El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 10 — LA CIRUGÍA DE COMBATE Y EL MISTERIO DE LA PLATAFORMA GAVIOTA
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CAPÍTULO 10 — LA CIRUGÍA DE COMBATE Y EL MISTERIO DE LA PLATAFORMA GAVIOTA

Una densa llamarada de color naranja y negro se elevó hacia el cielo encapotado de la fosa de Capbreton, acompañada por el silbido agudo de esquirlas metálicas que rasgaron el aire y chocaron contra la superestructura de la nave.

Una lancha rápida semirrígida de doce metros de eslora con casco de fibra de carbono negro y tres motores fueraborda de cuatrocientos caballos —la embarcación de apoyo y evacuación clandestina de la red bautizada como Shadow Ray — había surgido de entre la cortina de lluvia y niebla a más de cuarenta nudos de velocidad.

Desde la proa de la lancha atacante, dos mercenarios equipados con lanzagranadas automáticos Milkor MGL de cuarenta milímetros y fusiles de asalto pesados habían disparado una salva de proyectiles de alto explosivo contra el helipuerto de popa del Nordic Star , intentando destruir los servidores de navegación y eliminar a los operadores policiales antes de que las pruebas pudieran ser aseguradas.

El impacto directo destrozó la pasarela de estribor del helipuerto, proyectando una lluvia de acero candente y tablones de madera sobre el puesto de custodia donde tres agentes de la Unidad Especial de Intervención de Berrozi mantenían asegurados a los primeros prisioneros.

El cabo Gorka Lizaso salió despedido contra el mamparo de la chimenea por la onda expansiva, mientras el operador especialista en transmisiones Josu Barandika, de treinta y dos años, caía sobre la cubierta metálica con las manos en el pecho, gritando de dolor mientras una hemorragia arterial rutilante brotaba entre sus dedos enguantados.

Unai Etxebarria reaccionó con la velocidad fulminante de un veterano de operaciones especiales.

Se arrojó sobre Miren para cubrirla con su propio cuerpo balístico contra el suelo de chapa estriada mientras los fragmentos de metralla repiqueteaban contra el mamparo a escasos centímetros de sus cabezas.

—¡Tiradores en la banda de estribor a trescientos metros! —bramó Unai por el micrófono de garganta, desenfundando su subfusil MP5 —. ¡Equipo Alfa, fuego de contención desde el alerón del puente! ¡Lizaso, repliega a los heridos al interior de la camareta de oficiales!

Desde el alerón superior del puente, cuatro operadores de Berrozi abrieron fuego de respuesta selectivo con sus fusiles HK G36C , concentrando una cortina de proyectiles perforantes sobre el puesto de pilotaje de la lancha atacante.

El timonel de la Shadow Ray fue alcanzado en el hombro y el pecho, perdiendo el control del timón hidráulico.

La lancha viró en redondo de forma violenta sobre una ola de cinco metros, escorando de manera crítica y perdiéndose a toda velocidad hacia el norte en dirección a las aguas jurisdiccionales francesas.

Miren Mendiluze se incorporó de inmediato, desprendiéndose de la máscara de protección química y abriendo su maletín de cirugía de combate mientras el viento helado y el agua de mar le azotaban el rostro.

Corrió en cuclillas a lo largo de la pasarela destrozada hacia el lugar donde yacía el operador Josu Barandika.

El agente presentaba una palidez cérea extrema, diaforesis fría y una disnea agónica con respiración superficial y entrecortada a cuarenta ventilaciones por minuto.

Un fragmento irregular de metralla de acero de doce centímetros de longitud y borde dentado había penetrado por el hueco axilar izquierdo, justo por debajo del borde inferior de la placa cerámica del chaleco balístico, perforando el cuarto espacio intercostal y seccionando ramas de la arteria mamaria interna y del lóbulo pulmonar superior izquierdo.

La sangre arterial manaba a borbotones continuos a través del orificio torácico, mezclándose con burbujas de aire espumoso que emitían un siseo característico al compás de los movimientos respiratorios.

—¡Tenemos un neumotórax abierto y a tensión con hemotórax masivo en hemitórax izquierdo!

—diagnosticó Miren con una voz clara y firme que dominó el rugido del viento y las olas—.

El mediastino está desviado hacia la derecha y la vena cava inferior está colapsando.

La presión arterial sistólica está en cincuenta milímetros de mercurio y la saturación cayendo al setenta por ciento.

¡Si no descomprimimos el tórax en menos de cuarenta segundos entrará en asistolia por shock obstructivo!

Unai se arrodilló al lado de Miren, sujetando la cabeza y los hombros del agente herido con una firmeza inamovible.

—Dime qué necesitas, Miren. Estoy contigo.

—Pásame el catéter de descompresión torácica de catorce gauge de tres pulgadas y media y el tubo de drenaje pleural del calibre veintiocho French —ordenó Miren con precisión ejecutiva.

El cabo Echeveste le facilitó el instrumental estéril de la mochila de trauma.

Miren localizó por palpación anatómica rápida el segundo espacio intercostal en la línea medioclavicular izquierda.

