CAPÍTULO 12 — EL ASALTO AL BÚNKER SUBTERRÁNEO DE BODOVALLE #3
Ugarte introdujo la microjeringa con el extracto purificado en el cromatógrafo de gases acoplado a espectrometría de masas en tándem Agilent 7010B Triple Quadrupole GC/MS .
—Los tanques de la Galería 7 estaban sintetizando un derivado fluorado del Neurocaine-7 con un peso molecular de cuatrocientos cuarenta y dos daltons —explicó Ugarte a Miren y a Unai mostrando el pico cromatográfico en el monitor—.
La adición del grupo trifluorometilo incrementa la liposolubilidad del compuesto en un cuatrocientos por ciento, permitiendo que cruce la barrera hematoencefálica en menos de diez segundos y bloquee de forma irreversible los receptores de sodio voltaje-dependientes Nav1. 5 del nodo sinusal.
Leire Arregi completó el informe pericial.
—Con la cantidad de precursores intervenidos en la mina tenían capacidad para manufacturar más de diez mil viales letales .
El destino final del cargamento marítimo en el cabo Ogoño no es el mercado recreativo; es un contrato de guerra farmacológica y sabotaje submarino para operaciones encubiertas en el Atlántico norte.
A las seis de la tarde, tras completar la custodia de las pruebas forenses, Miren y Unai se trasladaron a la dársena vieja de Portugalete, buscando un respiro necesario tras treinta y seis horas de tensión continua.
Se sentaron sobre un noray de hierro fundido frente a la majestuosa silueta de hierro del Puente Colgante de Bizkaia , que recortaba sus vigas centenarias contra el cielo crepuscular teñido de violeta y ámbar.
El viento del Abra soplaba con suavidad, agitando las aguas de la ría en una danza de reflejos dorados.
Unai abrió un termo de acero y sirvió café negro humeante en dos vasos térmicos, entregándole uno a Miren.
Miren tomó el vaso con las dos manos, sintiendo el calor reconfortante mientras contemplaba las manos de Unai, marcadas por pequeños cortes, rozaduras de metal y restos de salitre.
—Unai... cuando Urrutia mencionó ese barco en las aguas de Ogoño... vi algo en tus ojos que no había visto antes. No era solo el deber de policía; era algo mucho más antiguo y profundo.
Unai bajó la mirada hacia el agua oscura que chocaba rítmicamente contra el muelle.
—Hace cuatro años, Miren... cuando el Itsas-Zaldi naufragó en la fosa de Matxitxako durante aquel temporal...
la versión oficial dijo que fue un fallo estructural por fatiga de materiales en el timón.
Pero yo recuperé los cuerpos de mis tres compañeros de tripulación a sesenta metros de profundidad...
Sus reguladores estaban bloqueados y sus rostros tenían la misma rigidez miocárdica que vi anoche en Mikel Aldai.
Aquel barco no se hundió por una ola; fue saboteado por el mismo cártel que hoy opera desde el cabo Ogoño.
Miren extendió su mano cálida, cubriendo los dedos de Unai con una ternura infinita.
—No estás solo en esta marea, Unai. Tus compañeros tendrán justicia y ese barco no volverá a envenenar el mar. Vamos a navegar juntos hasta el final.
Unai levantó la mirada y la atrajo hacia sí, besando sus labios con una devoción y una gratitud tan puras que el murmullo de la ría pareció fundirse con el latido sereno de sus corazones.
A las nueve de la noche, en la Sala de Operaciones de la Jefatura Central de Erandio, se estableció una videoconferencia de máxima seguridad con la Base Naval de la Gendarmerie Maritime de Bayona .
El comandante francés Philippe Laroche proyectó en la pantalla táctica las imágenes térmicas captadas por el avión de patrulla marítima Dassault Falcon 50 .
—A catorce millas náuticas al norte del cabo Ogoño, justo en el límite exterior de las aguas jurisdiccionales españolas y francesas, hemos localizado el buque factoría nodriza Oceanic Leviathan , un carguero de ciento sesenta metros de eslora bajo bandera de conveniencia liberiana —detalló el comandante Laroche—.
El barco mantiene sus radares AIS apagados y dispone de una plataforma sumergible a popa donde operan dos minisubmarinos autónomos de saturación profunda.
La inspectora Irati Mendiluze señaló la derrota del buque.
—El barco tiene previsto iniciar la navegación hacia el Atlántico abierto en cuanto amaine la galerna, a las cuatro de la madrugada. Si cruza a aguas internacionales de alta mar, interceptarlo requerirá una operación de guerra naval.
A las diez y media de la noche, Miren acudió al bloque de Traumatología del Hospital de Cruces para supervisar la evolución del cabo Gorka Lizaso.
Lizaso reposaba en el sillón de la habitación 412 con el brazo izquierdo inmovilizado con cabestrillo elástico.
Miren retiró el vendaje compresivo con tijeras estériles, limpió el lecho de la herida con solución antiséptica de clorhexidina al dos por ciento y exploró la motilidad de los dedos.
—Extensión dorsal de la muñeca y pinza digital del pulgar e índice totalmente conservadas —diagnosticó Miren con satisfacción—. El nervio radial no sufrió neuropraxia y la sutura vascular de la arteria braquial mantiene un flujo Doppler continuo y rítmico.
