CAPÍTULO 1 EL UMBRAL DE PIEDRA #2
El hombre frunció el ceño, acercándose un paso. Olía a vino agrio y a sudor viejo.
—¿Perdida? —repitió, con una sonrisa burlona que no llegó a sus ojos—. Nadie se pierde en Toledo, extranjera. Solo los espías y las putas buscan las sombras a esta hora. Y tú... tú hueles a rareza.
Señaló su impermeable amarillo con un gesto despectivo.
—¿Qué vestimenta es esa? ¿De qué tierra vienes? ¿De las Indias? ¿Del reino de las hadas?
Amanda retrocedió instintivamente. Su mente trabajaba a toda velocidad, analizando la situación.
El lenguaje del hombre era comprensible, pero arcaico.
Su actitud era amenazante. La ropa de él, la ausencia de tecnología, la arquitectura...
Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en su cerebro con una lentitud horrorosa.
—Estoy... estoy confundida —logró decir—. Busco la Catedral.
El hombre soltó una carcajada seca, desagradable.
—La Catedral está en construcción, necia. Aún le faltan años para alzarse completa. Pero si buscas problemas, has venido al lugar correcto.
Antes de que Amanda pudiera responder, otra voz intervino, más suave pero igualmente firme.
—Déjala en paz, Bartolomé. No ves que está asustada.
De la oscuridad de otro callejón surgió una segunda figura. Esta vez era una mujer, mayor, envuelta en un mantón oscuro. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, testimonio de una vida dura, pero sus ojos emanaban una calma sorprendente.
—Esta no es asunto tuyo, vieja bruja —gruñó el hombre llamado Bartolomé, aunque dio un paso atrás, mostrando un respeto reluctante hacia la recién llegada.
—Todo es asunto mío en este barrio —replicó la mujer, acercándose a Amanda—. Ven conmigo, hija. No debes estar aquí fuera. La noche tiene dientes en Toledo, y muerden fuerte a los despistados.
Amanda dudó. Su instinto de supervivencia le gritaba que huyera, que corriera en dirección opuesta a ambas figuras.
Pero la lógica le decía que estaba sola, en un lugar desconocido, en una época que aún no se atrevía a nombrar.
Necesitaba información. Necesitaba refugio.
Y la mujer anciana parecía ofrecer ambas cosas, mientras que el hombre representaba una amenaza inmediata.
Asintió levemente, siguiendo a la anciana. Bartolomé escupió al suelo, murmurando maldiciones en voz baja, pero no las persiguió.
Caminaron en silencio por las calles empedradas.
Amanda observaba todo con avidez, almacenando detalles.
Las casas tenían voladizos de madera que casi se tocaban entre sí, creando túneles oscuros sobre las calles.
Había nichos con imágenes de santos desgastados por la lluvia.
En una esquina, vio un cartel de madera pintado con letras toscas que anunciaba venta de vino.
No había electricidad. La única iluminación provenía de las antorchas y de la luna, que comenzaba a asomar entre las nubes rotas, bañando la ciudad con una luz plateada, fantasmal.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la anciana sin mirar atrás.
—Amanda —respondió ella.
—Bonito nombre. Suena a estrella. Yo soy María.
Vivo cerca de aquí. Te daré cobijo esta noche.
Mañana... mañana ya veremos qué hacer contigo.
Porque tú no eres de aquí, ¿verdad? Tus manos son demasiado suaves.
Tu ropa es de un tejido que nunca he visto.
Y tus ojos... tus ojos han visto cosas que ningún mortal debería ver.
Amanda no respondió. No podía. La verdad era demasiado absurda, demasiado peligrosa para ser pronunciada en voz alta. Si decía que venía del futuro, probablemente la considerarían loca. O peor, bruja.
Llegaron a una puerta pequeña, de madera robusta, incrustada en un muro de piedra.
María introdujo una llave grande y oxidada en la cerradura, girándola con esfuerzo.
La puerta se abrió con un quejido prolongado, revelando el interior de una vivienda modesta pero limpia.
Olía a hierbas secas, a pan recién horneado y a cera de abejas.
—Entra —ordenó María—. Y cierra la boca. En Toledo, las paredes tienen oídos, y las lenguas son más afiladas que las dagas.
Amanda cruzó el umbral, sintiendo cómo la puerta se cerraba detrás de ella, separándola definitivamente del mundo que conocía.
Dentro, la calidez del hogar era un contraste brutal con el frío exterior.
Pero mientras María encendía una vela, iluminando la estancia con una luz trémula y dorada, Amanda no pudo evitar sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Había llegado. Dondequiera que estuviera, siempre que fuera, había llegado. Y mientras miraba las sombras proyectadas en las paredes de adobe, supo, con una certeza absoluta y aterradora, que su vida tal como la conocía había terminado. Algo nuevo, algo oscuro y magnífico, acababa de comenzar.
Fuera, la lluvia continuaba cayendo sobre la Toledo del siglo XIII, lavando las calles de sangre antigua y preparando el escenario para los dramas que estaban por desatarse.
Y en algún lugar de la ciudad, en un palacio oscuro junto al Alcázar, un hombre llamado Rodrigo de Vargas soñaba con poder y con carne joven, sin saber que el destino acababa de depositar en su camino a la persona que destruiría su mundo.
Amanda se sentó en un taburete de madera, abrazándose las rodillas.
Cerró los ojos, intentando recordar el rostro de su madre, el sabor del café de la mañana, el sonido de su propio nombre pronunciado por amigos.
Pero aquellos recuerdos ya parecían pertenecer a otra vida, a otra persona.
Aquí, ahora, solo existía el presente. Un presente duro, sucio, peligroso y fascinante.
María le tendió una taza de barro con un líquido caliente y aromático.
—Bebe —indicó la anciana—. Es tila con miel. Te calmará los nervios. Mañana hablaremos. Mañana decidirás quién eres en esta tierra.
Amanda tomó la taza con manos temblorosas. El calor del barro contra sus palmas era real. El olor de la tila era real. El miedo en su pecho era real.
Asintió, llevándose la taza a los labios. El primer sorbo le quemó la lengua, pero el dolor fue bienvenido. Era una prueba de que aún estaba viva. De que aún podía sentir.
Y mientras bebía, escuchó, muy lejos, el sonido de pasos apresurados en la calle. Botas contra la piedra. Voces masculinas, duras, autoritarias. Gritos. Luego, el silencio volvió a caer sobre Toledo, más pesado que antes.
María cruzó una mirada significativa con Amanda.
—No salgas —musitó—. Por muy fuerte que golpeen a la puerta, no abras. Esta noche, la ciudad caza.
Amanda asintió, sin entender completamente, pero obedeciendo. Se acurrucó en el rincón más oscuro de la habitación, envolviéndose en una manta áspera que olía a lana de oveja. Cerró los ojos, pero no durmió. Escuchó. Esperó. Y recordó.
Recordó el vórtice. Recordó el dolor. Recordó la caída.
Pero supo que aquello era solo el comienzo.