CAPÍTULO 3 SEDA Y CADENAS INVISIBLES
La habitación asignada a Amanda no era una celda, sino una trampa dorada.
Las paredes estaban revestidas con tapices de lana que representaban escenas de caza, donde los ciervos huían desesperados mientras los sabuesos les clavaban los colmillos en el cuello.
Una metáfora visual tan sutil como cruel, pensó la joven, recorriendo con la mirada los hilos desgastados por el tiempo.
La cama, enorme y doselada, estaba cubierta con sábanas de lino fino que olían a lavanda seca, un lujo inconcebible para la mayoría de los habitantes de la ciudad, pero que a ella le resultaba asfixiante.
Cada pliegue de la tela parecía un recordatorio de su falta de libertad.
Se acercó a la ventana, una estrecha abertura protegida por una reja de hierro forjado.
Desde allí, podía ver parte del patio interior y, más allá, los tejados de teja roja que se extendían hasta perderse en la bruma matutina.
Toledo despertaba bajo un cielo plomizo, indiferente al drama que se desarrollaba entre aquellos muros de piedra.
El sonido de las campanas de la iglesia cercana marcaba las horas con una regularidad implacable, cada tañido resonando en su pecho como un latido ajeno.
No había pasado ni una hora desde su encuentro con Rodrigo cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
No entró el Alguacil, sino un joven de unos dieciocho años, de complexión delgada y rostro anguloso, con ojos oscuros que brillaban con una intensidad febril.
Vestía una túnica de seda verde, demasiado rica para su edad, ceñida con un cinturón de cuero adornado con hebillas de plata. Era Martín, el hijo de Rodrigo.
El joven se detuvo en el umbral, observándola con una mezcla de curiosidad mórbida y desprecio abierto. No saludó. No mostró cortesía. Simplemente la estudió, como si fuera un insecto extraño clavado en un tablero de corcho.
—Así que tú eres la causa de la irritación de mi padre —dijo finalmente, con una voz aguda que contrastaba con la gravedad barítona de Rodrigo—. La extranjera sin nombre.
Amanda se giró lentamente, manteniendo la compostura que había aprendido a fingir durante las últimas horas.
—Soy Amanda —corrigió, con firmeza—. Y no soy causa de nada, salvo de mi propia presencia aquí.
Martín avanzó hacia el centro de la estancia, sus botas repiqueteando sobre el suelo de madera encerada. Sus movimientos eran nerviosos, espasmódicos, como los de un animal atrapado.
—Mi padre está obsesionado —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Nunca ha traído a nadie a casa. Nunca. Las otras... las otras iban a las mazmorras o a sus camas privadas en la ciudad baja. Pero tú... tú estás aquí. En su santuario.
Había una nota de celos infantiles en su tono, mezclada con algo más oscuro: resentimiento. Amanda comprendió entonces que no era solo la hija pródiga de un noble caprichoso; era una rival. Una intrusa que había desplazado al único hijo varón del centro de atención de su padre.
—Tu padre tiene sus razones —respondió Amanda, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Soy útil para sus investigaciones.
Martín soltó una risa estridente, carente de humor.
—¿Investigaciones? ¿Crees que le importan tus conocimientos, tu supuesta sabiduría? Le importa tu rareza. Tu belleza exótica. Tu misterio. Eres un juguete nuevo, Amanda. Y cuando se aburra, te romperá. Como hizo con las demás.
La referencia a "las demás" cayó como una losa de plomo en la habitación. Amanda sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué quieres decir con "las demás"? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
Martín la miró fijamente, sus ojos estrechándose. Pareció darse cuenta de que había hablado demasiado. Enderezó la espalda, recuperando la máscara de arrogancia nobiliaria.
—Nada. Olvida mis palabras. Solo te advierto: no confíes en él. Y no confíes en mí. En esta casa, la confianza es el primer paso hacia la tumba.
Dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en las vigas del techo.
Amanda quedó sola de nuevo, pero la sensación de soledad había cambiado.
Ya no era solo aislamiento; era vigilancia activa.
Martín la odiaba. Y un enemigo dentro de la casa era más peligroso que cualquier guardia en la puerta.