Con pulso de acero, introdujo la aguja de descompresión perpendicularmente sobre el borde superior de la tercera costilla para evitar el paquete vasculonervioso intercostal.

En cuanto la cánula penetró en el espacio pleural, una violenta expulsión a presión de aire acumulado y más de trescientos mililitros de sangre oscura no coagulada emergió con un silbido potente que alivió de golpe la tensión intratorácica.

El tórax de Barandika se expandió de inmediato y el monitor portátil registró un ascenso de la saturación al ochenta y seis por ciento, mientras la frecuencia cardíaca descendía de ciento sesenta a ciento veintiocho latidos por minuto.

—Descompresión inicial conseguida —dictaminó Miren sin detenerse un solo segundo—.

Pero la hemorragia interna sigue activa por la laceración vascular.

Hay que colocar un tubo de tórax con sello de agua y realizar una toracotomía de control de daños en la camareta de oficiales de inmediato. ¡Ayudadme a moverlo hacia el interior!

Cuatro operadores de Berrozi trasladaron a Barandika en una camilla de rescate flexible Skedco al interior de la camareta de oficiales de la segunda planta, asegurando la camilla sobre la gran mesa de madera maciza mediante cinchas elásticas atornilladas a los mamparos.

El movimiento del buque sobre las olas de cinco metros era violento y continuo, obligando a los sanitarios a abrir el compás de las piernas para no perder el equilibrio.

Miren se lavó las manos con solución hidroalcohólica estéril, se enfundó dos pares de guantes de látex y se colocó las gafas de aumento quirúrgico con luz frontal de LED.

—Echeveste, canaliza una vía venosa central eco-guiada en la vena femoral derecha con un introductor de ocho French y conecta el calentador rápido de fluidos Belmont —instruyó Miren con una serenidad asombrosa—.

Pasa dos concentrados de hematíes de grupo cero negativo a trescientos mililitros por minuto a treinta y nueve grados centígrados y administra un gramo de ácido tranexámico en bolo intravenoso.

La cirujana tomó el bisturí del número diez con mango de acero.

—Realizo una toracotomía anterolateral izquierda en el quinto espacio intercostal —anunció Miren.

Trazó una incisión curvilínea limpia y precisa que comenzaba en el borde lateral del esternón y descendía siguiendo el pliegue submamario hasta la línea axilar media.

Seccionó la piel, el tejido celular subcutáneo y los músculos pectoral mayor y serrato anterior con electrobisturí portátil a batería.

Con una tijera de disección de Metzenbaum fina, incidió los músculos intercostales sobre el borde superior de la sexta costilla y abrió la pleura parietal con una pinza de Kelly .

Una oleada de más de un litro de sangre arterial rutilante y coágulos masivos brotó por la herida torácica, siendo evacuada de inmediato con una cánula de aspiración de Yankauer conectada al sistema de vacío de transporte.

Miren introdujo el separador costal de Finochietto , abriendo las ramas de acero mediante la manivela giratoria para separar los arcos costales quinto y sexto y exponer ampliamente la cavidad pleural izquierda.

Bajo el foco quirúrgico, se apreciaba una laceración de cuatro centímetros en la cara anterior del lóbulo superior del pulmón izquierdo y un desgarro activo en la arteria mamaria interna izquierda, de donde brotaba un chorro pulsátil continuo que amenazaba con vaciar la volemia del agente en escasos minutos.

Miren no vaciló.

Introdujo la mano izquierda enguantada en la cúpula torácica, comprimiendo con el dedo índice y el pulgar el vaso sangrante contra la cara posterior del esternón para detener la hemorragia arterial en el acto.

—Pásame una pinza vascular de DeBakey y una sutura de polipropileno Prolene de tres ceros con aguja semicircular de veintiséis milímetros —pidió Miren con voz templada.

El cabo Echeveste depositó el portaagujas en la mano derecha de la cirujana.

Miren liberó con milimétrica suavidad la presión digital mientras disecaba los extremos retraídos de la arteria mamaria interna.

Pasó un punto de transfixión en ocho alrededor del cabo proximal del vaso, anudándolo con cinco nudos planos de cirujano que colapsaron la luz vascular por completo.

A continuación, pasó un segundo punto hemostático en el cabo distal, comprobando que el sangrado arterial cesaba de forma absoluta.

Para la laceración del parénquima pulmonar, Miren aplicó la técnica de neumorrafia hemostática .

Aproximó los bordes desgarrados del tejido pulmonar con una sutura continua invaginante con hilo reabsorbible de Vicryl de tres ceros, interponiendo una lámina de agente hemostático de colágeno y trombina Floseal en el fondo de la herida para sellar las fugas aéreas alveolares y capilares.

Tras irrigar la cavidad torácica con dos litros de suero salino templado a treinta y ocho grados para lavar los restos hemáticos y prevenir la hipotermia, Miren colocó dos tubos de drenaje torácico del número veintiocho French (uno apical para evacuación de aire y otro basal para drenaje de líquido), conectándolos a un sistema de sello de agua con aspiración continua a menos veinte centímetros de agua.