CAPÍTULO 9 — LA NAVEGACIÓN EN MAR GRUESA Y LA INSERCIÓN AERONAVAL
A las seis y veinticinco de la mañana, la patrullera de altura Itsas-Zaintza cruzó la bocana del puerto de Bermeo, adentrándose en el canal exterior que rodeaba los bajos rocosos de la isla de Ízaro.
La alborada invernal despuntaba sobre el horizonte en una franja estrecha de luz plomiza y cobriza, recortando los acantilados verticales del cabo de Matxitxako contra un cielo cubierto por densos nubarrones de tormenta que avanzaban desde el golfo de Vizcaya.
El temporal del norte había arreciado durante la madrugada, alcanzando fuerza ocho en la escala de Beaufort, con vientos huracanados sostenidos de noventa kilómetros por hora y rachas que superaban los cien kilómetros por hora.
Olas gigantescas de seis metros de altura, con crestas espumosas y lomos de un verde esmeralda oscuro y amenazante, chocaban con violencia contra el tajamar de aluminio naval de la patrullera.
El impacto inicial levantó una cortina colosal de agua marina pulverizada que barrió la cubierta de proa, haciendo crujir las cuadernas reforzadas con un gemido metálico sordo que vibró a lo largo de toda la quilla.
En el puente de mando blindado, el suboficial Joseba Agirre mantenía las dos manos firmes sobre los mandos de aceleración de los motores MTU , calculando con precisión de cirujano el ángulo de ataque para cortar los senos de las olas sin comprometer la estabilidad del buque.
A su lado, el oficial de derrota ajustaba los parámetros del radar de barrido electrónico Furuno FAR-3000 , cuyo haz giratorio barría las aguas exteriores de la fosa de Capbreton.
—Tenemos mar arbolada con periodo de ola de diez segundos y corriente de deriva de dos nudos hacia el este —anunció el oficial de derrota con voz templada—.
El blanco radar del buque factoría Nordic Star permanece fijado en marcación cero-cero-cinco a diez coma ocho millas náuticas al norte de Matxitxako.
El barco ha comenzado a virar en redondo hacia el noreste, buscando el límite de las aguas internacionales para entrar en el corredor marítimo de Francia.
El sargento Unai Etxebarria, pertrechado con su mono de asalto marítimo ignífugo, chaleco balístico nivel IV con arnés integral de evacuación rápida, casco táctico Ops-Core con visor nocturno abatible y subfusil MP5 Navy colgado al pecho, observaba la rompiente del mar a través de los cristales blindados de doce milímetros de espesor.
A su lado, la doctora Miren Mendiluze se sujetaba a la barra de seguridad de acero inoxidable, con los pies firmemente asentados sobre la rejilla antideslizante del puente.
Miren vestía el traje térmico de rescate marítimo impermeable, con el chaleco salvavidas autoabrible de doscientos setenta y cinco newtons y el maletín de cirugía de combate y soporte vital avanzado sujeto a su costado mediante mosquetones de bloqueo automático.
Sus ojos verdes contemplaban la inmensidad del oleaje cantábrico con una serenidad admirable, sin mostrar el menor rastro de mareo o vacilación.
—La aceleración vertical en este puente está superando los dos coma cinco g en cada cabeceo, Unai —observó Miren con rigor analítico—.
Si entramos en combate con este estado de la mar, el riesgo de politraumatismos por deceleración y fracturas por caída en cubierta será altísimo.
Tengo preparados collares cervicales rígidos, férulas de tracción y apósitos hemostáticos con celulosa regenerada oxidada en la camareta de proa.
Unai se volvió hacia ella, y en sus ojos oscuros brilló un respeto infinito ante el temple de aquella mujer.
—Eres más marinera que muchos patrones de bajura que conozco, Miren. En quince minutos estaremos en posición de asalto. La patrullera tomará el sector de popa y los helicópteros entrarán por el helipuerto de la superestructura. Nada fallará.
Mientras la patrullera ganaba velocidad mar adentro, Miren descendió por la escala interna hacia la camareta de proa para verificar el puesto asistencial de urgencia junto al enfermero táctico de la Unidad de Buceo, el cabo Aitor Echeveste.
La camareta era un espacio estanco de cuatro metros cuadrados, equipado con una mesa abatible de acero inoxidable atornillada al mamparo principal y reforzada con cinchas de sujeción elástica para fijar a los heridos durante las maniobras de navegación violenta.
Miren abrió los contenedores isotérmicos de transporte médico.
Comprobó la temperatura de cuatro grados centígrados de las neveras que albergaban ocho concentrados de hematíes de grupo cero negativo y seis unidades de plasma fresco liofilizado, listos para su reconstitución instantánea con agua estéril en caso de hemorragia masiva.
Revisó los sets estériles de laparotomía de campaña: mangos de bisturí del número cuatro con hojas del veinte, separadores de Farabeuf y Balfour , pinzas hemostáticas de Kocher y Pean , clamps vasculares atraumáticos de DeBakey , suturas monofilamento de polipropileno Prolene de tres y cuatro ceros, y cajas de apósitos hemostáticos de matriz de colágeno y trombina humana Floseal .
