CAPÍTULO 5 — LA INMERSIÓN EN LA ESCLUSA DE ZORROTZAURRE #2
Las dos grandes hojas de las compuertas de acero corten permanecían entreabiertas en un ángulo de cuarenta y cinco grados, sujetas por gruesas cadenas de hierro forjado cubiertas de herrumbre marina.
El viento soplaba encajonado a lo largo del canal, creando pequeñas olas que rompían con un chapoteo sordo contra los pilares de atraque.
El cabo Lizaso lanzó un cabo de amarre de propileno a una bita de amarre de la orilla de hormigón, asegurando la embarcación a cuatro metros de la compuerta sumergida.
Miren se asomó por la borda, observando la superficie del agua.
Bajo la película superficial flotaba una ligera iridiscencia aceitosa procedente de los viejos aliviaderos industriales, y la visibilidad vertical era nula: el agua era una masa oscura e impenetrable que ocultaba por completo lo que yacía en el lecho fluvial.
—El fondo está a siete metros exactos según la ecosonda de proa —indicó Lizaso, ajustando la pantalla del sónar lateral—.
El lodo cubre las zapatas de la compuerta, pero el sónar detecta una anomalía de alta densidad acústica fijada a la cara interna del pilar izquierdo, a cuatro metros y medio de profundidad.
Una estructura rectangular con aristas rectas que no corresponde a la arquitectura original de la esclusa.
Unai miró la pantalla del sónar y asintió con gravedad.
—Es el anclaje clandestino. Vamos a bajar de inmediato.
Unai comenzó el riguroso protocolo de colocación del equipo pesado de buceo táctico asistido por el cabo Lizaso.
Se enfundó el traje seco de trilaminado Viking Pro 1000 , un mono hermético de caucho vulcanizado de alta resistencia diseñado específicamente para resistir la penetración de hidrocarburos, agentes químicos agresivos y fluidos biológicos.
Ajustó los manguitos de látex de las muñecas con sellado de doble cono y cerró la cremallera dorsal estanca TIZIP MasterSeal lubricada con silicona médica.
Sobre el traje, se colocó el arnés de compensación hidrostática Apeks Black Ice con vejiga dorsal de veinticuatro litros de empuje, cargado con doce kilogramos de lastre de plomo integrado en los bolsillos de zafado rápido para contrarrestar la flotabilidad positiva del traje seco y de las aguas salobres de la ría.
A continuación, Lizaso le ayudó a colocarse el bibotella de acero de doce litros por botella a doscientos treinta bar, conectado a un distribuidor de doble etapa con reguladores anticongelación Apeks MTX-R certificados para aguas frías extremas.
Miren se acercó a Unai para realizar la comprobación médica pre-inmersión.
Le colocó el pulsioxímetro en el dedo índice de la mano izquierda antes de que se enfundara el guante estanco.
—Frecuencia cardíaca en sesenta y dos latidos por minuto, saturación de oxígeno en noventa y nueve por ciento y presión arterial en ciento veinte sobre setenta y cinco —certificó Miren con voz templada—.
Tu fisiología está en condiciones óptimas, Unai.
Pero recuerda: la temperatura del agua en el fondo de la ría está a nueve grados y la turbidez es máxima.
Si experimentas cualquier sensación de desorientación espacial, vértigo alternobárico o fallo en el caudal de respiración, aborta la inmersión de inmediato.
Unai la miró a través de los ojos oscuros y profundos, sosteniendo su mirada con una serenidad inquebrantable.
—Estaré conectado por cable umbilical de comunicaciones y línea de vida con Lizaso en todo momento. En cuanto localice el contenedor y asegure los viales, iniciaré el ascenso. No te preocupes, Miren. Volveré a la superficie con las pruebas.
Unai se colocó la máscara facial completa Interspiro Divator AGA de presión positiva, que cubría todo su rostro impidiendo cualquier contacto de las mucosas oculares y orofaríngeas con el agua contaminada de la ría.
El sistema de comunicaciones submarinas Ocean Reef se activó con un chasquido electrónico en el receptor de la consola de la embarcación.
—Comprobación de audio: Uno, dos, tres. ¿Me recibís en superficie? —la voz de Unai resonó clara y metálica a través del altavoz de la semirrígida.
—Te recibimos cinco sobre cinco, sargento —respondió Lizaso por el micrófono de base—. Línea de vida lista y cabo guía asegurado. Tienes autorización para entrar en el agua.
Unai se sentó en la borda de babor, se colocó las aletas de pala ancha Scubapro Jet Fin de caucho pesado y, tras una última mirada a Miren, se dejó caer de espaldas al agua con un chapoteo amortiguado que fue engullido de inmediato por las aguas pardas del canal.
En cuanto la cabeza de Unai se sumergió bajo la superficie, la luz del día desapareció por completo, sustituida por una penumbra turbia de color café con leche que, a los dos metros de profundidad, se transformó en una oscuridad absoluta y densa.
Unai encendió el foco submarino primario Halcyon Flare de diez mil lúmenes fijado a su guantelete derecho mediante un asa Goodman .
