El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 11 — LA TRANSFERENCIA HIPERBÁRICA Y EL ASEDIO AL CONVOY DE LA A-8
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CAPÍTULO 11 — LA TRANSFERENCIA HIPERBÁRICA Y EL ASEDIO AL CONVOY DE LA A-8

El buque de apoyo María de Maeztu mantenía su sistema de posicionamiento dinámico mediante propulsores azimutales, compensando el oleaje de cinco metros que sacudía la superficie y permitiendo un descenso milimétrico de la campana guiada por cables de acero lastrados.

En el interior del hábitat submarino sumergido, la doctora Miren Mendiluze y el sargento Unai Etxebarria supervisaban el sellado de la esclusa de transferencia bajo presión ( Transfer Under Pressure - TUP ).

Miren vestía el mono térmico sobre el que llevaba el arnés con el monitor de telemetría de gases.

Comprobó la aguja del manómetro de la cámara principal.

—Presión interna en cuatro coma cinco atmósferas absolutas (ATA), equivalente a una cota de saturación de treinta y cinco metros de columna de agua —anunció Miren a través del intercomunicador de la consola—.

La atmósfera contiene una mezcla de helio y oxígeno ( Heliox 80/20 ) con una presión parcial de oxígeno de cuatrocientos milibares.

Si despresurizamos esta esclusa aunque sea una décima de bar durante el acoplamiento, los doce buceadores sufrirán una liberación masiva de microburbujas de helio en el torrente sanguíneo, provocando una embolia gaseosa cerebral y un infarto medular fulminante.

Unai Etxebarria, con el subfusil MP5 terciado a la espalda y los guantes de neopreno asegurados, operaba la palanca de cierre del collarín hidráulico de unión.

Las cuatro mordazas de acero de trescientas toneladas mordieron la brida exterior de la campana Aralar-1 con un chasquido metálico rotundo y seco que vibró a lo largo de toda la estructura de la plataforma.

—¡Acoplamiento mecánico fijado y estanqueidad hidrostática verificada a seis bar! —confirmó Unai.

Miren abrió despacio la válvula de ecualización de presión entre el hábitat y la campana de rescate.

El flujo de gas silbó a través de los conductos de paso hasta que los dos manómetros se nivelaron exactamente en cuatro coma cincuenta y dos bar.

A continuación, la cirujana giró la rueda de mariposa de la escotilla interior y abrió la compuerta de paso hacia la campana.

Los doce buceadores secuestrados —encabezados por el veterano buzo de saturación de la Armada Íñigo Salgado, de cuarenta y cuatro años— comenzaron a cruzar la esclusa uno a uno en fila india, ayudados por los dos operadores de Berrozi que los acomodaron en los asientos acolchados de la campana esférica de salvamento.

A las doce y diez minutos del mediodía, tras completar el trasbordo de los doce rehenes y de los cuatro mercenarios detenidos en compartimentos hiperbáricos estancos independientes, Unai e Miren cerraron la compuerta de fondo y aseguraron el desacoplamiento de la campana.

El chigre de tracción del buque María de Maeztu comenzó a virar el cable de acero a una velocidad constante y controlada de seis metros por minuto.

La campana Aralar-1 emergió a la superficie del mar en mitad del oleaje embravecido de Punta Lucero, siendo izada por la gran grúa pórtico de popa y depositada con suavidad sobre la cubierta de transporte del buque.

Quince minutos después, el María de Maeztu atracó en el muelle pesquero de Zierbena, donde un despliegue masivo de seguridad de la Ertzaintza aguardaba bajo la lluvia pertinaz.

En el muelle se encontraba estacionado el Camión Plataforma de Transporte Hiperbárico Móvil de Osakidetza , un vehículo pesado de tres ejes con una cámara de descompresión sobre chasis blindado conectable a la red hospitalaria.

La grúa portuaria transfirió la campana Aralar-1 sobre la cama del camión, sellando las mangueras de soporte vital que mantenían la mezcla de Heliox y el sistema de climatización a veintiocho grados centígrados para evitar la hipotermia severa de los buceadores.

Unai Etxebarria, pertrechado con su chaleco balístico nivel IV, casco Ops-Core y subfusil con cuatro cargadores de treinta proyectiles perforantes, subió al primer Toyota Land Cruiser blindado del convoy.

—Atención a todas las unidades de escolta —ordenó Unai por la frecuencia de mando policial—.

Formación de convoy en diamante reforzado: vehículo guía Alfa en cabeza, furgón de transmisiones de Berrozi en el flanco izquierdo, camión hiperbárico en el núcleo central, dos todoterrenos de cobertura en retaguardia y el helicóptero Águila 01 en vigilancia aérea a trescientos metros.

Ruta asignada: incorporación por el enlace de Zierbena a la autopista A-8 en sentido Bilbao, cruzando el viaducto de Rontegi hasta la rampa de emergencias del Hospital de Cruces.

Velocidad sostenida de ochenta kilómetros por hora.

Fuego de respuesta inmediato ante cualquier intento de intercepción.

Miren subió al habitáculo médico del camión hiperbárico junto a los técnicos especialistas, colocándose los auriculares de monitorización de constantes vitales.

