CAPÍTULO 16 — EL JUICIO DEL ABRA Y LA CONEXIÓN CON LOS FONDOS OPACOS #3
Unai apoyó la cabeza en el respaldo del sillón de cuero y cerró los ojos, sintiendo cómo las palabras de Miren desmontaban el nudo de culpa que había arrastrado durante cuatro años.
—Escuchar tu voz explicándome esto con tanta verdad y cariño es la mejor medicina que he recibido en mi vida, Miren.
Miren se sentó junto a Unai en el sofá y le pidió con ternura que se desabrochara la camisa.
Con sus dedos finos y expertos, exploró la antigua cicatriz de toracotomía posterolateral derecha del sargento, que se extendía a lo largo del sexto espacio intercostal.
—El tejido cicatrizal presenta adherencias fibrosas que generan tracción mecánica sobre el periostio costal durante los movimientos de rotación y las inmersiones profundas —diagnosticó Miren aplicando una pequeña cantidad de pomada regeneradora de aceite puro de rosa mosqueta prensado en frío—.
Vamos a realizar un masaje de liberación miofascial transversal profundo según la técnica de Cyriax .
Con movimientos lentos y precisos de sus pulgares, Miren fue liberando las tensiones de los planos musculares intercostales y serrato mayor.
Unai respiró hondo, sintiendo un alivio físico y una relajación muscular inmediata.
—Tienes unas manos benditas, Miren... No solo curas con el bisturí en el quirófano, curas con cada caricia.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, Unai bajó al taller de carpintería del caserío, donde el abuelo de Miren había trabajado la madera durante décadas.
Allí encontró a Arantza seleccionando un tablón de madera de teca birmana de alta densidad resistente a la salinidad marina.
—Este madero estaba destinado al timón de una trainera de Orio que mi marido no llegó a terminar —le explicó Arantza entregándole a Unai una gubia de acero forjado y una lija de grano fino—.
Ayúdame a pulir la caña del timón, Unai.
Tus manos de marinero saben exactamente cómo debe sentir el agua la pala de un timón noble.
Durante dos horas, el sargento y la madre de Miren trabajaron juntos en silencio compenetrado, retirando las asperezas de la madera hasta dejar la superficie suave y brillante como la seda.
A las ocho y media de la mañana, el teléfono móvil de Miren sonó en la cocina.
Era la inspectora jefa Irati Mendiluze desde el complejo policial de Erandio.
— Miren, Unai... acaba de entrar la confirmación oficial por el canal seguro de Interpol Berna —anunció Irati con júbilo en la voz—.
La Fiscalía Federal de Suiza ha dictado orden de prisión preventiva para el presidente Markus Von Steiner y el director Jean-Luc Favre tras localizar en las cajas fuertes de la sede de Zug las actas notariales de las reuniones secretas donde se aprobaba la compra del carguero Oceanic Leviathan y los pagos a los mercenarios de Richter.
Las cuentas fiduciarias en Vaduz y Ginebra han quedado intervenidas judicialmente para el pago de indemnizaciones a las familias de los veinticuatro buzos asesinados.
Miren respiró con emoción contenida.
—La justicia ha cerrado el círculo, Irati. Muchas gracias por tu trabajo incansable.
A las nueve de la mañana, el sol descorrió la niebla matinal que cubría el valle de Tolosa, revelando el pico majestuoso del monte Txindoki recortado sobre un cielo azul cobalto.
Miren y Unai salieron al porche de piedra del caserío a desayunar.
Arantza les sirvió café de puchero recién colado, rebanadas de pan de pueblo tostadas en las brasas con aceite de oliva virgen extra de Rioja Alavesa y tomate de la huerta, y lonchas finas de jamón curado.
Los petirrojos y los mirlos cantaban alegres en las ramas de los nogales centenarios, llenando el ambiente de una vibración de vida nueva.
Unai tomó la mano de Miren sobre la mesa de madera, mirándola con una devoción infinita.
—Esta tarde regresamos a Cruces y a la base naval, Miren... Pero este caserío y esta montaña serán siempre nuestro refugio.
Miren entrelazó sus dedos con los de Unai y asintió con una sonrisa luminosa.
—Dondequiera que estemos, mientras estemos juntos, siempre estaremos en casa.
Hacia las diez de la mañana, Miren y Unai caminaron hasta la pequeña ermita de San Juan de Letrán, enclavada en una loma verde sobre el valle de Tolosa.
En el interior encalado de la ermita, presidido por un retablo rústico del siglo XVII y un modelo en miniatura de una trainera pesquera suspendida de las vigas del techo, reinaba un silencio solemne.
Unai encendió un cirio de cera virgen ante el altar mayor.
—Por los compañeros que no pudieron regresar de la fosa... Por Mikel Aldai, por Koldo Basurko y por cada familia de marinero que esperó en vano en los muelles de Bizkaia.
Miren colocó su mano sobre la mano de Unai, inclinando la cabeza en una plegaria compartida.
