CAPÍTULO 12 — EL ASALTO AL BÚNKER SUBTERRÁNEO DE BODOVALLE
A las ocho y media de la noche, en la cota menos ciento cincuenta metros de la Mina Bodovalle de Gallarta, la humedad gélida del subsuelo se condensaba en forma de gotas pesadas de agua ácida que resbalaban por las paredes de roca ferruginosa.
El cabo especialista Iker Aldai desplegó sobre el suelo de fango una lanza térmica portátil de magnesio y oxígeno Broco Prime-Cut , conectando la manguera de alta presión al regulador de oxígeno a diez bar.
—El inhibidor de frecuencias está emitiendo una señal de barrido continuo de ruido blanco a cincuenta vatios de potencia sobre las bandas de cuatrocientos treinta y tres y ochocientos sesenta y ocho megahercios y redes celulares —confirmó Miren con voz firme y serena—.
Los detonadores por control remoto de los collares de los seis rehenes están totalmente ciegos; no pueden recibir ninguna orden de ignición por radio desde el interior del búnker.
Unai asintió con una mirada de concentración absoluta.
—Aldai, corta las bisagras superiores y los pasadores del cerrojo maestro. Equipo de asalto, máscaras de protección balística colocadas y armas en fuego semiautomático.
El operador Aldai encendió la varilla de magnesio de la lanza térmica con un percutor piezoeléctrico.
Una llama cegadora de color blanco incandescente a más de cinco mil grados centígrados brotó de la punta de la lanza, cortando las planchas de acero balístico de ochenta milímetros de espesor como si fueran mantequilla caliente.
Un torrente de chispas doradas y humo denso de óxido de hierro iluminó el túnel mientras el cerrojo principal de la compuerta se fundía en una masa de metal líquido incandescente.
A las ocho y cuarenta y dos minutos, con los cerrojos fundidos, Unai colocó sobre el marco de la compuerta una carga lineal de corte con cordón detonante de pentaeritrita tetranitrato (PETN) y doscientos gramos de explosivo plástico C-4 .
—¡Tres, dos, uno... brecha! —ordenó Unai.
La detonación controlada resonó en las entrañas de la mina con un golpe seco y demoledor que arrancó la compuerta de acero de sus goznes, proyectándola hacia el interior del búnker subterráneo en mitad de una nube de humo y polvo de hormigón.
Antes de que los defensores pudieran reaccionar, dos operadores de Berrozi arrojaron cuatro granadas aturdidoras no letales CTS 7290 Flashbang .
Cuatro estallidos simultáneos de ocho millones de candelas y ciento setenta y cinco decibelios saturaron la nave subterránea de seiscientos metros cuadrados, cegando y desorientando por completo a los guardias mercenarios.
Unai Etxebarria penetró en cabeza en la estancia, parapetado tras un escudo balístico de asalto de nivel IV con visor de vidrio blindado multicapa y linterna estroboscópica de alta intensidad.
—¡Ertzaintza! ¡Armas al suelo! ¡Policía! —bramó Unai con voz de trueno mientras avanzaba a paso firme por el pasillo central.
Desde el lateral de los reactores químicos, tres mercenarios balcánicos parapetados tras bidones de acero abrieron fuego desesperado con subfusiles automáticos CZ Scorpion Evo 3 .
Los proyectiles rebotaron con estrépito contra el escudo de titanio de Unai sin penetrar la coraza.
Asomando el cañón de su subfusil HK MP5 por la tronera lateral del escudo, Unai abatió a los dos primeros tiradores con dos impactos quirúrgicos en el centro de masa que los neutralizaron al instante.
El tercer atacante intentó alcanzar una granada de mano sobre la mesa, pero un disparo de precisión del agente Aldai le atravesó el hombro derecho, haciéndole caer sobre el suelo de hormigón y quedando desarmado.
Los cinco mercenarios restantes, al ver sus líneas perforadas y cegados por el efecto estroboscópico de las luces policiales, arrojaron sus armas y se tiraron al suelo con las manos en la nuca, rindiéndose incondicionalmente.
Mientras los operadores de Berrozi aseguraban a los prisioneros y registraban las esquinas del complejo, la doctora Miren Mendiluze y el sargento artificiero Joseba Agirre corrieron hacia el fondo de la nave, donde los seis ingenieros de minas y geólogos secuestrados yacían encadenados a los pilares de hormigón armado, aterrorizados y temblando de pánico.
Cada uno de los rehenes llevaba ceñido al cuello un collar rígido de fibra de carbono que contenía una barra de doscientos cincuenta gramos de explosivo plástico C-4 , un detonador eléctrico de fósforo y un receptor con diodo LED parpadeante.
Miren se arrodilló junto al primer rehén, el veterano ingeniero jefe de la comarca de Triano Koldo Mardones , de cincuenta y dos años.
—Tranquilo, Koldo... soy la doctora Miren Mendiluze. El inhibidor de frecuencias tiene bloqueados todos los detonadores. No os mováis; vamos a retirar los collares uno por uno.
Con la ayuda de una linterna quirúrgica frontal de haz frío y unas pinzas de microdisección de titanio no magnético, el artificiero Agirre y Miren examinaron el circuito del detonador.
