CAPÍTULO 7 — EL ABORDAJE TÁCTICO EN EL ABRA EXTERIOR #4
En el fondo de la bodega de carga general, camuflado tras un falso mamparo de paneles de madera contrachapada, los agentes descubrieron un contenedor refrigerado clandestino con conexión trifásica autónoma.
En su interior se encontraban almacenados trescientos kilogramos de precursores químicos de alta pureza, reactores de síntesis en fase sólida y equipos de purificación cromatográfica listos para ser trasladados a laboratorios clandestinos en el norte de Europa.
Miren tomó muestras de los reactivos bajo la supervisión de la jueza Orue.
—Son los precursores de la síntesis del feniltropano y del Neurocaine-7 —dictaminó Miren con solemnidad—. Con este hallazgo cerramos no solo el tráfico del lote manufacturado, sino la capacidad de producción industrial de la organización a nivel global.
A medianoche, en la terminal marítima de Getxo, la magistrada Elena Orue compareció ante los medios de comunicación escoltada por los mandos de la Ertzaintza y de la Policía Judicial.
La jueza anunció la desarticulación integral de la red criminal, la detención judicial e incomunicada de catorce personas —entre ellas el doctor Adolfo Elorriaga, el doctor Ignacio Barandiaran, el capitán Lars Lindström y el emisario Klaus Von Berg— y el aseguramiento del lote maestro de quinientos viales sin que una sola dosis llegara a ser distribuida.
En la explanada exterior, el silencio de la noche y el olor a lluvia limpia sobre la ría marcaban el fin de la pesadilla que había comenzado con el código rojo en las aguas del Abra.
A la una de la madrugada, antes de retirarse a descansar, Unai y Miren se desplazaron al muelle pesquero de Santurtzi, donde Mikel Aldai y Koldo Basurko amarraban habitualmente sus chalupas de trabajo.
Frente al pilar de amarre del muelle viejo, Unai depositó una corona de ramas de laurel y una boya de superficie de buceo en memoria de los dos compañeros caídos en el cumplimiento de su labor en las aguas profundas.
Miren permaneció a su lado en silencio, con la cabeza inclinada y una mano apoyada en el hombro del sargento, compartiendo el duelo y el respeto sagrado hacia los hombres que habían dado su vida en el mar por proteger la verdad.
—Descansad en paz, compañeros —susurró Unai mirando la lámina oscura del agua—. La verdad ha salido a flote y los culpables pagarán por cada gota de sangre derramada en este mar.
A las seis de la mañana, la primera luz dorada del alba comenzó a teñir el horizonte sobre el monte Serantes, el estuario del Abra y los acantilados de Punta Galea.
Miren se encontraba en el balcón acristalado de la séptima planta del Hospital Universitario de Cruces, contemplando el despertar sereno y majestuoso de la ría de Bilbao tras la tempestad de la noche.
Llevaba una taza de café caliente entre las manos y el cansancio acumulado en su rostro tras treinta horas de guardia ininterrumpida había sido sustituido por una paz luminosa, profunda y reparadora que renovaba su vocación médica y su fe inquebrantable en el ser humano.
La brisa fresca de la alborada entraba por la balconada abierta, trayendo el rumor de las gaviotas sobrevolando las aguas en calma del puerto.
La puerta del balcón se abrió despacio y el sargento Unai Etxebarria, vestido con un jersey azul marino de lana pura y pantalones de faena limpios, se colocó a su lado, apoyando los antebrazos sobre la barandilla de acero inoxidable.
—El agente Zárate ha despertado en la UCI de trauma, Miren —anunció Unai suavemente, mirándola con una devoción infinita—.
Está totalmente consciente, con diuresis espontánea conservada, constantes hemodinámicas estables y preguntando con una sonrisa sincera por la cirujana que le reconstruyó la arteria mesentérica en el Quirófano 4.
Los intensivistas de guardia dicen que la revascularización ha sido impecable y que en diez días estará caminando por su propio pie.
Miren sonrió con los ojos humedecidos por una emoción dulce y agradecida, volviéndose hacia él.
—Esa es la mayor recompensa de toda esta batalla, Unai. Saber que un buen hombre volverá con los suyos y que la vida ha ganado la partida frente al abismo de la violencia y la codicia.
Unai la contempló en silencio durante unos instantes, grabando en su memoria la silueta serena de la doctora recortada contra el cielo dorado de la mañana vasca.
—Y tú tienes un viaje pendiente a Tolosa el domingo, Miren —recordó Unai con voz grave y cálida—. Tu madre nos espera con las alubias calientes en la gran mesa de roble del caserío Mendiluze-Goikoa .
Miren tomó la mano libre de Unai entre las suyas, entrelazando sus dedos con una fuerza dulce y eterna mientras el sol naciente iluminaba por completo las aguas limpias y en calma del mar Cantábrico.
—Iremos juntos, Unai. Siempre juntos frente a cualquier marea que el destino nos depare.
Con la verdad restablecida, el veneno erradicado de las instituciones y la justicia triunfando sobre la codicia y la muerte, el primer libro de la saga CÓDIGO CRUCES cerraba su ciclo de sombras y abría las puertas a un futuro indestructible donde la medicina y el honor del mar latían al unísono en el corazón de Euskadi, listos para enfrentar los nuevos desafíos del Hospital de Cruces y de las aguas del norte.