CAPÍTULO 6 — LA LAPAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO 4 #4
El viento del noroeste alcanzaba rachas de más de ochenta kilómetros por hora, azotando los árboles del parque de Barakaldo y levantando olas de cuatro metros que rompían con estruendo contra los diques exteriores del superpuerto de Bilbao.
En el interior del Toyota Land Cruiser , Unai y Miren compartían un silencio tenso pero sereno, sintiendo el rugido del motor y la vibración del asfalto bajo los neumáticos como el preludio del enfrentamiento definitivo en las aguas oscuras del mar.
A lo lejos, los destellos intermitentes del faro de Punta Galea y la silueta lejana de las luces de navegación del Nordic Horizon brillaban en el horizonte nocturno como un desafío abierto a la ley y a la justicia.
A las nueve menos cuarto de la noche, el convoy policial entró a gran velocidad en la dársena de operaciones especiales del puerto de Santurtzi.
Junto al muelle de atraque número 3, la patrullera de altura Itsas-Zaintza cabeceaba contra las defensas de goma bajo el embate de las olas oscuras que entraban por la bocana.
La nave, con casco de aluminio naval reforzado, superestructura de material compuesto absorbente de radar y dos ametralladoras pesadas de doce coma siete milímetros cubiertas con lonas estancas en las aletas de proa, desprendía un humo blanco y denso por los escapes laterales al ralentí.
En la cubierta de popa, diez operadores de asalto de Berrozi, vestidos con trajes ignífugos de asalto marítimo negro, chalecos balísticos nivel IV con placas de carburo de boro, cascos Ops-Core FAST con visor nocturno fosforado y fusiles de asalto Heckler & Koch G36C con silenciador, revisaban las escalas telescópicas de abordaje de fibra de carbono y los arpones neumáticos de fijación neumática.
Unai guio a Miren a través de la pasarela de desembarco hasta el interior del puente de mando blindado, donde el patrón de altura y el oficial de derrota mantenían encendidas las pantallas de navegación integrada Transas Navi-Sailor .
El patrón de la patrullera, el suboficial Joseba Agirre, cuadró el saludo al sargento.
—Todo listo para largar amarras, sargento Etxebarria.
El radar de superficie Furuno tiene fijado el eco del Nordic Horizon enmarcación trescientos cuarenta grados a tres coma ocho millas náuticas de Punta Galea.
El carguero ha encendido sus generadores auxiliares de proa y los molinetes de anclas han comenzado a virar la cadena.
Les quedan exactamente veinticinco minutos antes de comenzar la arrancada hacia mar abierto.
A las nueve en punto de la noche, la Itsas-Zaintza soltó amarras y metió revoluciones en sus dos motores MTU , saliendo de la dársena de Santurtzi y adentrándose en el canal principal del Abra exterior.
En cuanto la proa de aluminio cruzó el morro del espigón de Punta Lucero, la patrullera fue recibida por la furia monumental del mar Cantábrico desatado.
Olas de cuatro metros y medio de altura, con crestas coronadas por penachos de espuma blanca iluminada por los relámpagos de la tormenta, chocaban contra el tajamar levantando toneladas de agua salada que barrían el puente de cristal blindado con el estruendo de un cañonazo continuo.
El casco de aluminio de la patrullera crujía con fuerza al descender en los senos de las olas, mientras los motores mantenían veinticuatro nudos de velocidad constante en rumbo directo hacia el blanco radar.
Miren se sujetó con ambas manos a la barra de seguridad de la consola médica, manteniendo los pies firmes sobre la rejilla antideslizante y el cuerpo amortiguando con temple el cabeceo violento y seco de la nave al cortar las crestas del oleaje.
A su lado, Unai se colocó el chaleco de flotabilidad táctica y el casco de comunicaciones con visor nocturno, ajustando el micrófono de garganta con una mirada acerada y tranquila que dominaba la tempestad.
—Miren, dentro de quince minutos estaremos al costado del carguero —dijo Unai, mirándola con una intensidad que eclipsaba la furia del temporal exterior—.
Quédate en el puesto protegido con el suboficial Agirre.
En cuanto Berrozi tome el castillo de proa y neutralicemos el puente, subirás conmigo para asegurar la cadena de custodia y atender a cualquier herido.
Miren le sostuvo la mirada con orgullo y una determinación gemela a la suya, sintiendo que sus destinos estaban sellados para siempre en la lucha contra la impunidad.
—Haz lo que tienes que hacer en esa cubierta, Unai. Yo estaré lista con el equipo quirúrgico en cuanto abras esa escotilla. Vuelve a mí entero.
Unai asintió despacio, le dedicó una última mirada cargada de devoción absoluta y abrió la compuerta estanca de acceso a la cubierta de asalto, donde sus hombres aguardaban en la penumbra para lanzarse al abordaje del buque de las sombras en mitad del océano rugiente.
La sirena de zafarrancho de combate sonó en el interior de la patrullera mientras la proa se elevaba sobre una ola gigantesca, lanzándose a la persecución final en la noche cerrada del Cantábrico, marcando el inicio del gran clímax del Acto II en el mar abierto.