Se sentó en el borde de la cama, abrazándose las rodillas.
Necesitaba información. Necesitaba aliados.
Recordó la mirada compasiva del hombre que había visto en los establos la noche anterior, mientras era conducida hacia la mansión.
Diego. Un nombre simple, común, pero que asociaba con una cierta dignidad silenciosa que había percibido en su postura.
Esperó hasta que el silencio de la casa se hizo absoluto.
Luego, se acercó a la puerta y pegó el oído contra la madera fría.
No escuchó pasos. Con cautela, abrió la puerta apenas una rendija.
El pasillo estaba vacío. Salió al corredor, caminando descalza para no hacer ruido.
Sus sentidos estaban alerta, captando cada mínimo sonido: el crujido de la madera, el zumbido de una mosca, el viento silbando por las chimeneas.
Llegó a una escalera de caracol que descendía hacia los niveles inferiores.
Bajó con precaución, apoyando las manos en la pared húmeda de piedra.
El aire se volvía más frío y húmedo a medida que descendía, oliendo a tierra mojada y a animales.
Al final de la escalera, encontró una puerta entreabierta que daba a los establos.
El olor a heno, estiércol y sudor de caballo la golpeó. La luz del día filtraba por las rendijas de las paredes, iluminando partículas de polvo que danzaban en el aire. Vio varias bestias en sus boxes, resoplando suavemente. Y allí, junto a un caballo negro de gran alzada, estaba Diego.
El hombre estaba cepillando el pelaje del animal con movimientos rítmicos y tranquilos.
Era alto, de hombros anchos, con cabello castaño corto y una barba incipiente que le daba un aire salvaje pero controlado.
Llevaba una camisa de lino remangada, revelando brazos musculosos marcados por cicatrices antiguas.
No llevaba armas visibles, pero su postura sugería que estaba siempre listo para la acción.
Amanda dio un paso adelante, pisando accidentalmente una paja seca que crujió bajo su pie.
Diego se giró instantáneamente, con la rapidez de un felino. Sus ojos, de un color avellana claro, la clavaron con intensidad. No mostró sorpresa, solo reconocimiento.
—Deberías estar arriba, señora —dijo, con una voz grave y tranquila—. Los establos no son lugar para damas de compañía del Alguacil.
Amanda sintió una punzada de ira ante el título, pero la contuvo.
—No soy dama de compañía de nadie —replicó, acercándose con cautela—. Y necesito hablar contigo.
Diego dejó el cepillo sobre un barril y la observó con detenimiento. Pareció evaluar su sinceridad, su peligro, su intención. Finalmente, asintió levemente.
—Habla rápido. Los muros tienen oídos, y los caballos también saben guardar secretos, aunque no hablen.
—Anoche... cuando me trajeron aquí —comenzó Amanda, bajando la voz—, me miraste. No con lascivia, como los otros. Me miraste con... compasión. ¿Por qué?
Diego sonrió tristemente, una expresión que arrugó las comisuras de sus ojos.
—Porque he visto a muchas llegar a esta casa. Jóvenes, bellas, asustadas. Y he visto cómo salen. O mejor dicho, cómo no salen. Tu mirada es diferente, Amanda. Hay fuego en ella. Fuego que puede quemar o iluminar. Depende de cómo lo uses.
—Quiero salir de aquí —confesó ella, sin rodeos—. Pero no sé cómo. Estoy atrapada en una época que no entiendo, rodeada de personas que me temen o me desean.
Diego se acercó un paso, reduciendo la distancia entre ellos. El olor a caballo y a cuero limpio emanaba de su cuerpo.
—Salir es difícil. Salir viva, casi imposible. Rodrigo de Vargas no suelta lo que considera suyo. Y tú... tú has capturado su atención de una manera que ninguna otra lo ha hecho.
—¿Sabes algo sobre las desapariciones? —preguntó Amanda, cambiando de táctica—. Martín mencionó a "las demás".
Los ojos de Diego se oscurecieron. Miró hacia la entrada de los establos, asegurándose de que nadie los escuchara.
