CAPÍTULO 8 — EL INTERROGATORIO EN ERANDIO Y EL SABOTAJE NBQ #2
Unai la tomó firmemente del brazo, mirándola a los ojos con una determinación protectora inquebrantable.
—Entraremos juntos, Miren. Pero iremos equipados con trajes de máxima estanqueidad y suministro de aire autónomo de presión positiva. Yo encabezaré la brecha y tú dirigirás la extracción médica.
En la carpa de intervención avanzada montada por los bomberos en la dársena, Miren y Unai se equiparon con los trajes de protección química y biológica DuPont Tychem 6000 .
Los trajes, confeccionados con un laminado multicapa de película de barrera no tejida impermeable a gases corrosivos y agentes nerviosos, cubrían por completo sus cuerpos con costuras termoselladas de alta resistencia.
Sobre los hombros se colocaron los arneses de los equipos de respiración autónoma Dräger PSS 7000 , equipados con botellas de fibra de carbono de seis coma ocho litros de aire comprimido a trescientos bar de presión, que garantizaban una autonomía de respiración de cuarenta y cinco minutos continuados.
Ajustaron las máscaras faciales panorámicas de presión positiva Dräger FPS 7000 , comprobando el sellado hermético contra la piel y el correcto funcionamiento de los micrófonos de garganta integrados en la membrana fónica.
En el pecho, Unai acopló un detector multigas portátil Dräger X-am 8000 calibrado para la medición en tiempo real de concentraciones de oxígeno, sulfuro de hidrógeno, monóxido de carbono, cloro y amoníaco en partes por millón (PPM).
Dos operadores de asalto de Berrozi, armados con herramientas de corte hidráulico Holmatro y extintores portátiles de polvo químico seco polivalente ABC, completaron el equipo de inserción.
—Presión de botella a trescientos diez bar, flujo de aire regulado y detector multigas operativo —verificó Unai a través de la radio de la máscara—.
Miren, mantente pegada a mi hombro izquierdo durante todo el avance por la planta.
No toques ningún charco ni superficie sin comprobar previamente el medidor de pH.
Miren asintió con firmeza, sosteniendo en su mano enguantada en doble capa de butilo y nitrilo el maletín estanco de reanimación toxicológica rápida con antídotos específicos (tiosulfato sódico, bicarbonato molar, hidrocortisona y ampollas de salbutamol para nebulización continua).
—Entremos a salvar a esa gente, Unai.
A las tres y cuarenta y cinco minutos, el equipo de cuatro rescatadores cruzó las puertas de la esclusa de emergencia de la cuarta planta.
En el pasillo principal, la visibilidad era prácticamente nula: una nube densa y espesa de color amarillo verdoso y blanco grisáceo flotaba en suspensión entre el suelo y el techo, arrastrada por los tiros de ventilación forzada que zumbaban con violencia.
El detector Dräger X-am 8000 comenzó a emitir una alarma acústica y luminosa intermitente de alta prioridad.
— Peligro: Concentración de amoníaco en quinientas veinte partes por millón y cloro libre en cuarenta y cinco partes por millón. Atmósfera inmediatamente peligrosa para la vida o la salud (IDLH) —anunció la pantalla digital iluminada en rojo.
Bajo sus botas de goma vulcanizada, el suelo de linóleo quirúrgico estaba cubierto por una mezcla viscosa y humeante de disolventes derramados, restos de cristal roto de matraces y carcasas de servidores informáticos que chisporroteaban en cortocircuito eléctrico.
Unai avanzó en cabeza con la linterna táctica de alta penetración montada en el casco, abriendo paso a través de la niebla ácida.
Llegaron frente a la puerta blindada del Laboratorio 402 de Farmacología Experimental y Ensayos Clínicos.
La cerradura magnética estaba quemada por una descarga eléctrica deliberada, y a través del visor de doble cristal blindado se observaban llamaradas anaranjadas que consumían las campanas de extracción de gases y los archivadores metálicos.
—¡Cizalla hidráulica en el marco de la puerta! —ordenó Unai a los operadores de Berrozi.
Las mandíbulas de acero de la herramienta hidráulica mordieron el marco de aluminio reforzado, ejerciendo una fuerza de corte de cincuenta toneladas que reventó los pernos de seguridad con un estallido seco.
Unai empujó la pesada hoja hacia adentro y roció el dintel con una cortina de polvo químico seco para sofocar el frente de fuego que bloqueaba el paso.
En el interior del laboratorio, el calor alcanzaba los sesenta grados centígrados.
En el suelo de la sala anexa de cultivo celular y cromatografía, tendidos en posición de decúbito lateral y envueltos en toallas mojadas, se encontraban los tres trabajadores atrapados.
La investigadora predoctoral Nerea Larrucea, de veintiséis años; el técnico de laboratorio Aitor Goikoetxea, de veintiocho; y el operario de mantenimiento Ignacio Zunzunegui, de cincuenta y dos.
Los tres presentaban un nivel de consciencia estupefacto, tos irritativa espasmódica, cianosis perioral y quemaduras químicas de primer y segundo grado en las manos y en el cuello por contacto con los aerosoles corrosivos.