—Estamos en marcha, Unai. Los doce pacientes mantienen presiones parciales de gas estables y saturación de oxígeno por encima del noventa y siete por ciento.

El convoy policial encendió las sirenas bitonales y las luces rotativas azules, abandonando los muelles de Zierbena y enfilando el carril de aceleración de la autovía del Cantábrico bajo un cielo cerrado de tormenta.

A las doce y cuarenta minutos, el convoy policial avanzaba a velocidad constante por la autopista A-8 a la altura del kilómetro ciento veintiocho, entre las salidas de Gallarta y Trapagaran, en un tramo encajonado entre los taludes rocosos de las antiguas minas de hierro y el viaducto elevado.

El tráfico civil ordinario había sido desviado por patrullas de la Ertzaintza de Tráfico dos kilómetros por delante para despejar los tres carriles de la calzada.

De repente, la radio del helicóptero Águila 01 estalló con una alarma de máxima prioridad.

— ¡Bravo-Líder, atención! ¡Alerta de emboscada!

Dos camiones hormigonera pesados de cuatro ejes han salido a gran velocidad desde la pista forestal de La Arboleda, saltándose la mediana de hormigón y cruzándose en mitad de los tres carriles de la A-8 a trescientos metros por delante de vuestra posición.

Antes de que el vehículo guía pudiera frenar, desde el talud rocoso arbolado situado a la derecha de la calzada y desde la pasarela superior de mantenimiento minero, un comando de diez tiradores mercenarios vestidos con monos de camuflaje urbano y chalecos balísticos pesados abrió fuego coordinado contra el convoy policial.

Una lluvia torrencial de proyectiles perforantes de calibre siete coma sesenta y dos por cincuenta y un milímetros disparados por fusiles de asalto FN FAL y ametralladoras ligeras PKM comenzó a golpear el capó y el parabrisas blindado del vehículo de cabeza.

Simultáneamente, desde la pasarela superior, un mercenario disparó un cohete antitanque ligero RPG-7 .

El proyectil de carga hueca cruzó el aire con un rastro de humo blanco y estalló contra el bloque motor del todoterreno guía, levantando una llamarada colosal de fuego y fragmentos de blindaje que hicieron volcar el vehículo sobre el arcén izquierdo.

—¡Emboscada! ¡Todos los vehículos a posiciones de defensa perimétrica! —bramó Unai por la radio mientras el conductor de su Land Cruiser clavaba los frenos y cruzaba el todoterreno en ángulo de cuarenta y cinco grados para crear una barrera balística de protección frente al camión hiperbárico.

Las puertas blindadas de los vehículos de Berrozi se abrieron de golpe y ocho operadores de asalto salieron al asfalto empapado por la lluvia, desplegando escudos balísticos de titanio y parapetándose tras las ruedas y los bloques de motor.

El sargento Unai Etxebarria se situó en el flanco derecho del camión hiperbárico con su subfusil MP5 , abriendo fuego selectivo de precisión contra los tiradores apostados en el talud rocoso.

Tres proyectiles de nueve milímetros alcanzaron al tirador de la ametralladora pesada en el pecho y el hombro, silenciando el fuego de saturación que amenazaba con perforar los depósitos de helio del módulo médico.

El cabo Gorka Lizaso, que avanzaba en cuña corta para flanquear la pasarela superior con un fusil HK G36C , recibió el impacto de un proyectil de rebote en el brazo izquierdo, que le atravesó el músculo deltoides y la cara lateral del brazo, cayendo sobre el asfalto con el arma asegurada pero con una profusa hemorragia arterial.

Unai vio caer a su cabo y no vaciló un instante.

Lanzó una granada de humo denso CTS 7290 que cubrió el espacio intermedio en una niebla blanca impenetrable, cruzó la calzada a la carrera bajo el fuego enemigo, agarró a Lizaso por el asa de rescate del chaleco balístico y lo arrastró con fuerza titánica hacia el interior del habitáculo protegido del camión hiperbárico.

—¡Miren, tengo a Lizaso herido de bala en miembro superior izquierdo con sangrado arterial activo! —gritó Unai mientras cerraba la compuerta blindada del camión tras de sí.

En el habitáculo asistencial del camión, la doctora Miren Mendiluze ya tenía preparado el equipo de hemostasia de urgencia y los sueros presurizados.

Tumbó al cabo Lizaso sobre la camilla de exploración mientras el tableteo ensordecedor de los disparos continuaba repiqueteando contra el blindaje exterior del camión de transporte.

Con unas tijeras de trauma de alta resistencia, Miren rasgó la manga del mono táctico empapada en sangre caliente y evaluó la herida bajo la potente luz LED del techo.

—Orificio de entrada y salida en tercio medio del brazo izquierdo con sección parcial de una rama colateral de la arteria braquial profunda —diagnosticó Miren con rapidez profesional y serenidad absoluta—.

El pulso radial está débil pero presente; no hay sección del nervio radial ni fractura del húmero.

Miren aplicó una pinza hemostática de Halsted-Mosquito de punta curva directamente sobre el vaso sangrante en el fondo de la herida, colapsando el punto de fuga en escasos diez segundos.

—Pásame una ligadura de seda trenzada del dos ceros y una gasa hemostática de caolín QuikClot —ordenó Miren al enfermero táctico.