CAPÍTULO 6 — LA LAPAROTOMÍA DE URGENCIA EN EL QUIRÓFANO 4
A las seis y cuarto de la tarde, la sirena bitonal de la ambulancia de Soporte Vital Avanzado rasgó la lluvia torrencial sobre los muelles de Bilbao, abriéndose paso a máxima velocidad por los corredores de acceso hacia la autopista en dirección al Hospital Universitario de Cruces.
En el habitáculo asistencial, la doctora Miren Mendiluze trabajaba sobre el cuerpo del agente de la Unidad Especial de Intervención de Berrozi Mikel Zárate, de treinta y un años, alcanzado en el flanco abdominal izquierdo por el rebote de un proyectil de nueve milímetros durante la emboscada en Zorrotzaurre.
El agente presentaba una palidez cérea, frialdad distal y sudoración profusa; el monitor de transporte registraba una frecuencia cardíaca de ciento treinta y ocho latidos por minuto en taquicardia sinusal reactiva y una presión arterial sistólica de setenta y cinco milímetros de mercurio en shock hipovolémico Grado III.
Miren canalizó con pulso de hierro una segunda vía venosa periférica de grueso calibre de catorce gauge en la vena antecubital derecha, conectando una bolsa de suero salino al cero coma nueve por ciento a través de un manguito presurizador a trescientos milímetros de mercurio.
—Zárate, mírame a los ojos —le ordenó Miren con una voz clara y serena que se sobreponía al aullido de la sirena y al traqueteo del vehículo sobre los baches de la calzada—.
Respira despacio a través de la mascarilla de oxígeno.
Tienes una hemorragia intraabdominal contenida, pero vamos a entrar en quirófano en menos de siete minutos.
Mantente despierto; estás en las mejores manos.
El agente asintió débilmente con la cabeza, apretando la mano enguantada de Miren con sus dedos fríos.
Al lado de la camilla, el sargento Unai Etxebarria sujetaba los tubos de suero y la botella de oxígeno medicinal con una firmeza inquebrantable, manteniendo la mirada fija en el monitor de constantes mientras el cabo Lizaso pilotaba el furgón asistencial esquivando el tráfico denso de la circunvalación de Barakaldo.
A través del transmisor manos libres conectado a la central de urgencias de Cruces, Miren activó el protocolo hospitalario de máxima prioridad.
—Doctora Mendiluze al centro de coordinación de trauma de Cruces.
Llegada estimada en cuatro minutos con Código Rojo Quirúrgico.
Varón de treinta y un años, herida por arma de fuego en hipocondrio izquierdo con abdomen en tabla, inestabilidad hemodinámica y sospecha de hemoperitoneo masivo.
Solicitad de inmediato la reserva de seis concentrados de hematíes de grupo cero negativo, seis unidades de plasma fresco congelado y un pool de plaquetas en el banco de sangre.
Activad el Quirófano 4 de urgencias y que el equipo de guardia esté lavado y preparado en mesa.
La confirmación del coordinador de guardia llegó con la rapidez de los protocolos bien engrasados.
—Recibido, doctora Mendiluze. Quirófano 4 bloqueado para politrauma y equipo quirúrgico alertado. El doctor Jon Uriarte está preparando el respirador de anestesia y el calentador rápido de fluidos Belmont .
A las seis y veinticinco de la tarde, la ambulancia frenó en seco en la dársena cubierta de emergencias del Hospital de Cruces.
Las puertas traseras se abrieron de golpe y la camilla de tijera descendió sobre el pavimento de hormigón asistida por dos celadores y dos enfermeros de trauma que aguardaban con batas impermeables y pantallas de protección facial.
El sargento Unai Etxebarria, pertrechado con su chaleco táctico de la Ertzaintza y con el arma reglamentaria asegurada en la pistolera, flanqueó la camilla a lo largo del pasillo de acceso directo a los quirófanos centrales de la planta baja, manteniendo un perímetro de seguridad impenetrable.
Cuatro agentes de la Policía Judicial y dos especialistas de Berrozi con fusiles de asalto tomaron posiciones estratégicas en las esclusas de entrada al bloque quirúrgico para blindar el recinto hospitalario ante cualquier intento de represalia por parte de los miembros huidos de la organización.
Miren cruzó las puertas automáticas de doble batiente del Quirófano 4 sin detener el paso.
El quirófano era una estancia amplia de paredes alicatadas en verde quirófano, presidida en el centro por una mesa de operaciones radiotransparente Maquet , dos grandes lámparas cialíticas de tecnología LED de alta intensidad lumínica y dos torres de laparoscopia y anestesia avanzada.
La enfermera instrumentista titular, Begoña Larrea —una profesional veterana con más de veinte años de experiencia en cirugía de trauma complejo—, tenía dispuestas sobre dos mesas auxiliares cubiertas con paños estériles las cajas de instrumental de laparotomía mayor: separadores autoestáticos de Balfour y Gosset , pinzas vasculares de DeBakey y Satinsky , clamps intestinales de Doyen , tijeras de disección de Metzenbaum , electrobisturí monopolar con aspiración integrada y paquetes de compresas quirúrgicas radiopacas numeradas.