El collar disponía de un circuito trampa con interruptor de corte por tracción y un cable de bucle cerrado de color azul conectado a la masa del detonador.
Miren inmovilizó el percutor del detonador con un pasador de acero quirúrgico para impedir el avance del percutor mecánico.
Agirre cortó el cable azul con alicates cerámicos antiestáticos.
El diodo LED del collar se apagó de inmediato.
Con un chasquido suave, Miren abrió la cerradura de la bisagra y retiró el collar explosivo del cuello de Mardones, depositándolo con sumo cuidado en una caja de transporte acolchada de artificieros.
Repitieron el procedimiento milimétrico con los otros cinco ingenieros, completando la desactivación de los seis artefactos en menos de doce minutos.
—¡Seis collares explosivos retirados y neutralizados! —anunció Miren con un alivio infinito que hizo que los seis ingenieros rompieran a llorar de gratitud, abrazando a los agentes de Berrozi que les cortaban las cadenas de los tobillos.
En el extremo norte de la galería subterránea, una puerta de servicio de chapa galvanizada fue forzada desde el interior.
El exdirector de la Autoridad Portuaria Marcos Urrutia había aprovechado el fragor del asalto para huir hacia la pasarela metálica que cruzaba el gran pozo vertical de extracción de mineral del Pozo Concha II, cargando con un maletín de titanio blindado que contenía los discos duros con la contabilidad de la trama internacional y un detonador manual de mercurio conectado al sistema de demolición de la mina.
Unai Etxebarria detectó la silueta del fugitivo con su visor nocturno y salió en su persecución a la carrera, adentrándose en el abismo vertical del pozo minero.
La pasarela de rejilla metálica estaba suspendida a doscientos metros de caída libre sobre el fondo inundado de la mina, azotada por corrientes ascendentes de aire helado y agua pulverizada.
Urrutia, con el rostro desencajado y la respiración rota por el esfuerzo, llegó a la mitad de la pasarela, se volvió hacia Unai y levantó con la mano derecha el detonador manual con interruptor basculante de mercurio.
—¡Aléjate, Etxebarria! —gritó Urrutia con la voz desquiciada por el fanatismo y la desesperación—.
¡Si das un solo paso más activo este interruptor y toda la falla de Triano se derrumbará sobre nosotros y sobre el pueblo de Gallarta!
¡Cincuenta millones de euros y este búnker no caerán en manos de vuestros jueces!
Unai se detuvo a tres metros del criminal, bajó el cañón de su subfusil y dio un paso lateral medido sobre la rejilla resbaladiza.
—Se acabó, Urrutia —respondió Unai con una voz profunda, gélida y cargada de una autoridad inquebrantable—.
Tus mercenarios están desarmados, los rehenes están libres y los collares desactivados.
El barco en el mar y la plataforma en Zierbena están en manos de la justicia.
No te queda nada salvo el peso de tus crímenes.
Urrutia apretó los dientes con rabia y bajó el pulgar para activar el conmutador de mercurio.
En esa fracción de segundo, Unai Etxebarria se lanzó hacia adelante con una velocidad sobrehumana.
Propinó una patada frontal precisa sobre la muñeca derecha de Urrutia, proyectando el detonador por encima de la barandilla de la pasarela, que cayó en el vacío de doscientos metros hasta perderse en las aguas profundas del fondo del pozo.
Urrutia intentó sacar un revólver Smith & Wesson del bolsillo de su abrigo, pero Unai lo agarró por la solapa y el brazo, le aplicó una proyección de cadera de judo sobre la rejilla metálica, le inmovilizó el brazo a la espalda con una luxación articular controlada y le colocó los grilletes de acero con un chasquido rotundo.
—Marcos Urrutia... quedas detenido por alta traición, secuestro continuado, homicidio en grado de tentativa y terrorismo químico —decretó Unai con el aliento agitado sobre la nuca del prisionero.
En el interior del búnker, antes de ser neutralizado, uno de los mercenarios había golpeado con una barra de hierro la válvula de escape del Reactor Químico 2 , provocando una fractura en la tubería de purga de alta presión.
Un chorro de vapor químico blanquecino y acre, compuesto por disolvente organofosforado de alta toxicidad ( paraoxón derivado ) y vapores de ácido clorhídrico, comenzó a inundar la nave subterránea a gran velocidad.
La alarma acústica del detector Dräger X-am 8000 de Miren comenzó a emitir pitidos estridentes.
—¡Alerta química nivel 3! —gritó Miren a los operadores de Berrozi—. ¡Concentración de organofosforados en cincuenta partes por millón! ¡Colocad de inmediato las máscaras de circuito cerrado a los rehenes y evacuad la galería hacia la chimenea de ventilación!
Miren colocó con rapidez las capuchas de rescate con suministro de aire Dräger Saver CF a los seis ingenieros liberados, guiándolos a través del pasillo de acceso hacia la base de la chimenea de ventilación número 4.
El cabo Aldai y el sargento Agirre instalaron en la repisa superior un sistema de tracción y poleas de rescate vertical Petzl Jag Traxion con cuerda estática de once milímetros y torno de elevación a batería.