CAPÍTULO 10 — LA CIRUGÍA DE COMBATE Y EL MISTERIO DE LA PLATAFORMA GAVIOTA #3
Se ajustó el arnés de buceo pesado con bibotella de acero de quince litros a doscientos treinta bar cargada con mezcla de Nitrox 32 (treinta y dos por ciento de oxígeno y sesenta y ocho por ciento de nitrógeno), lo que permitía una presión parcial de oxígeno óptima de uno coma cuarenta y cuatro ATA a treinta y cinco metros de profundidad, reduciendo drásticamente el tiempo de descompresión y el riesgo de narcosis de nitrógeno.
Ajustó la máscara facial completa de presión positiva Interspiro Divator AGA , conectando el sistema de comunicaciones subacuáticas por ultrasonidos OTS Buddy Phone integrado en el visor.
En el muslo derecho portaba un cuchillo de rescate de titanio y en el brazo izquierdo el ordenador de buceo técnico Suunto EON Steel configurado según el algoritmo Bühlmann ZHL-16C con factores de gradiente conservadores 30/70.
Unai revisó minuciosamente cada latiguillo, válvula de inflado y manorreductor del equipo de Miren.
Comprobó la hermeticidad del cuello de látex, la estanqueidad de los manguitos estancos de las muñecas y la fijación de la linterna primaria LED de cuatro mil lúmenes Halcyon Focus .
—El sellado es perfecto, Miren —dijo Unai con voz pausada, ajustándole la correa del casco de buceo—.
A treinta y cinco metros el agua estará a diez grados centígrados y la visibilidad no superará los dos metros por el fango en suspensión que levanta el oleaje en la base de la plataforma.
Mantente en todo momento sujeta a mi cabo de vida de tres metros.
Si hay fuego cruzado en la esclusa, te parapetas tras la estructura de la cámara de transferencia hasta que yo te dé la señal de « Zona Limpia ».
Miren le sostuvo la mirada a través del visor de cristal de la máscara, transmitiéndole una serenidad y un coraje que desafiaban la furia del océano.
—Sé exactamente lo que tengo que hacer, Unai. Vamos a sacar a esos hombres con vida.
A las diez y veinte de la mañana, la silueta colosal y oxidada de la plataforma marina Gaviota-Sur emergió de entre la bruma del Cantábrico a seis millas de la costa de Zierbena.
La mole de acero se alzaba cuarenta metros sobre la superficie del mar, con sus cuatro patas tubulares gigantescas de cuatro metros de diámetro ancladas en el lecho marino.
Olas colosales de seis metros rompían con violencia atronadora contra la estructura de celosía, levantando explosiones de espuma blanca que cubrían las pasarelas inferiores.
En la cubierta del helipuerto superior, dos tiradores mercenarios armados con fusiles de francotirador pesados Barrett M82 de calibre doce coma siete milímetros vigilaban el horizonte marítimo.
El suboficial Agirre redujo la marcha de la Itsas-Zaintza a doscientos metros de la estructura, manteniéndose en el sector de sotavento para ocultar la maniobra de despliegue submarino.
—¡Águila 01 en posición de asalto aéreo sobre el cuadrante norte! —anunció el oficial de derrota—. Inicio de la operación sincronizada en diez segundos.
Unai, Miren y los dos buceadores de asalto de la Ertzaintza —el cabo Mikel Zárate (que se había incorporado como apoyo de superficie tras su heroica recuperación) y el agente Iker Aldai— se colocaron en la plataforma de salto de popa de la patrullera.
—¡Buceadores al agua! —ordenó Unai.
Los cuatro especialistas saltaron al mar de espaldas de forma coordinada, sumergiéndose en el agua helada del Cantábrico.
En cuanto rompieron la superficie del agua, el ruido ensordecedor del temporal y del viento fue sustituido por el silencio denso y profundo del océano.
El agua era de un verde esmeralda oscuro que se tornaba en una penumbra azulada y gélida conforme descendían por la columna de agua.
Unai descendía en cabeza siguiendo el cabo guía lastrado con un plomo de cincuenta kilos que habían fijado en la pata número 3 de la plataforma.
Miren descendía a su lado, compensando la presión en los oídos mediante la maniobra de Valsalva cada dos metros de descenso: diez metros... veinte metros... treinta metros... treinta y cinco metros de profundidad.
