CAPÍTULO 4 ECOS DEL FUTURO
El tiempo en la mansión de Vargas transcurría con una lentitud exasperante, medido no por relojes mecánicos, sino por el movimiento de las sombras sobre los muros de piedra y el ritmo monótono de las campanas litúrgicas.
Para Amanda, cada hora era un ejercicio de contención mental, una lucha constante contra la desesperación que amenazaba con quebrar su voluntad.
Sin embargo, su mente, entrenada en la observación meticulosa y el análisis lógico, se negaba a rendirse.
Buscaba patrones, grietas en la armadura de su cautiverio, cualquier elemento que pudiera ser utilizado como palanca.
La oportunidad surgió dos días después de su llegada, bajo la forma de un grito ahogado que resonó desde las cocinas inferiores.
No fue un alarido de terror, sino un gemido de dolor agudo, seguido del ruido inconfundible de cerámica rompiéndose contra el suelo.
Amanda, que paseaba por el corredor superior fingiendo leer un manuscrito antiguo que Rodrigo le había proporcionado como distracción irónica, se detuvo en seco.
Su instinto médico, dormido pero no extinto, se activó de inmediato.
Sin pensarlo dos veces, bajó las escaleras de servicio, ignorando las miradas recelosas de los sirvientes que limpiaban los pasillos.
Al llegar a la planta baja, encontró un pequeño grupo reunido alrededor de una figura tendida en el suelo de tierra batida.
Era un joven ayudante de cocina, pálido como la cera, que se retorcía sujetándose el abdomen.
A su lado, una olla de hierro volcada derramaba un caldo espeso y humeante.
—¡Apartaos! —ordenó Amanda, con una autoridad que sorprendió incluso a sus propios oídos.
Los sirvientes, acostumbrados a obedecer órdenes contundentes, retrocedieron instintivamente, abriendo un círculo alrededor del herido.
Amanda se arrodilló junto al joven, evaluando rápidamente la situación.
El chico respiraba con dificultad, su piel estaba cubierta de sudor frío y sus pupilas estaban dilatadas.
No parecía una lesión por caída; la postura sugería algo interno.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó a una cocinera anciana que lloraba desconsoladamente.
—Se mareó, señora... cayó mientras cargaba la olla. Dice que le duele mucho aquí —señaló la mujer, tocándose el estómago.
Amanda palpó suavemente el abdomen del joven.
La tensión muscular era extrema en el cuadrante inferior derecho.
Presionó ligeramente y el chico gritó, arqueando la espalda.
Apendicitis. O algo similar, una inflamación del ciego que en el siglo XIII solía ser una sentencia de muerte lenta y dolorosa.
La medicina de la época no tenía respuesta para esto, salvo quizás sangrías que debilitarían aún más al paciente o hierbas inútiles.
Pero ella sí tenía conocimientos básicos de triaje y manejo del dolor.
—Necesito agua limpia, vinagre y paños de lino limpios —ordenó, sin levantar la vista—. Y traedme hielo si queda algo de la nevera subterránea.
Los sirvientes dudaron. Intervenir en asuntos médicos sin la autorización del amo o de un médico titulado era peligroso. Pero la determinación en los ojos de Amanda era tal que nadie se atrevió a contradecirla. En minutos, tuvo lo necesario.
Limpió el rostro del joven, humedeciendo sus labios con agua fresca para evitar la deshidratación.
Luego, empapó un paño en una mezcla de agua y vinagre y lo colocó sobre su frente para bajar la fiebre incipiente.
Sabía que no podía curar la apendicitis sin cirugía, algo imposible en aquellas condiciones, pero podía aliviar el shock y ganar tiempo.
Le pidió que respirara profundamente, guiándolo con su propia voz calmante, una técnica de relajación que aprendió en cursos de primeros auxilios modernos.
—Respira conmigo —susurró—. Inhala... exhala. El dolor es una ola, déjala pasar.
Poco a poco, la respiración del joven se regularizó.
El color comenzó a regresar a sus mejillas, aunque el dolor persistía.
Los sirvientes observaban la escena con asombro silencioso.
Nunca habían visto a nadie tratar una dolencia con tanta calma y precisión, sin recurrir a rezos desesperados o amuletos supersticiosos.
Fue entonces cuando sintió la presencia.
Don Rodrigo apareció en el umbral de la cocina, flanqueado por dos guardias.
Su expresión era indescifrable, una máscara de piedra tallada.
Observó la escena: a Amanda arrodillada junto al sirviente, los paños húmedos, la concentración absoluta en su rostro.
No dijo nada durante largos segundos, permitiendo que la tensión creciera hasta volverse casi tangible.
Finalmente, dio un paso adelante.
—¿Qué significa este espectáculo? —preguntó, con una voz baja que cortaba el aire como un cuchillo.
Amanda se incorporó lentamente, limpiándose las manos en su vestido prestado. No mostró sumisión, pero tampoco desafío abierto.
