CAPÍTULO 7 — EL ABORDAJE TÁCTICO EN EL ABRA EXTERIOR
A las nueve y cuarto de la noche, la patrullera de altura Itsas-Zaintza navegaba con las luces de posición apagadas y los reflectores náuticos silenciados, cortando las aguas embravecidas del Cantábrico a cuatro millas al norte de Punta Galea.
El temporal del noroeste azotaba el Abra exterior con vientos sostenidos de ochenta y cinco kilómetros por hora y rachas huracanadas de fuerza ocho en la escala de Beaufort.
Olas gigantescas de cinco metros de altura, densas y oscuras como muros de basalto líquido, rompían contra las amuras de aluminio de la patrullera, envolviendo la superestructura en una nube constante de agua pulverizada y salitre.
En la pantalla táctica de alta definición, la silueta masiva y alargada del buque carguero Nordic Horizon destacaba como un eco térmico rojo brillante sobre el fondo gélido del océano.
—Distancia al objetivo: mil doscientos metros en marcación trescientos cuarenta grados —informó el oficial de derrota con voz tranquila y profesional—.
El carguero está al pairo, con el motor principal a un cuarto de avante para mantener la proa a la mar mientras terminan de izar la cadena del ancla de estribor.
El castillo de popa y el puente de navegación están iluminados con luces de trabajo, pero no detectan nuestra aproximación en el ángulo muerto de sotavento.
El sargento Unai Etxebarria, pertrechado con su mono ignífugo de asalto marítimo, chaleco antibalas integral con placas cerámicas de carburo de silicio, casco Ops-Core FAST con visor nocturno binocular de fósforo blanco y subfusil Heckler & Koch MP5 Navy colgado en bandolera táctica de tres puntos, se inclinó sobre la pantalla de navegación junto a la doctora Miren Mendiluze.
Miren vestía un traje térmico impermeable de rescate marítimo de color azul marino con bandas reflectantes de alta visibilidad, sobre el que llevaba el arnés de seguridad con cabo de amarre doble y mosquetones de titanio.
A su espalda reposaba el maletín estanco de reanimación médica avanzada con los fármacos hemostáticos, el ecógrafo POCUS y el monitor desfibrilador Zoll X Series .
—La altura de francobordo del Nordic Horizon en la sección media de estribor es de siete metros y medio —analizó Unai señalando el esquema arquitectónico del carguero—.
Con este oleaje, el balance del casco creará un movimiento vertical relativo de más de tres metros entre la cubierta de la patrullera y la regala del barco mercante.
La ventana de inserción para fijar las escalas de abordaje neumáticas será de menos de cuarenta segundos.
Miren observaba el balanceo violento de las olas a través de los cristales reforzados del puente, sintiendo el crujido del aluminio naval bajo sus pies.
—Si alguno de los operadores cae al agua entre los dos cascos durante la maniobra de abarloamiento, la fuerza de succión del flujo hidrodinámico lo arrastrará hacia las hélices de popa en menos de quince segundos —advirtió Miren con rigor médico—.
He preparado tres equipos de rescate por hipotermia severa, mantas térmicas de convección activa y cánulas de aspiración rápida en el pañol médico de proa.
Unai la miró a los ojos, transmitiéndole con su mirada esa seguridad absoluta que templaba el rugido del océano.
—Mis hombres han entrenado esta maniobra cientos de veces en la base de Berrozi y en los acantilados de Bermeo, Miren. Nadie caerá al agua. Entraremos por estribor, neutralizaremos la superestructura y te daremos paso seguro a bordo para asegurar las pruebas.
En la cubierta inferior de la patrullera, diez agentes del Grupo Especial de Operaciones de Berrozi y tres buceadores de asalto aguardaban en silencio bajo la tenue luz roja de combate.
El cabo Gorka Lizaso revisaba los cargadores transparentes de treinta proyectiles de nueve milímetros subsónicos y las granadas aturdidoras Flashbang CTS 7290 de doble efecto acústico y lumínico fijadas a los paneles MOLLE de su chaleco.
Unai descendió por la escala interior y se situó en el centro de la camareta de asalto.
—Atención al plan de inserción —ordenó el sargento con una voz firme y autoritaria—.
El Nordic Horizon transporta una tripulación mercenaria de catorce hombres bajo el mando del capitán sueco Lars Lindström y del delegado logístico de la red, Klaus Von Berg.
Nuestro objetivo principal es la captura con vida de ambos líderes, la incautación de los servidores criptográficos del puente de gobierno y la neutralización de cualquier intento de sabotaje o destrucción de pruebas.
Unai dividió el destacamento en dos células operativas sincronizadas.
— Equipo Alfa , liderado por el cabo Lizaso: cuatro operadores y dos buceadores.
Vuestro sector es el castillo de proa, la cubierta principal de contenedores y el acceso a la sala de máquinas en la cota inferior.