Miren se arrodilló de inmediato junto a Nerea Larrucea, abriendo su maletín de trauma.
—Inhalación moderada-severa de vapores halogenados con espasmo bronquial agudo —diagnosticó Miren a través del intercomunicador—. Necesitan extracción inmediata al exterior y oxigenoterapia normobárica con cámara de humidificación activa.
Unai y el primer operador de Berrozi levantaron a Aitor Goikoetxea e Ignacio Zunzunegui sobre camillas de transporte flexible de rescate en espacios confinados Skedco , mientras Miren y el segundo operador aseguraban a Nerea en la tercera camilla.
—¡Evacuación prioritaria por la escalera de incendios del sector este! —ordenó Unai—. Los bomberos han desplegado una línea de agua presurizada para asegurar el pasillo de retirada.
El equipo avanzó a paso ligero transportando a las tres víctimas a través de la esclusa de descontaminación de la planta, donde dos parejas de bomberos con mangueras de agua micronizada con tensoactivos neutralizantes ducharon a los heridos antes de transferirlos a las camillas de tijera de las ambulancias de Soporte Vital Avanzado en la explanada exterior.
En la zona de triaje exterior, la doctora Miren Mendiluze coordinó la asistencia médica de urgencia a pie de ambulancia.
Conectó a Nerea Larrucea a un respirador de transporte Hamilton T1 en modalidad de ventilación no invasiva con presión positiva continua en la vía aérea (CPAP) a diez centímetros de agua y una fracción inspirada de oxígeno al cien por cien para prevenir el colapso alveolar.
Administró por vía intravenosa doscientos miligramos de succinato sódico de hidrocortisona para inhibir la respuesta inflamatoria química pulmonar, junto con nebulizaciones continuas de cinco miligramos de salbutamol y medio miligramo de bromuro de ipratropio.
A los tres minutos de tratamiento intensivo, la saturación arterial de oxígeno de la joven investigadora remontó del setenta y ocho por ciento al noventa y seis por ciento, estabilizando su frecuencia respiratoria y disipando el peligro vital inminente.
—Las tres víctimas están estabilizadas y transferidas a los boxes de urgencias de la planta baja para observación continua de veinticuatro horas —informó Miren al coordinador médico de Cruces.
En ese instante, la inspectora Irati Mendiluze se acercó a Miren y a Unai con la pistola reglamentaria desenfundada y el transmisor de radio pegado a la oreja.
—¡El doctor Adolfo Elorriaga ha sido localizado por las cámaras del helipuerto de la azotea del hospital! Está intentando acceder a una avioneta ligera de rescate médico o forzar la salida por la pasarela de evacuación aérea exterior para escapar hacia el monte Ganekogorta.
Unai se ajustó el casco táctico y desenfundó su arma.
—No saldrá de este edificio. Vamos arriba.
A las cuatro y diez minutos de la madrugada, Unai Etxebarria, Miren Mendiluze y tres operadores de asalto de Berrozi irrumpieron en la azotea del Hospital Universitario de Cruces a través de la compuerta metálica de la planta octava.
La llovizna fría y el viento racheado de la costa azotaban la amplia plataforma circular de hormigón del helipuerto, iluminada únicamente por las luces perimetrales de color verde y ámbar.
Junto a la barandilla de seguridad del extremo sur, recortado contra el abismo de cuarenta metros sobre la ría de Bilbao, el doctor Adolfo Elorriaga —un hombre de cincuenta y ocho años, con cabello canoso desgreñado, bata blanca ensangrentada y empapada en reactivos químicos y un maletín de aluminio ignífugo sujeto con fuerza en la mano izquierda— retrocedía con la respiración agitada y los ojos desorbitados por la locura.
En su mano derecha empuñaba un revólver de defensa personal de calibre treinta y ocho especial.
—¡Atrás! ¡No os acerquéis o disparo contra ese depósito de queroseno!
—bramó Elorriaga con una voz histérica que el viento intentaba ahogar—.
¡Treinta años de investigación científica en farmacología avanzada no van a terminar en una celda de Basauri por culpa de dos buzos entrometidos y una cirujana de pueblo!
Miren dio dos pasos al frente, colocándose junto a Unai con una serenidad majestuosa que desarmó la histeria del médico corrupto.
—Tú no eres un científico, Elorriaga —dijo Miren con una voz clara, firme y demoledora que cortó el aire de la noche—.
Eres un criminal que vendió el juramento hipocrático por seis millones de euros en cuentas suizas, utilizando a pacientes reales de este hospital y a trabajadores inocentes como cobayas humanas para un veneno que destruye el corazón.
Has manchado el nombre de la medicina pública vasca, pero la ley ha llegado hasta aquí.
Elorriaga miró a Miren con un odio ciego y levantó el revólver apuntando directamente al pecho de la cirujana.
—¡Tú deberías haber muerto en esa ambulancia, Mendiluze!
Antes de que el dedo de Elorriaga pudiera culminar el recorrido del disparador, el sargento Unai Etxebarria actuó con una rapidez y una precisión quirúrgica letales.