CAPÍTULO 2 LA MIRADA DEL DEPREDADOR
El alba no trajo consuelo, sino una luz grisácea y mortecina que se filtraba por las rendijas de la madera vieja.
Amanda despertó con el cuerpo rígido, los músculos doloridos por la postura antinatural en la que había pasado la noche.
La manta de lana áspera le picaba la piel, recordándole constantemente que ya no estaba en su cama con sábanas de algodón egipcio.
El olor a tila rancia persistía en el aire, mezclado ahora con el aroma penetrante del pan que María horneaba en un horno comunitario cercano.
La anciana entró en la estancia con movimientos lentos pero decididos, portando una jarra de agua y un trozo de pan moreno. Sus ojos, pequeños y oscuros como aceitunas maduras, escrutaron a la joven con una mezcla de piedad y recelo.
—Levántate —ordenó sin dulzura, aunque su tono carecía de la hostilidad de la noche anterior—. No podemos permanecer ocultas para siempre. La ciudad despierta, y con ella, sus bestias.
Amanda se incorporó, frotándose los ojos hinchados.
Su mente aún luchaba por procesar la realidad.
Cada detalle de la habitación reforzaba la imposibilidad de su situación: las vigas ennegrecidas por el humo, el suelo de tierra apisonada, la ausencia total de cualquier objeto moderno.
Era un museo vivo, una jaula temporal de la que no encontraba la llave.
—¿Qué día es? —preguntó, con la voz ronca por la deshidratación.
María la miró con extrañeza, dejando la jarra sobre una mesa coja.
—Es martes, hija. Día de mercado en la plaza del Zocodover. ¿Acaso has perdido la cuenta de los días durante tu... viaje?
La vacilación de la anciana al pronunciar la última palabra fue evidente. No preguntó de dónde venía Amanda, ni cómo había aparecido en aquel callejón. En Toledo, la discreción era una virtud de supervivencia. Los secretos mal guardados costaban lenguas, o vidas.
—Necesito ropa —murmuró Amanda, señalando su impermeable amarillo, que ahora parecía una aberración cromática en aquel entorno de tonos terrosos—. Algo que pase desapercibido.
María asintió, comprendiendo la urgencia. Rebuscó en un arcón de madera claveteada y extrajo un vestido sencillo de lana marrón, una cofia blanca y unas alpargatas gastadas.
—Ponte esto. Y cubre tu cabello. Las mujeres solteras no deben mostrarlo en público, y tú... tú pareces demasiado llamativa incluso para los estándares de esta ciudad pecadora.
Mientras Amanda se vestía, sintiendo la textura rugosa de la tela contra su piel, María preparó un pequeño hatillo con algo de comida y unas monedas de cobre.
—Escúchame bien —advirtió la anciana, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—.
Irás al mercado. Comprarás especias y aceite.
Hablarás poco. Si alguien te pregunta, dirás que eres prima mía, llegada de un pueblo cercano afectado por la sequía.
No menciones tu origen. No menciones tu conocimiento.
Y, sobre todo, evita la mirada de los hombres de armas.
Amanda tomó el hatillo, sintiendo el peso simbólico de aquellas instrucciones.
Era un manual de supervivencia básico, pero vital.
Asintió, agradecida por la ayuda, aunque una parte de sí misma se rebelaba contra la sumisión implícita en aquellas palabras.
En su tiempo, era independiente, culta, libre.
Aquí, era una mercancía potencial, una extranjera sospechosa, una mujer sin protección masculina.
Salió a la calle. El impacto sensorial fue brutal.
El ruido la golpeó como una ola física: pregones de vendedores, relinchos de caballos, ruedas de carretas crujiendo sobre los adoquines, risas estridentes, llantos de niños.
Los olores eran igualmente abrumadores: estiércol fresco, pescado podrido, incienso proveniente de alguna iglesia cercana, especias exóticas que picaban la nariz.
Caminó entre la multitud, intentando fundirse con el flujo humano.