Lizaso sonrió aliviado.
—Doctora, si me da el alta médica ahora mismo me pongo el chaleco y subo a la patrullera con el sarjentu.
Miren sonrió con autoridad maternal y profesional.
—Ni hablar, cabo Lizaso. Su misión ahora es descansar cuarenta y ocho horas y recibir la pauta de antibióticos. Unai y el equipo de Berrozi tienen la cobertura médica garantizada a bordo.
A medianoche, en el despacho de guardia de los juzgados de Barakaldo, la magistrada Elena Orue, tras coordinarse con la Fiscalía de la Audiencia Nacional y con el Ministerio de Asuntos Exteriores, firmó la orden internacional de abordaje e incautación naval.
—En virtud de los artículos 108 y 110 de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar ( UNCLOS ), por delitos flagrantes de narcotráfico a gran escala, piratería marítima y terrorismo químico, se autoriza a la Unidad de Intervención de la Ertzaintza y al Servicio de Buceo Táctico el abordaje forzoso y toma de control del buque Oceanic Leviathan .
A las doce y media de la noche, la doctora Miren Mendiluze coordinó con el Centro Vasco de Transfusión y Tejidos Humanos en Galdakao la entrega urgente de un contingente de reserva hemoderivada para la misión naval.
En la dársena de ambulancias de Cruces, un furgón isotérmico refrigerado entregó tres arcones blindados de transporte biológico Credo Cube mantenidos a cuatro grados centígrados.
—Diez concentrados de hematíes del grupo cero negativo desleucocitados, seis unidades de plasma fresco congelado inactivado por azul de metileno y cuatro pools de plaquetas de donante único —verificó Miren anotando los códigos de barras de trazabilidad—.
Añadimos cinco viales de fibrinógeno concentrado Riastap de un gramo, tres gramos de ácido tranexámico y dos kits de autotransfusión de sangre autóloga de emergencia Cell Saver .
Cargaron los arcones en el maletero del todoterreno de mando, asegurando que el puesto médico avanzado a bordo del Itsas-Zaintza tuviera capacidad para realizar reanimación con control de daños y cirugía hemostática durante más de cuarenta y ocho horas ininterrumpidas en alta mar.
La enfermera supervisora de quirófano de Cruces, Maite Bilbao, entregó a Miren dos cajas herméticas con instrumental quirúrgico de titanio y cuatro cajas de suturas vasculares de polipropileno Prolene de cuatro, cinco y seis ceros.
—Lleva todo el material estéril duplicado, doctora. Si tenéis que operar en mitad de la galerna con olas de ocho metros, que no os falte ni una sola aguja.
Miren le agradeció el gesto con un abrazo cálido y profesional.
—Gracias, Maite. Cruces estará presente en cada incisión que hagamos en ese mar bravío.
A la una de la madrugada, el convoy policial abandonó el área metropolitana de Bilbao por el corredor del Txorierri, enfilando la carretera comarcal BI-631 a través de los bosques de Mungia y las estribaciones rocosas del monte Sollube.
La lluvia caía con fuerza sobre el parabrisas del Toyota Land Cruiser , mientras los limpiaparabrisas barrían el agua en un vaivén rítmico que acompasaba la respiración serena de los ocupantes.
El olor a tierra mojada, a pinos centenarios y a salitre entraba por los difusores de aire, marcando el regreso a la costa norte de Bizkaia.
A través de las ventanillas empañadas, los caseríos de piedra y los robledales de Busturialdea aparecían y desaparecían entre jirones de niebla blanca, evocando la historia viva de una tierra forjada en la lucha incansable contra los elementos y el mar bravío.
Unai conducía con las dos manos firmes sobre el volante de cuero, con el rostro iluminado por la tenue luz ámbar del cuadro de mandos.
—Mi abuelo Antxon fue patrón de barco en Bermeo durante cuarenta años, Miren —recordó Unai con una voz cálida y llena de emoción contenida—.
Solía decirme que cuando el Cantábrico se enfurece en la fosa de Matxitxako, el barco no se sostiene por el grosor de sus cuadernas, sino por la lealtad, la pericia, la serenidad y el coraje inquebrantable de quienes van a bordo.
Compartir esta guardia contigo me da la certeza absoluta de que saldremos victoriosos y devolveremos la paz a nuestra gente.
Miren apoyó su mano sobre el antebrazo del sargento, sintiendo la firmeza de sus músculos y la calma invencible que irradiaba su presencia protectora.
—Tu abuelo era un hombre sabio, Unai. Vamos a traer la paz a Bermeo, a honrar la memoria de los marineros caídos en el Itsas-Zaldi y a cerrar esta guardia con la frente en alto. Juntos somos indestructibles.
A la una y media de la madrugada, las luces doradas del puerto pesquero de Bermeo y la silueta del monte Gaztelugane aparecieron entre la niebla costera, donde el buque patrullero de altura Itsas-Zaintza aguardaba con los motores diésel rugiendo en el muelle para zarpar hacia la batalla definitiva en el corazón del Cantábrico.