A esa cota, el ordenador Suunto marcaba una presión ambiental de cuatro coma cinco bar .
Frente a ellos, iluminada por los haces de luz halógena de sus linternas primarias, apareció la gigantesca estructura submarina de la plataforma Gaviota-Sur .
Entre las vigas de celosía cubiertas de mejillones, anémonas gigantescas y algas laminarias, se encontraba suspendido un módulo cilíndrico de acero inoxidable de doce metros de longitud y tres metros de diámetro: el Hábitat Hiperbárico Clandestino .
En el extremo inferior del módulo se abría la esclusa de inmersión ( Moon Pool ), una campana abierta por abajo que mantenía una bolsa de aire a presión donde los buceadores podían acceder al interior sin despresurizar el complejo.
A través del intercomunicador acústico subacuático, la voz de Unai sonó nítida en los auriculares de Miren.
— Bravo-Líder a Equipo Submarino: Helitransporte de Berrozi ha tomado el helipuerto superior y neutralizado a los tiradores de superficie.
La jefa de la red, Karin Van Der Bilt, se encuentra en el interior del hábitat submarino intentando abrir las válvulas de cianuro.
Entramos por el Moon Pool en formación de brecha en tres, dos, uno... ¡arriba!
Unai emergió en el agua del Moon Pool , apoyó las manos enguantadas en el borde de la pasarela metálica y se impulsó hacia el interior del hábitat con la agilidad de un felino, con el subfusil MP5 preparado para abrir fuego.
La esclusa era una estancia cilíndrica iluminada con luces rojas de emergencia, con el suelo encharcado y un aire saturado por una mezcla densa de helio y oxígeno que distorsionaba los sonidos.
Al fondo del pasillo de acceso a las cámaras de vida, dos guardias mercenarios armados con pistolas submarinas Heckler & Koch P11 y subfusiles compactos abrieron fuego contra la boca de la esclusa.
Dos proyectiles impactaron contra el escudo balístico de titanio que Unai interpuso en el acto, levantando chispas y esquirlas de pintura.
Unai dio un paso al frente desde el agua, asomó el cañón de su subfusil por el lateral del escudo y abatió a los dos atacantes con dos ráfagas quirúrgicas que los neutralizaron en el acto sin causar deflagraciones en la atmósfera hiperbárica rica en oxígeno.
Miren y los dos buceadores de Berrozi salieron del agua inmediatamente tras él, asegurando la esclusa y cerrando la compuerta estanca de aislamiento de la cámara de entrada.
—¡Pasillo de acceso despejado! —anunció Unai—. Miren, a la consola de presurización. Nosotros entramos a la sala de cámaras de saturación.
Unai reventó la compuerta de la cámara principal con una patada de ariete.
En el interior de la sala de control hiperbárico, frente a una hilera de cuatro grandes cámaras cilíndricas de acero con ojos de buey de cristal blindado donde se encontraban atrapados los doce buceadores secuestrados, se encontraba la jefa de operaciones Karin Van Der Bilt .
La mujer, de cuarenta y cinco años, con el cabello rubio rapado en los laterales, mono táctico de combate y una mirada de fanatismo frío, empuñaba una pistola Glock 19 con una mano mientras que con la otra sujetaba la palanca de purga rápida de cianuro sódico conectada al circuito de respiración de las cámaras.
—¡Un solo movimiento y abro esta válvula! —bramó Van Der Bilt en inglés con un acento sudafricano cortante—. ¡Esos doce hombres morirán por asfixia celular antes de que podáis tocar esta consola!
Miren Mendiluze entró en la estancia por la espalda de Unai, despojándose de la máscara de buceo y hablando con una autoridad médica y moral que paralizó la mano de la mercenaria.
—Si abres esa válvula de cianuro a cuatro coma cinco atmósferas de presión, la sobrepresión del gas provocará una retroalimentación en este habitáculo que te matará a ti en menos de quince segundos, Van Der Bilt —advirtió Miren con una voz glacial y absolutamente verídica—.
Tus cómplices en tierra han caído todos: Elorriaga está en prisión, Richter ha confesado y el Nordic Star está capturado.
No hay rescate ni huida posible desde el fondo de este mar.
La mercenaria vaciló durante una fracción de segundo, mirando con desespero el manómetro de presión de la consola.
Ese milisegundo de duda fue todo lo que necesitó el sargento Unai Etxebarria.