CAPÍTULO 11 — LA TRANSFERENCIA HIPERBÁRICA Y EL ASEDIO AL CONVOY DE LA A-8 #4
Miren caminaba en el centro del dispositivo táctico, vigilando la pantalla digital del detector multigas Dräger X-am 8000 .
—Oxígeno en diecinueve coma cinco por ciento, monóxido de carbono en doce partes por millón y metano por debajo del cero coma dos por ciento del límite inferior de explosividad (LEL) —susurró Miren a Unai—.
La atmósfera es respirable sin máscaras autónomas por ahora, pero la concentración de sulfhídrico está aumentando lentamente.
Estamos cerca de los tanques de decantación química.
A ambos lados del túnel, los antiguos puntales de madera de pino centenarios crujían bajo el peso de millones de toneladas de roca mineral, recordando a cada paso la fragilidad extrema de aquel laberinto subterráneo excavado a golpe de barrena y dinamita en el siglo XIX.
Unai avanzaba en cabeza con el visor nocturno acoplado, detectando mediante termografía infrarroja las huellas de calor residual dejadas por las botas de los guardias sobre las vigas de hierro.
A las ocho en punto de la noche, al alcanzar la bifurcación que conducía al polvorín central de la galería 5, el visor térmico de Unai iluminó dos siluetas humanas apostadas tras un parapeto de sacos terreros reforzados con planchas de acero.
Los dos centinelas mercenarios —equipados con fusiles de asalto compactos CZ Scorpion Evo 3 y visores de visión nocturna de segunda generación— vigilaban el pasillo con un reflector infrarrojo fijo.
Unai levantó la mano izquierda, indicando al agente de asalto Iker Aldai la maniobra de cerco envolvente.
Aprovechando el sonido rítmico de una bomba de achique averiada que bombeaba agua sucia al fondo de la galería, Unai e Iker se sumergieron lentamente en el agua ferruginosa hasta el cuello, avanzando por los laterales del túnel ocultos tras los puntales de madera.
Al colocarse a dos metros por la espalda de los centinelas, Unai emergió del agua con la precisión y el sigilo de una sombra.
Sujetó al primer guardia por la barbilla y la base del cráneo, aplicándole una técnica de control biomecánico que lo desarmó e inmovilizó contra el suelo sin emitir un solo gemido.
Simultáneamente, el agente Aldai neutralizó al segundo tirador mediante una descarga paralizante de pistola eléctrica Taser X26P , retirándole el arma y asegurando las muñecas con bridas de alta resistencia de polímero.
Miren se aproximó con rapidez, comprobó los pulsos carotídeos y colocó mordazas de tela para garantizar que no pudieran alertar al búnker central.
—Los dos centinelas están neutralizados y estables —informó Miren en un susurro—. No ha habido disparos ni alarmas acústicas.
A las ocho y cuarto de la noche, el equipo de asalto alcanzó el final del túnel de la cota menos ciento cincuenta metros, donde una colosal compuerta acorazada de acero balístico sellaba el acceso al laboratorio central de la Galería 7 .
Unai extrajo de su chaleco una sonda endoscópica de fibra óptica flexible de dos milímetros de diámetro con microcámara térmica y la deslizó por el resquicio inferior de la junta de goma de la compuerta.
En la pantalla del monitor de pulsera de Unai, la imagen en alta definición reveló el interior del complejo clandestino.
Una nave subterránea de seiscientos metros cuadrados iluminada por potentes focos halógenos, presidida por tres reactores químicos de acero inoxidable, hileras de ordenadores centrales y una armería pesada.
En el centro de la estancia, custodiado por ocho mercenarios fuertemente armados, se encontraba el exdirector portuario Marcos Urrutia , un hombre corpulento de cincuenta y ocho años con chaqueta técnica y gafas de montura de titanio, que supervisaba la carga de tres maletines blindados con discos duros maestros y fajos de billetes de alta denominación.
En el fondo de la nave, atados a los pilares maestros de sostenimiento mediante cadenas de acero, se encontraban seis ingenieros de minas y geólogos secuestrados , cada uno de ellos con un collarín explosivo de plástico C-4 conectado por cableado eléctrico a una consola de detonación por radiofrecuencia colocada en la mesa de Urrutia.
Junto a la consola, un temporizador digital con dígitos rojos luminosos marcaba una cuenta regresiva implacable.
02 : 45 : 18 (Dos horas, cuarenta y cinco minutos y dieciocho segundos para la detonación masiva).
Unai retiró la sonda endoscópica, se volvió hacia Miren y sus operadores de Berrozi y les transmitió con una mirada de acero la magnitud del desafío final.
—Seis rehenes con collares explosivos y ocho mercenarios armados al otro lado de esa compuerta —susurró Unai—.
La puerta está electrificada con trescientos voltios y la carga C-4 está armada.
Miren, tú entrarás con el equipo de inhibición de radiofrecuencia para cortar la señal del detonador mientras nosotros neutralizamos a los tiradores. Es la hora de la verdad.
Miren asintió con una firmeza absoluta, ajustando el arnés de su equipo médico y sosteniendo la mirada del sargento con un juramento tácito de victoria y coraje en las entrañas de la tierra de hierro.