CAPÍTULO 8 — EL INTERROGATORIO EN ERANDIO Y EL SABOTAJE NBQ #4
— Fuerza Aérea : Dos helicópteros Airbus H135 de la Ertzaintza y de SOS Deiak 112 realizarán una inserción rápida por fast-rope de ocho operadores de Berrozi directamente sobre el helipuerto de popa y el puente de navegación superior para neutralizar la cúpula de mando antes de que puedan activar los mecanismos de autodestrucción o vertido tóxico al mar.
Miren tomó su maletín de cirugía de combate y trauma marítimo.
—Yo embarcaré en la patrullera Itsas-Zaintza con el cabo Lizaso y el suboficial Agirre para habilitar un puesto quirúrgico avanzado en la camareta de proa.
Si hay heridos en las bodegas o contaminación por reactivos, recibirán tratamiento hemostático y antídotos in situ antes de su evacuación en helicóptero.
La magistrada Elena Orue entregó a Unai y a Miren el mandamiento judicial de asalto y registro firmado con carácter de urgencia.
—Que la justicia prevalezca en esas aguas, sargento Etxebarria, doctora Mendiluze. Euskadi entera está con vosotros.
A las cinco y cuarenta y cinco minutos de la madrugada, el convoy policial compuesto por tres todoterrenos blindados y el furgón de transmisiones de Berrozi abandonó Cruces, cruzando el puente de Rontegi y enfilando la autovía del Txorierri hacia el norte.
La lluvia caía de forma mansa y continua sobre el parabrisas del Toyota Land Cruiser , mientras el resplandor de los faros cortaba los jirones de niebla que descendían de las laderas del monte Sollube.
En el interior del habitáculo, Miren apoyaba la espalda contra el asiento, observando el perfil severo y concentrado de Unai al volante.
—Unai... háblame de Bermeo —pidió Miren con voz suave, rompiendo el silencio del motor—. Sé que allí perdiste a compañeros en el mar antes de ingresar en la Unidad Especial de Berrozi.
Unai guardó silencio durante unos segundos mientras reducía de marcha para tomar las curvas cerradas del puerto de Sollube.
Sus manos sobre el volante de cuero reflejaban la tensión contenida de un recuerdo que nunca terminaba de cicatrizar.
—Ocurrió hace ocho años, en una galerna de otoño como esta —relató Unai con una voz profunda que parecía brotar de las entrañas de la tierra—.
Yo era patrón de la lancha de rescate Itsas-Zaldi .
Recibimos un aviso de un pesquero con vía de agua a cuatro millas de la isla de Ízaro.
Cuando llegamos al costado, una ola cruzada de siete metros volcó nuestra embarcación.
Pasé cuarenta minutos en el agua helada a ciegas, sosteniendo a mi compañero Joseba con un brazo mientras intentaba cortar los cabos que lo atrapaban en el timón.
Cuando el helicóptero nos izó... Joseba ya no tenía pulso por hipotermia severa y paro cardíaco.
Miren extendió su mano derecha y cubrió los nudillos de Unai sobre la palanca de cambios, apretándolos con una ternura inmensa.
—No fue culpa tuya, Unai. Luchaste contra un mar invencible. Y hoy eres el hombre que mantiene a salvo a todos los que navegan en estas costas.
Unai giró el rostro un instante hacia ella, y en sus ojos oscuros brilló un agradecimiento tan hondo y puro que iluminó la penumbra de la cabina.
—Aquel día me prometí que jamás volvería a dejar a nadie atrás en esas aguas. Y hoy, teniéndote a mi lado, sé que nada en este mundo podrá derrotarnos.
A las seis y diez de la mañana, el convoy descendió por la rampa de acceso al puerto pesquero de Bermeo.
El puerto olía a brea, redes húmedas, gasóleo marino y madera de roble empapada por el salitre.
Junto a la lonja vieja de pescadores, un grupo de veteranos arrantzales con chubasqueros amarillos y boinas negras observaban las maniobras de atraque de la patrullera Itsas-Zaintza , cuyos motores rugían al ralentí iluminando los muelles con sus focos halógenos.
Uno de los viejos patrones de bajura, Antxon «El Lobo» —que había navegado con el padre de Unai en las costeras del bonito—, se acercó a la ventanilla del todoterreno al reconocer al sargento.
—¡Unai, hijo! —exclamó el anciano marinero con voz ronca y cariñosa—.
La mar afuera está brava como una leona en celo...
pero sabemos lo que vais a buscar a la fosa de Capbreton.
Esos piratas han envenenado nuestras aguas demasiado tiempo.
¡Llevad la fuerza de Bermeo y el orgullo de nuestra gente en ese tajamar!
Unai estrechó la mano encallecida del viejo pescador con un respeto sagrado.
—Volveremos con el mar limpio, tío Antxon. Os doy mi palabra de honor.
El anciano miró a Miren, trazando en el aire una señal de respeto.
—Que la Virgen de Begoña y el buen juicio de tus manos guíen a este muchacho, doctora.
Miren asintió conmovida.
—Cuidaré de él con mi propia vida, patrón.
Los diez operadores de Berrozi, el cabo Lizaso y el suboficial Agirre formaron en la pasarela de la patrullera con los fusiles de asalto asegurados y las escalas de asalto listas para el zarpe.
A las seis y veinte de la mañana, la sirena de la Itsas-Zaintza sonó con tres pitadas solemnes que retumbaron en los acantilados de Matxitxako, zarpando hacia la inmensidad del Cantábrico para librar la batalla definitiva contra el buque factoría Nordic Star .