El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 9 — LA NAVEGACIÓN EN MAR GRUESA Y LA INSERCIÓN AERONAVAL #4
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CAPÍTULO 9 — LA NAVEGACIÓN EN MAR GRUESA Y LA INSERCIÓN AERONAVAL #4

—Richter, suelta esa granada y aparta la mano de la purga —ordenó Unai con una calma glacial y letal—.

Tu red está desmantelada en tierra: Elorriaga está detenido, Barandiaran ha confesado y el Nordic Horizon está bajo custodia judicial.

Si tiras de esa anilla solo conseguirás ahogarte en tu propio veneno.

Richter soltó una carcajada histérica y comenzó a traccionar de la anilla.

En esa fracción de segundo, Unai apretó el disparador.

Un único proyectil subsónico perforó con precisión milimétrica la articulación del codo derecho de Richter, destrozando el tendón del bíceps e inutilizando su brazo antes de que pudiera completar el movimiento de extracción del pasador de la granada.

La granada cayó al agua sin detonar, hundiéndose en el fondo de la sentina.

Richter se desplomó sobre la rejilla de la plataforma gritando de dolor.

Miren subió los peldaños de la pasarela con la rapidez del rayo, empujó al químico lejos de la consola y le colocó un vendaje compresivo hemostático en el brazo herido, asegurando su custodia mientras Unai se lanzaba hacia el acceso sumergido de las válvulas de fondo.

La válvula principal de inundación marina —una válvula de mariposa de tres pasos tipo Kingston de cuatrocientos milímetros de diámetro— se encontraba situada a dos metros bajo la superficie del agua acumulada en el pozo de sentina de proa.

El torrente de agua de mar entraba a una velocidad de veinte nudos por el conducto abierto en el casco, generando un remolino de succión descomunal que amenazaba con atrapar cualquier cuerpo contra la rejilla de fondo.

Unai no dudó.

Se ajustó la máscara facial Dräger a máxima presión positiva, tomó la llave de volante de acero forjado de un metro de longitud y se sumergió por completo en el agua oscura, fría y contaminada de la sentina.

Bajo la superficie, la visibilidad era nula.

Unai descendió guiándose únicamente por el tacto a lo largo de la tubería principal de aspiración, sintiendo la fuerza brutal del flujo hidrodinámico tirando de sus piernas hacia el orificio de entrada.

Localizó el vástago de la válvula Kingston .

Acopló la llave de acero a la tuerca de mando y comenzó a girar el mecanismo con un esfuerzo muscular titánico, venciendo la resistencia de toneladas de presión hidrostática que empujaban la compuerta en sentido contrario.

En la plataforma superior, Miren observaba el cronómetro de su muñeca y el manómetro de nivel de la sentina con el corazón latiendo con fuerza.

Pasaron cuarenta y cinco segundos... sesenta segundos... setenta y cinco segundos interminables bajo el agua.

Las burbujas de escape del regulador de Unai subían a la superficie en un borboteo continuo.

En el segundo ochenta, el flujo de agua en la sentina se detuvo en seco con un chasquido metálico rotundo.

La válvula Kingston había sido cerrada y sellada manualmente hasta el último hilo de rosca.

La cabeza de Unai emergió del agua, jadeando a través de la máscara y tosiendo por el esfuerzo sobrehumano, pero con los ojos encendidos por el fuego de la victoria.

Se agarró a la barandilla de la pasarela y Miren extendió sus dos brazos con toda su fuerza, ayudándolo a izarse sobre el suelo firme de la plataforma.

Miren le retiró la máscara facial a Unai, comprobando su frecuencia respiratoria y la ausencia de síntomas de intoxicación por gases.

—¡Las válvulas están cerradas y el nivel de agua se ha estabilizado!

—anunció Miren con una sonrisa radiante y los ojos brillantes de emoción—.

Las bombas de achique portátiles de la patrullera acaban de ser conectadas desde la cubierta superior.

La sobrepresión de los reactores ha bajado a tres bar en rango de seguridad total.

Unai se apoyó contra el mamparo de acero, empapado de pies a cabeza en agua salada y fuel, pero con el pecho hinchado por el alivio inmenso de haber evitado el desastre ecológico y humano que amenazaba a su tierra.

Miró a Miren Mendiluze, que permanecía a su lado en mitad del infierno de aquella bodega, con el rostro salpicado de agua y la bata de cirujana empapada, convertida en el ángel protector que había guiado cada uno de sus pasos desde aquella primera noche en el Box de Cruces.

Unai levantó sus brazos pesados y la estrechó contra su pecho con una fuerza inmensa, protectora y apasionada.

Miren rodeó el cuello del sargento con sus brazos, cerrando los ojos y dejando que sus frentes se unieran en un silencio sagrado que borraba el olor a veneno y el rugido de la tormenta.

—Lo hemos conseguido, Unai —susurró Miren con la voz quebrada por la felicidad—. El mar está a salvo. Toda nuestra gente está a salvo.

Unai besó suavemente la sien húmeda de la doctora, sintiendo cómo el calor de la vida y del amor derrotaba para siempre a las sombras de las aguas oscuras.

—Gracias a ti, Miren. Siempre gracias a ti.

En la cubierta superior, los motores de la patrullera Itsas-Zaintza y el helicóptero de la Ertzaintza iniciaban las maniobras de remolque y aseguramiento del buque factoría capturado hacia el puerto de Bermeo, bajo la luz triunfante de un nuevo día que iluminaba la costa vasca con la fuerza de la justicia y la dignidad recuperadas.