Pero era imposible. Su estatura, su postura erguida, su forma de caminar segura y directa, la delataban.
Las mujeres locales caminaban con la cabeza gacha, los hombros encorvados bajo el peso de la resignación.
Los hombres la observaban con curiosidad morbosa, evaluándola como se evalúa a un animal en una feria.
Llegó a la plaza del Zocodover. Era un espacio amplio, irregular, rodeado de soportales de madera donde los mercaderes exhibían sus productos.
Vio telas de colores vibrantes, herramientas de hierro forjado, cerámica vidriada, frutas exóticas que nunca había visto en un supermercado.
La vitalidad de la escena era contagiosa, pero también peligrosa. Cada mirada podía ser una sentencia.
Se detuvo frente a un puesto de especias. El vendedor, un hombre de piel curtida y ojos astutos, la observó con interés.
—¿Qué buscas, señora? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Azafrán de La Mancha? ¿Pimienta de Oriente?
Amanda señaló unos sacos de comino y canela, recordando las instrucciones de María. Mientras el hombre pesaba las especias en una balanza de bronce, sintió una presencia detrás de ella. Una sombra que bloqueaba la luz del sol. Se giró lentamente.
Dos hombres uniformados con túnicas rojas y negras, armados con varas de mando y espadas cortas, la flanqueaban. No eran soldados comunes. Llevaban insignias en el pecho: un escudo con un castillo y un león. Agentes del orden. O quizás, algo peor.
—Ven con nosotros —ordenó el de la izquierda, un hombre de mediana edad con cicatrices en el rostro y una mirada fría como el hielo invernal.
—¿Por qué? —preguntó Amanda, intentando mantener la calma, aunque su corazón latía desbocado—. No he hecho nada ilegal.
El hombre sonrió, una expresión cruel que torció sus labios.
—La ley no solo castiga los actos, extranjera. También juzga la apariencia. Y tú... tú apareces como un milagro o una maldición. Don Rodrigo de Vargas, Alguacil Mayor de esta ciudad, desea conocerte.
El nombre resonó en la mente de Amanda con ecos siniestros. Lo había leído en sus investigaciones históricas. Rodrigo de Vargas. Un nombre asociado a la corrupción, a la brutalidad, al poder absoluto en la Toledo del siglo XIII. Decir que no iría era inútil. Resistirse físicamente era suicida.
Asintió, dejando las especias sobre el mostrador sin pagar. El vendedor no protestó; sabía mejor que nadie que discutir con los hombres del Alguacil era invitar a la muerte.
La condujeron por las calles empedradas, alejándose del bullicio del mercado hacia una zona más tranquila, más opulenta.
Llegaron a una mansión imponente, construida con piedra sillar, con puertas de madera maciza reforzadas con hierro.
Sobre el dintel, tallado en piedra, había un escudo familiar: el mismo castillo y león que llevaban en el pecho los guardias.
La hicieron entrar en un patio interior, adornado con fuentes de mármol y naranjos en macetas. El contraste con la suciedad de las calles era abismal. Aquí, el aire olía a jazmín y a dinero viejo.
Un sirviente les indicó que esperaran en una sala lateral. Amanda permaneció de pie, con la espalda recta, negándose a mostrar miedo. Minutos después, una puerta se abrió y entró un hombre.
Don Rodrigo de Vargas era alto, elegante, con una belleza severa que intimidaba.
Vestía una túnica de terciopelo azul oscuro, bordada con hilos de oro.
Su cabello, negro y ligeramente ondulado, estaba peinado hacia atrás, revelando una frente amplia y unos ojos oscuros, penetrantes, que parecían diseccionar el alma de quien los miraba.
No llevaba armas visibles, pero su autoridad emanaba de cada poro de su piel.
Se detuvo frente a Amanda, estudiándola con una lentitud deliberada, insultante. Sus ojos recorrieron su rostro, su cuello, sus manos, deteniéndose en los detalles de su ropa prestada.
