmación la heló hasta los huesos. No era paranoia. Era realidad. Su cuñado, el hijo del hombre que la retenía, la vigilaba como un halcón observa a un ratón. Y lo hacía desde las entrañas mismas de su prisión.
¿Por qué? ¿Qué buscaba? ¿Pruebas de brujería? ¿Evidencia de traición? ¿O simplemente disfrutaba del poder de saber que ella no tenía privacidad, ni siquiera en sus pensamientos más íntimos?
Amanda tapó el agujero de nuevo, esta vez con más firmeza, usando un poco de cera de vela que encontró en su mesita de noche para sellar los bordes. No serviría de mucho si él decidía romper la pared, pero al menos le daría aviso previo.
Se volvió hacia la ventana. La luna estaba alta, bañando Toledo en una luz espectral.
Pensó en Diego. Necesitaba advertirle. Necesitaba saber si Martín representaba una amenaza física directa o solo psicológica.
Pero salir de la habitación era imposible durante la noche; los guardias estaban alerta, y Rodrigo había aumentado la seguridad tras el incidente en la cocina.
Tendría que esperar hasta el día siguiente. Tendría que encontrar una excusa para bajar a los establos.
Mientras tanto, decidió usar el conocimiento a su favor. Si Martín la espiaba, le daría algo que ver. Algo que lo confundiera, que lo hiciera dudar.
Se sentó frente al espejo de plata empañada que colgaba en la pared.
Comenzó a hablar en voz baja, en un idioma que no era castellano ni árabe ni hebreo.
Era inglés moderno, fluido y rápido. Hablaba de cosas triviales: el clima, la comida, los libros que había leído.
Pero lo hacía con una intensidad dramática, gesticulando como si estuviera realizando un ritual.
Sabía que Martín no entendería las palabras, pero interpretaría el tono. Vería a una mujer hablando sola, con gestos extraños, en una lengua desconocida. Vería "magia".
Y eso era exactamente lo que quería.
Si Martín creía que era una bruja, tendría miedo. Y el miedo hace que la gente cometa errores. El miedo hace que la gente revele sus propias debilidades.
Continuó su monólogo ficticio durante media hora, hasta que su voz se ronqueó y sus músculos se tensaron por la tensión actuada. Luego, se detuvo abruptamente, como si hubiera sido interrumpida por una presencia invisible. Miró fijamente al espejo, con los ojos muy abiertos, simulando terror.
—¡No! —gritó en español, con voz quebrada—. ¡Aléjate!
Se dejó caer sobre la cama, cubriéndose la cabeza con la manta, temblando exageradamente.
Esperó.
Al otro lado de la pared, el silencio era absoluto. Pero Amanda sabía que Martín estaba allí. Escuchando. Observando. Alimentando su propia narrativa de horror y superstición.
Cuando finalmente se quedó dormida, exhausta por la actuación, soñó con ojos que brillaban en la oscuridad. Ojos que la seguían a todas partes. Ojos que pertenecían a un joven atormentado por el odio y la envidia.
Pero al amanecer, cuando abrió los ojos, supo que la guerra psicológica había comenzado. No era solo una prisionera. Era el objeto de una obsesión enfermiza. Y esa obsesión podría ser su salvación... o su perdición.
Se levantó, lavó su rostro con agua fría y se preparó para otro día de supervivencia. Tenía que bajar a los establos. Tenía que ver a Diego. Y tenía que hacerlo sin despertar las sospechas de Martín, que ahora sabía que estaba siendo vigilado tan de cerca como ella vigilaba a sus captores.
La danza de las sombras continuaba. Y Amanda debía aprender a bailar en la oscuridad.