El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 9 — LA NAVEGACIÓN EN MAR GRUESA Y LA INSERCIÓN AERONAVAL #3
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CAPÍTULO 9 — LA NAVEGACIÓN EN MAR GRUESA Y LA INSERCIÓN AERONAVAL #3

Miren se aferró a la escala de peldaños de kevlar y trepó los seis metros de francobordo con una determinación inquebrantable, manteniendo los ojos fijos en la regala superior donde dos operadores de Berrozi la recibieron con las manos tendidas, izándola a la cubierta del Nordic Star con un movimiento seguro y coordinado.

Al pisar las planchas de acero del buque factoría, Miren sintió la vibración anormal y pesada del casco: el barco comenzaba a escorar tres grados a estribor por el peso del agua de mar que entraba a borbotones en las sentinas.

A escasos metros de la escotilla de acceso a la superestructura, tendido sobre un paño de lona impermeable, se encontraba el operador de Berrozi Ander Goikoetxea, de veintinueve años, alcanzado en el muslo izquierdo por un rebote de metralla durante el asalto al helipuerto.

Miren se arrodilló de inmediato a su lado, rasgó el pantalón táctico con las tijeras de trauma de Lister y evaluó la herida.

—Laceración muscular en la cara anterolateral del muslo izquierdo sin afectación del paquete vascular femoral —diagnosticó Miren con rapidez profesional—. Pulso pedio y tibial posterior presentes y simétricos.

Aplicó un torniquete táctico Combat Application Tourniquet (CAT Gen 7) cinco centímetros por encima de la herida, empaquetó el lecho lesional con gasa hemostática impregnada en caolín QuikClot Combat Gauze ejerciendo presión manual directa durante tres minutos, y selló la zona con un vendaje compresivo elástico de emergencia israelí de seis pulgadas.

Administró un gramo de ácido tranexámico por vía intravenosa y cincuenta microgramos de fentanilo transmucoso para el dolor.

—El agente está estabilizado y listo para su custodia en el puente —informó Miren a los operadores—. Ahora llevadme con el sargento Etxebarria a la entrada de las bodegas.

Miren subió a la cubierta principal y se encontró con Unai Etxebarria junto a la escotilla blindada que conducía a la Bodega 2.

Unai se había colocado la máscara panorámica de respiración autónoma Dräger conectada a la botella de aire comprimido a trescientos bar y portaba en la mano una linterna estanca subacuática de alta potencia y una cizalla de corte hidráulico.

Al ver llegar a Miren ilesa y con el instrumental médico preparado, los ojos del sargento reflejaron un alivio inmenso y una admiración que trascendía las palabras.

—Miren... el químico jefe está atrincherado en la sala de reactores de la Bodega 2 —explicó Unai a través de la membrana fónica de la máscara—.

El agua de mar ya cubre el suelo de las sentinas a más de un metro de profundidad y el nivel sigue subiendo.

Los reactores están alcanzando los doscientos grados de temperatura.

Si las válvulas de fondo no se cierran manualmente desde el interior del pañol sumergido en menos de ocho minutos, el buque se partirá en dos por sobrepresión hidrostática.

Miren se colocó su propia máscara de protección química con filtro multigas combinado ABEK2-P3.

—El Neurocaine-7 en contacto con agua salada a alta temperatura libera vapores de cianuro y fosgeno por hidrólisis ácida —advirtió Miren con absoluta firmeza—.

Llevo ampollas de hidroxocobalamina (vitamina B12a) a dosis de cinco gramos y tiosulfato sódico en el maletín.

Bajaré contigo a esa bodega, Unai. No dejaré que entres solo en esa trampa química.

Unai la miró fijamente a través del visor de cristal de la máscara, comprendiendo que ninguna fuerza en la tierra apartaría a aquella mujer de su deber y de su lado.

—Nos mantendremos unidos en cada paso, Miren. Vamos a cerrar esas válvulas y a salvar este mar.

Unai giró la rueda de mariposa de la escotilla blindada, tiró de la pesada chapa de acero hacia arriba y ambos se adentraron en el abismo oscuro, humeante e inundado de las entrañas del Nordic Star .

El descenso por la escala de gato vertical hacia la Bodega 2 fue una inmersión directa en una pesadilla industrial.

A cuatro metros bajo el nivel de la cubierta principal, el aire era una masa densa y recalentada de vapores químicos ácidos que empañaban los cristales de las máscaras de respiración.

El agua marina, gélida y mezclada con manchas iridiscentes de combustible pesado y disolventes orgánicos, cubría el suelo de rejilla metálica alcanzando ya la altura de la cintura de los rescatadores.

El rugido ensordecedor del agua entrando a presión por las tomas de fondo inundaba la estancia con un eco cavernoso, mientras los mamparos de acero crujían bajo el aumento de la presión hidrostática externa.

Unai avanzaba en cabeza con el agua al pecho, apartando bidones plásticos flotantes y cajas de embalaje que chocaban contra sus hombros arrastrados por la corriente interna.

Miren lo seguía a escasos centímetros, sujetándose a las tuberías superiores de acero inoxidable y manteniendo en alto la mochila estanca con los fármacos y el desfibrilador.

El haz de luz halógena de la linterna subacuática de Unai cortaba la turbidez del líquido, revelando en el fondo de la bodega la estructura colosal de los dos reactores químicos continuos de lecho fluidizado de acero Hastelloy , cuyos manómetros de presión marcaban una sobrepresión crítica de catorce bar en la zona roja.

Junto a la pasarela superior de los reactores, subido sobre una plataforma metálica para evitar el agua, se encontraba el químico jefe de la organización, el doctor alemán Gerhard Richter .

Richter, de cincuenta y cuatro años, vestía un mono de protección química amarillo rasgado y una máscara de gas militar.

Con la mano izquierda manipulaba febrilmente la palanca de purga térmica del reactor número 1, mientras que con la mano derecha sostenía una granada de fósforo blanco M34 , con el dedo índice introducido en la anilla de seguridad.

—¡Si dais un solo paso más hacia esa consola, desanillo la granada y quemaré los reactores con todos nosotros dentro! —chilló Richter con una voz distorsionada por la membrana de su máscara—. ¡Nadie saldrá vivo de esta fosa!

Unai se detuvo en el agua, haciendo una señal imperceptible a Miren para que se cubriera tras el mamparo de la caldera auxiliar.

El sargento levantó despacio su subfusil MP5 a la altura de los ojos, apoyando la culata contra el hombro a pesar del movimiento oscilante del agua que le llegaba al esternón.