CAPÍTULO 7 — EL ABORDAJE TÁCTICO EN EL ABRA EXTERIOR #2
Dos guardias de seguridad privada de la tripulación mercenaria, armados con escopetas tácticas Benelli M4 y linternas de alta potencia, patrullaban el pasillo que conducía a la superestructura de popa.
Al detectar el movimiento en la sombra de los contenedores, el primer guardia levantó el arma y gritó en inglés.
— Who's there? Drop your weapons!
Unai no le dio tiempo a reaccionar.
Dio dos pasos al frente desde la penumbra, encañonó el pecho del atacante y efectuó dos disparos de precisión con munición subsónica que impactaron en el chaleco del guardia con la fuerza de un mazo de demolición, derribándolo sobre la cubierta de chapa estriada sin causarle la muerte.
El segundo operador de Berrozi redujo al segundo mercenario con un golpe seco de culata en el hombro, desarmándolo y colocándole bridas de alta resistencia en las muñecas en menos de tres segundos.
—Pasadizo de estribor despejado —reportó Unai por radio—. Dos hostiles neutralizados y asegurados. Avanzamos hacia el acceso principal de la superestructura de popa.
El Equipo Bravo avanzó en formación de cuña táctica hacia la torre de habilitación de popa, una estructura de cinco plantas coronada por el puente de gobierno.
La puerta de acero estanca de acceso a la planta baja estaba cerrada desde el interior con una palanca de mariposa de tres puntos.
El operador especialista en aperturas colocó una microcarga lineal de corte termita flexible Blade Breaching Tape sobre las bisagras de acero y la detonó mediante iniciador electrónico silencioso.
Las bisagras se fundieron instantáneamente con un destello blanco incandescente y la pesada hoja de metal cayó hacia adentro impulsada por una patada de ariete del primer operador.
Lanzaron una granada Flashbang al interior del pasillo principal.
La detonación de un millón de candelas y ciento setenta y cinco decibelios desorientó por completo a tres mercenarios atrincherados tras el mostrador de control de acceso.
Los operadores de Berrozi irrumpieron en el pasillo con una coordinación fulminante, reduciendo a los tres atacantes contra el suelo y desarmándolos antes de que pudieran recuperar la visión y el equilibrio.
—Planta baja de habilitación asegurada —anunció Unai—. Lizaso, toma el hueco de la escalera hacia la sala de máquinas. Nosotros subimos al puente de navegación.
Mientras el Equipo Bravo iniciaba el ascenso por las escaleras hacia el puente, el cabo Gorka Lizaso y los cuatro operadores del Equipo Alfa descendieron por la escala de caracol hacia las entrañas del buque mercante.
La sala de máquinas era un recinto gigantesco y ensordedor, dominado por el bloque de ocho cilindros del motor diésel principal Sulzer , los generadores auxiliares en funcionamiento y un entramado interminable de tuberías de vapor a presión y bombas de achique.
El aire estaba saturado por el calor sofocante de más de cuarenta grados y el olor denso a combustible pesado y aceite mineral quemado.
Junto a la consola central de control de propulsión, el primer maquinista —un tripulante ucraniano de complexión hercúlea— intentaba activar la palanca de emergencia de purga de combustible para inutilizar los motores y bloquear el buque en mitad del canal de navegación.
Lizaso avanzó por la pasarela de rejilla metálica, encañonando al maquinista con su fusil HK G36C .
—¡Ertzaintza! ¡Aparta las manos de esa consola y al suelo de inmediato! —gritó Lizaso en inglés y castellano con una voz atronadora que dominó el estruendo del motor.
El maquinista intentó alcanzar una barra de hierro apoyada contra el mamparo, pero Lizaso se abalanzó sobre él con un placaje cuerpo a cuerpo impecable, proyectándolo contra el suelo de chapa y asegurándolo con grilletes de acero antes de que pudiera tocar los mandos.
El segundo operador de Berrozi tomó el control de la consola del telégrafo de máquinas, bloqueando los reguladores de inyección en posición de ralentí seguro.
—Sala de máquinas totalmente asegurada y bajo control policial —comunicó Lizaso a la central de mando—. El motor principal está neutralizado y las válvulas de achique precintadas. El buque permanece estabilizado al pairo sin capacidad de fuga.
En la patrullera Itsas-Zaintza , la radio del puente de mando emitió el código esperado con la voz del sargento.
— Bravo-Líder a Base: «Roble Asegurado» en cubierta principal y segunda planta. Autorizado el embarque del equipo médico.
Miren Mendiluze respiró hondo, ajustó las correas de su maletín de trauma a la espalda y se dirigió a la compuerta de desembarco escoltada por dos operadores de rescate.
El mar seguía rugiendo con violencia en el espacio intercascos, levantando cortinas de agua helada que empapaban su ropa impermeable.
Miren se enganchó al bloqueador de seguridad de la escala de gato y comenzó a trepar peldaño a peldaño con una firmeza y una concentración admirables, ignorando el vacío de siete metros que se abría bajo sus pies sobre las aguas negras del Cantábrico.