El doctor Jon Uriarte, anestesiólogo de guardia, conectó los sensores de monitorización invasiva multiparamétrica en cuanto transfirieron a Zárate a la mesa de operaciones.
—Presión arterial sesenta y ocho sobre cuarenta, saturación en noventa y cuatro por ciento y acidosis metabólica con exceso de bases en menos ocho —anunció Uriarte con voz profesional mientras canalizaba la arteria radial izquierda con un catéter de veinte gauge para la monitorización continua de la presión arterial invasiva—.
Iniciamos inducción de secuencia rápida con ketamina a dos miligramos por kilo, rocuronio a uno coma dos miligramos por kilo y fentanilo.
Vía aérea asegurada en veinte segundos con tubo endotraqueal del número ocho y medio.
Miren salió a la esclusa contigua de lavado quirúrgico, abriendo el grifo de agua termostatizada con el pedal inferior.
Tomó la esponja estéril impregnada en solución jabonosa de gluconato de clorhexidina al cuatro por ciento y comenzó el frotado riguroso de manos, muñecas y antebrazos siguiendo la técnica reglamentaria de cinco minutos: frotado interdigital minucioso, lecho ungueal, dorso de las manos y avance circular ascendente hasta tres centímetros por encima de los codos.
El agua caliente y el jabón desinfectante eliminaban los restos de salitre y sudor de la inmersión en Zorrotzaurre, templando sus manos y devolviéndoles esa sensibilidad táctil milimétrica que constituía su mayor arma contra la muerte.
A través del ventanal acristalado que separaba el lavamanos del pasillo estéril, Miren vio al sargento Unai Etxebarria.
Unai se había despojado del chaleco antibalas pesado y vestía un pijama quirúrgico verde de algodón sobre su complexión atlética, portando la acreditación de mando policial en el pecho.
Permanecía de pie, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el mamparo, observando los preparativos con una concentración absoluta.
Sus miradas se cruzaron a través del cristal.
No hubo necesidad de palabras: en los ojos oscuros de Unai brillaba una fe total e inquebrantable en el talento de Miren, transmitiéndole una fuerza serena que disipó cualquier sombra de cansancio acumulado.
Miren secó sus manos con una toalla estéril de hilo, empujó la puerta batiente del quirófano con la espalda manteniendo los antebrazos elevados por encima de la cintura, y fue vestida por la enfermera circulante con una bata quirúrgica impermeable de alta barrera y dos pares de guantes de látex estéril sin polvo de la talla seis y medio.
Junto a la mesa quirúrgica, el médico residente de cirugía general de cuarto año, el doctor Ibón Zabaleta, completaba la pincelada de todo el abdomen, tórax inferior y muslos del paciente con solución de povidona yodada al diez por ciento.
Colocaron cuatro paños estériles de campo delimitando la zona quirúrgica desde el apéndice xifoides hasta la sínfisis del pubis y los flancos laterales, fijándolos con pinzas de campo de Backhaus .
A las seis y treinta y ocho minutos, Miren tomó posición en el lado derecho de la mesa de operaciones, frente a Ibón Zabaleta.
Extendió la mano derecha hacia Begoña Larrea sin apartar la vista del abdomen distendido de Zárate.
—Bisturí del número veintitrés —solicitó Miren con una voz firme y pausada que llenó la estancia de una autoridad indiscutible.
La enfermera depositó el mango de acero con la hoja afilada sobre la palma enguantada de Miren con un chasquido seco y preciso.
Miren apoyó el filo en el punto medio del apéndice xifoides y trazó una incisión xifopúbica media en un único movimiento fluido y rectilíneo que descendió rodeando el ombligo por la izquierda hasta la sínfisis pubiana, seccionando la piel y el tejido celular subcutáneo en toda su extensión.
Con el electrobisturí en modo corte a cuarenta vatios, incidió la línea alba y abrió el peritoneo parietal.
En cuanto la cavidad peritoneal quedó expuesta, una oleada a presión de más de un litro y medio de sangre oscura no coagulada y coágulos masivos emergió a borbotones por la herida quirúrgica, empapando las gasas del campo.
—Doble cánula de aspiración de Yankauer a máxima potencia —ordenó Miren con rapidez ejecutiva—. Ibón, introduce las dos cánulas en la pelvis menor y en el espacio parietocólico izquierdo. Begoña, prepárame diez compresas grandes de laparotomía.
El aspirador quirúrgico succionó los coágulos con un zumbido constante mientras Miren introducía ambas manos en el abdomen para exteriorizar las asas de intestino delgado y localizar el origen de la hemorragia activa.
—Presión arterial cayendo a cincuenta y cinco sobre treinta y cinco —advirtió el doctor Uriarte desde la cabecera—.
El Belmont Rapid Infuser está pasando el primer concentrado de hematíes a quinientos mililitros por minuto a treinta y nueve grados.
Necesitamos hemostasia en menos de noventa segundos o entrará en parada por shock hipovolémico refractario.
Miren no vaciló.
Aplicó de inmediato la maniobra de empaquetamiento cuadrante a cuadrante ( damage control packing ).