El latido de Toledo CAPÍTULO 5 LA SOMBRA DEL ALGUACIL
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CAPÍTULO 5 LA SOMBRA DEL ALGUACIL

La noche cayó sobre Toledo con la pesadez de un manto de plomo, ahogando los últimos resquicios de luz diurna en un mar de sombras alargadas y silencios hostiles.

En la mansión de Vargas, el aire se volvía más denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel y aceleraba los latidos del corazón.

Para Amanda, cada hora tras el ocaso era una vigilia tensa, una espera angustiosa por el sonido de pasos en el pasillo o el giro de la llave en la cerradura.

Rodrigo no la había visitado desde el incidente en la cocina, pero su ausencia era más amenazante que su presencia.

Era la calma antes de la tormenta, el silencio del depredador que acecha a su presa, estudiando sus movimientos, aprendiendo sus rutinas, esperando el momento exacto para atacar.

Amanda lo sabía. Lo sentía en la nuca, en la forma en que los sirvientes evitaban mirarla a los ojos, en la manera en que Martín desaparecía durante horas, solo para reaparecer con esa sonrisa torcida y esos ojos brillantes de obsesión.

Esa noche, sin embargo, la tensión alcanzó un punto de ruptura.

Amanda estaba sentada junto a la ventana, observando cómo la luna llena bañaba el patio interior con una luz plateada y fantasmal.

Intentaba leer, pero las letras danzaban ante sus ojos, incapaces de fijarse en su mente.

Su cuerpo estaba rígido, alerta, como un animal acorralado que sabe que la jauría se acerca.

De repente, escuchó el clic metálico de la cerradura.

No fue un golpe violento, ni una entrada brusca.

Fue un sonido suave, deliberado, casi íntimo.

La puerta se abrió lentamente, revelando la silueta recortada de Rodrigo contra la luz tenue del pasillo.

Llevaba una túnica de seda negra, desabrochada en el cuello, y sostenía una copa de vino en la mano.

Su cabello estaba ligeramente despeinado, dándole un aire de domesticidad falsa que resultaba aún más aterrador que su uniforme oficial.

—No puedes dormir, pequeña —dijo, cerrando la puerta detrás de él con un clic suave que resonó como un disparo en el silencio de la habitación.

Amanda se puso de pie inmediatamente, retrocediendo hasta chocar con el marco de la ventana. No había escapatoria. La reja de hierro era sólida, impenetrable. Estaba atrapada.

—Estaba leyendo, señor —respondió, intentando que su voz sonara firme, aunque le temblaban las manos.

Rodrigo avanzó hacia ella con pasos lentos, felinos. Bebía un sorbo de vino, saboreándolo, mientras sus ojos la recorrían con una lascivia descarada.

—Leer... Un pasatiempo noble para una mente tan inquieta. Pero hay otras formas de ocupar la noche, Amanda. Formas más... placenteras.

Se detuvo a escasos metros de ella, invadiendo su espacio personal con una arrogancia absoluta.

El olor a vino y almizcle era embriagador, nauseabundo.

Amanda contuvo la respiración, luchando contra el impulso de gritar o golpearlo.

Sabía que la violencia física sería inútil; él era más fuerte, más rápido, y tenía la autoridad para castigarla como quisiera. Tenía que usar la astucia.

—Señor, estoy cansada —dijo, bajando la mirada, fingiendo sumisión—. Necesito descansar.

Rodrigo soltó una risa baja, gutural. Dejó la copa sobre una mesa lateral y dio otro paso adelante. Ahora estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, la radiación de su deseo posesivo.

—El descanso es para los inocentes, Amanda. Tú y yo sabemos que ya no eres inocente. Has cruzado umbrales, has visto cosas, has tocado lo prohibido. Ya no hay vuelta atrás.

Extendió una mano y tocó su mejilla. Sus dedos eran fríos, húmedos por el vino. Amanda se estremeció, pero no se apartó. Mantuvo la cabeza gacha, ocultando el asco que le revolvía las entrañas.

—Mírame —ordenó Rodrigo, con una voz suave pero imperativa.

Amanda levantó la vista lentamente. Sus ojos encontraron los de él, oscuros, profundos, vacíos de cualquier humanidad. Vio en ellos no solo lujuria, sino una necesidad profunda de control, de posesión absoluta. Quería quebrarla, dominarla, hacerla suya por completo, cuerpo y alma.

—Eres hermosa —murmuró él, trazando el contorno de su mandíbula con el pulgar—. Tan diferente a las mujeres de esta ciudad. Tan... moderna. ¿De dónde vienes realmente, Amanda? ¿Qué secretos guardas bajo esa piel suave?