Bloquearéis de inmediato el virador de anclas, el telégrafo de maniobra y las válvulas de fondo para impedir que inunden las sentinas o pongan el buque en arrancada hacia aguas internacionales.
— Equipo Bravo , bajo mi mando directo: seis operadores.
Entraremos por la escala de estribor de la superestructura de popa.
Nuestro sector es el puente de gobierno, la sala de comunicaciones satelitales y los camarotes de oficiales.
Avanzaremos en formación de cuña corta con visión nocturna y supresores sónicos.
Fuego selectivo de respuesta ante amenaza armada letal.
Unai miró a Miren, que permanecía junto a la escala con el equipo médico listo.
—La doctora Mendiluze permanecerá en el puesto médico protegido de la patrullera hasta que el Equipo Bravo confirme por radio la clave « Roble Asegurado ».
En ese momento, dos operadores del Equipo Alfa descenderán la escala de gato y escoltarán a la doctora hasta la enfermería de oficiales de la cubierta dos.
Los diez operadores cuadraron los hombros y asintieron al unísono.
—¡Ulertuta, sarjentu! —respondieron con una determinación implacable.
A las nueve y veinticinco de la noche, la Itsas-Zaintza redujo la distancia a doscientos metros de la aleta de estribor del Nordic Horizon .
El carguero, una mole de acero de ciento cuarenta metros de eslora y ocho mil quinientas toneladas de registro bruto, se alzaba en la oscuridad como una fortaleza flotante negra coronada por las luces de trabajo de la chimenea de popa.
El suboficial Agirre metió máquina a fondo con los dos motores diésel MTU , haciendo rugir las turbinas de cuatro mil caballos de potencia para sincronizar la velocidad de la patrullera a doce nudos exactos con el rumbo del buque mercante.
La patrullera se deslizó hacia el costado de sotavento del carguero, donde el casco del mercante ofrecía un relativo abrigo contra la fuerza directa del viento del noroeste.
Aun así, el mar encajonado entre ambas embarcaciones hervía en un torbellino violento de espuma blanca y corrientes encontradas.
Con una pericia milimétrica, Agirre apoyó la amura de babor de la patrullera contra las defensas neumáticas de goma de alta densidad instaladas en la línea de flotación del Nordic Horizon .
El impacto entre los dos cascos produjo un crujido metálico sordo y prolongado que vibró a través de las planchas de acero, amortiguado por los grandes balones de caucho vulcanizado.
—¡Contacto establecido! ¡Posición fija en estribor medio! —anunció el patrón por el interfono de puente.
La compuerta estanca de proa de la patrullera se abrió hacia afuera, dando paso al equipo de abordaje sobre la cubierta exterior batida por el temporal.
El cabo Lizaso se arrodilló en la banda de babor sosteniendo el lanzador neumático de abordaje ResQmax .
Apuntó el cañón de fibra hacia la barandilla de acero inoxidable de la cubierta principal del carguero, situada a siete metros y medio por encima de sus cabezas.
Apretó el disparador de gas comprimido a doscientos bar.
Un proyectil con un garfio de cuatro uñas de titanio forjado y núcleo magnético de neodimio salió disparado con un silbido agudo, cruzando el aire empapado de lluvia y aferrándose con un chasquido seco e inamovible a la regala superior del barco mercante.
El garfio desplegó de inmediato una escala telescópica de asalto confeccionada con peldaños rígidos de aluminio anonizado y cintas laterales de fibra de aramida de tres toneladas de resistencia a la tracción.
Un segundo operador lanzó un segundo garfio a dos metros de distancia, asegurando una línea de vida redundante con bloqueador automático de caída.
Unai Etxebarria se colocó en la base de la escala, agarró los peldaños con sus guantes de asalto de cuero reforzado con kevlar y miró hacia arriba a través del visor nocturno.
A través de los tubos ópticos de fósforo blanco, la cubierta del carguero se dibujaba en una gama de tonos verde esmeralda y blanco luminiscente de máxima claridad.
—¡Equipo Bravo, arriba! —ordenó Unai por el micrófono de garganta.
Unai ascendió por la escala con una velocidad y una agilidad atlética asombrosas, amortiguando con el cuerpo el balanceo violento del casco del buque que oscilaba en arcos de quince grados sobre el oleaje.
En escasos doce segundos, el sargento alcanzó la regala superior, apoyó las botas tácticas sobre la borda de acero y saltó hacia el interior de la cubierta principal, cayendo en cuclillas tras una bita de amarre de proa con el subfusil encañonando el pasillo de estribor.
A su espalda, los operadores del Equipo Bravo coronaron la escala de dos en dos, tomando posiciones de cobertura perimétrica en menos de veinte segundos sin emitir el menor sonido.
La cubierta principal del Nordic Horizon era un laberinto de contenedores marítimos estibados en tres alturas, tuberías de combustible pesado y grúas de pluma que proyectaban sombras alargadas bajo las luces de trabajo.
El viento aullaba entre los pasillos metálicos con la fuerza de una turbina, enmascarando los pasos del equipo policial.