El haz de luz ultrabrillante apenas lograba perforar cuarenta centímetros a través de la densa suspensión de partículas de limo, fango y detritos vegetales que flotaban en el agua impulsados por la corriente de marea.
Descendió lentamente a lo largo de la línea guía de acero que Lizaso mantenía tensa desde la embarcación, compensando la presión en los oídos mediante la maniobra de Valsalva cada medio metro de descenso.
A tres metros de profundidad, la temperatura del agua descendió bruscamente a nueve coma dos grados, provocando una ligera contracción del traje seco que Unai compensó inyectando una breve ráfaga de gas Nitrox a través de la válvula pectoral de inflado.
El regulador de presión positiva entregaba el gas respirable con un flujo suave, constante y silencioso, mientras el burbujeo del escape lateral resonaba con un ritmo acompasado contra las paredes de hormigón de la esclusa.
A cinco metros de profundidad, la mano enguantada de Unai tocó la superficie rugosa y fría del pilar de hormigón de la zapata.
El hormigón estaba cubierto por una capa viscosa de cieno y colonias de balanos y mejillones de agua salobre con conchas afiladas como cuchillas que crujían bajo la presión de sus dedos de neopreno reforzado.
—Superficie, he alcanzado la zapata de la esclusa a cinco coma dos metros —comunicó Unai por la radio subacuática—. Visibilidad reducida a treinta centímetros. Corriente de marea lateral de dos nudos. Procedo a explorar la cara interior de la compuerta hacia la cota de anomalía del sónar.
—Recibido, sargento —contestó la voz de Lizaso desde la semirrígida—. Mantienes seis minutos de tiempo de fondo sin paradas de descompresión según las tablas Bühlmann.
Unai avanzó a lo largo del pilar desplazándose mediante tracción manual sobre los salientes de hormigón para evitar aletear y levantar la nube de lodo que cubría el fondo a escasos dos metros por debajo de él.
A las cinco y cinco de la tarde, el haz de luz de su linterna reveló un reflejo metálico brillante que contrastaba con la herrumbre oscura de las compuertas.
Anclada a la zapata mediante cuatro pernos de expansión química de acero inoxidable de veinte milímetros, se encontraba una estructura de soporte tubular soldada a medida.
En el centro de la estructura, asegurado con dos cinchas de trinquete de fibra sintética y un candado de combinación marina de bronce macizo, reposaba un arcón estanco de polietileno de alta resistencia de color negro mate: una caja de transporte militar Peli-Hardigg Mobile Armory de un metro de longitud por sesenta centímetros de anchura.
Unai se aproximó a la caja y examinó el sellado perimetral con la linterna.
La válvula de compensación automática de presión de la caja estaba sellada con una membrana de silicona hidrofóbica intacta.
—Superficie, contacto visual y físico confirmado —informó Unai con voz firme—.
Tengo delante el arcón estanco Peli-Hardigg .
Está anclado a cuatro metros y medio de profundidad con tornillería química reciente.
Voy a utilizar la cizalla hidráulica portátil para cortar las cinchas de anclaje y liberar el contenedor.
—Recibido, Unai —la voz de Miren se filtró a través del canal de radio, cargada de una mezcla de alivio y concentración profesional—. Ten cuidado con las aristas metálicas del soporte. No comprometas la estanqueidad de tus guantes secos.
—Entendido, Miren. Procedo al corte.
Unai extrajo de su muslera derecha la cizalla de rescate subacuático de accionamiento hidráulico manual.
Colocó las mandíbulas de acero templado sobre la primera cincha de trinquete y apretó la palanca tres veces: la cinta de fibra sintética de cinco milímetros se seccionó con un chasquido limpio.
Repitió la operación con la segunda cincha y, a continuación, colocó la cizalla sobre el grillete de bronce del candado de combinación, aplicando toda la fuerza hidráulica de la herramienta hasta que el pasador de metal se partió en dos mitades que cayeron al lecho de lodo.
El arcón quedó liberado del soporte de hormigón.
Unai conectó un globo de elevación submarino de cincuenta kilogramos de empuje a las asas de transporte del contenedor mediante un mosquetón de zafado rápido de titanio, e inyectó una ráfaga de gas desde su latiguillo de inflado auxiliar hasta que la caja adquirió flotabilidad neutra, flotando dócilmente en el agua a la altura de su pecho.
—Contenedor asegurado y aparejado con globo de elevación —reportó Unai—. Inicio la maniobra de ascenso vertical controlado a una velocidad de seis metros por minuto.
En ese preciso instante, cuando Unai se disponía a iniciar la subida hacia la superficie, el silencio de la tarde en el canal de Zorrotzaurre fue desgarrado por una ráfaga de disparos amortiguados procedentes de la ribera terrestre.
Tres tiradores vestidos con ropa oscura y pasamontañas habían emergido del interior de una nave industrial abandonada en el muelle de Ribera de Deusto, armados con subfusiles automáticos Heckler & Koch MP5 equipados con silenciadores sónicos.