—Soy solo una viajera perdida —susurró ella, eligiendo cuidadosamente cada palabra—. Sin secretos, sin pasado. Solo el presente.

Rodrigo sonrió, una expresión cruel que torció sus labios.

—El presente es mío. Y tú estás en mi presente.

Inclinó la cabeza hacia ella, acercando su rostro al de Amanda. Ella pudo oler el alcohol en su aliento, ver las venas rojas en sus ojos inyectados de sangre. Cerró los ojos, preparándose para el beso forzado, para la violación de su integridad física.

Pero entonces, hizo algo inesperado.

En lugar de resistirse o ceder, comenzó a hablar. Con una voz baja, monótona, hipnótica.

—¿Sabía, señor, que en mi tierra existen remedios para el insomnio? Remedios que calman la mente, que suavizan los bordes ásperos de la realidad.

Rodrigo se detuvo, intrigado. Separó su rostro del de ella unos centímetros.

—¿Remedios? ¿Magia?

—Ciencia —corrigió Amanda, abriendo los ojos y mirándolo directamente—. Conocimiento. Puedo enseñarte técnicas de relajación. Técnicas que te permitirán dormir sin sueños, sin pesadillas. Sin la carga del poder.

Era una apuesta arriesgada. Estaba ofreciéndole algo que él no sabía que necesitaba: paz mental.

Rodrigo sufría de estrés, de paranoia, de la presión constante de mantener su posición en una ciudad corrupta y peligrosa.

Si podía aprovechar esa debilidad, quizás ganaría tiempo. Quizás podría manipularlo.

Rodrigo la observó en silencio, evaluando la oferta. Su mano aún descansaba sobre la mejilla de Amanda, pero la presión había disminuido ligeramente.

—¿Y qué pedirías a cambio? —preguntó, con sospecha.

—Nada —respondió Amanda—. Solo respeto. Solo espacio. Déjame demostrarte que soy útil más allá de... de mi apariencia.

Rodrigo retiró la mano lentamente. La miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Finalmente, asintió levemente.

—Mañana —dijo—. Mañana por la tarde. Me mostrarás tus "técnicas". Si me complacen, consideraré tu petición de espacio. Si me decepcionas...

No terminó la frase. No hacía falta. La amenaza pendía en el aire, tangible y mortal.

Se giró y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

Amanda se dejó caer sobre la cama, temblando incontrolablemente.

Había ganado una tregua, pero a un precio alto.

Había alimentado la obsesión de Rodrigo, le había dado una nueva razón para mantenerla cerca.

Pero también había plantado una semilla de duda.

Le había hecho ver que ella era más que un objeto sexual; era una fuente de conocimiento, de poder potencial.

Se abrazó las rodillas, enterrando el rostro en ellas. Las lágrimas ardían en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No podía permitirse la debilidad. No ahora.

Fuera, la luna continuaba su curso implacable, iluminando la ciudad dormida.

Pero en la mansión de Vargas, nadie dormía.

En la habitación contigua, detrás de la pared, Martín escuchaba.

Había oído todo. Cada palabra, cada suspiro, cada promesa velada.

Y su odio hacia Amanda crecía, alimentado por los celos y la frustración.

Su padre, el hombre poderoso e invencible, había sido manipulado por una extranjera. Una bruja.

Martín apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Juró en silencio que destruiría a Amanda. Que la haría pagar por haberse atrevido a desafiar el orden natural de las cosas. Por haber seducido a su padre con palabras dulces y promesas falsas.

En los establos, Diego despertó sobresaltado, sintiendo una perturbación en el aire.

Algo había cambiado. Algo oscuro se movía en las sombras de la mansión.

Se levantó, tomando su espada corta, y salió al patio, escudriñando la oscuridad con ojos alertas.

Sabía que la noche sería larga. Y peligrosa.

Amanda, mientras tanto, permaneció inmóvil en la cama, escuchando el silencio.

Esperando. Planeando. Sabía que la batalla por su mente y su cuerpo apenas comenzaba.

Y estaba dispuesta a luchar con todas las armas a su disposición, incluso si eso significaba convertirse en aquello que más temían: una mujer poderosa, inteligente y libre.

La madrugada trajo consigo un frío glacial que se filtraba por las rendijas de la ventana.

Amanda se cubrió con la manta de lana, cerrando los ojos.

Pero el sueño no llegó. Solo llegaron los ecos de la voz de Rodrigo, las prometas vacías, las amenazas veladas.

Y la certeza absoluta de que, en Toledo, la supervivencia no era un derecho, sino un privilegio que debía conquistarse cada día, cada hora, cada segundo.

Pero ella estaba lista para conquistarla.