Dos operadores del Equipo Alfa la recibieron en la regala superior, ayudándola a descender a la cubierta del carguero con un movimiento seguro y coordinado.
Miren pisó la cubierta de acero del Nordic Horizon , contemplando la inmensidad del buque bajo la tormenta con los ojos encendidos por el compromiso ético y profesional que guiaba cada uno de sus actos.
—Doctora Mendiluze, acompáñenos a la camareta de oficiales —le indicó el cabo Lizaso—. Tenemos un operador de Berrozi con traumatismo torácico y dos tripulantes heridos que requieren atención médica urgente antes de proceder al traslado a tierra.
Miren asintió sin dudar un instante.
—Llevadme con ellos. Vamos a asegurar su estado clínico de inmediato.
Miren entró en la camareta de oficiales de la segunda planta, donde los operadores habían habilitado una mesa de comedor como puesto de triaje y socorro.
Sobre un sofá corrido reposaba el agente de Berrozi Julen Garai, de veintiocho años, con el chaleco antibalas abierto y una evidente dificultad respiratoria tras haber recibido el impacto directo de un cartucho de escopeta en la placa cerámica pectoral durante la entrada a la superestructura.
Miren se arrodilló junto a él, encendió su linterna pupilar y colocó la campana del estetoscopio sobre su hemitórax derecho.
—Auscultación con murmullo vesicular conservado en ambos campos pulmonares, sin signos de neumotórax a tensión ni enfisema subcutáneo —dictaminó Miren tras una exploración minuciosa—.
Presentas una contusión torácica severa con probable fractura no desplazada de los arcos costales quinto y sexto derechos.
La placa balística absorbió el noventa y cinco por ciento de la energía cinética del proyectil.
Miren canalizó una vía venosa periférica y administró un gramo de paracetamol intravenoso y cincuenta miligramos de dexketoprofeno para el control del dolor, aplicando a continuación un vendaje compresivo elástico sobre la parrilla costal para estabilizar la mecánica respiratoria.
A continuación, atendió al guardia mercenario herido por el disparo de contención de Unai en el pasillo exterior, realizando una hemostasia por compresión directa de una herida superficial en el hombro y limpiando el lecho lesional con solución antiséptica estéril.
—Todos los heridos están estabilizados y fuera de peligro vital —informó Miren al cabo Lizaso mientras recogía su instrumental—. Subo al puente de navegación con el sargento Etxebarria.
En la quinta planta de la superestructura, Unai y los cuatro operadores de cabeza del Equipo Bravo se encontraban frente a la puerta blindada del puente de gobierno.
A través de las rendijas de observación acristaladas se apreciaba el resplandor rojizo de las pantallas del radar y el sonido de teclados informáticos siendo golpeados con desesperación.
El sargento colocó una microcarga de detonación puntual en el pestillo electromagnético de la cerradura.
—¡Brecha en tres, dos, uno... fuego!
La cerradura estalló con una detonación seca y la puerta se abrió de par en par.
Unai irrumpió en el puente con el subfusil en posición de tiro instintivo, seguido por los operadores que cubrieron los cuatro cuadrantes de la amplia cabina de navegación con las linternas tácticas iluminando la estancia.
En el centro del puente, junto a la rueda de timón hidráulico, el capitán Lars Lindström —un hombre corpulento de cincuenta años, con barba canosa y chaquetón de abrigo marino— empuñaba una pistola semiautomática SIG Sauer P226 , apuntando directamente hacia el acceso de la puerta.
A su izquierda, frente a la consola de comunicaciones satelitales Inmarsat-C , el delegado logístico suizo Klaus Von Berg —un individuo delgado de traje oscuro empapado en sudor y gafas de montura metálica— intentaba desconectar los cables de alimentación de un disco duro externo blindado para arrojarlo por la ventanilla hacia el mar abierto.
—¡Suelte el arma, Lindström! ¡Policía! —bramó Unai con una autoridad que resonó en todo el puente como un trueno.
Lindström apretó el gatillo.
El disparo de nueve milímetros impactó contra el marco de acero de la puerta a escasos centímetros de la cabeza de Unai.
Unai no retrocedió un solo milímetro.
Avanzó con la velocidad de un felino, esquivó la línea de fuego del segundo disparo y ejecutó una técnica de desarme táctico de alta eficacia: desvió el brazo armado del capitán con la mano izquierda, aplicó una palanca articular sobre la muñeca de Lindström que hizo saltar la pistola por los aires, y le propinó un golpe certero con la base de la palma en el plexo solar que dejó al capitán sin respiración, proyectándolo contra la consola de radar donde fue inmovilizado y engrilletado por dos operadores de Berrozi.
Simultáneamente, el segundo operador interceptó a Klaus Von Berg a medio metro de la ventanilla de estribor, arrebatándole el disco duro intacto y reduciéndolo contra el suelo de la cabina de navegación.
El puente de gobierno del Nordic Horizon había sido tomado por completo sin causar ninguna víctima mortal.