—Así que esta es la anomalía —dijo, con una voz suave, aterciopelada, que contrastaba con la dureza de su mirada—. Bartolomé me habló de ti anoche. Dijo que apareciste de la nada, como un fantasma.
Amanda lo miró directamente a los ojos, desafiante.
—No soy un fantasma, señor. Soy una persona perdida.
Rodrigo sonrió, una sonrisa lenta, depredadora. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Amanda retrocedió instintivamente, pero chocó contra la pared. No había escapatoria.
—Perdida... —repitió él, saboreando la palabra—. Interesante concepto. En Toledo, nadie está perdido. Todos tienen un lugar, un dueño, un propósito. ¿Cuál es el tuyo, pequeña?
—Soy historiadora —respondió Amanda, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Estudio el pasado.
Rodrigo soltó una carcajada breve, seca.
—El pasado está muerto, niña. Solo importa el presente. Y el presente dice que eres una extranjera sin documentos, sin familia, sin protección. Legalmente, podrías ser vendida como esclava. O quemada como bruja. Depende de mi humor.
Amanda sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. No era una amenaza vacía. Era una declaración de intenciones.
—Pero no lo harás —apuntó ella, sorprendiéndose de su propia audacia.
Rodrigo arqueó una ceja, intrigado.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no?
—Porque soy útil. Sé cosas que otros ignoran. Conozco remedios, técnicas, historias. Puedo ser más valiosa viva y libre que muerta o esclavizada.
El Alguacil la observó en silencio durante largos segundos. La tensión en la sala era palpable, densa como el humo de una hoguera. Finalmente, Rodrigo sonrió de nuevo, pero esta vez hubo un destello de genuino interés en sus ojos.
—Tienes agallas, pequeña. Me gusta eso. La mayoría de las mujeres que llegan a mi presencia tiemblan, lloran, suplican. Tú... tú negocias.
Se acercó aún más, hasta que Amanda pudo oler su perfume: almizcle y vino caro. Extendió una mano y tocó suavemente su mejilla. El contacto fue eléctrico, repulsivo. Amanda contuvo el impulso de apartarse, sabiendo que cualquier movimiento brusco podría ser interpretado como agresión.
—Te quedarás aquí —decidió Rodrigo, retirando la mano con lentitud—. Bajo mi protección. Investigaré tu origen. Y mientras tanto... disfrutaré de tu compañía.
No era una oferta. Era una sentencia.
—No tengo elección —murmuró Amanda.
—Nadie tiene elección en Toledo, querida —reconoció Rodrigo, girándose hacia la puerta—. Bienvenida a mi jaula.
Salió de la sala, dejando a Amanda sola con sus pensamientos y su terror. Los dos guardias permanecieron junto a la puerta, vigilándola como halcones.
Amanda se dejó caer en una silla de madera tallada, sintiendo cómo las piernas le fallaban.
Había sobrevivido al encuentro inicial, pero sabía que aquello era solo el comienzo.
Rodrigo de Vargas no era un hombre que renunciaba fácilmente a sus presas.
Y ella acababa de convertirse en la más interesante de todas.
Miró por la ventana estrecha. Fuera, la vida continuaba en la calle, indiferente a su drama.
Vio pasar a una mujer cargando un cántaro de agua, a un niño persiguiendo a un perro flaco, a un mercader gritando los precios de sus telas.
Eran reales. Vivían sus vidas, con sus alegrías y sus miserias.
Ella, en cambio, estaba atrapada en una burbuja de tiempo ajeno, a merced de un depredador con poder absoluto.
Cerró los ojos, respirando hondo. Tenía que pensar. Tenía que planear. No podía depender de la misericordia de Rodrigo. Tenía que encontrar una manera de escapar, de volver a su tiempo, o al menos, de sobrevivir en este.
Y mientras meditaba, escuchó pasos ligeros en el pasillo exterior. Pasos que se detenían justo al otro lado de la puerta. Alguien la estaba escuchando. Alguien la estaba vigilando.
Amanda abrió los ojos, clavando la mirada en la cerradura. Sabía que no estaba sola. Nunca más lo estaría.