—Que la luz de esta vela guíe siempre su descanso en la paz de Dios y en la memoria de nuestro pueblo.
El sacerdote emérito de Tolosa, don Joseba, se acercó al altar con su sotana negra y bendijo con agua bendita a los dos jóvenes.
—Que la bendición de la Virgen del Carmen y de San Juan proteja vuestros pasos en los quirófanos y en los mares del norte, hijos míos. Vuestro servicio es una oración viva por los desvalidos.
A las doce del mediodía, de regreso en el campus de Leioa de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), Miren y el catedrático de Geología Marina doctor Mikel Etxepare examinaron las muestras de sedimento adheridas a los batiscafos incautados mediante microscopía electrónica de barrido ambiental ( ESEM ).
—Las microestructuras silíceas pertenecen a las especies de diatomeas Coscinodiscus marginatus y foraminíferos bentónicos de la especie Epistominella exigua —verificó el catedrático mostrando las imágenes tridimensionales de alta resolución—.
Estas especies solo habitan a profundidades batimétricas superiores a los mil doscientos metros en el talud continental del cañón de Capbreton, constituyendo una prueba geológica concluyente e inequívoca de que las inmersiones ilegales se realizaron en la cota exacta donde se descubrió el buque nodriza.
El Dr. Etxepare analizó la presencia de nódulos de manganeso y microfracciones de basalto volcánico submarino.
—La geoquímica de los sedimentos coincide en un cien por cien con el perfil sedimentario de la sima de Capbreton cartografiada por el buque oceanográfico Hespérides . No existe margen alguno para la duda científica o procesal.
Miren incorporó el certificado geológico al sumario judicial.
—La ciencia de la tierra y la medicina forense unidas para blindar la verdad.
A las dos de la tarde, en el muelle de la Sección de Buceo de Santurtzi, el sargento Unai Etxebarria y sus compañeros de unidad instalaron en la caña del timón auxiliar de la patrullera Itsas-Txoria la pieza de madera noble de teca pulida en el caserío de Tolosa.
El cabo Aldai acarició la madera barnizada con brillo de espejo.
—Un timón forjado en la montaña para gobernar las olas del mar... No hay mejor protección para nuestro patrullero.
Unai fijó los pernos de bronce naval con la llave dinamométrica.
—Cada guardia en este mar recordará que el valor y la nobleza de nuestra gente son más fuertes que cualquier tempestad. Esta madera lleva el alma de los bosques de Euskadi y el coraje de quienes nunca se rinden.
Los operadores de la base naval formaron en cubierta en saludo militar reglamentario, rindiendo honores a la bandera y al nuevo timón de guardia mientras la sirena del puerto sonaba en saludo solemne a través de la dársena de Santurtzi, anunciando que el mar Cantábrico estaba bajo la guardia vigilante y leal de sus mejores servidores.
A las tres y media de la tarde, en la terraza superior del Hospital Universitario de Cruces con vistas panorámicas a la ría de Bilbao, al puente colgante de Portugalete y al monte Serantes, la doctora Miren Mendiluze y el sargento Unai Etxebarria contemplaban la ciudad que latía con fuerza bajo el sol del mediodía.
Unai tomó la mano de Miren, atrayéndola suavemente hacia su pecho mientras la brisa fresca del Abra acariciaba sus rostros con el perfume inconfundible del mar.
—El mar nos puso a prueba, Miren... pero tú y yo sabemos que mientras estemos juntos, no habrá guardia que no podamos sostener, tormenta que no podamos navegar ni herida que no podamos sanar.
Tu presencia en mi vida es la luz que disipa todas las sombras del pasado y me devuelve la fe en los hombres y en la justicia.
Miren levantó su rostro y lo besó con ternura infinita, sintiendo la paz inmensa de saberse amada, respetada y protegida por un hombre íntegro, valiente y generoso.
—La vida nos pertenece, Unai. Y la defenderemos juntos cada día en el quirófano de trauma, en la ambulancia medicalizada, en las cumbres de la montaña y en el corazón embravecido de la mar. Nada ni nadie volverá a arrebatarnos la paz que hemos conquistado con la verdad.
Los dos se abrazaron con una fuerza serena mientras el sonido de las sirenas de ambulancia en el helipuerto de Cruces anunciaba la llegada de un nuevo traslado de urgencia: el deber médico y el compromiso policial continuaban su marcha incansable, pero ahora ellos caminaban juntos, invencibles ante el destino y respaldados por la gratitud de todo un pueblo.
Miren ajustó el fonendoscopio en su cuello y Unai se colocó su gorra de oficial: dos servidores públicos unidos por la vocación de salvar vidas y por un amor indestructible.
El latido de las aguas oscuras había encontrado por fin su redención en la luz del nuevo día, marcando el inicio de una nueva era de amor, coraje y esperanza en las costas de Bizkaia.
Juntos contemplaron el horizonte azul donde el Cantábrico respiraba en calma, sabiendo que su historia de amor y deber acababa de echar raíces eternas en el corazón de su tierra.