CAPÍTULO 13 — LAS CURAS DE CAMPO Y EL DESCUBRIMIENTO DEL COMPLOT SUIZO #4
—Presión de disparo en doscientos ochenta y cinco bar, lista para proyectar el arpón de cuatro garras de titanio con carga de agarre de ochocientos kilogramos de fuerza a una altura vertical de hasta veinticinco metros con viento en contra de cuarenta nudos —informó Aldai a Unai.
Aldai revisó el trenzado de la escala de asalto integrada: un cabo maestro de aramida pura Kevlar 49 de quince milímetros de diámetro con peldaños rígidos de fibra de carbono antideslizante espaciados a treinta centímetros y con recubrimiento de poliuretano autoluminiscente para permitir el ascenso rápido con botas tácticas de suela vibram en plena noche cerrada.
Los operadores ajustaron en sus arneses de pecho los mosquetones de seguridad de cierre automático triple Petzl Vulcan de acero galvanizado con resistencia de rotura de cuarenta y cinco kilonewtons, garantizando que si una ola gigante barría la escala durante el salto de abordaje, el operador quedaría asegurado a la línea de vida del buque.
En la camareta médica de proa, la doctora Miren Mendiluze impartió las instrucciones finales a la enfermera supervisora Maite Bilbao y a los dos técnicos socorristas de la Unidad de Rescate.
—Estamos navegando en condiciones de mar muy gruesa con aceleraciones gravitatorias verticales que superan los dos G en el momento en que el barco cae en el seno de la ola —explicó Miren con rigurosa precisión docente—.
Cualquier procedimiento invasivo que realicemos a bordo debe ajustarse al protocolo de estabilización hemostática y empaquetamiento rápido ( Damage Control Resuscitation ).
Miren mostró el dispositivo de fijación pélvica circunferencial SAM Pelvic Sling II y los apósitos hemostáticos impregnados con caolín micronizado QuikClot Combat Gauze .
—En caso de hemorragia exanguinante por herida de arma de fuego en extremidades, colocación inmediata del torniquete táctico CAT Gen 7 a cinco centímetros por encima de la lesión y apriete del molinete hasta la desaparición del pulso distal.
Si la herida es en unión corporal (ingle o axila), empaquetamiento a presión con gasa hemostática y vendaje elástico compresivo Israeli Bandage mantenido durante un mínimo de tres minutos de compresión bimanual continua.
Maite Bilbao verificó la batería del videolaringoscopio portátil GlideScope Ranger de pantalla reforzada.
—Tubos endotraqueales con guía metálica maleable preformada y mascarillas laríngeas de segunda generación i-gel listas para vía aérea difícil imprevista si el oleaje impide la laringoscopia directa.
A las cuatro de la madrugada, a siete millas náuticas al norte de la isla de Ízaro, el radar táctico de banda X Furuno del patrullero detectó un blanco flotante estacionario en las coordenadas cuarenta y tres grados, treinta y un minutos norte, dos grados y cuarenta y cuatro minutos oeste.
El patrón Goikoetxea redujo revoluciones en los motores diésel para minimizar el penacho de espuma blanca en la estela.
—Tenemos un eco radar de bajo perfil a dos cables por la proa, sargento.
Unai levantó los prismáticos de visión nocturna y térmica militar Safran Vectronix Moskito TI .
A través de los oculares digitales, en mitad de las olas encrespadas de seis metros de altura, apareció la silueta de una boya oceanográfica clandestina pintada de color negro mate con antena satelital Iridium y baliza acústica submarina de alta frecuencia.
—Es la boya de recalada del buque nodriza —confirmó Unai con la voz templada por la adrenalina del combate inminente—.
La baliza está emitiendo un pulso acústico cifrado a treinta y cinco kilohercios que guía a los minisubmarinos Nautilus-4 hacia la fosa de Capbreton.
El Oceanic Leviathan está fondeado a tan solo cuatro millas al norte de nuestra proa, al abrigo de los acantilados submarinos del cabo Ogoño.
A través de los prismáticos infrarrojos, Unai pudo divisar las luces tenues y filtradas de la cubierta del buque nodriza, meciéndose como un fantasma de hierro negro entre las crestas rompientes del mar abierto.
El carguero mantenía su proa encarada a la mar gruesa, ajeno a la aproximación furtiva del patrullero de la Ertzaintza.
No había marcha atrás; la orden judicial internacional estaba dictada, las armas cargadas con munición de alta precisión y el equipo quirúrgico listo para intervenir en el abismo.
Goikoetxea empujó con determinación las dos palancas de mando hacia el tope y fijó el rumbo trescientos cincuenta grados en el compás giroscópico.
—Máquinas a toda fuerza, rumbo al combate naval. Que la mar nos sea propicia, que el casco de aluminio resista el embate salvaje de las olas y que nuestras manos no tiemblen en la tempestad.
El buque patrullero Itsas-Zaintza hendió la noche del Cantábrico con la fuerza imparable de la justicia, directo hacia el enfrentamiento final en las aguas abisales de Ogoño, donde la doctora Miren Mendiluze y el sargento Unai Etxebarria se disponían a librar la batalla definitiva por la vida, por el honor de los caídos en el Itsas-Zaldi y por la verdad en el mar.