—Hay rumores —masculló—. Chicas jóvenes, principalmente de familias pobres o sin protección, que desaparecen en la noche.
Algunos dicen que han huido con amantes.
Otros, que han sido vendidas a mercaderes de esclavos en el sur.
Pero hay quienes susurran que algo más oscuro ocurre en las sombras de esta ciudad. Algo que involucra a hombres poderosos.
—¿Y Rodrigo?
Diego no respondió directamente. Su silencio fue suficiente.
Amanda sintió una náusea repentina. Si Rodrigo estaba involucrado en tráfico humano o algo peor, su situación era aún más peligrosa de lo que imaginaba. No era solo un captor lujurioso; era un criminal organizado.
—Tengo que encontrar pruebas —dijo, más para sí misma que para Diego—. Pruebas que puedan exponerlo.
Diego la miró con incredulidad.
—Eres valiente, Amanda. O loca. Quizás ambas cosas. Pero ten cuidado. La curiosidad mató al gato, y en Toledo, mata a las mujeres aún más rápido.
Antes de que pudiera responder, escucharon pasos apresurados en el pasillo exterior. Diego hizo un gesto urgente con la mano.
—Vete. Ahora. Si te encuentran aquí abajo, pensarán que buscas escapar. Y eso dará a Rodrigo la excusa perfecta para castigarte.
Amanda asintió, dando un paso atrás. Pero antes de girarse, lo miró fijamente.
—Gracias —farfulló.
Diego no sonrió, pero sus ojos se suavizaron ligeramente.
—Sobrevive, Amanda. Eso es todo lo que puedes hacer ahora. Sobrevive.
Ella subió las escaleras tan rápido como pudo, el corazón latiéndole con fuerza.
Al llegar al pasillo superior, se detuvo un momento para recuperar el aliento.
Sentía que acababa de dar un paso crucial, aunque pequeño, hacia su libertad.
Tenía un aliado, por tenue que fuera. Tenía información.
Y tenía una motivación nueva: no solo sobrevivir, sino justicia.
Pero mientras regresaba a su habitación, sintió de nuevo esa sensación de ser observada. Se detuvo frente a la puerta de su estancia y miró hacia el extremo del pasillo. Allí, escondido parcialmente detrás de una columna de piedra, vio una sombra. Una figura delgada, inmóvil. Martín.
El joven la observaba con una intensidad enfermiza.
No se movió. No habló. Solo la miró, con esos ojos oscuros que parecían absorber la luz.
Cuando Amanda sostuvo su mirada, Martín sonrió.
Una sonrisa lenta, torcida, que no llegaba a sus ojos.
Luego, se desvaneció en las sombras del pasillo, como humo disipado por el viento.
Amanda entró en su habitación y cerró la puerta con llave, aunque sabía que era un gesto simbólico. Nadie respetaría aquella cerradura si Rodrigo ordenaba abrirla. Se apoyó contra la madera fría, respirando hondo.
La jaula era dorada, sí. Pero las barras eran de hierro, y el carcelero era un monstruo con rostro de ángel caído. Y ahora, además, tenía un espía dentro de la propia prisión.
Se acercó a la ventana de nuevo. El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos violetas y naranjas. Toledo se preparaba para la noche. Y con la noche, llegaban los depredadores.
Amanda sabía que debía actuar con cautela extrema. Cada movimiento, cada palabra, cada mirada sería analizada, juzgada, utilizada en su contra. Pero también sabía que no podía permanecer pasiva. La inacción era la muerte lenta.
Miró sus manos. Manos de historiadora, acostumbradas a pasar páginas de libros antiguos, a tocar piedras milenarias. Ahora, esas mismas manos tendrían que luchar, manipular, engañar. Tendrían que convertirse en armas.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero la secó rápidamente con el dorso de la mano. No había tiempo para el llanto. Solo había tiempo para la estrategia.
Y mientras la oscuridad envolvía la mansión de Vargas, Amanda comenzó a planear. No sabía cómo, ni cuándo, pero saldría de allí. Y cuando lo hiciera, arrastraría consigo la verdad, aunque tuviera que quemar toda la ciudad para encontrarla.