—El chico tiene una inflamación interna, señor. He intentado aliviar su dolor y estabilizarlo hasta que pueda ser atendido por un médico.
Rodrigo se acercó al joven, observándolo con curiosidad clínica, desprovista de empatía.
—Un médico cobrará por ello. Tú lo haces gratis. ¿Por qué?
—Porque es lo correcto —respondió Amanda simplemente.
Rodrigo sonrió, esa sonrisa lenta y depredadora que ya conocía demasiado bien.
—La bondad es un lujo caro en Toledo, Amanda. Y la competencia no solicitada es un insulto. ¿Crees que sabes más que nuestros doctores? ¿Más que los sabios de la Escuela de Traductores?
—Sé que el miedo mata tanto como la enfermedad —replicó ella, manteniendo la mirada—. Y sé que este chico sobrevivirá la noche gracias a la calma, no a la magia.
La palabra "magia" quedó suspendida en el aire, pesada y peligrosa. Rodrigo arqueó una ceja.
—Magia... Interesante elección de palabras. Algunos dirían que tu conocimiento es antinatural. Que viene de fuentes oscuras.
—Mi conocimiento viene de la observación y la lógica, señor. Nada más.
Rodrigo se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal una vez más. Olía a vino y a poder.
—Ten cuidado, pequeña bruja. En esta ciudad, lo que no se entiende se teme. Y lo que se teme, se destruye. Curar a este chico puede salvarte la vida hoy, pero puede condenarte mañana si fallas con el siguiente.
Se enderezó e hizo un gesto a los guardias.
—Llevad al muchacho a la enfermería. Que venga el maestro Juan. Él decidirá si la intervención de la extranjera fue útil o herética.
Mientras los guardias levantaban al joven, Rodrigo se quedó solo con Amanda. La estudió con una intensidad nueva, menos lujuriosa y más calculadora.
—Eres un enigma, Amanda. Cada día revelas una capa nueva. Hoy, la sanadora. Mañana, ¿qué serás? ¿La profeta? ¿La espía?
—Solo soy una mujer que intenta sobrevivir —murmuró ella.
—Nadie sobrevive en Toledo por casualidad —sentenció Rodrigo, girando sobre sus talones—. Vigila tus pasos. Y vigila tus manos. Porque si vuelven a tocar lo que no les pertenece, podrías perderlas.
Salió de la cocina, dejando tras de sí un silencio opresivo.
Amanda exhaló el aire que había estado conteniendo, sintiendo cómo sus piernas temblaban ligeramente.
Había ganado una pequeña batalla, pero la guerra estaba lejos de terminar.
De hecho, acababa de atraer la atención de las personas equivocadas.
Mientras regresaba a sus aposentos, notó que los murmullos entre los sirvientes habían cambiado.
Ya no la miraban solo con curiosidad o desprecio.
Ahora, había miedo. Y respeto. La habían visto desafiar la autoridad implícita del orden natural de las cosas.
Había usado un saber que no pertenecía a su tiempo ni a su lugar.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella, cerrando los ojos.
Su mente repasaba los eventos. Había actuado por compasión, pero también por estrategia.
Demostrar utilidad era su mejor defensa.
Pero Rodrigo tenía razón: la línea entre la curación y la brujería era delgada, definida únicamente por la percepción de quien ostentaba el poder.
Se acercó a la ventana. La tarde caía sobre Toledo, tiñendo las torres de la Catedral en construcción de un dorado melancólico. Pensó en Diego, en su advertencia silenciosa. Pensó en Martín, en su odio visceral. Y pensó en Rodrigo, en su obsesión creciente.
Estaba jugando con fuego. Y el fuego, en una ciudad de madera y secretos, podía consumir todo en cuestión de horas.
Pero mientras miraba el horizonte, una idea comenzó a germinar en su mente. Si su conocimiento era considerado magia, quizás debía usarlo como tal. No para curar, sino para confundir. Para crear dudas. Para hacer que sus captores cuestionaran su propia realidad.
Sonrió levemente, una sonrisa fría y determinada. Si querían una bruja, les daría una bruja. Pero una bruja que jugaba según sus propias reglas.
En la oscuridad del pasillo exterior, detrás de la puerta, una sombra se movió. Martín escuchaba. Y por primera vez, no sentía solo odio. Sentía miedo. Miedo de lo que aquella mujer podía llegar a hacer. Miedo de que su padre estuviera encantado por algo que no podía controlar.
Amanda no sabía que era observada. Pero intuía que la soledad era una ilusión. En Toledo, nadie estaba realmente solo. Todos estaban conectados por hilos invisibles de interés, miedo y deseo. Y ella acababa de tirar de uno de esos hilos con fuerza suficiente para hacer vibrar toda la red.
La noche caería pronto. Y con ella, llegarían nuevos desafíos. Pero Amanda estaba lista. Ya no era solo una víctima del tiempo. Era una participante activa en su propio destino. Y eso, en el siglo XIII, era la herejía más peligrosa de todas.