Junto a la mesa quirúrgica, conectó a la red estabilizada de veinticuatro voltios el monitor desfibrilador multiparamétrico Zoll X Series , comprobando el correcto funcionamiento del electrocardiógrafo, la pulsioximetría, el capnógrafo y el módulo de presión arterial no invasiva.
—Todo el material quirúrgico está fijado y sellado contra impactos de hasta tres gravedades, doctora Mendiluze —informó el cabo Echeveste mientras aseguraba los arneses de las botellas de oxígeno medicinal de diez litros a doscientos bar.
Miren comprobó el cierre estanco de su mochila de medicación intravenosa.
—Aseguremos tres viales de sulfato de atropina, cinco ampollas de cloruro cálcico al diez por ciento, amiodarona y diez viales de emulsión lipídica al veinte por ciento Intralipid —instruyó Miren con precisión clínica—.
Si el buque factoría ha dispersado aerosoles de Neurocaine-7 en las bodegas, necesitaremos revertir la toxicidad miocárdica de los operadores en los primeros dos minutos tras la extracción.
A las seis y cuarenta y dos minutos, en el puente de mando de la Itsas-Zaintza , la radio de muy alta frecuencia (VHF) de banda aérea emitió la llamada encriptada del comandante de la Unidad de Helicópteros de la Ertzaintza.
— Aquí Águila 01 en vuelo táctico sobre el cabo de Matxitxako. Altitud trescientos metros, velocidad de crucero ciento treinta nudos. Contacto visual y térmico establecido con el buque factoría Nordic Star a cuatro millas de nuestra posición.
Unai tomó el micrófono del interfono de mando.
—Aquí Bravo-Líder a bordo de la patrullera Itsas-Zaintza . ¿Cuál es la situación en la cubierta superior del objetivo, Águila 01?
— El Nordic Star navega a ocho nudos con rumbo trescientos cincuenta grados —reportó el piloto del helicóptero Airbus H135 —.
Detectamos cuatro tiradores armados en el helipuerto de popa con fusiles automáticos pesados y dos puestos de observación en las alas del puente superior.
Las chimeneas de la factoría desprenden un humo gris denso y continuo que indica que los reactores químicos están trabajando a pleno rendimiento en las bodegas inferiores.
Las condiciones de viento en zona son de cuarenta y cinco nudos con turbulencia severa.
Unai miró la pantalla táctica, donde el eco del helicóptero convergía con la derrota de la patrullera.
—Comprendido, Águila 01. Iniciamos aproximación final.
La patrullera abrirá fuego de cobertura no letal con proyectiles fumígenos sobre el costado de babor a las siete en punto.
En ese instante exacto, iniciaréis la maniobra de descenso por cuerda rápida (Fast-Rope) sobre el helipuerto de popa para neutralizar a los tiradores y asegurar la superestructura.
— Recibido, Bravo-Líder. Iniciamos descenso a cota de asalto.
A las siete menos cuarto de la mañana, la Itsas-Zaintza cruzó el límite de la plataforma continental, adentrándose en las aguas profundas de la fosa submarina de Capbreton.
Bajo el casco de la patrullera, la sonda náutica pasó de marcar ochenta metros de profundidad a registrar más de mil cien metros en menos de dos millas.
El choque violento entre las corrientes ascendentes de las profundidades abisales y el tren de olas del temporal generó una mar caótica y cruzada, con rompientes piramidales que sacudían la embarcación en tres ejes simultáneos.
El balance del barco alcanzaba inclinaciones de veintidós grados a cada banda, haciendo que el agua salada entrara por los imbornales de la cubierta de popa y fuera evacuada con rapidez por las bombas automáticas de achique.
En la camareta de asalto, los diez operadores del Grupo Especial de Berrozi, liderados por el cabo Gorka Lizaso, permanecían sentados en los bancos de combate con los arneses de cuatro puntos abrochados y los cascos ajustados.
Nadie hablaba; el único sonido en el habitáculo era el zumbido bronco de los motores MTU , el crujido del aluminio al golpear las olas y la respiración acompasada de hombres entrenados para mirar a la muerte a los ojos sin pestañear.
Unai subió al puente de mando y ajustó la mira holográfica de su subfusil, verificando que los cargadores de munición perforante de nueve milímetros estuvieran limpios de salitre.
—Tres minutos para contacto visual directo con el buque factoría —advirtió Unai por la red interna—. Todos los equipos a sus puestos de combate.
A las seis y cincuenta y cuatro minutos, la niebla marina y la cortina de lluvia torrencial se abrieron repentinamente sobre el mar abierto.
A escasos mil doscientos metros por la amura de estribor, emergió la imponente y siniestra silueta del Nordic Star .
El buque era una mole de acero oxidado de ochenta y cinco metros de eslora y cuatro mil toneladas de desplazamiento, pintado en un tono gris militar desgastado y coronado por una superestructura masiva de cuatro alturas en el tercio de popa.